Ella (Corazón de Pantera nº 5) 24 #2
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—Me parece perfecto —dijo Adrián—. Nos has hablado tanto de ellas que es como si ya las conociéramos.

—Mañana daremos una vuelta por el pueblo y sus alrededores. Después comeremos con mis padres. Por la tarde os enseñaré más lugares especiales y por la noche volveremos a salir. Y ya luego, el domingo, os secuestraré para que no podáis marcharos.

Adrián y Tito rieron mientras aprobaban los planes de Lucía y descartaban pensar en la inevitable despedida. Querían aprovechar el tiempo al máximo, conscientes de que tardarían en volver a verse.

Dedicaron la tarde a charlar y a descansar hasta que llegó el momento de arreglarse para salir.

Con ilusión, los tres descendieron a la calle donde esperaron a Marta.

Esta no había querido renunciar a recoger a Lucía, como siempre, sin importarle que en aquella ocasión tuviera compañía.

La presentación fue correcta, aunque un tanto fría.

A Marta le costaba asimilar que Lucía desplegara sus encantos con personas que no fueran ella y el hecho de que Adrián y Tito fueran dos hombres homosexuales no impedía que los celos la devoraran.

Tito, que era un gran observador, la caló de inmediato e hizo una observación al oído de Adrián, pero ambos se mantuvieron afectuosos y encantadores.

La prioridad era la sonrisa y la felicidad de Lucía.

Con el resto de la pandilla el panorama fue totalmente distinto.

Con Pilar y Lola, de edades similares a las de ellos, congeniaron a la perfección.

Pronto quedaron enamorados de la eterna amabilidad de una y de la brusca simpatía de la otra.

También de la magia que irradiaba Celeste.

Las tres consiguieron que en ningún momento se sintieran fuera de lugar y ellos entendieron por qué aquel grupo de mujeres era un pilar fundamental de la vida de Lucía.

Con ellas cenaron entre bromas, degustando las sencillas delicias de la tasca de siempre, y con ellas se vaciaron en el Pantera volviendo a sentirse jóvenes y vivos.

***

Al día siguiente, también Lucía amaneció sintiendo que volvía a ser la jovenzuela que salía de fiesta con sus amigos y que se refugiaba en su piso de Chamberí para no volver a deshoras junto a la tía Rosario.

Habían pasado muchos años, pero la dulzura de sentirse cuidada y protegida volvió a aflorar recordando, a la vez, la noche anterior y muchas otras de tiempos pasados.

Aquel sábado fue inolvidable para los tres.

Tras espabilar, desayunaron en Glassé, dieron un paseo por el pueblo y por sus bucólicos parajes.

Al mediodía comieron con los padres de Lucía, donde Tito y Adrián se sintieron como en casa y donde se divirtieron conociendo la antigua habitación infantil de su amiga.

Después, vencieron la tentación de sestear y continuaron recorriendo Albaceda, llegando a colarse en el instituto con la ayuda de Ernesto para que conocieran el lugar al que dedicaba tantas horas y esfuerzo cada día.

Y llegó otra noche y con ella más diversión, aunque se marcharon a casa a una hora prudente. A media mañana emprenderían el viaje de regreso a Madrid y necesitaban estar descansados.

—Ha sido un fin de semana maravilloso —dijo Tito sujetando con cariño a Lucía por los brazos.

—Demasiado corto —se lamentó ella tras mirar el equipaje de sus amigos junto a la puerta.

—Sí, demasiado corto —convino Adrián—. Pero hemos disfrutado mucho y nos ha encantado conocer tu vida de verdad.

—Viéndote aquí, en tu ambiente, con tu gente… nos hemos dado cuenta de que no pintabas nada en Madrid —sentenció Tito.

—¿Cómo debo tomarme eso? —preguntó Lucía riendo.

—Albaceda te va como anillo al dedo. Tenías razón —claudicó Adrián.

—Pero me faltáis vosotros para que este pueblo sea perfecto. Vosotros y mi tía —matizó.

—Bueno, será bonito visitarnos de vez en cuando. La próxima vez te toca ir a ti a Madrid.

—Ojalá pueda escaparme pronto.

—¿No tendrás un hueco durante el verano? —lo intentó Adrián.

—Me encantaría, pero no sé si encontraré el momento. Ahora tengo que centrarme en el fin de curso, que menuda me viene… Después tengo el viaje con los alumnos de primero, las vacaciones en Villaluz, la preparación del siguiente curso…

—Ya veo que no podemos contar contigo a corto plazo —dijo Tito con pena—. Pero, bueno, siempre puedes coger a un par de alumnos e irte de musical.

Lucía contestó con una simple sonrisa, pero no dijo nada. El recuerdo la había removido.

—Por cierto —continuó su amigo—, no hemos visto a la chica de la cámara.

—Vaya, pensaba que te habías olvidado de ella. Qué bobo eres, ¿eh?

—¿Prefieres entonces que te hable de Marta?

—Tito… —trató de retenerlo Adrián.

—No, no te preocupes. Estoy abierta a vuestras apreciaciones. Además, sé perfectamente lo que pensáis.

—¿Y qué pensamos? —la retó el cocinero.

—Lo que piensa todo el mundo: que qué hago con ella.

—¿Y qué haces con ella entonces?

—¡Divertirme! —exclamó haciendo un gesto desenfadado—. Entiendo que todos lo veis desde otra perspectiva y que si fuéramos novias… seríamos una mierda de novias. Pero no lo somos. Y os empeñáis en vernos como a una mierda de novias y no como a dos amigas que salen juntas sin ningún tipo de presión.

—Vale, lo que no me queda claro es por qué entonces Marta te trata como si fueras de su propiedad —se atrevió a cuestionar Adrián.

—Esa es otra cuestión. Me hace sentir incómoda y no consigo corregirlo —admitió.

—Lucía, amor —reclamó su atención Tito volviendo a cogerla por los hombros—, solo quiero lo mejor para ti. Si tú estás bien con esa relación, sea como sea… adelante. Pero creo que queréis cosas diferentes y que, en cualquier momento, la situación te puede explotar.

—Le estás dedicando meses de tu vida a una mujer con la que tú misma sabes que no acabarás —añadió Adrián.

—Eso nunca se sabe. Pero, en cualquier caso… ¿y qué? Soy una mujer libre que tiene derecho a disfrutar de su cuerpo.

—Por supuesto —dijeron ellos a la vez.

—Y hay muchas formas de vivir. Una mujer no tiene por qué basar su vida en tener una relación amorosa con otra persona. Lo hice durante tres años con Gloria y acabé sufriendo como una perra.

—Lo sabemos —dijo Tito—. Y no queremos que vuelvas a sufrir.

—El día que Marta me haga sufrir de verdad, la echaré de mi vida, podéis estar seguros.

—Pues, si lo tienes claro, ya está. Nosotros no debemos entrar en si esa chica es tu pareja o tu pasatiempo. Las dos sois mayorcitas para saber lo que hacéis —opinó Adrián.

—Perdóname si me he excedido —se disculpó Tito.

—Para nada, ¿qué dices? Tenemos la confianza suficiente como para hablarnos y advertirnos si creemos que estamos cometiendo un error. Eso también forma parte de la amistad y del cuidado.

—Sí, pero al final debe prevalecer tu decisión y tu forma de ver las cosas. Que para eso son tus cosas —dijo Adrián.

—Aun así —continuó Tito—, mándame al cuerno si quieres, pero ojalá vuelva a verte mirar a una mujer como mirabas a la chica de la cámara.

—¿Otra vez? —protestó Lucía dándole un cariñoso manotazo.

—Lo siento, contigo me nace ser tanto padre como diablo.

—Prefiero que seas mi hermano mayor y no mi padre. Pero lo de diablo me parece bien.

Los tres rieron hasta que la tristeza se instaló en sus rostros. Era el momento de despedirse, una vez más.

—Venga, no nos pongamos dramáticos, que estamos a la vuelta de la esquina —dijo Tito.

—Claro, volveremos a vernos antes de que nos echemos de menos —confió Lucía.

—Eso es difícil porque ya te echo de menos —balbuceó Adrián—, pero nos iremos llamando. Tienes muchas cosas que contarnos.

—Los tres tenemos mucho que contarnos, Errol Flynn. ¿Sabes que te quiero mucho?