Ella (Corazón de Pantera nº 5) 24
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Comenzaba una semana importante para Lucía. Unos días después, el viernes, llegarían Adrián y Tito para celebrar su aniversario en Albaceda y ella no podía estar más impaciente y emocionada. Pero antes debía centrarse en su trabajo, donde encaraba el final del curso.

Ya llevaba unos días inmersa en los exámenes y era consciente de que le esperaban momentos intensos y jornadas agotadoras.

Lo que menos le gustaba de ser profesora era la obligación de evaluar a los alumnos.

Más allá de la fatiga que le suponía preparar y corregir exámenes, estaba el mal sabor de boca de poner suspensos, sobre todo a esas alturas del curso en que una mala nota acarreaba la recuperación en septiembre.

Al menos le quedaba el alivio de saber que esos suspensos eran merecidos, pues ella daba oportunidades a todos hasta el final.

Disfrutaba de una infusión en la cafetería del instituto junto a otros compañeros cuando vio a Tina y Sandra.

Aprovechaban el recreo para ir a comprar un tentempié antes de regresar al aula.

Se saludaron a distancia y Lucía sonrió sabiendo que ellas sí aprobarían Francés, aunque le faltaba averiguar cómo se estaban desempeñando en el resto de asignaturas.

Si algo había aprendido en los meses anteriores era que no se podía fiar por completo de sus habituales «todo está bien». En pocos días saldría de dudas.

Las dos chicas desaparecieron de su vista y ella centró su atención en la conversación de los profesores.

En aquel momento se debatía quiénes acompañarían a los alumnos en los viajes de fin de curso.

A Lucía le habría encantado ir a Roma con los chicos de tercero B y así lo había deslizado argumentando que era su tutora.

Pero algún que otro compañero, empezando por Sara, se había reído con cariño de ella.

Siendo su primer año en el centro, no podía pretender atribuirse el mejor destino, por mucho que se lo hubiera merecido y por mucho que tuviera al alumnado en el bolsillo.

Ella respondió con una sonrisa resignada y humilde.

A pesar de la desilusión, no le iba a importar cuidar a otro grupo.

Al final de la semana, en una reunión del claustro, se tomó la decisión formal y entonces supo que pasaría cuatro días con sus alumnos de primero C en Altea.

Agradeció que, al menos, le hubiera tocado un lugar bonito y costero, que le serviría de aperitivo para sus propias vacaciones un mes después.

Tras impartir su última clase de la semana en tercero B, recogió sus cosas y esperó, como cada viernes, a que todos los alumnos salieran para compartir un momento con Tina y Sandra.

Unos segundos antes de que se reuniera con ellas junto a su mesa de profesora, Lucía se quedó mirando a Raquel mientras pasaba por su lado.

Acababa de despedirse de Tina con cariño pero ignorando a Sandra, como si no existiera.

A veces odiaba a Raquel también por esa forma en que parecía menospreciar a su querida peque.

Pero, a pesar de los motivos que creía tener para sentir ese resentimiento hacia ella, lo cierto es que durante los últimos meses había conseguido vivir soportando a Raquel.

La había tratado como a una más y se esforzaba por no dar importancia a todo lo que la perturbaba de ella, tanto en clase como en el Pantera.

Y justo en ese momento, viéndola salir del aula, cayó en la cuenta de que Raquel estaba a punto de dejar de ser su alumna.

Quedaban pocos días de curso y sabía que su etapa como estudiante concluiría.

Ya no tendría que forzarse a hablarle con naturalidad ni corregir sus exámenes ni sacarla a la pizarra.

Tampoco tendría que volver a hablar con sus padres en tutoría ni apuntar sus faltas cuando no iba a clase.

Dejaría de verla en el instituto y eso le causaba una inevitable satisfacción.

Pero también le preocupaba porque ya nunca podría saber lo que pasaba entre Tina y Raquel lejos del alcance de su vista.

Entonces se preguntó a qué venía esa inquietud y solo la sonrisa tierna de Sandra le devolvió la serenidad.

—¿Os dais cuenta de que se nos van acabando estos encuentros al final de cada semana?

—No seas ceniza, seño. Nos queda el año que viene —protestó Tina.

—O incluso más años, si no os portáis bien.

—¿Por qué dices eso? —cuestionó Sandra.

—¿Precisamente tú me lo preguntas?

La chica agachó la vista al suelo y Lucía se dio prisa en sacudirla con cariño.

—Peque, espero que te estés esforzando en este final de curso. No me gustaría que tuvieras que repetir.

—No va a repetir —aseguró Tina con convicción.

Lucía la miró con ternura. Le encantaba verla defender a su amiga y confiaba en que tuviera razón y las dos consiguieran acabar el año con buenas notas.

—Eso espero, así podréis disfrutar mejor del viaje de fin de curso.

La respuesta por parte de las chicas no pudo ser más dispar. A Sandra se le iluminó la cara mientras que Tina arrugó el entrecejo y negó levemente con la cabeza.

—¡Roma nada menos! —exclamó la pequeña de las Blanco—. Me haría mucha ilusión.

—Supongo que te has apuntado ya —dijo Lucía.

—Sí, aunque mis hermanas me han dicho que me lo tengo que ganar. Si suspendo…

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer —la animó la profesora—. ¿Y tú? —preguntó girándose hacia Tina.

—¿Tú crees que mi madre me va a pagar un viaje a Italia?

—¿Qué dices, Tina? Sabes perfectamente que hay ayudas y modos de que el viaje sea más barato.

—Lo sé. Mis compañeros llevan meses vendiendo lotería y hasta cajas de mantecados en Navidad.

—No me digas que tú no has hecho nada de eso.

—Pues no.

—¿Por qué?

—Porque no pensaba ir de todas formas. Nunca he ido a los viajes de fin de curso.

—Ni siquiera se apunta a las excursiones de un día —intervino Sandra.

—Bueno, pues, Tina, me gustaría que fueras a Roma. Yo te puedo ayudar.

—¿Tú irás? —quiso saber la chica.

—Por desgracia no. Os acompañarán vuestros queridos profesores de Historia y de Literatura.

—Al menos no va Lidia… —ironizó Tina.

—Haz el favor de apuntarte. Quedan muy pocos días y no me gustaría que te lo perdieras. Tenéis que hacer ese viaje y contarme mil cosas bonitas a la vuelta.

—Ya veremos —respondió esquiva Tina mientras Sandra sonreía ilusionada.

—Me gustaría quedarme más rato con vosotras, pero me tengo que ir a casa —anunció cogiendo su maletín.

—¿Dónde vas con tantas prisas? —preguntó Tina.

—Tengo que preparar unas cosas. Esta tarde vienen mis amigos madrileños.

—Es verdad. Saluda a Tito de nuestra parte. Al otro no lo conocimos.

—Pues espero poder presentároslo en algún momento porque Adrián es un encanto.

—Pásalo muy bien con ellos.

—Gracias, Tina.

Apenas dos minutos después abandonaron el instituto y separaron sus caminos. Lucía se dirigió hacia el coche tratando de olvidarse de Tina, de Raquel y de lo que pudiera pasar entre ellas en Roma.

***

Lucía caminaba por la acera de manera impulsiva, justo delante de la puerta del edificio en el que vivía, yendo y volviendo una y otra vez sobre sus pasos.

Estaba emocionada y deseando ver aparecer el coche de Tito ante sus ojos.

No sentía tanta ansia como cuando se habían reencontrado seis meses antes, tras años sin verse, pero sí que era enorme la ilusión por recibirlos en su pueblo y poder darles a conocer esos lugares y personas que eran los cimientos de su vida.

Acababa de mirar el reloj por enésima vez cuando los vio llegar. Lucía solo pudo sonreír feliz.

—¡Por fin! Habéis tardado muchísimo —se lamentó yendo a abrazarlos en cuanto descendieron del vehículo.

—Lo siento, nos hemos encontrado con una retención —se excusó Tito antes de levantarla al aire como si fuera una muñeca.

—Bienvenidos a mi amada Albaceda. ¡Y feliz aniversario!

—Gracias. Qué guapa estás, Lucía —dijo Adrián con ojos vidriosos—. Tienes el pelo mucho más largo que cuando nos vimos en diciembre.

—Sí, ya te dije que, por suerte, me crece muy rápido. Y, por lo que veo, a ti el bigote también. Vuelves a ser mi Errol Flynn —celebró Lucía meciéndolo con cariño entre sus brazos. Sabía lo estremecido que estaba su amigo por el reencuentro.

—Casi me cuesta la separación, pero, sí. Me siento más cómodo así.

—Estás muy guapo, Adrián. Los dos lo estáis —afirmó acariciándoles la cara a la vez—. ¿Subimos?

Lucía los ayudó a portar bártulos hasta su piso. Tras pasar por el baño y refrescarse, sus amigos se sentaron junto a ella en el sofá.

—Qué ganas tenía de ponerme a gusto —exclamó Tito—. Cada vez me cansan más los viajes largos.

—Empiezas a ser un carcamal, cariño —bromeó Adrián—. Además, estamos perdiendo la costumbre de hacer escapadas. Nos cuesta encontrar el momento.

—Es que el restaurante nos ata mucho —explicó el cocinero.

—Y tanto. Para que nos podamos ir tienen que alinearse los astros para que coincidan días de poca demanda, lo cual es casi imposible en una ciudad turística como Madrid. No sé ni cómo lo he podido convencer para que salgamos de allí en junio, cuando ya es temporada alta.

—La ocasión lo merecía —aseguró entusiasmado Tito—. Pero es verdad que estoy intranquilo. Eso de delegar me cuesta horrores.

—No te preocupes, La Chulapa continuará en su sitio cuando regresemos —dijo Adrián regalándole un arrumaco.

—Yo no puedo hacer otra cosa que agradeceros el esfuerzo por venir. No puedo estar más contenta.

—Gracias por acogernos. ¿Estás segura de que no prefieres que nos quedemos en un hotel? —dudó Tito.

—Que no. Quiero teneros en casa para no perder ni un minuto de vuestra compañía.

—Tienes un pisito precioso, pero no es muy grande. No queremos que duermas mal por nuestra culpa —añadió Adrián.

—Tranquilos. En el estudio instalé hace tiempo una cama plegable donde voy a estar muy cómoda. Mi habitación es vuestra y no es negociable.

—Pues no se hable más. ¿Cuál es el programa? —quiso saber Tito.

—Si no estáis muy cansados, podemos ir esta noche al Pantera. No es Triángulo, pero nos divertiremos igual y en libertad. Antes cenaremos con mi pandilla, así les pondréis cara.