23 #3
—No hagas caso de sus piques —susurró Lucía a Marta mientras le recogía el bolso para colgarlo junto al suyo—. Siempre se están pinchando, pero no puede haber un matrimonio más unido que ellos dos.
—¿Te gusta el vino, Marta? —preguntó Jaime.
—Oh, sí. Mi familia tiene bodegas en varias zonas de España y Francia.
—No me digas.
—Sí, desde hace varias generaciones.
—¡Caray! Entonces seguro que entiendes más que yo. ¿Me ayudas a elegir?
—Claro, soy una experta en maridaje —afirmó con tanta seguridad en sí misma que rozó la pedantería—. Me habría encantado traerles unas botellas, pero ha sido todo un poco precipitado.
—No te preocupes, has venido tú, que es lo importante —afirmó Patro con una sonrisa amable—. Y, por favor, tutéanos, que no somos tan mayores.
—Hemos podido parar a coger unos dulces. Marta no quería venir con las manos vacías —explicó Lucía.
—Gracias por el detalle.
—Anda, ve con mi padre —la animó.
Jaime y Marta se dirigieron a la cocina mientras que Lucía y su madre dieron unos pasos hacia el salón en busca de un poco de intimidad.
—Es guapa —dijo Patro en voz baja.
—Sí, lo es.
—Y, por lo visto, de buena familia —comentó torciendo un tanto la boca y arqueando una ceja.
Lucía rio acariciando la cara a su madre. En apenas un minuto y cuatro frases, Marta había encontrado la ocasión para marcar terreno y dejar claro el nivel de su alcurnia.
—Sí, mamá. Su padre está emparentado con el duque de… no recuerdo de dónde. Son nombres tan enrevesados… Pero es grande de España. Y su madre no se queda atrás, única heredera de una gran fortuna italiana.
—Mira, en eso se parecen a los Arteaga. ¿Serán familia?
—Por favor, no. Solo me faltaría que Marta fuera prima de Cristo —cabeceó con desagrado.
—Espero que esa chica nunca te haya mirado por encima del hombro.
—No, mamá, tranquila. Nos ha costado que Marta se adapte a nuestro ritmo de vida sencillo, aunque sus gustos sean más exquisitos. Pero también te digo que es muy trabajadora.
—¿Sigue con eso de la moda?
—Sí y parece que le va funcionando. También es verdad que lo ha tenido más fácil para arrancar que otras personas que no pertenecen a familias influyentes, pero podría haberse dedicado a vivir de las rentas y, en cambio, se esfuerza por sacar su propio negocio adelante.
—Bueno, eso está bien. Ojalá le guste lo que hemos preparado. Claro, es que no contábamos con que fuera a venir alguien de la nobleza a comer a casa —dijo apretándose las manos.
Lucía volvió a dedicarle una risotada al percibir su agobio.
—No exageres. Ella no es noble.
—Familiar de un grande de España, nada menos.
—Solo es una amiga de tu hija que ha venido a comer. A ver si le vas a hacer una reverencia cada vez que la tengas delante…
Patro correspondió a la broma de Lucía dándole un pellizco en el costado como cuando era niña.
—Así que una «amiga» de mi hija… —replicó bajando el tono al escuchar llegar a la joven con Jaime.
—Quizá algo más, pero no tanto como para que la consideres tu nuera. Está muy lejos de eso —musitó para que solo su madre pudiera escucharla—. ¿Ya lo tenéis? —preguntó a continuación dirigiéndose a los dos.
—Sí, me ha sorprendido que hubiera tan buenas opciones en esa despensa —dijo Marta.
—Pues no te creas que en esta casa somos muy entendidos —aclaró Jaime—.
La mayoría de esas botellas son regalos de Navidad de la empresa de mi mujer, de la mía o de amigos.
Y, como nosotros somos más de cerveza y de tinto con gaseosa, las vamos reservando para ocasiones especiales.
Y esta es una de ellas —aseguró con una gran sonrisa mientras limpiaba el polvo del cristal.
—Este rioja que hemos escogido es el complemento perfecto para la carne que vamos a tomar —aseveró Marta.
—Me han servido de mucho tus comentarios. Sin ti, probablemente, habría elegido un vino incorrecto. Así que, gracias.
—No hay de qué. Si alguna vez tenéis algún compromiso y necesitáis ayuda, estaré encantada de orientaros.
Lucía sonrió mirando a Marta. En pocos minutos había mostrado su versión altiva pero también la generosa.
Ella era así, siempre de extremo a extremo.
Tan pronto era seca como melosa, divertida o aguafiestas, antipática o encantadora…
Por eso a veces le encandilaba y en otras, la mayoría, le hastiaba.
Y por eso a Lucía le parecía impensable verla como pareja.
¿Qué sentido tendría si los momentos malos superaban por mucho a los buenos?
No era el tipo de persona con el que soñaba pasar el resto de sus días.
Inspiró aire y no quiso pensar en ello. Justo en ese momento, cuando se acababan de sentar a la mesa, Marta le cogió la mano y ella continuó sonriendo, pensando que todo estaba bien y que todo formaba parte del curso de la relación, que fluía por los cauces que ella misma estaba consintiendo e incluso propiciando.
Pero lo cierto es que su sensación le recordó más a la de aquel lejano día, cuando unas esposas atenazaron sus muñecas.
Aun así, siguió sonriendo, mientras cruzaba una mirada con Patro y se preguntaba qué estaba haciendo con su vida.