23 #2
—Claro, peque, me encantaría.
—Así conoceremos a tus amigas. Nunca nos hablas de ellas.
—Bueno, son mi panda desde hace más de diez años. A estas alturas son más que amigas, casi hermanas. Excepto una, que llegó al grupo hace un año.
Lucía miró de soslayo a Tina, que, de repente, parecía no tener interés en intervenir en la conversación. Se preguntó por qué y si la fugaz referencia a Marta le podría haber reactivado viejas emociones.
—Pues espero que lo pases muy bien con ellas esta noche y ojalá algún día Tina y yo podamos formar parte de tu pandilla.
—Vosotras dos también sois mi pandilla. Una diferente y maravillosa con la que paso muy buenos momentos y más que llegarán cuando os hagáis más mayores —aseguró.
Sandra correspondió a su sonrisa con otra tierna y envuelta en rubor. En cambio, Tina apenas dejó escapar un gesto de aprobación y continuó exhibiendo un semblante adusto.
Tras compartir unos minutos más de charla desenfadada, Lucía pidió la cuenta y abandonaron el local.
—Yo me voy hacia allá —señaló Sandra—. He quedado con Isabel y Ana para buscar un disco en una tienda.
Se despidió de Tina y Lucía y se fue a ritmo vivo en busca de sus hermanas.
—Yo también me voy —anunció Tina sin más.
—¿Quieres que te lleve? Tengo el coche ahí al lado.
—No te preocupes. Vas a casa de tus padres y te queda a desmano. Quizá aproveche para pasar por la tienda de Ángel —dijo, aunque a Lucía le sonó a excusa.
—¿Estás bien, Tina?
—Claro.
—Te he notado un poco seria al final.
—Qué va. Estoy bien. He estado a gusto.
—Me alegro porque yo también. Me apetecía mucho pasar un rato con vosotras esta mañana.
—Gracias por la invitación.
—No. Gracias a vosotras por el regalo. Ni te imaginas lo que me ha gustado.
—Supongo que te regalarán cosas mejores a lo largo del día. Tus amigas y tu familia son más pudientes, pero le hemos puesto cariño.
—¿Crees que no lo valoro? Ha sido un detalle precioso y no creo que hoy reciba nada que me haga más ilusión.
—No digas eso. Tu regalo más especial tiene que ser el que te haga tu novia. Los demás somos una comparsa.
—Tina…
—Pero me vale con que te haya gustado y te la pongas alguna vez. Para Sandrita y para mí es importante.
—No me la pienso quitar, Tina.
—El año que viene… un coche.
—Qué boba eres —dijo dándole un leve apretón en el hombro—. ¿De verdad está todo bien?
—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo? Además, me ha gustado que me descubras esta cafetería. No es mal sitio para invitar a Raquel, que le gustan los capuchinos y ese tipo de cafés raros. Igual me apunto un tanto con ella.
Lucía se limitó a sonreír durante unos segundos.
Por un momento, le había parecido que Tina se estaba dejando llevar por un ataque de celos y había temido que su corazón aún albergara sentimientos por ella.
Pero la mención a Raquel la había tranquilizado, al igual que la expresión que había adoptado el rostro de Tina al nombrarla.
—¿Y a Maribel no la traerías?
—También. Pero para eso tendría que venir a visitarme.
—¿No habéis hablado de quedar para conoceros en persona?
—Sí, quizá en verano, cuando acabe el curso.
—Qué bien. ¿Te está gustando?
—Sí. Hay cosas suyas que me atraen mucho. Tanto que a veces dudo si me interesa más ella o Raquel.
—Tienes tiempo para ir conociéndola mejor y sacar conclusiones.
—¿Y qué hago si al final resulta que me gustan las dos?
—Todo lo posible para no hacer daño a ninguna —respondió amenazándola con un dedo.
—Es que Maribel está muy bien, pero Raquel está cerca.
—Qué simple es todo a tu edad.
—¿Me estás llamando básica?
—Anda, tira, bicho. Ve con tu padre, que seguro que se alegra de verte.
—Sí, me voy. Pásalo bien. Y felicidades otra vez.
—Gracias. Nos vemos el lunes.
Iniciaron su camino por calles opuestas y se fueron alejando más a cada paso. Lucía se puso las gafas de sol y dejó que la suave brisa le acariciara el rostro. De repente, sintió la necesidad de girarse para volver a verla, pero Tina ya no estaba.
***
Despertó con la mente abotargada y la pierna derecha de Marta descansando entre las suyas.
La joven dormía plácidamente y Lucía le acarició el pelo mientras sonreía recordando detalles de la noche anterior.
Había sido una celebración intensa de su cumpleaños, en contraste con la tranquila del mediodía con sus padres y de la tierna de la mañana con Tina y Sandra.
Desde luego, el día había sido todo un vaivén de emociones, diversión y regalos.
Volvió a prestar atención a la pulsera y besó con cariño las tres pequeñas bolas. Cómo adoraba a esas dos criaturas…
Comenzaba a estar despejada cuando Marta abrió los ojos. De inmediato, paseó una mano por los pechos de Lucía, agarró el más cercano y acaparó el pezón con su boca.
—¿Esa es tu forma de darme los buenos días?
—Cariño, es que estás muy buena. No deberías dormir desnuda.
—Pues espero que no quieras jugar ahora porque tengo la cabeza embotada y no sería capaz de rendir.
—Yo estoy igual. Fue una noche larga —dijo riendo—. ¿Qué hora es?
—Poco más de las diez.
—Podríamos dormir un poco más.
—Sí, no tenemos ninguna prisa —convino Lucía—. Por cierto, ¿sabes que hace un año que nos conocimos?
—Claro que lo sé. Lo que me extraña es que tú lo tengas en cuenta.
—Bueno, es que es fácil de recordar. Estaba celebrando mi cumpleaños con las chicas y tú me echaste el ojo.
—Como si tú no te hubieras fijado también en mí…
Lucía respondió con un gesto travieso.
—Pero no hablamos hasta la noche siguiente.
—Lucía, hicimos mucho más que hablar —matizó con voz provocadora.
—Sí, acabamos aquí, en mi cama.
—La primera vez. Entonces —continuó Marta tras un instante de silencio—, ¿qué día concreto es nuestro aniversario?
—¿Aniversario? —replicó tensándose.
—Ya veo que después de un año te sigue incomodando cualquier palabra que nos ate como pareja.
—Es que, Marta…
—¿Me vas a volver a decir que aún nos estamos conociendo?
—No.
—¿Y entonces?
—No somos una pareja convencional. Admítelo.
—Si no lo somos es porque tú vives constantemente a la defensiva en ese aspecto.
—Pero ¿qué más da novias o amigas? Vamos a estar igual de bien o de mal teniendo la etiqueta que tengamos.
—¿Crees que nada cambiaría?
—Los desencuentros que tenemos cada dos por tres no van a desaparecer porque nos cataloguemos como novias. Y tampoco nos vamos a divertir menos ni a dejar de disfrutar del sexo juntas porque nos consideremos solo amigas.
—Quizá tengas razón.
—De todas maneras, quería proponerte que vinieras hoy a comer con mis padres.
Marta reaccionó incorporándose para mirarla con ojos de asombro.
—¿Y cómo me piensas presentar?
—Como Marta. Es así como te llamas, ¿no?
—Qué idiota eres —dijo riendo y Lucía hizo lo propio.
—No es nada formal, pero ven solo si te apetece.
—Claro. Iré.
—Bien, pero, de momento, vamos a dormir un poco más.
—¿No tienes que avisar a tu madre de que voy?
—No hace falta. Estará encantada de conocerte.
—¿Y no debería saber que va a haber una más en la mesa? A ver si no tiene suficiente…
—Está claro que no conoces a mi madre. Cuando cocina, nunca se queda corta. De hecho, no te extrañe que te vayas a Veliana con comida para mañana —sonrió Lucía.
—Bien, pues durmamos otro rato.
Pese a que lo intentó, Lucía no fue capaz de conciliar el sueño, pero le bastó ese momento de relajación con los ojos cerrados para recuperar las energías gastadas durante la noche.
Unas horas después, iba a dar un paso importante en su relación con Marta, sin saber si realmente lo deseaba, si se dejaba llevar por la pura inercia o si era otra huida hacia adelante.
***
Lucía llamó al timbre del piso de sus padres y esperó sonriendo a Marta, que se encontraba un tanto nerviosa.
Jaime y Patro ya sabían que tenían una invitada para comer.
A pesar de que Lucía había asegurado que no hacía falta avisarles, había aprovechado un momento en que Marta estaba en el baño para llamarles.
Prefería que su madre estuviera advertida, más que nada porque era una mujer coqueta y se habría sentido incómoda recibiendo a una desconocida por sorpresa, ataviada con una simple bata de andar por casa y sin arreglar.
Y, en efecto, cuando ella misma abrió la puerta, la encontraron bien vestida, repeinada y remozada gracias a un maquillaje discreto.
—Qué guapa estás, mamá —exclamó Lucía dándole un beso—. Te presento a Marta, te he hablado muchas veces de ella —añadió y la joven la miró sorprendida.
—Encantada de conocerte, Marta. Bienvenida.
—El gusto es mío. Gracias por la invitación.
—Nada que agradecer. Estás en tu casa —dijo Patro haciéndola entrar—. Mira, este es Jaime, mi marido.
—Ese soy yo: su paciente marido —dijo estrechándole la mano a la par que Patro elevaba los ojos en señal de resignación.