Ella (Corazón de Pantera nº 5) 23
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Llegó sofocada a Glassé, una cafetería que había comenzado su actividad unas semanas antes y de la que todo el mundo hablaba.

Había quedado allí con Patro para desayunar y hacer unas compras mientras Jaime preparaba un asado.

Después, se reunirían con él y comerían juntos en casa, como cada fin de semana.

Para poder estar a esa hora con su madre, Lucía había acortado su salida de la noche anterior, por lo que había podido descansar lo suficiente como para sentirse plena de energía.

—Menudo calor —se quejó Patro mientras le daba un beso a su hija.

—Y tanto. Me he arrepentido por el camino de no venir en coche —resopló Lucía—. ¿Entramos?

—Sí. Tengo ganas de ver si está todo tan bueno como dice la gente.

El interior del local les agradó por la bonita decoración y por la bendita presencia de aire acondicionado.

Un amable camarero las acompañó hasta un velador y les entregó la carta de desayunos.

Unos minutos después, pudieron degustar unos deliciosos brioches y un chocolate suizo a la taza que las dejó con ganas de repetir.

—Pues sí que lo hacen todo riquísimo —confirmó Patro rebañando los últimos restos de nata montada.

—Hacía falta algo así en el pueblo. Creo que el próximo sábado traeré aquí a las chicas —anunció Lucía.

—¿A tu pandilla? —preguntó su madre extrañada.

—No, a Sandra y Tina —aclaró nombrando a la segunda con tranquilidad para que Patro lo dejara pasar, pero no fue así.

—Hacía tiempo que no me hablabas de ella.

—Será porque no hay gran cosa que contar. Ya te dije que todo quedó claro por fin. Ella tiene sentimientos por una chica de su edad, como debe ser. En realidad, no puedo descartar que los tenga por dos, porque anda escribiéndose con otra con la que parece haber encajado muy bien.

—¿Y qué ha pasado con sus sentimientos por ti?

—Aquello quedó en nada, mamá. Tina es muy joven y estaba confundida. Eso es todo.

—Pero sigues teniendo buena relación con ella.

—Claro. Precisamente por eso: porque ya no hay nada que entorpezca nuestra amistad.

—¿Y tú…?

—No, mamá.

Lucía la había interrumpido tajantemente. Por la expresión de su cara sabía que iba a plantearle la posibilidad de que ella guardara algo sin procesar hacia Tina y no quería abordar esa conversación.

—Está bien, cielo. ¿Y cómo es que vas a traer aquí a esas dos chiquitas?

—Te recuerdo que dentro de una semana es mi cumpleaños.

—No hace falta que me lo recuerdes —sonrió Patro.

—He pensado que podría invitarlas a desayunar. Quiero tener mi momento de celebración con ellas y creo que este es el sitio perfecto.

—Me parece bien, ya que las quieres tanto.

—Las quiero mucho, mamá —aseguró y la mirada se le llenó de luz.

—Veo que son tan importantes para ti que hasta yo las estoy empezando a querer, aunque no las conozca.

Lucía le apretó la mano con cariño.

—Quizá algún día te las presente.

—Me encantaría. Y tampoco me importaría conocer a Marta —añadió con ojos huidizos.

—¿Por qué me lo dices así? ¿Piensas que me voy a enfadar? —preguntó sonriendo.

—Hija, es que ya no sé lo que piensas o sientes ni lo que te molesta o lo que no.

—Anda, vamos a hacer esas compras antes de que se nos haga tarde y papá nos reciba con ladridos.

Salieron de la cafetería dispuestas a pasar unas horas juntas. Patro estaba feliz de disfrutar de la compañía de su hija. Para Lucía también fue una mañana agradable, pero ya no se pudo quitar a Tina de la cabeza.

***

Una semana después, Lucía regresó a Glassé, eligió una mesa del fondo, pidió un té y esperó leyendo el periódico la llegada de Tina y Sandra.

Las había convocado el día anterior y le había alegrado percibir la ilusión de las dos.

Suponía que a ellas también les apetecía que se encontraran en un ambiente más cercano a aquel de Madrid que al del día a día en el instituto.

A las tres les gustaba olvidar por momentos que eran profesora y alumnas, recordar que, ante todo, eran amigas.

Estaba terminando de leer un artículo de Elena Blanco cuando las vio llegar. Se levantó y correspondió a la felicitación de ambas con sendos besos.

—Casualidades de la vida, peque. Justo estaba leyendo una noticia muy interesante de tu hermana cuando habéis entrado —dijo Lucía tras darle un cálido abrazo.

—Es la mejor periodista del mundo —comentó la chica con orgullo.

—Claro, sin exagerar —intervino con sorna Tina.

—La van a hacer jefa de Comarcas.

—Ah, entonces sí, es la mejor del mundo.

—No seas borde, bicho —la reprendió Lucía tratando de no reír.

—Solo bromeaba. Elena me cae muy bien —admitió ganándose el perdón de Sandra.

—Es un encanto de mujer —coincidió Lucía—. ¿Nos sentamos y pedimos algo? Tienen cosas buenísimas.

Tina y Sandra cabecearon al unísono y se acomodaron frente a frente, dejando a Lucía en el centro.

—Te hemos traído una cosa —desveló Tina recuperando la seriedad y poniendo un pequeño paquete delante de Lucía.

—Chicas, no teníais que haberos molestado, no hacía falta —dijo Lucía emocionada por un detalle que no esperaba.

—En realidad es un regalo para las tres.

Es un papel con las preguntas que nos tienes que poner en el examen.

Evidentemente, nos lo merecemos y así te aseguras de que aprobamos, que es lo que más feliz te haría —explicó Tina mientras su cómplice trataba de esconder la risa y Lucía la miraba elevando una ceja con sorna.

—No le hagas caso —replicó Sandra—. Son las llaves de un coche. Es lo que querías, ¿no?

—Venga ya, no chafes la sorpresa —protestó Tina—. Con lo que me ha costado envolverlo y ponerle el lazo.

—Ya te dije que era más práctico meterlo en una caja.

—No había cajas tan grandes.

—Pues peor ha sido tener que comprar rollos y rollos de papel.

—Bueno, par de bordes —las cortó Lucía impaciente—, mientras seguís con vuestra guasa yo voy a abrir el regalo, que me muero de curiosidad.

Las dos chicas pararon con la broma y centraron su atención en Lucía mientras abría el paquete. La responsabilidad y las ganas de haber acertado provocaron que se les cortara el aliento. Las dudas terminaron en cuanto la profesora abrió la pequeña cajita y extrajo una pulsera de su interior.

—Qué preciosidad —dijo ilusionada alternando la mirada entre las chicas y el abalorio.

—¿Te gusta? —preguntó Tina.

—Muchísimo. En serio, es muy bonita —aseguró acariciando la pulsera.

—Tina dice que estas tres bolitas son un símbolo de nuestra amistad —apuntó Sandra sin poder evitar ruborizarse.

—Sí, me encanta el detalle —dijo Lucía sin dejar de sonreír—. Como acordamos en Madrid, amigas para siempre pase lo que pase. ¿Me la ponéis?

—Yo soy un poco torpe —se negó Sandra.

—Yo nunca lo he hecho —la secundó Tina.

—A ver si se lo voy a tener que pedir a la camarera —refunfuñó Lucía.

—Va, ya te la abrocho yo, así serás mi primera vez —se ofreció Tina.

El comentario hizo que a Lucía se le activara una alerta, a la vez que un efímero rayo le recorría la entrepierna.

Las dos reacciones la hicieron sentir igual de incómoda.

Sondeó a Tina con la mirada, tratando de averiguar si había habido doble sentido en sus palabras, pero la chica sonreía, aparentemente despreocupada, mientras trataba de abrochar la pulsera.

—Al final va a resultar que eres tú más torpe que yo —dijo Sandra riendo.

—Oye, que tú has tenido cuatro hermanas y un montón de muñecas para practicar —se justificó Tina.

—Tú tenías a tu madre.

—Me vas a comparar…

—Venga, un par de intentos más y conseguirás que las dos partes se rocen —la pinchó su compañera.

—Si es que se me resbala.

—Bueno, cien intentos más y a lo mejor lo consigues.

—Oye, me estás cabreando. Si lo llego a saber se la compramos con imanes.

Sandra volvió a reír mientras Lucía, más relajada, comenzaba a disfrutar de la estampa.

Le gustaba ver la amistad que se había forjado entre las chicas, sobre todo cuando las preocupaciones y la tristeza desaparecían y se entregaban a su característico sentido del humor.

Mirándolas había conseguido dejar de prestar atención al calor de la mano de Tina trasteando en su muñeca.

—Por fin. Ya está —resopló Tina al conseguir el objetivo—. El año que viene mejor le regalamos el coche de verdad, que es menos trabajoso.

—Sí, siempre que no te empeñes en envolverlo en papel de celofán —dijo Sandra.

—Chicas, muchas gracias. Es un regalo precioso y con mucho significado para mí —enfatizó Lucía volviendo a acariciar la pulsera, en especial ese trío de esferas plateadas que simbolizaban el inmenso cariño entre las tres.

Tina y Sandra se sonrieron satisfechas y Lucía las sorprendió regalándoles otro beso. Se sentía tan bien con ellas… Un camarero se acercó a la mesa, les entregó una carta y a las chicas se les abrieron los ojos como platos.

—No sé qué elegir —se rindió Sandra tras un momento.

—Yo me comería uno de cada —añadió Tina señalando todas las opciones de repostería que la cafetería ofrecía.

—Os aseguro que, elijáis lo que elijáis, vais a acertar. Está todo muy bueno.

El camarero regresó y, ante las dudas de las chicas, les sugirió un surtido de pastas y chocolates para que les sirviera de degustación. Media hora después, aún relamiéndose, Tina se puso seria.

—Supongo que es momento de que nos vayamos y te dejemos disfrutar de tu día —propuso mirando a Lucía.

—Aún os puedo dedicar un ratito —dijo tras consultar su reloj.

—¿Entonces no te hace fiesta tu familia? —quiso saber Sandra.

—No —contestó riendo—. Para eso tendré que esperar cuatro años.

Las dos la miraron sorprendidas.

—Es que mi padre se empeña en montarme una fiesta sorpresa cuando cumplo un número terminado en cero o en cinco. Así que no volverá a suceder hasta que cumpla los treinta y cinco. Por eso me he reído.

—Pues poco tendrá de sorpresa —dijo Tina.

—Nada, pero me hace ilusión igual.

—¿Y tus amigas no te organizan nada a tus espaldas? —continuó preguntando Sandra.

—No creo. Eso sí que sería una sorpresa. Pero ya os conté ayer que lo celebraré con ellas. El momento loco de cada cumpleaños llega con la pandilla.

—Igual dentro de unos años, nos incluyes.