Ella (Corazón de Pantera nº 5) 22
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Lucía llegó a casa con una extraña sensación en el alma.

La causante era Paz, con la que acababa de mantener otra reunión de tutoría.

Al contrario que en la primera, no había existido ninguna tensión.

Tina había aprobado todas las asignaturas y había acudido confiada a la charla.

Lucía esperaba que Paz se mostrara satisfecha por el resultado de la evaluación, pero lo cierto era que su actitud había sido, en todo momento, fría y distante.

La profesora había insistido en el buen hacer de la chica durante el trimestre, pero no había conseguido contagiar su entusiasmo a la mujer.

Decepcionada, se había quedado después a charlar a solas con Tina, pero, a esas alturas de su vida, ya nada le venía de nuevas respecto a Paz. En absoluto estaba afectada por la indiferencia de su madre, dado que era lo habitual. Eso no dejó de provocar en Lucía una sombra de tristeza.

Sin poder dejar de pensar en ello, se quitó los zapatos, se desplomó en el sofá y permaneció unos minutos relajada y dejando el tiempo pasar.

Disponía de un ratito antes de arreglarse para salir con su pandilla.

Le apetecía desmelenarse aquella noche para celebrar que había sido una bonita semana tras el regreso de las vacaciones.

El único punto negativo había sido la dichosa tutoría con Paz, pero no iba a permitir que las cosas fueran siempre así.

Aún pensaba convocarla antes de final de curso.

Y, desde luego, si al año siguiente volvía a ser profesora de Tina, iba a seguir insistiendo hasta convertir a esa mujer en una madre de verdad.

Un par de horas después, se acomodó en el asiento de copiloto del coche de Marta, que la recibió contrariada porque Lucía se había retrasado unos minutos en bajar a la calle.

Esta no tenía ganas de discutir ni de que le amargara la noche, así que le dio largas y apenas hablaron hasta que llegaron a la tasca de siempre.

En Casa Justo compartió risas con sus amigas mientras se ponían al día, como cada viernes.

Lucía era una mujer de costumbres, al igual que el resto del grupo, a excepción de la disonante Marta.

Y no era algo que le molestara porque esa rutina tenía el sabor dulce de la familiaridad.

Además, de esa manera, romper con las costumbres le confería un maravilloso toque de emoción.

Después de cenar, se fueron a bailar al Pantera.

Lucía dejó que Marta se le enganchara y, aprovechando uno de esos escasos momentos de conexión, disfrutaron de estar juntas.

Pilar y Lola hicieron lo propio, mientras que Celeste giraba sonriente ajena a todo, como si flotara en su propia dimensión.

Cuando se cansaron, buscaron un rincón más tranquilo y se sentaron a charlar en la medida en que el volumen de la música lo permitía.

—Tengo hambre —dijo Celeste unos minutos después.

—La verdad es que a mí también me ha entrado un poco de gusa —se sumó Lola.

—¿Vamos a tomar algo rápido y volvemos? —propuso Pilar.

—A mí un bocadillito y un poco de aire me vendrían fenomenal —afirmó Lucía.

—Pues, vamos —dijo Lola poniéndose en pie.

Salieron del pub y se dirigieron al socorrido Alborada.

Marta ya había expresado su clara intención de no comer nada, pero las acompañó.

Pilar se interesó por sus progresos como diseñadora y acabaron conversando mientras caminaban hacia el puesto ambulante.

Celeste continuaba bailando, aunque ya la música no se escuchaba y Lucía y Lola se descolgaron unos metros de las demás.

—Hoy has estado chistosa. Me gusta verte así —dijo Lola.

—Pues como siempre, tita.

—No, que has tenido tus momentos raritos.

—¿Y quién no los tiene?

—De hecho, al principio de la noche, en la tasca, estabas como disgustada. Pero luego te has animado.

—Sí, es verdad. Aún arrastraba el mal sabor de boca de la tutoría de esta tarde con la madre de Tina.

A Lola se le escapó un significativo gesto al escuchar el nombre de la chica.

—¿Has tenido algún problema con esa mujer?

—No, no es eso. Pero es una persona muy extraña.

Demasiado bien ha salido Tina —ironizó—.

Quiero pensar que las cosas pueden cambiar, pero es una mujer tan fría…

Su hija ha hecho un trimestre ejemplar y ella ha reaccionado como si nada.

No sé, no me gusta que el ambiente en casa de Tina sea así. No se lo merece.

—¿Sigue todo bien con ella?

—Sí, mejor que nunca.

—¿Entonces ya no te persigue?

—Hace tiempo que no. Ahora va detrás de Raquel e incluso ha empezado a cartearse con otra chica.

—¿Y a ti te afecta algo de eso?

—No —contestó con rotundidad.

—¿Seguro?

—¿Por qué insistes en preguntar? ¿No crees en mis palabras? —cuestionó deteniéndose.

—Creo en tus palabras, pero se te escapan muecas que me dicen otra cosa.

—Venga, Lola, no te pongas paranoica. Estoy bien y me parece genial que Tina se relacione con otras chicas.

—Vale, pues, si tú lo dices, me lo creo. Me creo que te parezca bien que vaya detrás de esa tal Raquel y que, además, lo intente por escrito con otra. Por cierto, ¿quién es esa otra?

—No lo sé, aún no me ha querido dar datos de ella, pero es alguien de fuera.

—¿Qué queréis vosotras? Hay un poco de cola —irrumpió Celeste.

—Un bocadillo pequeño de… tortilla de patata —decidió Lucía tras cavilar un segundo.

—Para mí un perrito especial. Toma dinero.

—No, que invita Pilar —dijo Celeste echando a correr.

Lucía y Lola se unieron al grupo, repusieron fuerzas y regresaron al Pantera.

Habían retomado el baile cuando Lucía vio a Raquel.

Acababa de llegar y ya había comenzado a tontear con una mujer varios años mayor que ella.

Cuando las vio besarse, no pudo hacer otra cosa que sonreír y se preguntó por qué.

¿Acaso ella, como buena amiga de Tina, no debía lamentar que Raquel anduviera con otras? ¿Por qué, entonces, se había alegrado?

Se giró hacia Marta, ignorando a su alumna, y continuó bebiendo para no preguntarse qué sentía en realidad.

***

Lucía miraba abstraída a través del cristal.

Sus alumnos de segundo C estaban inmersos en un control y ella se había estado paseando por el aula hasta detenerse junto a la ventana.

Desde allí había una panorámica perfecta de las pistas deportivas donde se impartía Educación Física y donde muchos chicos se distendían durante los recreos.

En aquel momento, eran Tina, Sandra y sus compañeros los que sufrían bajo el sol y las exigencias de Sebas.

Echó un rápido vistazo a la clase y después la mirada se le perdió, definitivamente, en Tina.

Ahí estaba, con su cara de concentración, mirando al profesor con cara de pocos amigos cada vez que le daba una orden, pero cumpliéndola sin rechistar.

A la vez, estaba pendiente de Sandra, a la que trataba de ayudar, aunque no lo necesitara.

A Lucía le llamó la atención que, al finalizar una carrera con un sprint, la pequeña Sandra alcanzó una velocidad vertiginosa.

Nunca habría imaginado que una chica tan bajita pudiera correr tan rápido.

Y Tina no se quedaba atrás. Al terminar la serie de carreras y antes de irse al centro de la pista para rematar con los estiramientos, Tina se había dejado caer rendida en el suelo.

En ese breve instante, Lucía se olvidó de Sandra, de la vigilancia de su clase y del resto del mundo.

Solo era capaz de mirar a Tina, de fijarse en su anatomía, en zonas de su cuerpo que hacía meses que trataba de olvidar y que, de hecho, creía haber olvidado.

Al igual que pensaba que había superado el deseo de colocarse encima de ella y que, en ese momento, le hizo sentir culpable.

Alterada, se apartó de la ventana y regresó a su mesa tratando de convencerse de que, simplemente, le habían traicionado las hormonas. Ya se sabe: la primavera…

Dejó pasar el resto de la mañana sin permitirse volver a pensar en sus inadecuadas sensaciones.

Al terminar las clases, salió del instituto y se percató de que Tina y Sandra caminaban apenas unos metros por delante de ella.

Raquel pasó junto a las dos y guiñó un ojo a Tina, mientras esta le sonreía sin demasiada emoción.

Habían vuelto a ser amigas, aunque no compartían tanto tiempo como antes.

De repente, era como si pertenecieran a mundos distintos.

Lucía lo sabía bien porque estaba pudiendo conocer el estallido de mujer adulta de Raquel cada fin de semana en el Pantera.

—¿Os llevo a casa? Debéis estar muy cansadas —dijo Lucía acercándose por detrás a las chicas.

—¿Cansadas por qué? —preguntó Tina extrañada.

—Ya he podido ver la paliza que os ha metido Sebas.

—Estamos acostumbradas —restó importancia Sandra—. Es siempre así.

—Bueno, hay veces que pasamos un rato jugando al voleibol —puntualizó Tina—, pero a mí no me gusta. Prefiero correr hasta la muerte.

—¿Y cómo es que nos has visto? ¿No tenías clase? —quiso saber Sandra.

—Sí, pero he estado unos minutos asomada a la ventana y os he podido observar.

—¿Esa es la atención que prestas a tus propias clases? —le reprochó Tina mirándola de reojo—. Ahora te lo puedo decir, que no estamos dentro del instituto y me puedo meter contigo.

—Mira, bicho, cansada o no, te vas a ir andando a tu casa. Venga, Sandrita, sube al coche. No quiero saber nada de tu amiga.

Sandra sonrió y se dirigió, como siempre, a la puerta trasera. Lucía miró a Tina, que se había quedado parada y le hizo un gesto para que se colocara en su sitio.

—Últimamente me amenazas mucho con no dejarme subir a tu coche —dijo la chica mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.

—¿Por qué será? —protestó Lucía haciendo un esfuerzo por mantener el enfado en su rostro.

—Me estás cogiendo manía.

—¿Por qué será? —repitió y se echó a reír antes de darle un suave capón.

Como cada vez que las llevaba en su automóvil, puso rumbo a la casa de Sandra, pese a que el domicilio de Tina le venía de camino. No sabía por qué, siempre buscaba la forma de pasar unos minutos a solas con ella.

Tras despedirse de Sandra, Lucía atacó a Tina con un tema que la tenía en vilo desde hacía días.

—Bueno, ¿cuándo me vas a contar más cosas sobre tu amiga postal?

—Es que nos estamos empezando a conocer. De momento solo es un puro intercambio de datos.

—¿Y acaso son un secreto? ¿No hay nada que me puedas decir?

—Claro. Es una adolescente, no una agente de la CIA.

—¿Por qué te andas con tantos misterios entonces? Ni siquiera me has dicho cómo se llama.

—Maribel —dijo tras unos segundos, cuando ya Lucía creía que no iba a contestar.

—¿Y qué me puedes contar sobre ella? ¿Te está cayendo bien?

—Sí, parece maja.

—¿Es de tu edad?

—Sí, tiene dieciséis también, aunque ella nació en agosto. Le llevo dos meses.

—Por fin te gusta una menor que tú —dijo son sorna y Tina negó con la cabeza y poniendo los ojos en blanco.

—Es menor, pero nadie ha dicho que me guste, aunque podría. Por lo poco que sé de ella, parece una chica interesante.

—Bueno, cuéntame más cosas. Supongo que estará estudiando.

—Claro. Pero no está haciendo BUP.

—¿Formación profesional?

—Sí, Auxiliar administrativo. En realidad, quería estudiar Empresariales en el futuro. Se ve que le tira eso de las finanzas. Pero sus padres están pasando una mala racha y ella sabe que no le van a poder costear una carrera. Así que ha optado por un plan alternativo pensando en opositar.

—Caray, parece tener las cosas muy claras con lo joven que es.

—Sí. No quiere ser una carga para su familia. Y, ¿quién sabe? Quizá más adelante pueda hacer lo que de verdad quería.

—Ojalá. Parece una chica responsable.

—Sí, y no solo para sus propios asuntos. Tiene dos hermanos menores y los suele cuidar cuando hace falta. Sus padres se apoyan mucho en ella.

—Vaya, es una joya esa chica.

—Eso parece, que es madura, cariñosa y muy centrada en los estudios.

—Me está gustando para ti —aseguró sonriendo—. ¿Y cómo es físicamente?

—Pues, por la foto que me ha enviado, parece guapa. Morena, pelo un poco largo, pecosa y con los ojos azules. Me dice que mide 1,60 y que le sobra algún kilo.

—¿Y eso es un problema para ti?

—Qué va. Me encantan las redondeces. Aunque lo importante es que una persona te guste porque sí. Entonces, te da igual que sea guapa, fea, oronda o un saco de huesos —afirmó haciendo reír a Lucía.

—Me gusta que pienses así.

—Sí, pero aún no he madurado lo suficiente como para no reconocer que me atrae mucho su labio inferior y que preferiría que sus cejas fueran más finas.

—Se te puede perdonar —dijo Lucía sin dejar de sonreír—. Oye, me tienes que enseñar la foto. Me apetece mucho ponerle cara.

—Un día de estos te la traigo.

—Vale. ¿Mañana por ejemplo?

—No seas agonías. Cuando me acuerde.

—Vale, pues acuérdate mañana.

Tina volvió a mostrar una expresión de resignación mientras salía del coche.

—Intentaré acordarme —murmuró sacando las llaves para abrir el portal.

—Oye, por cierto, ¿de dónde es Maribel?

Tina retrocedió para acercarse a la ventanilla del coche que Lucía había bajado para hablarle. Al igual que cuando le había preguntado por el nombre de la chica, Tina pareció pensárselo antes de darle una respuesta.

—Es de Villaluz. ¿Sabes dónde está?

—Pues, claro que lo sé —exclamó sorprendida—. Es el pueblo donde veraneo con mis amigas desde hace cinco años.

—¿En serio? Mira que hemos hablado de cosas, pero nunca me habías especificado…

Tina dejó la frase a medias y, durante una fracción de segundo, compartieron una mirada seria.

Estaba claro que, si Lucía no le había mencionado jamás Villaluz era porque allí también había empezado a ir con Marta y durante meses había tratado de no herir a Tina con asuntos que tuvieran que ver con ella.

Y quizá, por la misma razón, la propia Tina había preferido no preguntar.

Pero las cosas habían cambiado y no debía suponer un problema hablar sobre ello.

—Pues qué casualidad —dijo por fin Lucía y Tina, haciendo un esfuerzo, le devolvió una sonrisa.

—Nos vemos mañana, seño —se despidió la chica.

—Hasta mañana, bicho. Y acuérdate de la foto —le exigió poniendo el coche en marcha.

Lucía condujo hasta su casa pensando en Raquel, en Maribel, en Marta, en el cuerpo de Tina tumbado al sol y en las malditas piedras que la vida pone en el camino.