Ella (Corazón de Pantera nº 5) 21
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Había sido una semana vivida con intensidad.

Lucía había aprovechado para levantarse tarde, para dejar que el sol y el aire le devolvieran parte de las energías gastadas durante los últimos meses y, por supuesto, también para divertirse con la pandilla.

Paradójicamente, se había sentido mejor y más libre con la ausencia de Marta, que se había ido de crucero con su familia para celebrar las bodas de oro de sus padres.

No podía decir que no la hubiera echado un poco de menos, pero había sido mayor la sensación de independencia y el disfrute de no tener que dar explicaciones de nada.

Le tenía cariño a Marta y físicamente le gustaba, pero cada vez le originaba menos cosquillas y más saturación.

Con el paso del tiempo, se había ido imponiendo la inercia a la ilusión.

La semana había sido tan variada para Lucía que hasta se había animado un par de días a ver pasar algunas procesiones.

No era una mujer religiosa, pero sí una amante del arte y de las costumbres populares.

Disfrutaba fijándose en detalles, admirando la imaginería de los pasos y respirando el olor a incienso.

No compartía el fervor de otras personas, pero sí llegaba a conmoverse porque aquello era un cachito más de ese pueblo que tanto adoraba.

Lucía había podido vivir relajada aquellos días de vacaciones y quizá se debía a que comenzaba a sentirse en paz.

Su situación con Tina se había normalizado y ya solo parecía haber un afecto por ambas partes, sano y sin intereses turbios.

Por fin las dos estaban en la misma sintonía y Lucía había dejado de comerse la cabeza.

La intención por parte de las dos era cuidar y mantener esa preciosa amistad el resto de sus vidas.

Y lo hacían con confianza, con confidencias, con minutos de calidad compartidos mirándose con franqueza a los ojos.

Aquella tarde de Domingo de Resurrección, mientras reposaba en el sofá, tuvo la sensación de que también ella había resucitado después de una etapa de su vida tan incierta, aunque le resultaba fácil quedarse con lo bueno de la situación que había atravesado durante meses.

Permaneció durante unos minutos reflexionando hasta que decidió activarse.

Quería preparar unos ejercicios para las clases de la semana siguiente.

Pretendía hacerlo para disfrutar de la sensación de tener trabajo adelantado…

y también para apartar de su cabeza a Tina.

Porque, sí, las cosas ya estaban claras y todo tranquilo entre ellas dos.

Pero se preguntaba por qué a veces la chica permanecía, a pesar de todo, instalada en su mente de una manera tan constante.

Y entonces, como si Lucía tuviera el poder de invocarla, Tina apareció.

***

Mientras caminaba por el pasillo, se recogió su corta melena en una coleta.

En aquellos días el tiempo era una veleta.

Tan pronto refrescaba como subía la temperatura, o llovía de improviso y, diez minutos después, el cielo volvía a estar despejado.

Aquella tarde, Lucía tenía un poco de calor y esa coleta para despejar la nuca completaba un atuendo fresco, informal y, sobre todo, cómodo y casero.

Llegó hasta el estudio, situado al fondo de la vivienda, puso música tranquila, abrió el primer temario y se entregó a su trabajo.

Estaba concentrada en su tarea cuando el timbre del portero automático la sobresaltó.

Se dirigió extrañada a la entrada del piso, donde estaba el interfono, y preguntó quién era.

Cuando escuchó la voz de la persona que esperaba en la calle, el alma le tembló.

—Hola, soy Tina, ¿tienes un minuto?

—Claro, sube —contestó mientras pulsaba el botón.

Abrió la puerta y se quedó a la espera de que el ascensor se moviera. Pero lo que sonó volvió a ser el telefonillo.

—Oye, que igual no tenía que haber venido sin avisar. Si te viene mal o estás con gente, lo dejamos para otro día —dijo Tina.

—No, tonta. Sube.

Lucía la esperó ilusionada y la recibió con una gran sonrisa. No podía negar que la añoraba y que ya hacía días que ardía en deseos de regresar a las clases para verla. También a Sandra, sí, pero a Tina de un modo más especial e intenso.

—Qué sorpresa —exclamó antes de darle un beso.

—No quiero molestar.

—No molestas, Tina. Me alegra mucho tu visita —afirmó haciéndola entrar al piso y cerrando la puerta.

—¿Estás sola? —preguntó con cierto temor.

—Sí.

—Espero no interrumpir nada.

—No te preocupes, solo preparaba parte del trabajo de la próxima semana para ir más desahogada.

—Claro, que además tienes los exámenes de recuperación.

—Sí. Por cierto, ¿qué tal estos días de auténticas vacaciones? ¿A que te ha valido la pena estudiar antes para no tener que recuperar nada?

—Sí y te prometo que en la tercera evaluación será igual.

—Más te vale. Anda, ven conmigo al estudio —le pidió echando a andar.

Al llegar a la estancia, Lucía apagó la música y se fijó en que Tina parecía un poco nerviosa.

Era la primera vez que entraba en su casa y supuso que debía sentirse un tanto descolocada.

En cierto modo, también a ella se le había acelerado el pulso, aun cuando sabía que no había nada que temer.

La situación había cambiado y era natural que, tarde o temprano, la que ahora era su amiga visitara su domicilio.

—¿Quieres tomar algo?

—Vale.

—Pues, siéntate. Vengo en seguida.

—¿Te ayudo?

—No hace falta. Anda, siéntate —insistió.

No había pasado ni un minuto cuando Lucía regresó con dos vasos, una botella de refresco de cola y otra de naranja. Llenó un vaso de la primera para Tina y quitó de la mesa todo lo que pudiera mojarse por accidente.

—Siempre sabes lo que me gusta.

—Sí, ya te voy conociendo. No haces ascos a los demás sabores de refresco, pero prefieres la Coca-cola. ¡Ah! Y los batidos siempre de vainilla. El chocolate lo prefieres en otros formatos.

Tina sonrió mientras daba el primer trago. Daba la sensación de que también ella tenía calor.

—Así que aquí es donde preparas los exámenes con los que nos torturas…

—Y, lo que es peor, donde los corrijo y me divierto suspendiendo a los alumnos —dijo Lucía con sorna mientras se servía un poco de naranjada.

—Es un sitio chulo, me encanta esa claraboya —añadió Tina mirando hacia arriba y señalando el techo.

—Es una salita muy cómoda, silenciosa, con luz… El único espacio de mi casa en el que me permito trabajar. En cuanto atravieso esta puerta, dejo de ser profesora.

—Vaya, pues no vengo en calidad de alumna. ¿Me tengo que salir al pasillo para hablarte?

—Pero qué borde eres —dijo dándose cuenta de lo mucho que echaba de menos su humor cuando pasaba días sin verla—. ¿Qué llevas ahí? —preguntó señalando una carpeta que llevaba bajo el brazo y que parecía querer proteger a toda costa.

—Pues es lo que venía a enseñarte. Una chica, amiga de Raquel, me encargó que le hiciera unas fotos y quería que me dieras tu opinión antes de entregárselas.

—Por supuesto. Me encantan tus fotografías y me acabas de generar una tremenda curiosidad. Anda, trae.

Lucía tomó el cartapacio, lo abrió y se sorprendió al encontrarse con una primera imagen que no esperaba.

Cuando Tina le había dicho que eran fotos de una chica, no había especificado que la modelo había posado desnuda.

Su primera reacción fue devolverle una mirada traviesa, pero pronto se dio cuenta de que el erotismo de la foto era sutil y, sobre todo, artístico.

Se detuvo a observarla con detenimiento y su delicadeza consiguió conmoverla.

La puso al final del lote y se recreó con la segunda escena, igual de íntima y sugerente.

Conforme pasaba fotos, Lucía se maravillaba del ambiente, de la emoción que transmitían.

En todas aparecía la chica con un violonchelo y Tina había conseguido jugar con la luz y las formas de una manera magistral.

—Es un trabajo maravilloso, Tina. Había visto antes muchas fotos tuyas, pero estas realmente me han sorprendido —aseguró mirándola con admiración.

—¿Crees que el resultado ha quedado profesional? —dudó.

—Por supuesto, lo es. Pero yo no lo definiría como meramente profesional. Son fotos muy originales y con una sensibilidad exquisita. Es como si hubieras fundido el alma de la mujer con el violonchelo.

—Bueno, intenté plasmar su pasión por el instrumento y las curvas de la chica hicieron que todo quedara más armónico y bonito —explicó sonriendo.

—Son unas fotos preciosas. Yo no entiendo mucho de técnica y no sé si en ese sentido tendrán errores, pero transmiten mucho sentimiento, son pura belleza.

—Supongo que, aunque sea una adolescente un poco bruta y egoísta, también tengo mi vena sensible —destacó Tina.

—Claro que la tienes. Ya te lo dije en nuestra primera conversación y eso que entonces no te conocía tanto como ahora.

—Y, además, creo que este proyecto demuestra que soy una persona madura —afirmó rogando con los ojos que Lucía le diera la razón.

—Vas camino de serlo —replicó con sonrisa irónica.

—No, en serio, Lucía, me he esforzado mucho por hacer bien este trabajo y he sido capaz de tener en mis manos a una mujer desnuda sin dejarme llevar por un mal instinto, sintiendo solo que era como arcilla que moldear con luz. Bueno, no sé si me explico…

—Entiendo perfectamente lo que me quieres decir.

Y me alegra haber descubierto en ti esa faceta artística que te está ayudando a evolucionar.

Has cambiado mucho en estos meses. Ahora eres más abierta, más cariñosa, más valiente, más sensible y…

vale, también más madura —reconoció provocando su satisfacción—.

Eso sí, esto me da pie a exigirte más como persona.

—Tú pide, pide.

—También te pienso exigir más como alumna. Se acabaron las chiquilladas, ahora eres madura.

—Bueno, tampoco hay que pasarse, ¿eh? —reculó mientras se ponía un poco más de refresco. ¿Sabes, Lucía? —continuó—. Siento que lo que más me está ayudando a hacerme mayor es tu amistad. Me viene bien poder hablar con alguien de temas que no salen en la Superpop.

Lucía respondió con una tierna sonrisa.

—Está bien que tengas inquietudes y que quieras ir por delante de lo que corresponde a tu edad, pero quizá no deberías tener tanta prisa. Algún día podrías echar de menos esa parte de tu adolescencia de la que estás renegando.

—Si tengo prisa es por Raquel —aclaró.

—Raquel tiene mucha suerte —susurró Lucía sin saber por qué a veces le costaba encajar que Tina le hablara de su interés por ella.

—Ahora se puede relacionar con chicas más mayores y tengo todas las de perder si solo me ve como una cría.

—Quizá deberías pensar en lo que podrás tener con ella más adelante, ignorando lo que pueda pasar mientras tanto.

—No entiendo lo que quieres decir.

—Verás… Últimamente la he visto con frecuencia en el Pantera —explicó mientras le cogía la mano con rostro serio—. Se está haciendo muy popular entre las chicas.

—Normal, es guapísima y muy atrevida —dijo Tina bajando la cabeza.

—Eso no significa que te tengas que desilusionar —la animó Lucía—. Pero saberlo te tiene que servir para no impacientarte y para actuar en consecuencia.

—¿Me estás queriendo decir que debería hacer lo mismo?

—Tina, solo quiero que vivas la vida. Hace meses que te lo estoy diciendo y deberías hacerme caso porque es un planteamiento maduro.

—Me estoy empezando a arrepentir de eso de la madurez —rezongó provocando que Lucía volviera a sonreír.

—Date una oportunidad para disfrutar de tu juventud. Si Raquel quiere estar contigo, lo estará igualmente, aunque antes hayas ido dejando víctimas por el camino —dijo mirándola con picardía.

—¿Sabes? Quizá tengas razón. He pasado meses sufriendo por algo que no debía y en cuanto me he recuperado… no he tenido mayor ocurrencia que interesarme por otra chica que no quiere estar conmigo. Ya está bien, me voy a dejar llevar y que pase lo que tenga que pasar —manifestó convencida.

—¿Hay más chicas en las reuniones de Shomos a las que vas? —preguntó Lucía.

—No, solo Raquel y yo. Bueno, en realidad Raquel ha dejado de ir, así que me he quedado un poco sola.

—No te preocupes, por ahí hay chicas a montones y en cualquier momento te encontrarás con alguna.

—Ya sé lo que voy a hacer —dijo Tina tras cavilar un instante—.

En la asociación hay un tablón donde ponen anuncios de chicos que quieren cartearse con otros.

La mayoría son de gente de fuera. Yo nunca les he hecho caso porque no quería tener amigas y además no me gusta mucho escribir, pero podría echar un vistazo.

—Me parece fenomenal, Tina. Es una buena forma de relacionarte con otras chicas. Aunque sería mejor que fueran de por aquí cerca, así os podríais conocer en persona.

—¿Te imaginas que congenio con alguna?

—Estaría muy bien. Aunque no llegaras a nada serio con ella, siempre hay posibilidad de iniciar una bonita amistad.

—Pues mañana mismo iré a Shomos.

Lucía volvió a mirarla con cariño y le regaló otra sonrisa cómplice. Tina debía abrirse camino en la vida, socializar, conectar con otras chicas y acumular experiencias. Era lo justo y lo más sano para ella.

—Espero que me cuentes pronto que tienes una nueva amiga.

—Claro. Serás la primera en saberlo —dijo después de dar el último sorbo a su bebida—. Pues te dejo que sigas trabajando.

—¿Ya te vas?

—Sí, no te quiero molestar más.

—Que no me molestas, Tina.

—Ya me invitarás algún día a volver.

—Por supuesto. Os haré venir algún día —prometió dándose prisa en meter a Sandra en el plan.

Tina le dirigió una mirada ambigua al darse cuenta de que aún albergaba algún recelo respecto a ella, pero no dijo nada.

—Pero puedes venir cuando quieras —matizó Lucía—. No hace falta que te invite.

La chica le sonrió y se dirigió tras ella hacia la puerta. Se despidieron con afecto hasta el día siguiente en que se reencontrarían en clase.

Tina volvería a visitarla alguna que otra vez, sola y en compañía de Sandra. Con absoluta naturalidad. ¿Acaso no era eso lo que hacían las amigas?