20 #2
—¿Y entonces?
—No sé, hay cosas que no me dejan estar bien y entonces me distraigo y… Bueno, la verdad es que tampoco me apetece mucho estudiar.
—Claro, ¿y crees que a mí me gusta madrugar cada día para venir a dar clase a adolescentes desganados?
—En realidad, sí. Creo que te gusta —replicó sonriendo tímidamente.
—Vale, me has pillado. No ha sido una comparación muy acertada —admitió y las dos rieron—. Vamos, te llevo a casa y charlamos por el camino.
Pocos segundos después, llegaron al coche de Lucía y Sandra se quedó esperando que abriera para colocarse en el asiento de atrás, como siempre.
—¿Qué haces ahí? —le preguntó extrañada—. No seas boba y ponte delante.
—Pero ese es el sitio de Tina.
—Que yo sepa no me ha comprado la mitad del coche.
—Ya, pero…
—Sandra, ese asiento no pertenece a nadie. Es para la persona que en cada momento me quiera acompañar en la vida. ¿Tú quieres hacerlo ahora?
—Sí.
—Pues, tira —le ordenó antes de ocupar su plaza.
La chica obedeció y se sentó a su lado.
—Ya me puedes contar qué es eso que no te deja estar bien —insistió Lucía poniendo el coche en marcha.
—Es que… igual piensas que es una tontería.
—Nada que te haga sentir mal es una tontería. Tontería es guardártelo para ti cuando tienes personas que quieren ayudarte.
—No me puedes ayudar, Lucía.
—Lo sabré cuando me lo cuentes. Y, en cualquier caso, aunque no pueda solucionar nada, verás cómo te sientes mejor al desahogarte.
—No sé. No ha mejorado mucho mi vida después de que Tina lo supiera.
—Ah, que a ella sí se lo has contado… —protestó medio en broma.
—Bueno, es que me sacó del armario aquella noche en Madrid y ya acabamos hablando de ello —se justificó sonrojándose.
—¿Y seguro que no te ayudó en nada compartirlo con ella?
—Sí, es verdad que me quité un peso de encima y que, además, me dio la buena idea de las cartas. Pero las cosas siguen igual y nunca cambiarán.
—¿Qué cartas? ¿Por qué no me lo cuentas, peque? Ya sé que tienes a Tina, pero igual te viene bien otro punto de vista. Y, en cualquier caso, quiero estar al tanto de tus cosas, sobre todo si te hacen suspender cuatro asignaturas.
—Pero, a ver… ¿La que pregunta es la amiga o la tutora?
—¿Acaso estamos dentro del instituto?
—No.
—¿Quién crees que pregunta entonces?
Sandra bajó la cabeza un instante, después se giró hacia Lucía, se dejó reconfortar por su tierna mirada y se lanzó a hablar.
—Es un problema sentimental.
—¿Mal de amores?
—Sí. Eso de mal de amores suena como a un capricho sin importancia, pero esto es diferente y me hace sufrir mucho.
—¿Y quién es esa chica?
—María.
—Es un nombre muy común, pero ¿puede ser esa María, amiga de tu hermana Elena, de la que me has hablado en alguna ocasión?
—Sí —afirmó volviendo a agachar la vista hacia la alfombrilla del coche sobre la que bailaban sus pies inquietos.
—Sé que tenéis una relación especial.
—Sí, pero ha ido cambiando con el tiempo. Cuando la conocí yo era muy pequeña y le cogí mucho cariño. Pero fui creciendo y, poco a poco, la fui viendo con otros ojos.
—Ya.
—Entonces, es raro porque sé que me quiere mucho y que a estas alturas me considera una amiga y no la hermana menor de su amiga. Pero, claro, a ella no le gustan las chicas.
—Te entiendo perfectamente.
—¿Tú también te has sentido así alguna vez?
—Claro, peque. Yo pasé muchos años de mi vida enamorada sin remedio de una compañera de colegio que sabía que nunca me iba a corresponder —sonrió recordando a Luisa Estepa—. Sé lo desesperante que es querer a quien no te quiere y ni siquiera poder decírselo.
—Exacto. Por eso Tina me sugirió lo de las cartas y me pareció buena idea. Y lo ha sido, aunque otras veces me arrepiento.
—¿Me quieres decir que le estás escribiendo cartas?
—Sí.
—Supongo que anónimas.
—Claro. Y sé que le gustan, que le hacen sentir cosas. Eso me emociona. Lo que no me gusta tanto es que ella esté convencida de que es un hombre quien le escribe.
—Espero que no te metas en un jardín, Sandra. Si te descubre…
—Lo sé, lo sé. Y siento los suspensos, pero la cabeza no se me va de ella.
—Deberías habérmelo dicho antes, si es algo que te hace sufrir tanto.
—Es que me siento idiota, Lucía.
—¿Por qué? —preguntó cogiéndole la mano.
—Ojalá existiera un botón para dejar de estar enamorada. Los sentimientos solo complican la vida.
Lucía cabeceó negativamente con una sonrisa en los labios. La última frase de Sandra era un calco de la forma de pensar de Tina. Miró a la chica y solo pudo enternecerse.
—Peque, la vida es complicada ya de por sí y, por desgracia, tiene sus situaciones amargas. Pero también hay momentos muy bonitos y sentimientos que enriquecen y por los que vale la pena vivir. No sé qué va a pasar con María, pero has de dejar que pase el tiempo.
—Ya. Ella no me va a hacer caso nunca de esa manera. Pero, desde luego, menos aún si para ella soy una chiquilla.
—Las relaciones necesitan su proceso y tú eres muy joven.
—¿Conoces a alguna mujer heterosexual que haya dejado de serlo?
Lucía no pudo evitar soltar una risotada por la cara de cachorro abandonado con que había formulado la pregunta.
—Sandra, en la vida puede pasar cualquier cosa. Sé que eres consciente de que se trata de un caso difícil.
—Ya.
—No te haría ningún bien asegurándote lo contrario.
Pero no significa que sea imposible. Ella puede empezar a verte de otra manera algún día, ¿quién sabe?
Lo importante es que tu vida no dependa solo de ello.
Tienes mucho por vivir y por aprender. Y mucho cariño por darle y por recibir por su parte.
—Yo no quiero dejar de ser su amiga.
—Pues, claro. María va a estar en tu vida para siempre. Tu obligación es respetarla y cuidarla. Pero también cuidarte a ti y prestar más atención a tus propios asuntos.
—Y ahí vuelven a salir los estudios —dijo resignada.
—Entre otras cosas, sí.
Lucía volvió a mirarla sonriendo. Acababan de llegar a la casa de las hermanas Blanco y Sandra permanecía decaída y con la vista perdida.
—¿Sabes? —rompió el silencio después de unos segundos—. Cuando se lo conté a Tina, ella me aseguró que no existen los amores imposibles. Yo quiero creerla y mantener abierta una rendija de esperanza por si acaso, pero soy realista.
—Y eso es muy inteligente por tu parte, Sandra. Ojalá más adelante María nos sorprenda y se quede con la maravillosa persona que eres, aunque no te cuelgue nada entre las piernas —dijo haciéndola reír.
—Me gusta cómo me hablas. Que me trates como a una igual y no como a una cría.
—Bueno, es que eres mi amiga y para eso la edad no importa ni una tiene que ser más que la otra.
Si me empeño en que me cuentes tus cosas es porque quizá te puedo ayudar con mi experiencia, nada más.
Me encantaría tener una varita mágica para cumplir todos tus deseos, pero hay que aprender que la vida no siempre nos da lo que tanto anhelamos.
Sé que encontrarás el equilibrio para continuar adelante sin perder la fe.
Se trata de que esa esperanza no domine tu vida, ¿entiendes lo que te quiero decir?
—Sí.
—Pues, piensa un poco más en ti, Sandra. Apóyate en Tina y en mí siempre que lo necesites. Dedica tiempo a tus hermanas, escribe, disfruta de María y, por el amor de Dios, no dejes de lado los estudios. No debes permitir que tu vida se paralice, tienes que avanzar.
—Te prometo que me esforzaré.
—Confío en ti. Respira en estos días, pero intenta también repasar un poco, que tienes los exámenes de recuperación a la vuelta de las vacaciones.
—Gracias, Lucía. Te voy a echar de menos.
—Y yo a ti, aunque ya nos ha dicho antes el bicho que solo van a ser nueve días.
—Me alegro de haberme hecho amiga de Tina —confesó.
—A ella le ocurre lo mismo contigo y es algo que me vais a agradecer toda la vida.
Las dos sonrieron antes de que Sandra abriera la puerta del coche.
—Otra que tal —se quejó Lucía—. ¿Tú también te vas sin darme un beso?
Sandra volvió a acercarse a ella y se despidió compartiendo un tierno achuchón con la profesora.
Un minuto después, Lucía inició camino hacia su piso preocupada por el tormento de Sandra y preguntándose si algún día sería capaz de abrazar a Tina.