20
Con el paso de las semanas, todo se relajó.
Lucía se centró en sus tareas sin dejar de disfrutar de la espontaneidad y del cariño de Tina.
La chica parecía más tranquila, sin la angustia constante del desamor, aunque igualmente frustrada porque ahora era Raquel la razón de sus desvelos.
Lucía no acababa de entender por qué no daba el paso si sabía que su amiga bebía los vientos por ella.
Pero Tina aseguraba que Raquel había perdido el interés, que estaban en momentos distintos de sus vidas y que prefería esperar.
En cualquier caso, la tensión entre Lucía y Tina había desaparecido y se dedicaban a vivir su amistad sin el obstáculo de los sentimientos no correspondidos.
Por otro lado, su relación con Marta continuaba con altibajos.
Lucía se había acostumbrado a que fuera siempre así, al día de cal y al día de arena, a pensar en algunos momentos que debía avanzar con ella y, un instante después, sentir deseos de romper con algo que estaba mucho más cerca de la farsa que del amor.
Pero la decisión nunca llegaba, la iba aplazando y las dos parecían sentirse cómodas con la incertidumbre y el vivir a mitad de camino entre la amistad y la pareja.
Mientras tanto, el curso avanzaba y el cansancio se acumulaba.
Ya quedaba poco para terminar el segundo trimestre y pronto tendría que afrontar los exámenes.
Aún quedaban unos días para las vacaciones de Semana Santa, pero aquel miércoles festivo de finales de marzo supuso un balón de oxígeno para ella.
Como cada vez que había un día no lectivo en mitad de la semana, aprovechaba para salir a pasear y despejar la mente.
Había quedado para comer con Celeste, tan libre aquel día como ella, pero antes quiso visitar a Pilar, que se encontraba enferma.
—¿Cómo sigue mi querida jefa? —se interesó acompañándola al sofá.
—Fatal, me duele todo, pero al menos ha bajado la fiebre.
—Esta tarde te volverá a subir.
—Gracias por los ánimos —protestó acurrucándose bajo la manta.
Lucía sonrió y le cogió la mano.
—Bueno, te sirve para librarte de trabajar.
—Pues, sí. Pero me hubiera gustado estar bien y que hubiéramos ido esta tarde a dar una vuelta.
—Otro día saldremos, Pilar.
—Ya, pero otro día no es este día —se lamentó.
Lucía le acarició la mano con ternura. Sabía lo que su amiga adoraba esa fiesta local de Albaceda, con sus tradicionales actos vespertinos, los únicos de los que podía disfrutar aquel día, ya que tanto ella como Lola trabajaban en la capital.
—Vendremos todas a estar contigo.
—No, que os iréis con un kilo de virus cada una.
—En ese caso, todos para Lola —bromeó.
—Pobre, ya debo haberla contagiado.
—Espero que no y que para el fin de semana estéis las dos como unas rosas. Falta que lo esté yo también.
—¿Por qué lo dices?
—Estoy empezando con la regla y este mes viene puñetera.
—¿Te duele mucho?
—Sí, mucho, como siempre.
—¿Y por qué nunca nos lo has dicho?
—Pues, no sé, no es algo de lo que se suela hablar.
—¿Qué dices, boba? —cuestionó con voz gangosa—. Será que no tenemos confianza para hablar de cualquier tema.
—También es verdad que suelo tenerla entre semana. No sabes lo que sufro a veces en clase.
—Pero ¿esto lo has consultado con el médico? —preguntó Pilar preocupada.
—Sí, hace unos años me diagnosticaron endometriosis severa.
—¿En serio? ¿Cómo es que no nos has contado algo así? No es ninguna tontería.
—Lo sé, Pilar, y lo siento. Para mí fue traumático enterarme porque suponía que no iba a poder tener hijos. Y, por favor, no me preguntes cómo pensaba tenerlos. Estoy harta de esa pregunta. Yo misma me la he hecho millones de veces.
Pilar la rodeó con su brazo y le dirigió una mirada llena de cariño.
—Sé que debería habéroslo contado —prosiguió Lucía—, pero en aquel momento solo quería olvidarme y no hablar de ello.
—Tranquila, lo entiendo. Pero, a ver, aparte del diagnóstico, ¿te dieron algún tipo de tratamiento para el dolor?
—No. Si te digo la verdad, ni siquiera recuerdo si me lo propusieron. El doctor fue un desagradable y yo me quedé como ida. Después, simplemente, he dejado que pase el tiempo.
—Pues eso se tiene que terminar, Lucía. Lo de los hijos… no sé, de eso ya hablaremos en algún momento. Pero no puedes pasar toda tu vida soportando ese dolor. Te vas a ir mañana mismo al médico para que te recete algo.
—¿Sabes? A veces me paro a pensar y… creo que siento como si…
a ver si me explico. Es como si aceptara ese dolor como un castigo, como el precio que tengo que pagar por no haberme cuidado antes, por no haber estado más atenta a mi cuerpo.
Quizá si hubiera acudido años atrás, habría tenido una posibilidad.
En el fondo, me siento una mala madre, aun cuando ni siquiera puedo serlo. Y el dolor es mi condena.
—Lucía, estás diciendo muchas sandeces —dijo sacudiéndola por los hombros—. El cuerpo funciona como funciona y no siempre depende de la persona. ¿Acaso tengo yo la culpa de no ver tres en un burro sin gafas? ¿Crees que es un castigo por algo?
—No, qué tontería.
—Pues imagina todas las que acabas de soltar en un momento. Vas a empezar a cuidarte —le ordenó—. Te vas a tomar lo que haga falta para no morir de dolor todos los meses. Y, repito, lo de ser madre ya lo trataremos. Tu prioridad ahora debe ser estar bien. Hazme caso o me enfadaré.
—Está bien, jefa. Buscaré el momento para ir al médico.
—Ya estamos. Deberías ir mañana mismo —insistió Pilar.
—Espera que termine la segunda evaluación. Ahora no puedo perder ningún día de clase.
—Lucía…
—En serio, no pasa nada por posponerlo un poco más. Llevo así años y años.
Pilar prefirió callar y se limitó a tomarse el enésimo caramelo balsámico de eucalipto. Después, se dejó acompañar mientras la charla saltaba de tema en tema hasta que su amiga se marchó.
Lucía aún tardaría en buscar remedio para sus males, pero nunca dejaría de soñar con un hijo. Su mayor esperanza y, a la vez, su mayor tristeza.
***
Por fin llegó el final del trimestre, con su consiguiente reparto de notas y con la ilusión de las ansiadas vacaciones. No iban a ser tan largas como las de Navidad, pero la llegada de la primavera les añadía un toque especial y alegre.
En aquella evaluación, Tina había cumplido con creces las expectativas de Lucía y había conseguido aprobar todas las asignaturas.
Por contra, los cuatro suspensos de Sandra impedían la satisfacción completa de la profesora.
Le preocupaba el bajón de rendimiento y esa tristeza que, con intermitencias, se instalaba en su semblante.
Había intentado hablar con ella en varias ocasiones sin obtener una explicación a cambio.
A veces, Lucía sonreía dándose cuenta de la cabezonería de las personas al empeñarse en fingir que todo está bien y negarse a recibir ayuda.
Sandra y Celeste lo hacían con Lucía, y ella misma respondía con evasivas cada vez que Lola se le acercaba para charlar y ofrecerle apoyo.
¿Por qué, si había confianza y cariño a raudales, no se entregaban a lo fácil, a la confidencia, si solo iba a servir para sentirse mejor?
En cualquier caso, tenía claro que con Sandra iba a insistir ese mismo día, en cuanto terminara la última clase.
Como cada viernes, concluyó su hora de Francés en tercero B y los alumnos se marcharon con prisas, a excepción de Tina y Sandra, que se quedaron conversando con ella.
Lucía adoraba esos minutos compartidos con las dos en los que se sentía tan arropada y que le ayudaban a descongestionar la mente de la rutina y las presiones.
Era el comienzo perfecto de cada fin de semana.
Después de comentar las notas y de unas cuantas bromas, descendieron juntas hacia la calle. A las tres les agradó ver que había salido el sol tras unos días de lluvia. Lucía se puso sus gafas, pero, apenas un segundo después, se las colocó sobre la cabeza para mirar bien a las chicas.
—Bueno, bicho, esta vez sí te puedo desear unas buenas vacaciones.
—Sí, por fin una semana de libertad absoluta.
—Sigue así para que las de verano sean igual de bonitas.
—Lo intentaré.
Tina se quedó esperando la siguiente frase de Lucía, pero esta se limitó a invitarla a marcharse con un gesto de cabeza. La chica se hizo la ofendida, pero sabía perfectamente que la profesora quería hablar a solas con Sandra.
—Ale, pues adiós, ya que me facturas. Voy a tener que suspender para que tengas interés en hablar conmigo.
—No me seas borde. Será que no hablamos día a día.
—Sandrita, ánimo con la recuperación. Si necesitas ayuda para estudiar, llámame —se ofreció—. Nos vemos a la vuelta.
—¿A dónde te crees que vas? —la detuvo Lucía cuando ya había iniciado la marcha—. Ni se te ocurra irte sin darme un beso.
Tina la miró como si nada, pero era evidente que se había estremecido. Con cierta timidez, volvió sobre sus pasos, se acercó a Lucía y dejó que le diera un tierno beso en la mejilla.
—Te voy a echar de menos, bicho. Os voy a echar mucho de menos a las dos.
—Solo van a ser nueve días sin vernos. Imagina cuando llegue el verano.
—No quiero pensar en eso. Aunque, si te pones muy tonta en estos meses, igual hasta me alegro de perderte de vista.
Tina dedicó una última sonrisa a las dos antes de alejarse. Lucía se dio la vuelta para no verla marchar y centró su atención en Sandra.
—Y ahora que estamos solas, ¿me vas a contar qué te tiene tan desconcentrada?
—Nada. Estoy bien.
—No me vengas con esas, peque. Hace un tiempo que te veo con la cabeza en otro sitio.
Y si a eso le sumamos las notas de este trimestre…
Dejé pasar que en la primera evaluación suspendieras dos, pero es que en esta lo has duplicado.
¿Qué piensas hacer en la tercera? ¿Igualar los seis que se ganó la otra vez nuestra amiga?
—dijo señalando hacia el lugar por el que se había marchado Tina.
—Espero que no.
—Más te vale que no, Sandra. ¿Por qué no me cuentas lo que pasa? —le pidió suavizando el tono—. ¿Acaso no confías en mí?
—Claro que confío en ti, Lucía.