Ella (Corazón de Pantera nº 5) 19 #3
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Un sábado se refugió en el piso familiar durante más horas de lo habitual.

Por una vez, fue ella quien permaneció al calor del brasero y de su madre sin que esta tuviera que convencerla de que no se fuera pronto a su casa.

Que su hija se quedara incluso a cenar escamó a Patro.

Su instinto maternal entró en escena y, aunque Lucía no quería hablar del tema, acabó confesándole, con total naturalidad, las novedades.

—Sí que me extraña un cambio tan repentino —opinó Patro.

—Es lo mejor que podía pasarnos a las dos —sentenció Lucía, poniéndose en pie y sintiendo que era momento de marcharse.

—No te enfades, cielo.

—Tranquila, mamá, no estoy enfadada. Pero llevo aquí casi todo el día y es hora de irme.

Patro aceptó sin mucho convencimiento su explicación y la vio marchar sabiendo que no estaba bien.

Unos minutos después, Lucía llegó a su piso justo cuando sonaba el teléfono. Era Lola desde una cabina.

—¿Se puede saber dónde estabas? Llevo una hora llamándote.

—Estaba con mis padres. ¿Ya has olvidado el número de mi antigua casa?

—Pues no, pero no se me ha pasado por la cabeza que pudieras estar allí tan tarde. Sueles irte de allí escopetada después de la sobremesa.

—Bueno, tita, pues hoy me apetecía estar más con ellos.

—¿Va todo bien, Lucía?

—Claro.

—¿Seguro? Porque no es normal que faltes y no nos avises.

Lucía miró el reloj y cayó en la cuenta de que a esas horas debía estar en la tasca con sus amigas para después ir a tomar una copa, como cada sábado.

—Lo siento, se me ha ido el santo al cielo.

—¿En qué andas pensando? ¿Ocurre algo?

—No, de verdad.

—Bueno, pues te esperamos.

—No, tita, creo que no voy a ir.

—¿Por qué?

—No sé, ya me da pereza. Prefiero quedarme tranquila en casa por una vez.

—¿Y tú me quieres hacer creer que no te pasa nada?

—A ver, Lola, todos tenemos en algún momento un día flojo. No puedo ser un cascabel todos los fines de semana de mi vida.

—Lo entiendo —dijo bajando la voz—. Ayer ya te vi tocada cuando salimos.

—Por favor, no —le rogó detener la conversación.

—Está bien, pero a ver qué haces con Marta.

Lucía resopló cerrando los ojos un instante.

—¿Está con vosotras?

—Sí. Ha ido a buscarte y ha estado esperando en tu portal por si aparecías. Al final se ha rendido y ha venido a la tasca muy molesta. Cuando le diga que no vas a acudir, seguro que se te planta en casa.

—Por favor, Lola, dile cualquier cosa para que no venga. Necesito estar tranquila y dormir. Lo último que quiero es tenerla atosigándome. Esta noche no.

—Haré lo que pueda.

—Gracias. Y perdona por el plantón.

—No te preocupes. Descansa y ya hablaremos.

Lucía colgó el teléfono, se puso el pijama y se tumbó en el sofá.

Pretendía distraer la cabeza con la televisión, pero no le convenció lo que se emitía por ninguna de las dos cadenas.

Al final, se dejó acompañar por la película de Sábado noche sin mostrar demasiado interés.

Entonces, el timbre de la puerta sonó. Lucía temió que fuera Marta y estuvo a punto de no moverse del sitio para que pareciera que no había nadie en casa, pero el sonido de la tele arruinaba su plan.

Se incorporó de mala gana y fue a abrir.

Una ola de alivio la arrasó al encontrar a Lola en el rellano.

—Ya sé que no tienes ganas de nada y que me has dicho que no quieres hablar —dijo entrando en el piso y cerrando la puerta—. Te juro que no voy a tratar de sonsacarte, pero me da la sensación de que un poco de cariño no te vendría nada mal.

A Lucía se le encharcaron los ojos y se entregó a ese abrazo que Lola le ofrecía. No sabía cuánto lo necesitaba hasta que se dejó arropar durante muchos segundos por el regazo de su amiga.

—Últimamente estás irreconocible, tita. Me has dado más abrazos en unos días que en toda nuestra vida.

—Lo que haga falta, Lucía. Si mi amiga del alma necesita un achuchón, pues yo me pongo en plan moñas y se lo doy.

—Eres muy grande.

—Y tanto —replicó palpándose el corpachón y haciendo reír a Lucía.

—¿Qué ha pasado con Marta?

—Se ha ido a Veliana. Si tú no estás, nosotras no le valemos para nada.

—No digas eso.

—Es así. Su único interés eres tú, el resto de la pandilla se la pela.

—Veo que has conseguido convencerla para que no venga.

—Sí, le he dicho que tu madre se ha puesto enferma y que te has tenido que quedar cuidándola. Siento haberla metido en esto, pero si le decía que la enferma eras tú, habría corrido a tu lado.

—Has hecho bien. Gracias.

—Bueno, pues me voy. A no ser que me necesites.

—No, tranquila, tita. Ve y diviértete mucho.

—Nos tomaremos una copa a tu salud. Y ya sabes…

—Gracias, Lola —dijo con un gesto de asentimiento.

Volvió al sofá, se tapó con la manta y cerró los ojos.

Durante unos minutos, oyó sin escuchar la película mientras hacía un esfuerzo por dejar de pensar en Tina.

Poco a poco cayó en el sopor y despertó de madrugada.

En el salón solo se escuchaba el pitido infinito de la carta de ajuste.

Apagó la televisión y se fue a la cama. Ya no pudo volver a dormir, pero la vigilia la ayudó a reflexionar.

El cambio de rumbo de Tina aclaraba el panorama y liberaba a Lucía de la presión de la duda.

Convencida de que las cosas ya solo podían ir a mejor, sonrió al amanecer, llamó a Marta y al resto del grupo, las enredó para un plan dominguero y dejó que el sol llenara de optimismo su vida.