19
Lucía giraba y giraba, con el vaso en la mano y la mente perdida en el infinito. Probablemente, a esas alturas de la madrugada, ni siquiera era consciente de la canción que sonaba en el Pantera ni de lo que sucedía a su alrededor.
—Menuda tajada lleva —dijo Lola.
Pilar le dio la razón con cierta preocupación. Lucía solía tomar copas y entonarse, pero aquella Nochevieja había bebido mucho más de lo habitual.
—Mañana no se va a poder ni levantar de la cama —consideró negando con la cabeza.
Marta, por su parte, no compartía la inquietud de sus amigas. Pensaba que era normal pasarse alguna vez y, además, a ella le venía bien para tener a Lucía totalmente a su merced.
—¿Por qué no salimos a tomar el aire? —propuso Lola.
—No. Estamos dando la bienvenida a 1987 —se negó Lucía.
—Bien, pero se trata de darle la bienvenida, no de que 1987 se despida de ti a las cinco horas de nacer.
—Déjame, tita, quiero bailar.
A Lola le bastó una simple mirada de Pilar para saber que debía insistir.
—Anda, ven y me convences de que no debo fumarme un cigarro.
—No fumes más. Eres mi amiga, no una chimenea.
—Venga, vamos fuera —reiteró cogiéndola por la cintura.
Marta trató de ir tras ellas, pero Lola se lo impidió.
—¿Por qué no ayudas a Pilar a vigilar al cervatillo? No sé por dónde anda.
—Celeste es mayorcita, no necesita niñera —replicó Marta.
—Ya, pero me harías un favor si la buscaras y le dijeras que quiero hablar con ella.
La diseñadora se giró de mala gana y no fue a ninguna parte. Daba por sentado que lo de Celeste era un simple pretexto para librarse de ella y se rindió.
Una vez en el patio del pub, Lucía se sentó en el borde de una jardinera.
—¡Qué frío, cojones! —protestó Lola colocándose a su lado.
—Pues yo tengo calor —aseguró antes de estallar en una carcajada.
—Madre mía…
—Tita, te quiero mucho, no fumes.
—Cuando empiezas con los cariñitos… malo. Anda, mejor caminamos un poco —decidió.
Se levantó, tiró de Lucía y la ayudó a pasear para que el fresco cumpliera su función de despejarla.
—Oye, qué rico estaba ese solomillo we… wee… ¿cómo se llamaba?
—Wellington. Lo que me sorprende es que te acuerdes de lo que has cenado.
—Claro, te ha salido muy rico.
—¿Qué dices, loca? Yo no sé ni freír un huevo. Sabes que lo ha hecho Pilar.
—¿Sí? Pero ha sido en tu casa. No me digas que no.
—En eso sí has acertado.
—Estaba muy rico, pero tengo ganas de vomitar.
—Anda, respira hondo, verás cómo se te pasa.
Durante unos segundos se limitaron a caminar y a respirar como si estuvieran de parto. Las náuseas desaparecieron, pero la sobriedad seguía a años luz de Lucía.
—¿Se puede saber por qué has bebido tanto?
—Porque es Nochevieja.
—Lucía, he pasado mil Nocheviejas contigo y nunca te habías puesto así.
—Déjame, tita. No ha sido suficiente. Me ha faltado alguna copa.
—¿Qué dices?
—Aún me acuerdo. Me ha faltado alguna más.
—¿De qué te acuerdas?
—De Tina.
Tras decirlo, soltó una risotada que, de repente, se transformó en llanto.
—Me quiero olvidar de ella y no puedo —se lamentó balbuceando.
—Acabáramos.
—Creo que ya no me quiere.
—Pues, mejor. Para ti era un problema, ¿no?
Lucía volvió a llorar y Lola no pudo hacer otra cosa que ofrecerle un abrazo como consuelo mientras ella se lamentaba del alejamiento de Tina.
—Es maravillosa, tita. ¿Por qué no es más mayor? —cuestionó entre sollozos.
—Será mejor que no sigamos con esta conversación o acabarás diciendo cosas que no quieres. Venga, respira. Si se te pasan las náuseas, iremos al Alborada a por unos churros, ¿te parece?
Lucía asintió con la cabeza y volvió a caminar mientras aspiraba aire como un pez fuera del agua.
Poco a poco, se fue reponiendo, pero ya no volvió a hablar sobre Tina.
Lola la escrutó con sus profundos ojos negros y decidió, del mismo modo, aparcar el tema.
Ya lo abordaría cuando su amiga estuviera lúcida.
Pero si algo le había quedado claro era que Lucía estaba perdidamente enamorada de su alumna.
***
Unas horas después, luchando contra los últimos restos de la resaca, Lucía abandonó la casa de sus padres para ir a tomar unas cañas con su pandilla.
Mientras caminaba, disfrutando del ambiente festivo del pueblo, celebró haber pasado otra Navidad con su familia.
Es verdad que, al igual que los últimos años, le había faltado Julia, pero sí que habían estado el belén, el árbol, los dulces navideños, las felicitaciones, el sorteo de lotería, los regalos, la cena de Nochebuena…
Y hasta, haciendo un gran esfuerzo, esa misma mañana había cumplido con la tradición de ver con Jaime y Patro el concierto de año nuevo y los saltos de esquí.
Lo había hecho superando el malestar y el redoble constante de tambores en su cabeza, pero le había valido la pena.
En pocos minutos, llegó al bar donde la esperaban sus amigas. Lola no paraba de reír porque Marta tenía un compromiso con su distinguida familia, justo el día en que no habían ido a la tasca Casa Justo, de la que siempre renegaba y que estaba cerrada.
—Solo falta que nos vayamos a cenar a un restaurante fino. Si se entera, le da un síncope —continuó riendo a carcajadas.
—No seas mala, tita —intercedió Lucía—. Marta tiene sus cosas, pero no siempre se queja.
—Qué va. Solo una de cada dos veces que vamos.
Lucía cabeceó con resignación y dio un trago a su cerveza.
—No entiendo cómo puedes tomar alcohol después de lo de anoche —comentó Celeste.
—¿Qué pasó? ¿Bebí mucho? La verdad es que no me acuerdo de casi nada. Pero me ha costado superar el dolor de cabeza.
—Mucho, no. Todo —dijo Pilar—. Hubo un momento en que estuve a punto de cogerte y llevarte a casa.
—¿En serio? No creo que fuera para tanto.
Al acabar la frase, su mirada se cruzó con la de Lola y supo que tenía algo que decirle, pero no delante de las demás. Por eso, una hora después, cuando terminaron en el bar y Lucía se disponía a regresar andando a casa, Lola se ofreció a acompañarla.
—¿Tú caminando, tita? —preguntó con ironía.
—Sí, ¿te hace gracia?
—¿Qué bicho te ha picado? Espero que luego te recoja Pilar. ¿O piensas pedir un taxi?
—Oye, graciosilla, soy capaz de ir andando hasta mi casa. ¿Tú qué te has creído?
—No te enfades. Es que coges el coche hasta para ir a la esquina de tu calle.
—¿Me estás llamando vaga?
—No. Solo eres una amante extrema de la conducción.
Lola negó con la cabeza y Lucía soltó una risotada.
—Anda, dispara, ¿qué me quieres decir?
—Es increíble cómo me conoces.
—Pues, sí, tita.
—Entonces ya sabrás que quiero hablarte sobre lo de anoche.
—¿Sobre qué? Me pasé bebiendo, ¿es eso?
—Por Dios, Lucía, tuvimos que pararte, ibas camino del coma etílico.
—Qué exagerada eres.
—¿Acaso no te acuerdas?
—Ya os he dicho antes que no recuerdo casi nada.
—¿Y en ese «casi» está Tina?
—¿Qué tiene que ver Tina con esto?
Lola supo de inmediato que Lucía no fingía y que, realmente, no recordaba lo ocurrido.
—Me temo que el alcohol habló por ti y desveló más de lo que te hubiera gustado.
—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Qué dije? —trató de averiguar con rictus serio.
—Confesaste que estabas bebiendo a la desesperada para no pensar en ella. Pero, tranquila, me lo dijiste a mí a solas.
—Eso no puede ser. Me lo estás diciendo de broma.
—¿Crees que bromearía sobre eso? ¿Que iría caminando hasta tu casa para gastarte una broma? —añadió resoplando.
—Pues, si dije eso, no era verdad. Debiste entenderlo mal.
—¿Y la llorera que cogiste al decirme que ya no te quiere también es algo que entendí mal?
Lucía se detuvo en seco y la miró con incredulidad.
—No puede ser que te dijera tal cosa.
—Pues así fue. Y lloraste mucho, lamentando su edad y que parecía que había dejado de hacerte tanto caso.
Continuaron caminando y Lola se preocupó ante el silencio de su amiga.
—¿Está ocurriendo eso? —preguntó.
—Sí, pero no es algo malo. No es ningún trauma para mí. En absoluto —aseguró Lucía.
—Pues, en cambio, a tu versión ebria le ha afectado mucho. Ya ves que no te miento. Yo no podía saber que la chica ya no te presta tanta atención. Si conozco ese dato es porque tú me lo dijiste anoche en un mar de lágrimas.
—No puede ser —repitió.
—¿Estás segura de que no hay nada que deba saber? ¿Nada en lo que te pueda ayudar? Porque no me gustó nada verte así.
—No le des tanta importancia, Lola. Por lo visto, estaba más borracha de lo que imaginaba.
—Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad.
—Eso es un falso mito. He trabajado con niños y anda que no cuentan trolas. Tampoco creo que los borrachos sean ejemplo de sinceridad.
—¿Entonces tampoco es verdad que me quieres mucho?
—Qué boba eres, tita.
Lola sonrió antes de cogerla por el brazo.
—Lucía, ¿seguro que está todo bien?
—Sí. De verdad, no sé por qué me dio por decir esas tonterías anoche.
Estoy bien con Tina. Por fin parece haber cogido el camino correcto lejos de mí, pero no por eso dejamos de ser amigas.
De hecho, me acompañó a hacer unas compras, me envió un christmas, yo le contesté, hablamos un día por teléfono…
No sé, está todo dentro de un orden. Y, desde luego, si es lo que sospechas, no quiero a Tina de esa manera.
No me interesa como mujer porque, en realidad, aún no lo es.
Lola la miró sin hablar. No terminaba de creer en sus palabras, aunque entendió que su amiga estaba librando una batalla que no era fácil. Quizá Lucía solo trataba de quedarse con la parte de la realidad que era más propicia a sus propios intereses.
—Está bien, pero…
—Sí, ya lo sé, Lola. Puedo contar contigo. Pero, en serio, no lo necesito. No para esa cuestión. Quédate tranquila.
—Bien, pues, en ese caso, me doy la vuelta ya.
—¿No me ibas a acompañar?
—Sí, pero ya hemos acabado de hablar.
—Tita, no has caminado ni cincuenta metros.