18 #6
—Julia. Es tres años mayor que yo. Mis padres se llaman Jaime y Patro. Y con esto estamos en igualdad de condiciones. Tú conoces a mi familia y yo a la tuya.
—Sí, pero tú los conoces personalmente y yo no.
—Pues, bicho, si quieres que te los presente, vas a tener que esperar un tiempo. No sé si entenderían qué tratos ando teniendo con una alumna que, de repente, no es nada aventajada.
—¿Vas a volver a eso?
—No —contestó riendo—. Solo bromeaba. Pero, mira, ven, siéntate un momento conmigo en este banco.
Tina la siguió y, una vez que las dos estuvieron acomodadas, Lucía sacó su cartera del bolso. Abrió un bolsillo y extrajo unas cuantas fotos.
—Estos son mis padres —explicó mostrándole una bonita imagen de los dos—. Y esta es Julia con mi sobrinito Gervasio, al que no conozco aún —dijo con gesto triste.
—El niño es muy guapo y ella también, pero no te pareces en nada a tu hermana —observó Tina haciendo que Lucía recuperara la sonrisa.
—No, ¿verdad?
—A tus padres tampoco. ¿Cómo puede ser?
—No sé. ¿Crees que se equivocó la cigüeña? Igual pertenezco a otra familia y la verdadera hija pequeña de los Naranjo anda por ahí.
—Está claro que eres adoptada.
—Calla, bicho —le exigió dándole un cariñoso coscorrón—. Es verdad que no me parezco a ellos, pero te sorprendería si vieras a mi bisabuela. Debo ser su reencarnación.
—¿En serio?
—Sí, soy una copia idéntica de la abuela de mi padre. Vamos, es que te enseñaría el retrato que tengo en casa, pero no te pienso dar opción de que te burles de mí comparándome con una señora de mediados del siglo XIX.
Las dos rieron con complicidad hasta que Tina se fijó en otra foto.
—¿Y esta mujer quién es? —se atrevió a preguntar.
—Mi tía Rosario. La quiero muchísimo.
—¿Es la que vive en Madrid?
—Sí, fui a verla un día, mientras dormíais la siesta. Tenía muchas ganas de darle un abrazo. Y estas dos —dijo pasando a la última foto, que no era otra que la que se había tomado con Sandra y la propia Tina en el fotomatón— son unas locas que no sé qué pintan en mi cartera.
—Vaya —se limitó a decir Tina, que no esperaba que su estampa compartiera espacio con la de las personas más importantes de la vida de Lucía—. Se te habrá colado sin querer.
—Con toda seguridad, porque no os tengo el menor aprecio.
—Vaya —repitió la chica algo nerviosa—. De tus amigas no se te ha escurrido ninguna.
—Pues parece que no.
—De tus amigos madrileños tampoco.
—No, y mira que los quiero.
Tina aún permaneció unos segundos con la foto en la mano.
A Lucía no le resultaba nada difícil detectar su emoción, pese a que intentaba esconderla por todos los medios.
También ella se preguntó en ese momento por qué había necesitado llevar a Tina en su cartera y no a otras personas muy queridas y relevantes.
—Igual es que te importamos un poco —insinuó devolviéndole las fotos—. ¿Ves? Yo tenía razón. El destino, nuestros nombres…
—Anda, tira, bicho, que nos cierran la librería —dijo incorporándose y echando a andar.
Tina fue tras ella y, mientras continuaban charlando sobre los padres de Lucía, se dedicaron a buscar el libro perfecto para Jaime.
Después, hicieron lo propio con el abalorio para Patro.
Lucía acabó contenta tras adquirir los regalos idóneos, sobre todo habiendo contado con las interesantes apreciaciones de Tina.
Le encantaba cuando las unía esa inesperada afinidad.
Al terminar con las compras, a Lucía le sobrevino la tentación de cenar con Tina, pero recordó la vibración que la había arrasado unos minutos antes en el coche y decidió que era mejor no darle más oportunidades a la insensatez.
Así pues, abandonaron el centro comercial y, unos minutos después, se detuvieron frente al portal de Tina.
—Gracias por el paseo, Lucía —dijo la chica con voz mustia.
—A ti por tu compañía y ayuda.
—Nos vemos a la vuelta de las vacaciones.
Tina bajó del coche y miró a Lucía con cierta tristeza. A pesar de su actitud de las semanas anteriores, era evidente que le apenaba que aquello fuera una despedida. La profesora se percató de ello y algo en su interior la hizo reaccionar.
—Espera un momento, Tina —le pidió yendo junto a ella antes de que abriera la puerta del edificio—. No te voy a dar más sermones, tú sabes bien lo que tienes que hacer. Vamos a estar casi veinte días sin vernos, pero si necesitas algo sabes dónde puedes encontrarme.
—Lo sé, gracias. Tú también sabes dónde estoy, siempre disponible para cualquier cosa. Bueno, para casi cualquier cosa —matizó con ojos traviesos.
Lucía sonrió con ella y se acercó peligrosamente.
—No quería despedirme sin darte un beso.
Tina se estremeció y se quedó muy quieta, mientras Lucía, con toda la calma y seguridad que le permitía su propia agitación, se aproximó hasta plasmar en su mejilla todo el cariño que llevaba dentro.
—Feliz Navidad, bicho —le deseó tras volver a poner espacio entre las dos.
—Feliz Navidad, seño.
Lucía regresó al coche, exhaló al aire el dolor de la incertidumbre y, con el alma temblando, se alejó de Tina.