18 #5
—Ah, ¿sí? ¿Te alegras de tenerme como profesora?
—Sí. Y si podemos ser amigas de paso… mejor.
—¿Acaso no lo somos ya?
—De momento, sí. Pero me has amenazado con dejar de serlo.
—Si vuelves a suspender tantas, te aseguro que sí. ¿En qué estabas pensando para dejar de estudiar de esa manera?
—Ya estamos otra vez —protestó Tina.
—Lo siento, pero es que si sacas el tema, me enervo.
—Mira que yo pensaba que el destino nos había unido, que ibas a ser mi gran amiga, que no podía ser casualidad lo de nuestros nombres. Pero ya me haces dudar.
—¿De qué hablas? ¿Qué pasa con nuestros nombres?
—¿Cuál es mi segundo apellido? —preguntó en tono misterioso.
—Luna.
—¿Y tu nombre y primer apellido?
—Lucía Naranjo. ¿A dónde quieres ir a parar?
—Pues eso: Luna. Lu de Lucía y na de Naranjo. Estábamos destinadas a conocernos.
—Venga ya, Tina, eso es algo muy rebuscado —replicó riendo.
—Qué va. Es una señal.
—Hilas muy fino, bicho. Si pusieras tanto interés en otras cosas…
—No me lo vuelvas a decir otra vez —bufó.
Lucía sonrió observándola con cariño. Pese al juego de palabras de sus nombres, algo parecía haber cambiado en Tina.
Se daba cuenta de que, desde que habían vuelto de Madrid, ya no la miraba con la misma intensidad y había desaparecido el ansia por encontrarla fuera del aula.
Su simpatía, confianza y afecto continuaban ahí, pero parecía que comenzaba a no ser un motivo de peligro.
Y ahí estaba Lucía, convenciéndose de que era la mejor situación posible y que no podía permitir que la aparente renuncia de Tina le escociera.
Era lo que le había aconsejado mil veces y, en el fondo, una oportunidad para tener una mejor relación, una amistad sin tantas reservas.
Y también una ayuda para que sus propias dudas se despejaran.
—Ha sido una semana dura, necesito relajarme —dijo Lucía estirándose tras terminar con el café.
—Te vendrá bien salir con tus amigas estos días.
—Sí, pero ahora me ayudaría mucho irme de compras.
—¿Te relaja ir a por pan y leche?
—No, tonta. Quiero ir a comprar los regalos de Navidad para mi familia, ¿por qué no me acompañas? —se atrevió a proponerle.
—Claro —contestó sin poder esconder su sorpresa—, pero si vas a estar todo el rato recordándome los seis suspensos, no voy.
—Te prometo que no, ya está bien por hoy.
—¿Y a dónde quieres que vayamos?
—Al centro comercial. Pero antes llama a tu madre para decirle que llegarás tarde.
—No hace falta.
—Tina…
—Vale, ahora la llamaré desde la cabina que hay enfrente del instituto.
—Anda, ven a la sala de tutoría y llamas desde allí —le propuso poniéndose en pie e invitándola con un gesto a que la siguiera.
Mientras la chica cumplía con el trámite, Lucía recogió sus cosas y se despidió de los pocos compañeros que aún quedaban en el centro.
Un instante después, las dos salieron a la calle y se dirigieron al coche de la profesora.
Ocuparon sus asientos y Lucía sintió algo extraño.
Había caído la tarde y la iluminación era escasa.
Era la primera vez que estaban solas en la oscuridad de la noche y a Lucía le turbó sentirse envuelta por el aroma natural de Tina.
Tuvo que luchar contra el deseo visceral de darle un beso. Sin esperarlo. Sin entenderlo.
Se giró hacia ella, que se frotaba las manos para ahuyentar el frío. Le sonrió como si nada, puso el coche en marcha y dejó que la vida continuase con su tortuoso camino.
***
Se adentraron juntas en el centro comercial sin importarles si era o no normal o lo que pudiera pensar algún conocido que las viera. Las dos se encontraban cómodas y a gusto disfrutando de su mutua compañía.
—¿Tienes pensado lo que les vas a regalar? —quiso saber Tina paseando su vista por las innumerables tiendas del recinto.
—Más o menos. Mi padre es un fanático de los incunables y sé que al final de esa galería —dijo señalando hacia la derecha— han abierto una tienda de libros antiguos y de segunda mano.
Quiero echar un vistazo, a ver si encuentro uno que le pueda interesar y que no me cueste la paga extra —bromeó—.
Y a mi madre la quiero sorprender este año.
Seguro que espera que le vuelva a regalar música, pero le quiero comprar un camafeo, el más parecido que vea a uno que le robaron hace unos años y que nunca ha olvidado.
Cada vez que se lamenta, pienso que ojalá pudiera recuperarlo para ella.
—Van a ser regalos, en cierto modo, antiguos.
—Sí, es verdad.
—¿Y ellos lo son?
—¿Mis padres? ¿Antiguos? No, para nada —aclaró con orgullo—.
Él tiene cincuenta y ocho años y ella cincuenta y seis.
Quizá te parezca que son algo mayores, pero su forma de ver la vida es muy moderna.
Y no te hablo de ahora sino de siempre. Desde pequeña los he tenido por el mejor espejo en el que mirarme.
—¿Y lo saben todo de ti?
—Nadie lo sabe todo sobre otra persona —sonrió guiñándole un ojo—. Pero si te refieres a mi lesbianismo, sí, lo saben desde hace muchos años.
—¿Y lo encajaron bien?
—Sí. Tengo su apoyo incondicional. Y también el de mi hermana, a la que echo mucho de menos.
—¿Tienes una hermana? —preguntó Tina sorprendida.
—Sí, pero se marchó a Argentina hace cinco años y no he vuelto a verla desde entonces.
—¿Cómo se llama?