Ella (Corazón de Pantera nº 5) 18 #4
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—Tina, tu madre y yo necesitamos saber qué ha ocurrido para que hayas comenzado el curso tan mal. A mí, particularmente, me ha extrañado porque parecías muy tranquila y motivada. ¿Hay algo que nos quieras contar o que necesites? Estamos aquí para ayudarte.

Lucía y Tina se miraron un instante. Ambas sabían lo que ocurría, pero no podían verbalizarlo delante de Paz. Ese asunto debían tratarlo a solas.

—Es que… no tengo nada que decir —contestó Tina—. Ha sido culpa mía, he estado un poco dispersa.

—Pero no puedes seguir así, hija —intervino Paz mirándola con un insólito afecto.

—Ya lo sé.

—Es necesario que te apliques para sacar el curso. Tienes planes para el futuro que no se van a cumplir si sigues así. ¿Acaso no querías estudiar una carrera para trabajar con Ángel?

—Sí.

—Pues no vas por el camino correcto.

—Ya.

—Si realmente no te ocurre nada y solo has estado distraída, ese puede ser un buen estímulo para reengancharte al curso —dijo Lucía señalando a Paz para hacer hincapié en sus palabras.

Tina asintió con la cabeza, suspiró al darse cuenta de que la acritud contra ella por parte de las dos se había disipado, pero no dijo ni una palabra.

Durante los siguientes minutos, se sucedieron los consejos, los mensajes de ánimo, los ofrecimientos de apoyo y un feroz silencio por parte de Tina.

A Lucía le preocupó su mutismo, su falta de implicación en la charla, su tímida promesa de cambiar de actitud en la segunda evaluación.

Necesitaba hablar con ella para dejar las cosas claras, pese al temor a que esa conversación lo cambiara todo.

***

Lucía decidió terminar con la tutoría cuando tuvo claro que la chica no iba a soltar prenda y su madre parecía no tener nada más que aportar. Las dos mujeres se despidieron, Paz se marchó y, por fin, Lucía y Tina se quedaron solas.

—Has estado muy callada —dijo la profesora—. Me hubiera gustado que participaras.

—No tenía mucho que decir. Querías hablar con ella y ya lo has hecho.

—Se trataba de que esto fuera una conversación entre las tres, pero te he visto tan asustada que no te he querido forzar.

—Era un poco violento para mí.

—Tina, no deja de ser tu madre, con toda seguridad la persona que más te querrá en toda tu vida —opinó convencida—. Al final te ha entendido y te ha hablado muy correctamente.

—¿Qué habéis hablado cuando he salido? —quiso saber Tina.

—¿Me lo estás preguntando en serio?

—Claro, tengo derecho a saberlo —arguyó.

—¿Acaso tu madre tiene derecho a saber todo lo que me has contado sobre ella desde que nos conocemos?

Tina volvió a callar sabiendo que Lucía tenía razón.

—Solo te diré que ha sido una conversación muy productiva para mí, ni te lo imaginas —aseguró la profesora—. Lo importante es que tu madre ha adoptado una actitud muy positiva.

—Falta la segunda parte en casa —temió Tina.

—Estoy convencida de que será igual de conciliadora.

—Ojalá. Bueno, imagino que lo peor ya ha pasado —dijo respirando aliviada.

—No del todo. También te falta la segunda parte conmigo.

Tina volvió a tensarse tras asumir que no iba a poder huir de esa conversación que tenían pendiente. Se sentaron juntas en un sofá y, tras un instante, Lucía cogió el boletín de calificaciones firmado por Paz y se lo mostró para pedirle cuentas.

—Sobresaliente en Francés —enfatizó Tina tratando de restar intensidad al momento.

La respuesta de Lucía fue aumentar la seriedad de su rostro y contenerse para no soltarle un improperio. Estaba haciendo un esfuerzo por no tratarla con dureza, pero no iba a tolerar que se tomara el asunto a broma.

—Tina, durante meses me has asegurado e incluso prometido que estabas estudiando y que… nada… afectaría al curso —le recriminó resbalando ese «nada» sin querer pensar en su significado.

—Es verdad, igual es que he andado un poco despistada, pero dame la oportunidad de rectificar.

—Estoy haciendo un gran esfuerzo por creer en ti.

—De todas maneras, nunca he sido una estudiante buenísima, casi siempre he cateado alguna. No se le pueden pedir peras al olmo —se excusó.

—Eso no me vale, Tina. Las dos sabemos que tienes la capacidad suficiente para sacar el curso adelante. Además, dime, ¿hasta ahora cuál había sido tu mayor número de suspensos?

—Tres.

—¿Lo aprobaste todo el año pasado?

—Sí.

—¿Qué tengo que entender entonces?

Lucía se quedó esperando una respuesta que no llegó. Lo único que hizo Tina fue mirar para otro lado admitiendo su derrota.

—Si tú fueras una alumna cualquiera —continuó Lucía—, me preocuparía por ti, hablaría con tus padres y me quedaría a la espera de acontecimientos.

Pero esta situación es diferente. Siento que tengo una doble responsabilidad contigo y te juro que no voy a consentir que te dejes llevar.

Y ya no solo hablo de notas. Como profesora te voy a exigir más que a ningún otro alumno y, a nivel personal, voy a hacer todo lo que sea necesario para evitar que eches tu vida a perder, ¿me has entendido?

Tina persistió en su silencio.

—¿Me has entendido? —repitió Lucía elevando la voz.

—Sí.

—Me alejaré lo que sea preciso si con ello consigo que te centres —le advirtió sintiendo un arañazo en el corazón.

—¿Y qué ha sido del ser amigas para siempre, pase lo que pase? —cuestionó Tina. En su reacción se podía leer el pánico a perder a Lucía.

—Ser tu amiga implica muchas cosas y una de ellas es velar por tu bien y, por supuesto, hacer todo lo posible para no perjudicarte.

—Pues puedes estar tranquila, si he suspendido no es por tu culpa, andaba pensando en otras cosas, eso es todo.

Lucía clavó la mirada en los ojos asustados de la chica. Le hubiera gustado creer en sus palabras, pero le resultaba muy difícil teniendo en cuenta, sobre todo, esa última conversación en Madrid.

—He perdido mucho tiempo tonteando con la cámara de fotos —añadió Tina— y he andado un poco tensa por Raquel… No sé, he tenido la mente en mil sitios, pero no era por ti, Lucía, de verdad. Ya no pienso en ti como antes.

Por un momento, las dos se miraron en silencio.

Tina había tratado de justificarse a la desesperada, pero Lucía no podía saber cuánto había de sincero en sus palabras.

Ya tenía suficiente con sus propios sentimientos encontrados.

Porque su cabeza celebraba que por fin parecía que Tina había desviado su atención lejos de ella.

Pero, al mismo tiempo, no podía negar que, egoístamente, le dolía esa determinación por pasar página.

De inmediato, concluyó que era lo mejor, lo que, a fin de cuentas, llevaba meses esperando que sucediera.

Las cosas tenían que seguir su curso de la forma más sensata posible.

—Vas a tener que demostrarme que puedo confiar en ti —dijo al cabo de unos segundos.

—Lo aprobaré todo y entonces me creerás.

—Eso espero, Tina —confió antes de ponerse en pie—. Acompáñame a la cafetería, no he podido ir a casa a comer y estoy muerta de hambre. Seguiremos hablando allí.

Pocos minutos después, mientras mordisqueaba un sándwich, Lucía respiró tranquila consciente de que al fin estaba de vacaciones.

Solo le quedaba recoger sus cosas y marcharse del instituto para no regresar hasta el siete de enero.

Pero antes, degustaría el emparedado y trataría de apuntalar todo lo que había tratado de transmitir a Tina durante la tarde.

—¿Te das cuenta de que vas a pasar dieciocho días estudiando cuando podrías estar disfrutando de tu tiempo? —la pinchó.

—Ya —contestó de mala gana.

—Si hubieras hecho las cosas a su debida hora…

—Ya lo sé, cansina.

—Oye, no me hables así. Al menos no hasta que salgamos a la calle.

—Es verdad, aquí eres mi profesora y te debo un respeto.

—Por supuesto. Aunque respeto me habrías demostrado no suspendiendo seis asignaturas.

Tina escenificó el enésimo gesto de resignación, mirando al techo mientras daba un sorbo al refresco al que Lucía la había invitado. Esta sonrió divertida. En el fondo, le gustaba apretarle las tuercas cuando consideraba que lo merecía.

—¿Qué vas a hacer en estos días? —se interesó Tina.

—Descansar, tomar el sol cuando las nubes lo permitan, leer, escuchar música… Y, sobre todo, pasar más tiempo con mis padres.

—Me alegro. Te va a venir muy bien perdernos de vista.

—No te diré que no —admitió volviendo a sonreír—. ¿Y tú? ¿Saldrás en algún momento a pasear con tu cámara? En Albaceda también hay lugares bonitos donde hacer fotos en Navidad.

—Lo sé, pero no creo que tenga tiempo —se lamentó.

—Es lo que te has buscado.

—Ya.

—Si a partir de ahora eres responsable y te dedicas a estudiar, no te volverá a pasar.

—¿Otra vez?

—Y las que hagan falta hasta que se te meta en la cabeza.

—Me queda claro, Lucía.

—Voy a por un descafeinado. ¿Quieres algo más?

—Sí, que te olvides de mis notas.

Lucía le dio un suave tirón de pelo antes de dirigirse a la barra.

Mientras esperaba que le sirvieran el café, se detuvo un momento a mirarla.

¿Sería verdad que se le había rebajado el interés por ella?

Quizá, al final, Lucía tenía razón y Tina no era más que una adolescente confundida que no sabía lo que quería en realidad.

Había hecho bien en mantenerse en su sitio y no caer en una tentación que solo les habría traído problemas.

Recogió la taza y volvió a la mesa. La chica andaba con la cabeza en otra parte, como procesando todo lo ocurrido en las últimas horas.

—Ha sido toda una experiencia conocer a tu madre —confesó sentándose frente a Tina.

—Ya has visto que nunca te he mentido.

—Sí, no puedo obviar que es una mujer… digamos que… potente. Pero te aseguro que he sido capaz de ver también su faceta de madre buena y cálida.

—¿Qué dices? —negó Tina.

—Digo que lleva una madraza dentro y que espero ayudar algún día a que salga.

Tina continuó cabeceando.

—Eres demasiado optimista, Lucía. Intentas ver siempre la parte buena de cada persona y más de una vez te vas a llevar un chasco.

—Puede ser, pero prefiero eso a ser una suspicaz con todo el mundo.

—Eres una persona increíble y me alegro de que hayas llegado a este instituto.