18 #3
—No es cuestión de cojones ni de ovarios, solo de interés por una alumna que vale mucho y que no quiero que pierda un año por la inacción de los que estamos alrededor.
—¿Y qué quieres saber? ¿Si nuestra vida es una mierda? Pues, sí, lo es —se sinceró—. Pero lo es desde hace años y nunca había sacado tan malas notas.
—Entonces habrá que averiguar qué ha pasado para que el comienzo del curso haya sido tan negativo.
Por un instante, Lucía se detuvo a pensar que estaba tratando de esquivar su propia responsabilidad.
Porque, sí, la relación entre Tina y su madre era terrible, pero…
¿hasta qué punto había influido eso en sus estudios?
¿No había sido más determinante la frustración por su amor no correspondido?
Era evidente que ella misma era más culpable que Paz, pero trataría ese asunto más tarde con Tina.
De momento, quería aprovechar aquella conversación para intentar tender un puente entre madre e hija.
—Ya te he dicho antes que la veo rara desde el verano. Pero tampoco me he parado a hablar con ella ni sé mucho más. Trabajo demasiadas horas, a veces pasan días sin que nos veamos el pelo y cuando coincidimos no tengo ánimos para preguntar.
—Entiendo.
Lucía se sentía cada vez más descorazonada, pero al menos valoraba que la mujer se estuviera abriendo y admitiera las miserias de su convivencia.
—Nunca nos hemos demostrado afecto. Y ella… desde hace un tiempo está distinta, pero han sido años de indiferencia total por su parte. Que no la culpo, ¿eh? Supongo que ha aprendido de la mía propia.
—Pero, Paz, me niego a pensar que no hay un cariño entre las dos. Por mucho que el trato no sea el más tierno.
—¿Qué me estás preguntando? ¿Si la quiero? Pues claro que la quiero —confesó y a Lucía se le humedecieron los ojos—. Lo que pasa es que es todo muy complicado. Lo es desde que nació y más aún desde que mis padres murieron y me quedé sola con ella. Estamos acostumbradas a que nuestra vida sea así.
—Pero eso tiene que cambiar. Puedo entender que Tina ha crecido en un ambiente un tanto hostil y que ella misma se volvió una persona arisca. Pero ha madurado y seguro que le gustaría que vuestra relación fuera mejor. Quizá solo es cuestión de que las dos pongáis de vuestra parte.
—No lo sé. No sé si ya es tarde para eso.
—Por Dios, Paz, Tina solo tiene dieciséis años. ¿En serio crees que no vale la pena intentarlo?
—Es que me siento sin fuerzas. En mi trabajo tengo problemas, no laborales sino de índole personal. Eso no esperes que te lo cuente —advirtió.
—Tranquila.
—No tengo la mente clara, son demasiados asuntos ensuciándola. Me cuesta reunir fuerzas para levantarme cada día. Así que… imagina para intentar comportarme como una buena madre a estas alturas de mi vida, sobre todo teniendo en cuenta que ella se ha acostumbrado y no espera ya nada de mí.
—No estoy de acuerdo con eso.
—Además, hay otra cosa. Igual te hace gracia —dijo dejando escapar una risa triste.
—¿Qué? Cuéntame.
—Aún no he acabado de superar el abandono de su padre —explicó tras permanecer en silencio durante casi un minuto—. César Velasco. Ese sería el apellido de Tina si no hubiera decidido desaparecer de nuestras vidas.
—Supongo que tuvo que ser muy duro. Con lo joven que eras…
—Muy duro —confirmó—. Ese malnacido me rompió el corazón y me convirtió en la indeseable que soy.
—No te castigues así, Paz. Hay mucho bueno dentro de ti y estoy convencida de que no tardarás en compartirlo con Tina. Es que… me da rabia porque podríais tener una relación maravillosa si las dos bajarais de la burra.
—¿Sabes qué? He pasado años llorando por César, sin entender por qué me engañó y luego me dejó.
Me obsesioné con él hasta el punto de espiarlo para saber todo de su vida.
Me volví loca. Después, con el paso del tiempo, esa amargura se convirtió en resentimiento.
No te lo vas a creer, pero me acuerdo de él cada día y cada día siento más odio.
—Es comprensible, a cualquiera le pasaría lo mismo.
—Y el problema es que Tina es un calco suyo. No te puedes imaginar cómo se parecen. La miro y lo veo a él. Y ese odio que siento por César la acaba salpicando a ella.
—Pero Tina no tiene la culpa de nada.
—Por supuesto que no. Ella es la que menos culpa tiene. La tuvo él por cabrón y yo por ingenua. Pero, a pesar de todo, me cuesta mirarla y no verla como la razón de mis desgracias. Lo siento, Lucía, no lo puedo evitar.
—Y, aun así, la quieres.
La respuesta de Paz fue un leve cabeceo y unas inesperadas lágrimas. Lucía no dudó en cambiar de sofá para sentarse a su lado. La rodeó con el brazo y se limitó a acompañarla durante unos minutos, hasta que se recompuso.
—No se me va de la cabeza lo de la otra noche —musitó Paz secándose las mejillas.
—¿A qué te refieres?
—Tuvimos una discusión y le di una bofetada —admitió con los ojos sepultados en culpabilidad.
—Eso no está bien, Paz, aunque entiendo que a veces perdemos el control.
—Claro que no está bien. Antes te he dicho que pocas veces me he excedido con Tina y es verdad. Reconozco que le he gritado muchas veces y la he castigado con mi indiferencia más veces todavía, pero no soy de las que pegan a sus hijos. Supongo que te lo contó.
—¿El qué?
—Que le di un guantazo.
—No, no lo sabía.
Y era cierto. Lucía se preguntó por qué Tina se había guardado para sí algo tan doloroso, pero decidió respetar su silencio y no hablarle de ello, por mucho que le resultara insoportable su sufrimiento.
—Sé que te puede sonar a simple palabrería, pero esa bofetada me dolió más a mí que a ella. Fui injusta y ella una bendita reaccionando con una madurez que no esperaba.
—Es que Tina es una persona… No sé, se me agotan los calificativos.
—Me perdonó y continuó como si nada, a pesar del golpe y de lo que le llegué a decir.
—No te tortures más, Paz. Sabes que fue algo desafortunado que no va a volver a suceder.
—Te aseguro que no se repetirá. En fin, no sé qué hago hablándote de estas cosas.
—Quizá lo necesitabas. Viene bien desahogarse de vez en cuando.
—Ya, pero yo no tengo con quién ni casi tiempo para hacerlo —volvió a sonreír con pena.
—Bueno, yo tengo un par de oídos si alguna vez necesitas charlar. Aparte de una tutora pesada, soy persona.
—Te lo agradezco. Quizá algún día.
—También tienes a Tina.
—No, a Tina no —negó con rotundidad.
—¿Por qué? ¿No la crees capaz de escuchar y entenderte?
—Supongo que sí. A veces le veo intenciones de acercarse, pero la barrera que hay entre las dos es demasiado grande.
—Las barreras se derriban con empeño. Si una da el primer golpe, la otra arrimará el hombro.
—No es tan fácil, Lucía. Son muchos años de comportarnos como extrañas, de muchas discusiones y momentos vacíos.
—Es dar un paso, Paz —trató de animarla—. Estoy segura de que Tina te seguirá. Es mucho mejor persona de lo que crees.
—Lo sé. Mi hija se ha pasado toda la vida siendo tan despegada como yo, pero le veo detalles.
Antes he entrado como un toro y no lo he querido reconocer cuando me has hablado de sus bondades, pero claro que las tiene.
Es noble y valiente y sé que se convertirá en una gran mujer.
Y, sí, apunta maneras con eso de la fotografía —admitió—.
Supongo que lo bueno que tiene se lo ha inculcado mi exmarido.
De mí no ha podido aprender nada positivo.
—Eso no es verdad, Paz. Tú eres una luchadora, una trabajadora incansable. Si Tina hubiera sido como tú este trimestre no habría suspendido tantas —apuntó medio en broma y consiguió que Paz sonriera.
—A ver si consigues saber por qué ha sacado tan malas notas.
—Lo averiguaremos en un momento, cuando la haga entrar. Pero… ¿vamos a intentar también que el clima familiar sea más agradable?
—Eso no te lo voy a prometer, Lucía. Hay demasiadas cosas que no puedes entender. Te repito que en mi cabeza bullen ideas y pensamientos que me paralizan y lo joden todo.
—Deberías prestar atención a eso y cuidarte. La salud mental es importante.
—Ya. Pero mi vida consiste en sobrevivir. No puedo pensar en nada más.
—Paz, una cosa es sobrevivir y otra dejarse llevar. No te voy a juzgar porque para eso antes tendría que ponerme en tu piel, pero, al menos, plantéate dar un giro. Hazlo por ti y por Tina.
—Bueno, ya hemos hablado bastante de mí y estamos aquí por mi hija —dijo volviendo a cerrarse en banda—. Vamos a seguir con la tutoría.
—Esto también forma parte de la tutoría.
—Puede ser, pero prefiero que nos centremos en Tina. Necesito terminar a irme a casa a descansar. A cambio de faltar unas horas esta tarde, tendré que ir al trabajo mañana a hacer doble turno. Entraré a las cuatro de la madrugada.
—¿Dieciséis horas en sábado a cambio de estas dos o tres?
—Sí. Y cobrando lo mismo.
—¿Cómo se puede permitir eso?
—Es lo que hay. Retomemos el tema de las notas.
—Está bien —accedió—. Pero, por favor, recuerda que Tina es alguien de quien debes sentirte orgullosa, pese a los suspensos.
No es una carga ni el problema de tu vida.
Merece cariño y sé que desea con toda su alma darte el suyo.
Supongo que te has habituado a verla crecer como quien ve crecer una planta, pero es una persona increíble y tú tienes la suerte de ser su madre.
Con el tiempo espero que te pares a pensar en ello.
Y también en ti. Las dos necesitáis quitaros la coraza y dejaros cuidar.
Lucía se puso en pie sin recibir respuesta.
Paz había dejado que la mirada se le perdiera en el vacío.
Al menos, su versión belicosa había desaparecido, al igual que el enfado de Lucía con Tina.
Tras la conversación con su madre comprendía tantas cosas…
Aun así, tenía una cuenta pendiente con ella.
Debía ayudarla a enderezar el rumbo. No podía tolerar que desperdiciara el curso, sobre todo si era por su culpa.
Abrió la puerta y la encontró con la espalda apoyada en la pared y los ojos llenos de una mezcla de miedo y dudas. Lucía la invitó a entrar con un gesto y la chica volvió a sentarse junto a Paz.