18 #2
Tras su aviso, Lucía guardó en su maletín la carpeta marrón, el libro de texto, folios con anotaciones y el bolígrafo, borró rápidamente lo que había escrito unos minutos atrás en la pizarra y la miró casi de reojo antes de marcharse.
—No lo olvides: a las seis.
La tutora caminó a ritmo vivo por el pasillo conteniendo a la Lucía mujer, que solo deseaba dar la vuelta, abrazarla y decirle que todo estaba bien entre las dos.
Pero, para que eso fuera verdad, Tina debía asumir sus responsabilidades.
Lucía intentaría no ser un obstáculo en su progreso académico y personal.
Su estabilidad debía estar por encima de todo.
De lo que ocurriera unas horas después dependería, en gran medida, la amistad entre ellas.
Por un momento, Lucía dejó de estar enfadada y solo sintió un profundo miedo a perder a Tina.
***
Se acercaba la hora acordada y Lucía comenzó a tensarse.
La burocracia la había mantenido en el instituto y ni siquiera había podido parar para comer.
Pero le valía la pena hacer un último esfuerzo para dejarlo todo en su sitio y poder irse tranquila de vacaciones.
Volvió a consultar el reloj y, con rictus serio, se encaminó a la sala de tutoría.
Apenas llevaba un minuto en la misma cuando alguien asomó por la puerta que Lucía había dejado abierta.
—Buenas tardes —saludó la recién llegada—. ¿Es usted la tutora de Tina Abad?
—La misma. Usted debe ser Paz.
—Sí. Disculpe, no me he quedado con su nombre cuando me ha llamado esta mañana.
—Me llamo Lucía.
—Pues mucho gusto, Lucía. Supongo que me quiere hablar de esto —dijo mostrándole el boletín de calificaciones.
—Sí, pero tenga en cuenta que, aunque no hubiera suspendido ninguna, igual la habría citado para charlar en algún momento. Me gusta hablar regularmente con los padres de mis alumnos.
—Ya, pero esto no se puede consentir —gruñó enfadada agitando el cartón con las notas.
—Por eso le insistía en que viniera. Consideraba que no debíamos aplazarlo por más tiempo.
—Bien, pues puede empezar.
—Creo que es mejor que esperemos a Tina. Deberíamos estar las tres.
—Pues ya es la hora y no ha venido —continuó refunfuñando—. Esta chiquilla…
—Debe estar al llegar. ¿Por qué no se sienta? —la invitó señalando un sofá. Ella se acomodó en el de enfrente.
Mientras ocupaban sus respectivos lugares, Lucía se detuvo un momento a observarla.
Sabía que Paz tenía solo treinta y cinco años, aunque se le veían los ojos ajados por la exigencia del ritmo de su trabajo y por las propias decepciones de la vida.
Pese a ello, Lucía veía a una mujer que había olvidado que era joven y guapa.
Una mujer que se negaba a mostrarse afectuosa y que solo parecía actuar como madre por obligación.
Podría haberse rendido, admitir que Tina tenía razón y dar a Paz por imposible, pero prefirió luchar, indagar y tratar de encontrar ese amor de madre que, por fuerza, debía estar escondido en algún rincón de su alma.
—¿No es usted muy joven para ser tutora? —dudó escrutándola.
—La edad es lo de menos. Lo importante es la dedicación y el interés.
—Ya veo que usted le pone el suyo.
Lucía se limitó a sonreír interpretando sus palabras como un halago.
—Paz, puesto que las dos somos poco menos que unas chicuelas, ¿le importaría si nos tuteáramos? —sugirió con simpatía.
—Por mí no hay ningún problema.
La mujer había acompañado su respuesta con una sonrisa relajada que cambió por completo su semblante y que aumentó las esperanzas de Lucía. En un instante, parecía otra persona.
La irrupción de Tina en la sala acabó con la serenidad de las dos. A Lucía le molestaba que llegara tarde y volvió a ponerse seria recordando el motivo de la tutoría. Por su parte, Paz reaccionó endureciendo sus gestos y su voz. La afabilidad se había esfumado de repente.
—Ya hablaremos de esto, Valentina —le dijo en tono amenazante mientras zarandeaba el boletín ante ella.
Lucía advirtió el modo en que usaba el nombre completo de Tina para amedrentarla y cómo esta hundía la vista en el suelo antes de sentarse al lado de su madre. Después, la miró a ella, quizá buscando apoyo moral, pero solo encontró severidad en su rostro.
—Paz, esta reunión no deja de ser una charla rutinaria. La estoy teniendo con todos los padres. Pero nos vendrá bien para tratar de entender por qué tu hija ha sacado tan malas notas.
—Ha sacado malas notas porque no está en lo que tiene que estar.
Siempre va a su aire, hace lo que le da la gana, pero desde el verano pasado está en las nubes —afirmó provocando que a Lucía se le acelerara el pulso—.
Y para colmo yo nunca estoy en casa y no la puedo controlar, que si no…
otro gallo cantaría. Se iba a acabar tanta tontería.
—Bueno, me consta que Tina no es una mala estudiante.
De hecho, en mi asignatura ha sido la mejor de su clase.
Es solo que ha estado un poco distraída, pero estamos aquí para tratar de solucionarlo —trató de mediar Lucía ante la rudeza de Paz.
Estaba enfadada con Tina, pero no le gustaba que su madre la tratara así.
—Seis suspensos —recalcó la mujer—, y solo acabamos de empezar el curso. ¡Seis años tendrías que estar sin salir de casa! O seis buenos tortazos tendría que darte para que espabilaras.
—No, por favor, Paz, ese no es el camino. Tu hija solo necesita centrarse —dijo Lucía alarmada.
—Es solo una forma de hablar —aseguró bajando el tono—.
Pocas veces le he puesto la mano encima, no soy esa clase de madre.
Llevo toda la vida trabajando para que no le falte nada, solo le pido que se comporte y no me cause problemas.
Es que parece que no tenga otro objetivo en su vida que amargarme a mí la mía.
—Paz, no digas eso. Tienes una hija extraordinaria, muy inteligente y con un gran corazón, no lo dudes —la defendió ante la mirada incrédula de su madre—. El tema de los suspensos se puede arreglar y también su falta de responsabilidad, pero es importante que el ambiente en casa sea mejor.
—¿Qué te hace pensar que es malo? —preguntó entornando los ojos y mirando después a Tina con desconfianza.
—Creo que es evidente —se limitó a responder la profesora.
—Igual no somos una familia modélica, pero a nuestra manera nos entendemos —apuntó Paz.
Lucía se quedó pensativa. Cada vez comprendía mejor las reservas de Tina respecto a su madre.
Pero quiso pensar que esa brusquedad no tenía por qué estar reñida con un cariño sincero.
Quizá solo había que rascar un poco la superficie para encontrar un hilo del que tirar.
Desde luego, ella no iba a dejar que las cosas siguieran así sin al menos intentarlo.
Miró a Tina, que continuaba asustada y pidiendo auxilio con los ojos.
Lucía consideró que había llegado el momento de aflojar un poco respecto a ella y cambiar de dirección.
—Tina, ¿puedes salir un momento? —le pidió.
La chica se levantó de un brinco, agradeciendo abandonar una reunión que llevaba meses temiendo y tratando de impedir. Lucía la acompañó hasta que salió de la habitación.
—No te muevas de aquí, ahora te aviso para que vuelvas a entrar —dijo antes de cerrar la puerta dejando a Tina presa de la incertidumbre.
Una vez que las dos mujeres se quedaron a solas, Lucía volvió a sentarse en el sofá, respiró hondo y decidió abordar la conversación con valentía.
—Paz, no soy quién para meterme en lo que es vuestra vida y vuestra casa, pero entiende que me preocupe Tina y que tenga un interés claro por mejorar su día a día.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Mira, está claro que vuestra situación familiar no es la más recomendable.
—¿Otra vez? ¿Por qué lo dices? ¿Qué te ha contado mi hija?
Lucía negó con la cabeza mientras preparaba su respuesta. No iba a desdecirse, pero tampoco a traicionar a Tina desvelando lo que le había confiado en sus muchas charlas íntimas.
—Es que no hace falta que nadie me diga nada. La actitud de las dos es suficiente para sacar conclusiones.
—Seguro que te ha hablado de mí. Vamos, como si lo viera. Te habrá soltado pestes sobre mi persona.
—No es así, Paz —mintió, más por proteger a Tina que por diplomacia.
—Eres joven y te has ganado su confianza, claro. A saber qué te habrá contado. Encima tuvisteis tiempo de hablar durante ese viaje a Madrid. Te he reconocido: eres la mujer de la foto.
—¿Qué foto? —preguntó desconcertada.
—Una que se puso en la mesita de noche al volver. Estás tú y la otra cría que fue al viaje.
Lucía se sintió turbada, pero puso todo su esfuerzo en aparentar una total tranquilidad.
—Ah, Sandra. Sí, se han hecho muy amigas. Nos hizo tantas fotos, que no sé a cuál te refieres. Por cierto, debes estar muy orgullosa de Tina, es muy buena en eso también.
—¿También? ¿Y en qué más es buena? Seis suspensos son una vergüenza. Juraría que nunca había suspendido tantas.
—Hay muchas cosas aparte de las asignaturas. Tu hija es una persona especial, Paz.
—No sé qué decirte. Pero me has hecho venir para hablar de los suspensos.
—No exactamente. Por supuesto que es un motivo importante, pero ya te he dicho que iba a convocarte de todas formas.
—Ya.
—Mira, Paz, a veces el rendimiento académico tiene que ver con muchos factores y no todos están entre las paredes de este instituto.
—Ya y vas a volver a echarle la culpa a que soy una mala madre —replicó a la defensiva.
—Nadie ha dicho eso.
—Es lo que estás insinuando todo el tiempo: que la situación en casa es mala.
—Me temo que es así, pero no por ello te considero culpable. Se puede deber a muchas circunstancias. Y por eso quería hablar contigo. No sé hasta qué punto debo intervenir, pero si puedo ser de ayuda, no dudes que me voy a entrometer.
Paz guardó silencio durante unos segundos y se limitó a mirar a Lucía fijamente.
—La verdad es que tienes cojones. Perdona la expresión.
Lucía exhibió una leve sonrisa antes de hablar.