Ella (Corazón de Pantera nº 5) 18
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Por fin habían terminado los exámenes de la primera evaluación y Lucía esperaba como agua de mayo la llegada de las vacaciones de Navidad.

Necesitaba descansar y disfrutar de esas fechas tan especiales para ella y su familia.

Pero antes, quedaba por cumplir con el espinoso proceso de las calificaciones, que se entregarían al día siguiente, último día de clase del trimestre.

Aquella tarde de jueves, en el instituto, se habían sucedido las reuniones y el intercambio de impresiones y notas de cada aula.

Ella, como tutora de tercero B, era la responsable de recopilar y después transmitir los resultados a los alumnos.

Después de unos minutos de charla, los profesores procedieron a cantarle las notas.

La primera de la lista era, como siempre, Tina.

Lucía ya tenía puesto el sobresaliente de Francés en su boletín y esperaba confiada que el resto de calificaciones fueran buenas.

Por eso su rostro se fue transformando conforme sus compañeros iban dictando:

—Insuficiente —comenzó María, profesora de Historia. Por su gesto, resultaba evidente que le había sabido mal suspenderla.

—Muy deficiente en Griego, por supuesto —se recreó Lidia.

—Notable —dijo sin más el profesor de Educación Física.

—Insuficiente —se lamentó Diego, el religioso con el que Tina, sorprendentemente, se llevaba bien a pesar de su ateísmo.

—Insuficiente —añadió Pedro, de Latín.

—Insuficiente —dijo con desdén el profesor de Filosofía.

—Siento decir que insuficiente también —concluyó Alfonso, que impartía Literatura.

Lucía trató de mostrar ante los demás solo su decepción como tutora y esconder el tremendo enfado que tenía a título personal. Continuó rellenando boletines y así supo que Sandra había suspendido dos asignaturas mientras que Raquel lo había aprobado todo.

Al salir del instituto, sintió unas ganas enormes de ir a buscar a Tina para matarla con sus propias manos.

No entendía qué había podido ocurrir, si su actitud en clase era buena, no había vuelto a escuchar quejas en ese sentido y, además, Tina le había asegurado que estaba estudiando.

Una vez en casa, tuvo que contenerse para no llamarla y cantarle las cuarenta.

Finalmente, decidió que ya hablaría con ella al día siguiente cara a cara.

Necesitaba una explicación. Si su bajo rendimiento tenía que ver con su obsesión con ella, tomaría medidas.

Así pues, aquel viernes acudió a clase con sentimientos encontrados.

El enojo había atropellado a la satisfacción por las vacaciones y solo quería escuchar los argumentos de Tina.

Le daría clase al final de la mañana y prefería no verla hasta entonces.

Era mejor que pasaran unas horas, que la irritación disminuyese con el paso de los minutos y pudiera enfrentarse a ella con la calma suficiente.

Eso sí, había algo pendiente y no iba a demorarlo más.

Durante el primer recreo, buscó un teléfono libre y marcó el número que tenía anotado en un trozo de papel.

—Buenos días —saludó cuando escuchó una voz femenina al otro lado—. ¿Es usted Paz?

—Sí, ¿quién es?

A Lucía le llamó la atención el tono hosco y hasta desconfiado con que había contestado.

—Me llamo Lucía, soy profesora y tutora de su hija Tina.

—¿Y qué pasa? ¿Ha hecho algo?

—No, no. Pero me gustaría hablar con usted. ¿Es posible que venga esta tarde un momento? Deberíamos tener una reunión las tres.

—No puedo. Entro en un momento a trabajar y saldré a las nueve.

—Paz, no quisiera molestarla, pero considero que es importante que venga a tutoría.

—Pero ¿por qué? ¿Se ha metido en algún lío?

—No exactamente. Estoy hablando con todos los padres y solo me falta usted —aseguró, aunque no era cierto.

—Pues tendrá que ser otro día, yo tengo que trabajar —reiteró.

Por un momento, Lucía comenzó a entender las reservas de Tina respecto a Paz, así como todo lo que había escuchado de ella por parte del resto de profesores. Desde luego, no era el comportamiento normal de una madre preocupada por su hija. Pero no se iba a rendir.

—Lo entiendo y de verdad que no quiero causarle ningún trastorno, pero Tina también es importante y en estos momentos necesita un poco más de atención.

—Pero, vamos a ver, si me insiste tanto será porque pasa algo, ¿no? Es que yo no puedo faltar tan alegremente a mi trabajo.

—Paz, hoy se entregan las notas y su hija ha suspendido seis asignaturas.

—¿Seis? —exclamó más que preguntó. En esa única palabra había más indignación que preocupación.

—Sí, y me cuesta entenderlo porque parecía muy centrada. La verdad es que no lo veíamos venir.

Su respuesta fue una retahíla de murmullos que Lucía no logró entender, pero estaba claro que el enfado de la mujer superaba al suyo propio.

—Por favor, le agradecería que se pasara por aquí esta tarde. Creo que deberíamos hablar y no esperar a la vuelta de las vacaciones.

—Está bien. Intentaré escaparme un momento —claudicó por fin.

—¿Qué le parece si nos vemos a las seis?

—De acuerdo.

Tras colgar, Lucía respiró profundamente. Paz no parecía una mujer fácil, pero a ella en tesón no le ganaba nadie y esa tarde iba a pelear por mejorar la situación de Tina. Eso… si no la asesinaba antes.

***

En cuanto entró al aula, no pudo evitar lanzarle una mirada intensa antes de sentarse en su mesa para realizar una breve valoración del trimestre ante los alumnos.

Después, les anunció que iba a repartir las notas, se levantó y caminó hacia el final de la sala.

Hubiera preferido esperar un poco más antes de entregarle el boletín a Tina, pero, ya que los tenía ordenados por orden alfabético, se acercó hasta su pupitre.

—No te vayas después, que tenemos que hablar —se limitó a ordenarle con dureza.

Mientras se dirigía hasta la tercera fila donde estaba Rafa Almazán, Lucía pudo ver de reojo cómo Tina abría el boletín y volvía a cerrarlo sin mostrar demasiada sorpresa.

Acto seguido, la chica la miró, volvió a recibir el gesto severo de Lucía y bajó la cabeza.

Estaba claro que le preocupaba más la opinión de la profesora que las notas en sí.

Eso enfureció aún más a Lucía, pero trató de olvidarse de Tina un momento para centrarse en los demás chicos.

Terminó de entregar los boletines y continuó con la clase hasta que el timbre sonó.

Fue entonces cuando los alumnos se dieron prisa en ponerse sus abrigos y salieron sin miramientos a disfrutar de las largas vacaciones de Navidad.

Lucía se despidió con afecto de aquellos que se detuvieron a saludarla, pero no perdió de vista a Tina.

Ella, amedrentada por lo que sospechaba que le esperaba, trataba de aparentar naturalidad hablando con Sandra.

Al ver la ternura con la que, a pesar de la tensa situación, trataba a su compañera, a Lucía se le rebajó de inmediato el enfado.

A Tina se le escapaba una sonrisa encantadora cuando se vestía de persona protectora y eso hacía que Lucía la adorara más y más.

Pero no se había quedado esperándola para recibirla con ojos de quinceañera enamorada sino para reprenderla.

Era el único modo de invitarla a reconducir el curso.

Así, pues, recordando los seis suspensos, su rictus volvió a endurecerse.

Se levantó cuando las dos chicas llegaron a su posición. Acababan de quedarse las tres solas en el aula.

—Por fin vacaciones —resopló Sandra.

—Pues, sí, peque, te vas a librar del instituto durante unos cuantos días. Bueno, del instituto y de los profesores —añadió con cierto tonillo.

—Si tú fueras mi única profesora, no querría tener vacaciones.

—Anda anda, no me vengas con esas, que nos conocemos.

Las dos rieron hasta que Lucía miró a Tina y volvió a ponerse seria. Sandra entendió que se avecinaba tormenta y que era mejor desaparecer para que hablasen en privado.

—Me tengo que ir.

—Corre, ve. Pero a ver qué haces con esos dos cates. No me han gustado ni un pelo.

—Los recuperaré.

—Más te vale —la amenazó con su dedo antes de fundirse con ella en un dulce abrazo de despedida—. Pásalo bien y estudia —añadió cuando Sandra ya había iniciado la marcha.

—Qué recomendación más incompatible —sonrió la adolescente girándose hacia ellas mientras salía de la clase.

Al quedarse por fin solas, Lucía dedicó toda su atención a Tina, que trataba de esconder la hiperventilación y de mostrar una tranquilidad que estaba lejos de sentir. La profesora se limitó a cruzar los brazos y guardar silencio. Sabía de sobra el efecto intimidatorio que causaba así en Tina.

—Un mal trimestre lo tiene cualquiera —trató de justificarse, pero Lucía no abandonó su gesto ni su mutismo—. Tenías razón, empecé mal el curso y lo he acusado. Pero voy a esforzarme para enderezarlo. Te lo prometo.

—Tina, este no es el momento para decirte todo lo que te tengo que decir —intervino por fin Lucía tras inspirar profundamente para armarse de paciencia—.

No es cuestión de cinco minutos y ahora te tienes que ir a casa.

Pero esta tarde vamos a quedar tú y yo después de la tutoría y vamos a hablar muy despacito.

—¿Después de la tutoría? —preguntó desconcertada.

—Sí. Esta tarde tu madre y yo vamos a mantener una charla muy necesaria.

—No sé si mi madre podrá venir…

—No te esfuerces —interrumpió su intento desesperado—.

Ya he hablado con ella y saldrá antes del trabajo.

A las seis estará aquí y tú vendrás con ella.

Espero que no se te ocurra faltar, Tina.

No hagas que me enfade más aún. ¿Me has escuchado?

—preguntó levantándole la cabeza, que se le había hundido al saber que la tutoría era inevitable.

—Sí —contestó con una mezcla de preocupación y mal humor.

—Después tú y yo hablaremos a solas y más vale que tengas una buena explicación preparada o van a cambiar muchas cosas a partir de ahora.