17
Lucía sonreía contemplando una foto en la comodidad del hogar familiar.
Su padre acababa de marcharse renegando a un nuevo partido de fútbol al que se sentía obligado a asistir acompañando a su jefe.
El hombre había enviudado apenas tres meses atrás y se había refugiado en la bondad y empatía de Jaime.
Este no se consideraba capaz de negarle su compañía cuando en contadas ocasiones se la pedía, aunque fuera para ir a pasar frío viendo un aburrido encuentro deportivo.
Patro regresó de la cocina con dos cafés bien calientes y miró con ternura a su hija.
Por una vez, la foto que le arrancaba la sonrisa no era una recién llegada desde Argentina con Julia o el pequeño Gervasio como protagonistas, sino que se trataba de una instantánea que se había realizado junto a Tina y Sandra en un fotomatón cercano al instituto.
La había llevado para que su madre pudiera ponerle cara a Tina.
—Entiendo que te confundieras el primer día que la viste —dijo Patro volviendo a mirar la foto—. No tiene un aspecto tan aniñado como el de esta otra chiquita.
—Es que, además, aquella noche Tina iba maquillada y ni sus pintas ni su actitud eran las de una cría a la que le quedaban dos horas para cumplir los dieciséis.
—Lo comprendo perfectamente.
—Pero, bueno, la realidad es la que es.
—En cualquier caso, me gusta. Veo franqueza en sus ojos.
—Tina es un encanto de persona, por mucho que intente esconderlo. Y una artista. Ya viste las fotos que hizo en Madrid.
—Sí, muy bonitas. Hubo una que me gustó mucho y quisiera tenerla. Te sacó guapísima. ¿Crees que te podrá hacer una copia para mí?
—Claro que sí, mamá —contestó orgullosa de Tina.
—Bueno, sé que estás cansada porque andas liada con los exámenes y que te vas a quedar dormida en cuanto tomes la última gota de ese descafeinado, así que voy a poner un poco de música y nos relajamos las dos.
—Me parece bien. Es que aquí hace un calorcito especial. En mi casa no es lo mismo y eso que tengo la estufa y una manta muy agradable.
—Hija, donde se ponga una mesa camilla y un brasero… Los jóvenes confiáis demasiado en la modernidad y os falta el calor del hogar, de lo sencillo.
—Tienes toda la razón —se rindió dedicándole una dulce sonrisa antes de dar el primer sorbo al café.
Patro se dirigió hacia el rincón donde estaba situado el tocadiscos y buscó entre su amplia colección de vinilos hasta decantarse por uno de Mina. Cuando Lucía escuchó los acordes de la primera canción, se retrepó en el sofá.
—Singolare, qué disco más bonito.
—Sí, tiene ya sus años, pero me gusta escucharlo de vez en cuando.
—Mamá, siempre te agradeceré que me contagiaras el amor por la música, sobre todo por esta.
Patro volvió a sentarse y a degustar su café. Escuchar música era uno de sus mayores placeres y hacerlo en compañía de su hija lo convertía en un momento mágico.
Unos minutos después, cuando sonó Ancora dolcemente, Lucía se sobrecogió.
—¿Te acuerdas, mamá?
—¿De qué?
—De esta canción. Cuando escuchamos el disco por primera vez, me desesperó el mensaje que yo interpretaba que transmitía.
—Es verdad. Lo había olvidado. Te pusiste muy dramática, no entendías por qué no estaban juntos si se querían.
—He escuchado esta canción muchas veces durante estos años y nunca he vuelto a pensar en ello, simplemente la disfrutaba. Pero ahora…
—¿Ahora qué? —preguntó soltando su taza ya vacía.
—Quizá ahora le encuentro sentido —musitó.
—¿Y?
—Pues que supongo que es cierto, que no siempre dos personas que se quieren pueden estar juntas.
—Cariño, ¿te ha puesto triste la canción? —quiso saber al ver cómo le había cambiado el semblante.
—Tan profundamente tú en mí. Estamos ahí, entre un siempre y un nunca —tradujo en voz baja una parte del estribillo.
—¿Acaso te sientes identificada?
—No, mamá —reaccionó por fin—. No es eso. Solo divagaba. Además, los protagonistas de la canción tienen sus encuentros, aunque luego deciden dejarlo ahí. Yo no vivo una situación así, ni con Marta ni…
—Ya.
Lucía apuró su descafeinado, se levantó y llevó las tazas a la cocina.
Las fregó y volvió a arrellanarse en el sofá.
Había dejado pasar unos minutos para que su madre se olvidara de lo que habían hablado.
Sonaba otra canción y, medio adormilada, había pasado página.
Pero ella se había quedado con cierto resquemor en el corazón.
Cerró los ojos y dejó que la música la arrullara.
Antes de quedarse dormida se planteó qué ocurriría si se atreviera a admitir que quería a Tina.
Y es que todo se volvería tan complicado en su vida y, a la vez… tan fácil.
***
Unas horas después, Lucía volvió a convertirse en una mujer joven y con ganas de diversión.
Cenó con sus amigas, se dejó avasallar por Marta, cada vez más ávida de sentirse su dueña, y acabó bailando en el Pantera como cualquier otro sábado.
Lucía trató de que fuera una noche loca más.
Bromeó, bebió y estaba dispuesta a amanecer entre risas con sus amigas.
Pero, aun así, la inquietud que le había causado la canción se escapaba por sus ojos y Lola se percató.
—¿Me acompañas a echar un piti? —le pidió acercándose a su oído.
—¿A dónde?
—Pues, ¿a dónde va a ser? Fuera.
—¿Qué pasa? ¿No quieres añadir más humo al que ya hay aquí dentro? —bromeó Lucía.
—Boba, quiero hablar contigo y aquí tendría que hacerlo a gritos.
Lucía le guiñó un ojo e inició el camino hacia el patio exterior. Cuando estuvieron fuera, se dieron cuenta de que Pilar había ido tras ellas.
—¡Qué cargado está el ambiente esta noche! —se excusó.
—Es que, además, tienen muy fuerte la calefacción —dijo Lucía.
—Sí, entre el calor, el humo y el ruido, me estaba empezando a agobiar un poco.
—Nos hacemos mayores, cariño —la pinchó Lola.
Pilar le pellizcó la mejilla como protesta e, intuyendo que estaba interrumpiendo una conversación, se alejó unos pasos dejando que el fresco la aliviara.
—¿Y de qué me quieres hablar? —preguntó Lucía comenzando a pasear por el recinto.
—Sabes que hace meses que me preocupas.
—¿Ya estás con esas otra vez, tita?
—Sí, ya estoy con esas otra vez. Igual preferirías que fuera una mala amiga y te ignorara —protestó.
—Pero, Lola…
—Ya. Ahora viene cuando me dices que no te pasa nada y blablablá —dijo bufando con sorna.
—¿Y qué quieres que te diga?
—Pues la verdad. Imagina que fuera al revés, que tú llevaras mucho tiempo con la mosca detrás de la oreja por mi culpa. ¿De verdad pasarías de mí?
—Claro que no, tita —negó recordando todas las veces que había intentado, sin éxito, sonsacar a Celeste.
—¿Y entonces qué? ¿Me vas a volver a decir que todo está bien?
—No —contestó tras reflexionar un instante.
—Pues, venga, desembucha, que empiezo a echar de menos el bochorno de ahí dentro —dijo frotándose las manos.
—No es tan importante como te piensas. Solo algo incómodo.
—Ve al grano, Lucía —le exigió.
—Hay una chica que se ha enamorado de mí. Tiene dieciséis años.
—¿Alumna tuya?
—Sí, pero nos conocimos antes, en la hora libre del Pantera —explicó señalando el pub.
—Pensaba que no querías volver a tener historias con menores —dijo deteniéndose y entrecerrando los ojos.
—No sabía que era menor. Te lo juro, tita. Y, además, no pasó nada. Nos miramos y ya está.
—Coño, Lucía, ¿tú sabes lo que supone una mirada tuya para una cría de dieciséis? Hasta a mí a veces me impresionas.
—No digas tonterías, te puede escuchar Pilar —susurró mirando alrededor.
—Como si ella no lo supiera… Pero, a ver, ¿a ti te gusta esa chica?
—No —respondió de inmediato y Lola le devolvió una sonrisa sarcástica con la que evidenció su incredulidad.
—El verano pasado te vi un poco rara, demasiado pensativa a ratos.
—No, Lola, no vayas por ahí. El problema es ella, que sé que sufre y que a veces me presiona y me hace pasarlo mal.
—¿Por eso lloras? —preguntó al escuchar su voz quebrada y comprobar que los ojos se le habían humedecido.
Lucía no pudo hacer otra cosa que asentir.
Llevaba horas con una presión en el pecho de la que no conseguía desprenderse.
Lola, por una vez, permitió que asomara la sensibilidad que escondía tras su bravuconería y la abrazó.
Lucía se dejó arropar por el cariño de su amiga hasta que se recompuso.
Le dio un beso con gratitud y volvió a pasear.
—Está bien, quedémonos con que de verdad no sientes nada. Pero vamos a hablar hipotéticamente. Imagina que sí que hubiera un interés. ¿Sabes lo que es la edad de consentimiento sexual?
—Claro que lo sé, pero de poco me sirvió con Alicia. Además, esto es distinto. Soy su profesora. ¿Qué crees que pensaría la junta directiva del instituto? Hablamos hipotéticamente —recordó.
—Vale, pero, hipotéticamente hablando, si alguien te gusta de verdad no debes huir. Si te da miedo perder tu trabajo, existen las relaciones secretas, que, además, son muy excitantes. El tiempo pasa, la niña se hace mayor, deja el instituto… Y que le den a la junta directiva.
—No es tan fácil, ni con hipótesis ni sin ella. Tina es demasiado intensa y su madre algo conflictiva. Quiero vivir tranquila. Estoy con Marta y ella tiene que aprender a respetarlo y tú también —dijo con rostro severo.
—¿De qué sirve que nosotras lo respetemos si eres tú la que no la amas? ¿Marta? ¿En serio?
—Escucha, Lola. Lo estoy pasando mal, pero no quiero que veas fantasmas donde no los hay. No estoy enamorada de Tina y ella, tarde o temprano, también se dará cuenta de que su fascinación no es amor. Seremos buenas amigas y se acabó. Fin del tema.
—Será fin del tema por hoy. Pero que sepas que te voy a seguir preguntando, sobre todo si no te veo bien.
—Como quieras, pero no hay nada más que tratar. La situación está muy clara y solo falta que ella lo admita y el conflicto desaparezca para siempre. Anda, vamos, que nos estamos congelando. Al final no te has fumado el cigarro —celebró.
—Mejor para ti, que pareces de la brigada antitabaco.
Lucía le dio un suave empujón antes de que se reunieran con Pilar y regresaran al ambiente cálido del pub.