16 #3
—Me dan igual tus razonamientos. Si te pido que pares, me respetas —exigió, aunque ya era tarde.
—Lo siento. Pensaba que estabas gozando de lo lindo.
—Te repito que estaba siendo así hasta que te has excedido.
Era demasiado para una primera vez, no sé por qué te cuesta tanto entenderlo.
Hasta te estaba empujando para quitarte de encima y te resistías con todas tus fuerzas.
Desde luego, Marta, con lo refinada que eres, no sé cómo te puedes convertir de repente en un animal.
—Yo tampoco entiendo que, con lo decidida que eres fuera de la cama, te vuelvas una mojigata dentro de ella.
—¿En serio?
—Perdóname, no quería decir eso. Cuando te da la gana, también eres salvaje en el sexo. Pero no suele darte la gana. Al menos no conmigo.
—Pues no me acuesto con nadie más.
—Ya, pero a saber cómo te comportabas con tu novia o con otras chicas.
—De verdad, Marta, no me apetece una de tus escenitas —dijo levantándose—. Estoy muy cansada y, aun así, he querido verte. Quizá no debería haber venido.
—¿A dónde vas? Ven, no te vayas —rogó sujetándola por la mano y tirando de ella hasta devolverla a la cama.
—No tengo ganas de reproches.
—Tienes razón. Anda, quédate. Tengo una cena estupenda para ti. Y luego, si quieres, me la devuelves —sugirió señalando el arnés que aún llevaba puesto.
—Suena tentador, pero… otro día.
—Está bien, pero quédate a cenar. Felipa nos ha preparado unos platos deliciosos. Presentía que vendrías y le he pedido que viniera hoy a cocinar.
Lucía volvió a resoplar y acabó aceptando, aunque solo fuera para que la pobre asistenta no hubiera perdido un día festivo para nada.
—De acuerdo, pero solo si me prometes que me dejarás irme pronto a casa. Mañana tengo que levantarme temprano para ir al instituto.
—Como quieras.
—Aunque no sé si me puedo fiar de tus promesas. Antes no has cumplido.
—Pensaba que no querías más reproches.
—Sí. Ya está. Anda, vamos a cenar.
—¿No es un poco pronto? ¿Nos quedamos un rato en la cama y te compenso?
—No, de verdad. Tengo que volver a Albaceda y terminar de preparar unas cosas para las clases de mañana. Y estoy cansada —repitió—. Ha sido un viaje largo y un fin de semana intenso —dijo recordando a Tina y luchando contra el escalofrío que le acababa de recorrer las entrañas.
—Pues va a ser más una merienda que una cena, pero vamos —accedió de mala gana.
El picoteo apenas duró media hora. Lucía tenía más ganas de irse que hambre, aunque intentó que el ambiente entre las dos fuera relajado.
No le gustaba la actitud de Marta en algunas ocasiones, aunque no podía negar que también tenía su lado atractivo.
Pero, por mucha buena voluntad que pusiera en la relación, los desencuentros eran constantes y las dudas de Lucía, en vez de despejarse, iban en aumento.
Por eso le sorprendieron las palabras de Marta, pronunciadas sin más, como si se le hubieran resbalado, mientras le abría la puerta del piso:
—A pesar de todo, me ha gustado que vengas. Te quiero.
Lucía se sintió incapaz de contestar y no entendió por qué los ojos se le humedecían.
Al percatarse de ello, Marta sonrió satisfecha, convencida de que se había emocionado y de que sentía lo mismo.
Pero no era cierto. En realidad, Lucía estaba hecha un lío y no sabía qué hacer con su vida y con su pobre corazón.
En menos de veinticuatro horas, dos personas le habían dicho por primera vez que la querían y ella no estaba segura de corresponder a ninguna de las dos.
Porque a Tina no debía quererla y a Marta no sabía si la llegaría a querer algún día.
Se sintió la protagonista de una farsa en ambas direcciones y entonces se dio cuenta de que las lágrimas no las había provocado la emoción sino la presión y cierto sentimiento de culpabilidad.
Regaló un último beso a Marta antes de enfilar las escaleras, pues solo quería desaparecer sin tener que esperar la llegada del ascensor.
Condujo hasta Albaceda con la radio apagada y la ventanilla bajada.
Buscaba ayuda en el frío y el silencio, pero no la encontró.
Llegó por fin a casa y trató de centrarse en lo que tenía pendiente antes de acostarse.
Se ocupó de todo de manera mecánica, sin alma y sin poder liberarse de la desazón que se había instalado en su pecho.
Entonces el teléfono sonó y corrió a descolgar.
Al escuchar la voz que llegaba desde el otro lado, la vida volvió a su ser.
—Solo quería asegurarme de que no me has dado un número falso —dijo Tina con ese tono de fingida rebeldía que empezaba a quedarle tan impropio.
—Serás idiota —replicó antes de que la chica colgara.
Lucía aún reía cuando soltó el auricular. Pero, una vez apagada la risa, regresaron las lágrimas. Qué bonito era todo con Tina. Y qué complicada se volvía su vida si se detenía a pensar un instante. Definitivamente, era mejor no hacerlo. No podía rendirse ni traicionar sus principios.
Terminó con sus asuntos y se fue a la cama preguntándose si algún día podría hacerlo sintiéndose libre y con la conciencia tranquila.