Ella (Corazón de Pantera nº 5) 16 #2
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Por toda respuesta, Lucía tiró del cordón de la bata y el cuerpo de Marta quedó totalmente expuesto ante ella.

Llevó las manos a su cintura y desde ahí volaron hacia el resto de su piel.

Marta, satisfecha, la empujó hasta su habitación sin dejar de besarla.

No había nada que le gustara más que ver a Lucía rendida a ella.

Y con la misma sensación de poder, le quitó la ropa antes de despojarse del kimono.

Permanecieron unos segundos de pie, desnudas y sin hablar.

Marta ponía todos sus sentidos en un beso húmedo e infinito, mientras que Lucía se rendía, dando por sentado que aquello era lo mejor para ella.

Y si no lo era, al menos procuraría que fuera placentero.

Se tumbaron en la cama y Marta se colocó encima.

A veces a Lucía le molestaba su eterna necesidad de mostrarse dominante, pero aquella tarde la dejó hacer y trató de no pensar en otra cosa que no fuera disfrutar.

Se estremeció con sus besos, con la presión cálida de su lengua, con el deseo que vivía en cada uno de sus jadeos.

Le hubiera gustado que el momento íntimo entre las dos se alargara, pero Marta estaba impaciente y hasta algo rabiosa por la forma en que Lucía la había ignorado durante los últimos días.

Y esa ansiedad la hizo encajar de inmediato su pubis en el muslo de su compañera para frotarse con violencia hasta ahogar un grito y caer a su lado como un peso muerto.

—Lo siento, cariño, te tenía muchas ganas —se disculpó con sonrisa traviesa.

—Ningún problema —contestó Lucía, que no acababa de asimilar que a veces la llamara así.

—De todas formas, para ti tengo reservado algo especial.

—¿A qué te refieres? —preguntó viendo cómo saltaba de la cama y abría un cajón de la mesita.

—Es hora de que hagamos algo nuevo juntas.

Lucía se inquietó al ver que regresaba junto a ella portando una caja de la que extrajo un arnés. Y aún se tensó más cuando Marta comenzó a colocárselo mirándola con ojos voraces sin ni siquiera pedirle opinión.

—No sé si eso me va a gustar —temió.

—¿No lo has usado nunca?

—No, aunque sé perfectamente lo que es.

—Pues yo en Italia lo disfruté mucho jugando con una mujer. Fue ella quien me lo descubrió.

—Ya.

—No te pongas celosa.

Lucía sonrió con ironía. Era incapaz de sentir ni un atisbo de celos por lo que pudiera hacer o haber hecho Marta con otras.

—Qué va —se limitó a responder.

—No te lo había planteado nunca porque tú tampoco lo proponías. Pero me has hecho sufrir mucho esta semana y necesito castigarte.

—¿Y si no me gusta? —dudó Lucía.

—Pues me lo dices y paro en seguida.

Marta se dio prisa en colocarse entre sus piernas. La besó, se deleitó lamiendo sus pechos y después se incorporó quedando arrodillada ante ella. Paseó su mano por el sexo de Lucía e introdujo un dedo con cuidado.

—Está perfecto. Lo tienes a punto de caramelo —ronroneó.

Lucía trató de relajarse. Siempre había rechazado la idea de ser penetrada con algo que no fueran los dedos de una mujer.

Había mantenido conversaciones en las que le habían hecho ver que el fin no consistía en simular una relación con un hombre, sino, simplemente, recibir una estimulación agradable.

Se trataba, sin más, de beneficiarse de las zonas erógenas que la naturaleza les había proporcionado.

¿Por qué renunciar a ello por ser lesbianas?

Con Gloria nunca lo había intentado y tampoco con el puñado de mujeres con las que había tenido un escarceo.

Pero quizá no era mala idea probarlo por fin y salir de dudas.

En realidad, sus reparos no eran respecto a que hubiera algo masculino en la acción.

En ningún momento lo vio como un pene sino como un juguete, un accesorio, una extensión de Marta con la que pretendía aumentar su placer.

Pero sí que temía que pudiera hacerle daño.

Ella se había comprometido a detenerse si así se lo pedía, pero no se fiaba del todo.

Respiró hondo cuando Marta volvió a colocarse en posición y la penetró.

Se quedaron quietas un instante buscando que Lucía se adaptara.

Aquello, por supuesto, era más grande que unos dedos, pero no le resultó tan molesto como temía.

Al relajarse todo fue más sencillo y la lubricación ayudó a que el miedo se evaporase.

Marta comenzó a moverse despacio y fue aumentando el ritmo hasta acabar embistiéndola sin compasión.

Lucía, que había disfrutado durante los primeros momentos, se sintió incómoda con su vehemencia final.

Tal y como habían acordado, le pidió que parara, pero no le hizo caso.

A pesar de que insistió en que saliera de ella, Marta estaba demasiado excitada y no se detuvo hasta terminar agotada por un orgasmo que, por suerte para Lucía, llegó muy pronto.

—Perdona, me he puesto demasiado cachonda sabiendo que te estaba follando de verdad. Uf, menudo calentón. Tenemos que repetirlo.

—Ni hablar, Marta. No puedes hacer las cosas así.

—¿Qué pasa? —le preguntó haciéndole una carantoña que Lucía rechazó.

—Te he pedido que pararas, me estabas haciendo daño.

—No puede ser. Te he visto disfrutar mucho, el cuerpo te temblaba.

—Al principio sí. Pero luego me has dado muy fuerte.

—¿Y qué problema hay? El sexo es así. Como agua que se va calentando hasta que hierve a borbotones.