Ella (Corazón de Pantera nº 5) 16
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—Pero ¡qué bien huele en esta casa! —dijo Lucía tras recibir el beso cariñoso de Jaime.

—Tu madre ha hecho ese asado que tanto te gusta. Y yo te he preparado un postre especial.

—Bueno bueno. Me voy a tener que ir más a menudo.

Entraron sonriendo en la cocina y Patro no tardó en darle una sarta de besos.

—Te hemos echado de menos.

—Si solo han sido dos días. Ya quisiera yo que hubiera sido un viaje más largo.

—Hija, estamos acostumbrados a que vengas a comer durante el fin de semana.

—Bueno, pues vengo hoy, aunque sea lunes. Tampoco me he retrasado tanto —dijo regalándole un achuchón. Le encantaba su olor maternal.

—¿Y cómo te has encontrado Madrid? —se interesó su padre mientras le ofrecía un vasito de vermut.

—Pues bonito, como siempre. A las chicas les impresionó la iluminación navideña —recordó y se dio cuenta de que su madre le dirigía una fugaz mirada—. Tuvimos la suerte de que solo nos llovió un par de ratos y pudimos disfrutar paseando.

—La tía Rosario me llamó ayer por la tarde, nada más irte de su casa —explicó Patro—. Estaba feliz después de verte.

—La encontré muy bien, mamá —afirmó dando un pequeño sorbo al licor—. Tenía muchas ganas de verla y no me esperaba que estuviera tan llena de vida. Incluso cojea menos. Está muy cambiada.

—¿Y pudiste ver a tus amigos? —continuó preguntando Jaime.

—Sí. Comimos en el restaurante de Tito y después pasé un rato con los dos. Es posible que vengan dentro de unos meses a hacerme una visita. Me haría mucha ilusión.

Tras ponerles al día sobre la excursión, compartieron una agradable comida. Al concluir, Lucía intentó marcharse a casa.

—¿Tan pronto? —protestó Patro.

—Estoy un poco cansada, mamá. Y aún tengo que preparar algunas cosas para mañana.

—Me hubiera gustado que te quedaras más rato contándome detalles del viaje.

—Si ya os he contado un montón de anécdotas.

—Solo nos has contado las confesables.

Lucía estalló en una carcajada.

—Claro, y tú quieres saber las otras.

—Esas son las interesantes —dijo uniéndose a su risa.

—Está bien, pero solo un momento. Anoche no dormí demasiado y, además, me agota conducir tantas horas.

—Os dejo con vuestros asuntos. Me voy a fregar los platos —anunció Jaime.

—Gracias por el arroz con leche, papá. Te ha salido muy rico.

Él hizo una mueca con la que pretendía restarle importancia y se fue a la cocina para dejarlas solas.

—Ya puedes contármelo —la animó Patro.

—¿Contarte el qué?

—Lo sabes perfectamente. ¿Cómo te han ido estos días con la niña?

—No me ayuda nada que la llames así.

—Es una forma de hablar. Tú y Julia seguís siendo nuestras niñas para tu padre y para mí. Es más una cuestión de cariño que de edad.

—¿Y qué cariño le puedes tener tú a Tina?

—El que noto que le tienes tú. Transmites algo muy bonito cuando hablas de ella.

—Es que la estoy empezando a querer mucho, se ha convertido en una persona importante en mi vida. Eso no se puede negar.

—¿Y habéis estado a gusto en Madrid?

—Nos hemos divertido muchísimo. Y aunque estábamos con Sandra, hemos tenido nuestros momentos de hablar a solas. Esta escapada nos ha unido más aún.

—Eso está bien. Quizá te ayude a verla de otra manera. Más como persona que como adolescente o alumna.

—No, mamá. Me da la sensación de que te haría ilusión que así fuera —le dijo en un tono que sonaba a recriminación.

—Bueno, es que ese brillo que tienes ahora mismo en los ojos no te lo veo nunca cuando hablas de Marta.

—Ya. Pero que Marta no sea el amor de mi vida no significa que tenga que estar enamorada de otra persona. Marta no es el baremo.

—Solo quiero que seas feliz, cariño.

—Y espero serlo, independientemente de si tengo a una mujer al lado o no.

—No te enfades.

—Para nada —le dijo sonriendo y cogiéndole una mano—.

Es que no me quiero complicar la vida, mamá.

¿Sabes? —continuó tras reflexionar un momento—.

Siempre cuando llega este puente me acuerdo de Alicia.

No puedo evitar asociarlo con ella porque fueron los días en que comenzamos a tontear.

Lo pasé muy mal con lo que me hizo, no hace falta que te lo cuente.

—Lo sé, corazón.

—La situación es distinta, pero me da mucho miedo caer en un error que me cueste caro.

—Ya, pero esta Tina no parece que tenga dobleces como aquella. Alicia te engañó y después te traicionó. No parece que esta niña tenga malas intenciones contigo.

—Aun así, mamá. Tina es muy joven. Es verdad que se da prisa por madurar, pero se tiene que terminar de desarrollar como persona. Y lo que tiene que hacer es estar con chicas de su edad —sentenció.

—Ya. Por ejemplo esa tal Raquel, ¿no? —cuestionó con retintín.

—Por ejemplo. Ninguna mejor para Tina que Raquel, ciertamente. Me tengo que ir, mamá —anunció levantándose.

—¿Ya? ¿Te has molestado?

—Que no. No pienses eso. Ya te he dicho que tengo que hacer unas cosas y debería llamar a Marta, que llevo varios días sin verla.

Hizo un esfuerzo por sonreír y que su madre no se quedara con la sensación de que se marchaba enfadada.

Con el mismo buen talante, fue a la cocina a despedirse de Jaime.

Después, cogió su bolso y salió del piso con el rostro serio.

Algo dentro de ella se había congelado al concluir que Tina tenía que estar con Raquel y ella con Marta.

Pero… ¿desde cuándo al corazón le importa solo la conveniencia?

***

Tras llegar a casa y deshacer el equipaje, se tumbó en el sofá tapada con una manta ligera.

Necesitaba reposar un rato antes de activarse y preparar sus cosas para las clases del día siguiente.

El cansancio la venció y acabó dormitando, a pesar de que no era lo que pretendía.

Al despertar, vio que eran las seis. Se desperezó, cogió el teléfono y llamó al domicilio de Pilar y Lola. Fue esta última quien contestó:

—Anda, pero si es la madrileña —dijo al reconocer su voz.

—Sí, ya toda disponible para ti.

—¿Sí? ¿Disponible para todo? —preguntó con sensualidad.

—No me seas borde, que te puede escuchar Pilar.

—Y tanto que me escucha. Tu querida jefa está aquí al lado.

—Espero no molestaros.

—Pues, mira, no nos has molestado por un pelo. Dos minutos antes y nos pillas corriéndonos.

—Serás bruta… —exclamó antes de soltar una risotada—. En fin, que os aproveche.

—Tarde. Ya hemos terminado.

—Espero que haya sido bueno.

—Han sido muy buenos los tres —confesó y Lucía pudo escuchar a Pilar rezongando de fondo.

—Vale, no voy a continuar con esta conversación. ¿Tenéis planes para esta noche? —preguntó recuperando la seriedad.

—Pues no pensábamos salir. Hemos abusado un poco durante el fin de semana y mañana toca volver al trabajo.

—Ya. Os habéis pasado de la raya justo cuando yo no estoy. Ya os vale…

—No te hagas la indignada, que cuando salimos contigo no nos quedamos cortas. Espera… ¿qué…?

—Lucía, ¿qué tal el viaje, guapa? —quiso saber Pilar quien, evidentemente, le acababa de arrebatar el teléfono a su pareja.

—Fenomenal. Ha sido una escapada muy bonita.

—Me alegro mucho. Estaba viendo que la pesada de mi mujer no te preguntaba.

—No se lo tengo en cuenta. Ya ves que ha preferido contarme vuestra vida sexual.

—Calla, no vuelvas a eso —le pidió y las dos rieron.

—¿Entonces no salimos?

—Pues la verdad es que no contábamos contigo. Pensábamos que volverías cansada y con poca gana de fiesta.

—Y tienes toda la razón. Era más que nada por veros.

—En ese caso, mañana nos acercamos por tu casa y nos invitas a una cerveza mientras nos cuentas cómo te ha ido por Madrid.

—Me parece estupendo, jefa.

—Supongo que no has llamado a Celeste.

—Aún no, ¿por qué?

—Se ve que el viernes le sentó algo mal y no anda muy católica. Así que no vas a poder salir con ella tampoco.

—Vaya, ahora la llamaré para ver cómo está —dijo preocupada.

—Queda con Marta —le propuso Pilar—. Os vendrá bien estar solas.

—¿Cómo sabes que aún no la he llamado?

—Porque te conozco y sé cuál es el orden de tus prioridades.

—Ahora le preguntaré si quiere salir.

—Por supuesto que querrá. En estos días no ha venido con nosotras. Está claro que cuando sale con el grupo es solo por ti.

—Aprovecha para llevarla a un sitio finolis y que no pueda quejarse —gritó Lola para que su voz se colara por el auricular y Lucía pudiera escucharla.

La conversación terminó entre bromas y, nada más colgar, se puso en contacto con Celeste.

Ya estaba mejor, pero no como para salir.

Prefería terminar de recuperarse para poder ir a trabajar a la librería.

Lucía tenía ganas de verla para comprobar si ese desánimo que había detectado en su voz era a causa de la enfermedad o si había algo más.

Llevaba demasiado tiempo mostrando un estado anímico cambiante y no le gustaba.

Sospechaba que algo le ocurría y que quizá tenía que ver con su amiga Natalia, pero no sabía qué hacer para que se abriera.

Volvería a intentarlo durante el encuentro que mantendrían al día siguiente.

Y, por fin, llamó a Marta. La había dejado para el final intuyendo que su conversación sería la más larga, pero no fue así.

La joven estaba tan ansiosa por verla que quedaron directamente en encontrarse una hora después.

Por una vez, la citó en su casa de Veliana y le prometió servirle una cena exquisita.

Lucía no puso ningún reparo a nada y, simplemente, se dejó llevar.

Solo había estado una vez en el piso de Marta, un espectacular ático que su padre le había regalado y que, por supuesto, le ayudaba a mantener. Ella solo tenía que disfrutarlo y no dar motivos de murmuraciones a los vecinos.

Marta la recibió ataviada con un elegante kimono y oliendo a perfume caro. Nada más cerrar la puerta, la arrinconó contra la pared para besarla.

—Ni siquiera me has llamado en estos días —le reprochó interrumpiendo el beso pero sin apartarse de ella.

—Perdona, hemos ido como locas, apenas hemos tenido descanso —exageró.

—Te he echado mucho de menos. Me has tenido abandonada —se quejó lamiéndole el cuello con sutileza.

—Lo siento. Te compensaré —prometió entre suspiros.

—¿Y cómo piensas hacerlo?