15 #7
A Sandra le hicieron gracia sus últimas palabras y dejó de llorar. Lucía le sonrió con ternura antes de continuar hablándole.
—Encontrarás el momento de decírselo a las cuatro. ¿Y sabes qué pasará?
—¿Qué?
—Pues lo que suele pasar la mayoría de las veces. Que ellas te dirán que ya lo sabían.
—¿Tú crees?
—Pues, claro. La policía no es tonta —dijo haciendo reír a Sandra—. La familia nos conoce bien y se da cuenta de todo, pero suele esperar a que nos sintamos preparadas para decirlo. A mí me pasó eso.
—¿Qué te pasó? ¿Qué tenías tú que ocultarles?
—Lo mismo que tú —confesó.
—No puede ser —replicó sorprendida y no pudo evitar sonrojarse.
—Pues lo es. ¿Y me ves llorando por las esquinas o pendiente de que alguien me pueda mirar mal?
—No.
—Pues aprende de mi experiencia, Sandrita. No salgas del armario si no sientes que ha llegado el momento, pero deja de dudar de las personas que te quieren —le aconsejó zarandeándola con cariño—. ¿Lo harás?
Sandra se limitó a asentir con la cabeza.
—Anda, dame un abrazo —se ofreció Lucía.
La chica no dudó en refugiarse en el cálido regazo de la profesora. Con ella al lado, todo se veía de otro color.
—Gracias.
—De nada, Sandrita. Por cierto… guárdame el secreto. En el instituto no lo sabe nadie y me da pereza que murmuren.
—¿Tina tampoco?
—Tampoco —mintió sin saber por qué—. Anda, vamos, que no me fío de que ese elemento no intente poner el coche en marcha —bromeó.
Regresaron al lugar donde Tina esperaba impaciente y sin entender nada. Sandra había recuperado la sonrisa y Lucía la serenidad, aunque solo a medias. Aún debía abordar una conversación con Tina y lo hizo tras llegar a Albaceda, dejar a Sandra en casa y quedarse las dos a solas.
—¿Tina, estás bien?
—Sí.
—Te he notado un tanto ausente.
Tina trató de restarle importancia y Lucía la miró de reojo.
—Hasta te he tenido que pedir que te pongas aquí a mi lado cuando Sandra ha dejado libre su asiento.
—No sé. Quedaba poco para llegar a mi casa y pensaba que te daría lo mismo —se justificó.
—Pues, no, Tina. Es como si, de repente, te molestara mi compañía.
—Sabes que eso no es así. Para mí ha sido una explosión de sensaciones este viaje. Ya te dije que casi no había salido del pueblo y he vivido demasiadas cosas en poco tiempo. Aparte de que me ha venido todo el cansancio de golpe. Estoy un poco aturdida.
—Está bien. Solo quiero que sepas que para mí nada ha cambiado. Quiero que seas mi amiga para siempre, pase lo que pase.
—Yo también —confesó tratando de mantener a raya su sensibilidad.
Lucía sonrió y detuvo el automóvil delante del edificio donde vivía Tina.
—Hemos conseguido llegar a buena hora para comer con la familia —se congratuló Lucía tras consultar el reloj—. ¿Qué te parece si subo a saludar a tu madre?
—¿Para qué? —se tensó.
—Pues para intercambiar unas palabras con ella. Me ha gustado conocer a la hermana mayor de Sandra y quisiera hacer lo mismo con tu madre.
—No te preocupes, seguramente no estará.
—Tina, ¿por qué siempre esquivas la posibilidad de que hable con tu madre?
—Porque no es necesario —afirmó mirando para otro lado.
—Pues ese momento se producirá pronto. Aunque no quieras admitirlo, la voy a hacer pasar por tutoría, como a todos los demás padres.
—Pero ya me tienes a mí para hablar de lo que quieras.
—Sabes que eso no funciona así.
—¿Y por qué no hablas con Ángel?
—Porque legalmente es con tu madre con quien debo tratar.
—Pero ya hablaste con él una vez.
—Aquella fue una conversación personal. ¿Por qué tienes miedo, Tina?
—Yo no tengo miedo.
—¿Y por qué no quieres entonces que me vea con ella?
Tina resopló sin saber qué argumentar. Lucía no entendía esa negativa tan pertinaz, pero tenía claro que cumpliría con su trabajo sin importarle la opinión de la chica.
—Ya hablarás con ella en el instituto, pero hoy no. Hoy no es día lectivo y no eres mi profesora.
—Está bien, Tina, pero que sepas que con este empeño tuyo solo consigues que tenga más interés. Venga, ya está por hoy —añadió acariciándole el hombro al verla agobiada—. Este maravilloso viaje merece terminar con una sonrisa, no con esa cara de malas pulgas.
Tina aceptó su cariñosa pulla y le dedicó un simpático gesto con el que le demostraba que, a pesar de todo, la complicidad seguía intacta.
—Espera un segundo —le pidió Lucía cuando Tina se disponía a abrir la puerta del coche.
Sacó del bolso un pequeño bloc de notas y escribió su dirección y teléfono. Le entregó el papel a Tina sabiendo que eso suponía avanzar un paso más en su amistad. Necesitaba dejarle claro su compromiso.
—Si algún día me necesitas fuera del horario de clase, ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias, Lucía.
—Anda, sube a casa. Nos vemos mañana.
Tina salió del coche, abrió el maletero, cogió sus bártulos y se despidió entre bromas.
Lucía volvió a poner el vehículo en marcha y miró por el espejo retrovisor.
Vio la imagen de Tina abriendo el portal y echando un último vistazo, como buscándola, antes de que Lucía doblara la esquina y se perdieran de vista.
Se alejó sintiendo que una parte de sí misma se marchitaba al separarse de Tina.
¿De verdad iba a poder vivir así?