Ella (Corazón de Pantera nº 5) 15 #6
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Bajaron en silencio y, tras guardar los bultos en el coche, se dirigieron a la Chocolatería San Ginés para desayunar.

Lucía pareció espabilar tras tomarse un café bien cargado y se sintió en condiciones de ponerse al volante para cubrir el largo trayecto que las separaba de su pueblo.

Pocos minutos después, llegaron al automóvil con una mezcla de emociones.

Era el momento de abandonar Madrid. Lucía pensó en lo intensos que habían sido aquellos días.

Se le habían pasado volando y, a la vez, le daba la sensación de que habían sucedido muchísimas cosas, como si hubieran permanecido allí mucho más tiempo.

Desde luego, habían sabido sacarle partido al fin de semana.

Estaba a punto de ocupar su puesto de conductora cuando las palabras de Tina a Sandra la sorprendieron.

—Ponte tú delante. Ahora te toca a ti. Así le echarás mejor el último vistazo a Madrid —dijo abriendo la puerta de atrás.

Sandra aceptó, pese a que siempre se había sentido más cómoda escondida en el asiento trasero.

Lucía se quedó parada un instante, preguntándose por qué Tina prefería cederle su habitual puesto a su compañera.

¿Acaso estaba molesta y no quería viajar a su lado?

¿Y por qué le daba ella importancia a ese hecho?

A fin de cuentas, debería resultarle indiferente llevar de copiloto a cualquiera de las dos.

Pero, en el fondo, le escocía que Tina pareciera querer huir de ella.

La miró fijamente y la chica de devolvió una media sonrisa que no la sacó de dudas.

Poco a poco, se alejaron de Madrid. Lucía y Sandra comenzaron el viaje de buen humor, disfrutando de la música y riendo al recordar ciertos pasajes, sobre todo de su visita al Inferno.

De vez en cuando, Lucía buscaba a Tina a través del retrovisor y le preocupaba encontrarla siempre con el rostro serio, la vista perdida en la ventanilla y sin participar de las bromas.

Llevaban casi dos horas de camino cuando el globo se desinfló.

Sandra se había ido apagando y, al llegar el silencio sostenido por parte de las tres, también Lucía se entregó a sus propios pensamientos.

Habían sido dos días intensos y mágicos que nunca olvidaría.

Pero al día siguiente volvería la normalidad, la vida real, la rutina y unas obligaciones de las que también formaban parte Tina y Sandra.

No sabía cómo iban a llevar lo de ser sus amigas a la vez que sus alumnas.

Y ella misma iba a tener que esforzarse por tratarlas como a los demás y separar lo personal de lo profesional.

Era un reto bonito, pero reto al fin y al cabo.

De un modo u otro, las dos habían llegado a su vida para enriquecerla y ya no podía prescindir de ellas.

Por otro lado, llevaba a Tina justo detrás, callada, ensimismada, y no podía saber qué le rondaba por la cabeza.

Echaba de menos sus ocurrencias, su alegría.

Pero, sobre todo, le dolía la sospecha de que pudiera sentirse mal, que estuviera afectada por su rechazo de la noche anterior.

Sabía que la había herido, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

—Estáis muy calladas —dijo Lucía tratando de romper el hielo.

Tina reaccionó abandonando por fin su letargo y ofreciendo esa versión bromista que tanto fascinaba a la profesora.

Lucía sintió cierto alivio al volver a compartir una sonrisa con ella.

Después, centró su atención en Sandra y se dio cuenta de que algo le sucedía.

Conforme se iban acercando a Albaceda, iba desapareciendo su faceta risueña y volvía a apoderarse de ella la timidez y el bloqueo de sus facciones.

—¿Por qué estás tan seria? —le preguntó acariciándole la nuca.

—Porque me gustaría que siempre fuera como estos días.

—¿Te refieres a lo bien que lo hemos pasado?

—A eso y a otras cosas.

—¿A qué cosas? —trató de averiguar, pero la chica no contestó.

Lucía le apretó la mano con tanta fuerza como cariño. No le gustaba su abstracción y mucho menos lo que pudiera provocarla.

Pronto llegaron a la mitad del viaje y Lucía se detuvo en el mismo bar de carretera donde habían parado en el trayecto de ida.

Estiraron los músculos y tomaron un refrigerio sin que las chicas mostraran demasiadas intenciones de conversar.

A Lucía le preocupaba la seriedad de Tina y la sombra de tristeza en el rostro de Sandra.

Cuando salieron del bar y se encaminaron al coche, Lucía pensó que ya se ocuparía de Tina. En ese momento su prioridad era Sandra.

—Toma, bicho —dijo lanzándole las llaves del coche—. Ahora volvemos. No se te ocurra irte sin nosotras.

Le consoló recibir la sonrisa de Tina y le regaló un guiño de ojo. Después, cogió por el codo a Sandra y se alejó hacia la parte más solitaria del aparcamiento.

—¿Me vas a contar qué te pasa? —le preguntó cuando estuvo segura de que nadie las escucharía.

Sandra la miró sin ser capaz de responder hasta que agachó la cabeza y continuó caminando con lentitud.

—Sandra, te estoy viendo sufrir y no me gusta nada. Hemos acordado ser amigas, así que confía en mí —le rogó Lucía.

—No me hagas caso. Solo tengo miedos y ya estoy acostumbrada —se atrevió a hablar.

—Si estuvieras acostumbrada no te afectaría tanto. Con lo contenta que has estado estos días…

—Pero allí no va a ser lo mismo —dijo señalando en dirección a Albaceda.

—¿Por qué?

—Aquí me siento protegida.

—¿Y por qué allí no? También vamos a estar nosotras. Y toda la gente que te quiere.

—¿Y si un día dejan de quererme? —dudó deteniendo sus pasos.

—¿Tú dejarías de querer a tus hermanas de un día para otro?

—No —contestó con firmeza.

—Pues ellas tampoco lo van a hacer, así que no entiendo a qué viene ese miedo.

Sandra intentó volver a huir caminando, pero Lucía se lo impidió.

No soportaba verla asustada, callada y cabizbaja, por lo que le levantó la barbilla para obligarla a mirarla a la cara.

El sol iluminó el verde vibrante de sus ojos.

En ellos podía leerse todo el miedo que le llenaba el corazón de nubarrones y Lucía solo quería terminar con ello, aunque fuera a costa de sacarla de su caparazón a empujones.

—Pongamos las cartas sobre la mesa. No quería hacerlo, pero considero que es necesario.

—¿Qué? —preguntó Sandra sin saber a qué se refería Lucía.

—He hablado con Tina sobre tu secreto.

—Venga ya, no debería…

Sandra calló sonrojada. Quería apartar la mirada de Lucía, pero esta le sujetaba la cara con la fuerza justa para que no se perdiera el contacto visual. Necesitaba ganarse su confianza y que dejara de tratar de evadirse.

—Ha hecho bien en decírmelo. Tú estabas dudando de mí y yo debía saberlo.

La chica no supo qué decir. No esperaba que le sacara el tema así de repente y se sentía sobrepasada. Lucía se dio cuenta y le permitió bajar la cabeza. Con cariño le pasó el brazo por encima de los hombros y volvieron a pasear.

—Peque, yo no te voy a dar la espalda en la vida, ¿me escuchas? Eres un encanto, me río mucho contigo y le he pedido al destino ser tu amiga para siempre. ¿No significa nada eso para ti?

—¿Aunque sepas… eso?

—¿Acaso crees que «eso» tiene algo de malo? —le preguntó volviendo a clavar los ojos en los suyos.

—No lo sé. Supongo que no, pero si los demás lo piensan…

—Sandra, vas a empezar a aprender que lo que los demás piensen importa una mierda, ¿entendido?

—No es tan fácil. Imagina que alguna de mis hermanas se entera y me rechaza.

Al plantearlo se le quebró la voz y trató de esconder su rostro con la mano. De inmediato, Lucía la abrazó y la balanceó con cariño mientras le daba besos en el pelo y la frente.

—Alguien que te quiere tanto no va a hacer eso, peque.

Piensa que, al tener ese miedo, estás recelando de alguien que no se lo merece.

A mí me ha molestado que lo hagas, aunque lo entiendo.

Te lo perdono porque eres muy joven y porque no nos conocemos demasiado.

Pero si fuera tu hermana, te pegaría una patada en el culo por desconfiar de mí.