Ella (Corazón de Pantera nº 5) 15 #5
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—Yo sé que en realidad sientes algo y que luchas contra ello, pero cuando sea mayor de edad ya no hará falta —argumentó con vehemencia.

La afirmación de Tina fue la gota que colmó el vaso. A Lucía se le aceleró el pulso y se vio obligada a pararle los pies. La hizo entrar en la habitación y cerró de un portazo. Tina se asustó con su reacción, pero mucho más al ver el enfado en su cara.

—Estas son las cosas que nos pueden distanciar.

Te lo estoy advirtiendo y parece que no te importa.

¿Es que no consideras suficiente mi amistad?

¿Crees que es normal que un profesor se abra tanto a un alumno?

Jamás en todos estos años he llegado a ofrecer mi confianza a ninguno.

Contigo y con Sandra estoy haciendo una excepción y sabes bien que es especialmente contigo.

Y no se trata de hacerte un favor, lo hago porque realmente me importas y quiero que formes parte de mi entorno.

Pero si me siento presionada, me apartaré y me limitaré a ser tu profesora de Francés, ¿entendido?

—Lo siento.

—No sirve de nada que lo sientas si vuelves a ello una y otra vez —le reprochó con los ojos encendidos.

—Perdóname, Lucía, yo quiero ser tu amiga y no pensar en nada más, pero… no sé, se me ha ido la cabeza. Me ha vencido la necesidad de creer en el futuro.

—El futuro no existe y la relación que podamos tener hoy depende mucho de tu actitud —dijo con furia.

—Lo sé y lo siento —repitió Tina temiendo que algo entre ellas se hubiera roto.

Lucía volvió a guardar silencio mientras caminaba por la habitación tratando de recuperar la serenidad.

No sabía por qué se había puesto tan alterada, por qué había sentido esa necesidad tan visceral de ponerse a cubierto.

Podía soportar las insinuaciones de su madre, de Raquel y hasta de Tito, pero no que la propia Tina se mostrara convencida de que Lucía la quería.

Tina, mientras tanto, permanecía inmóvil sin atreverse a mirarla.

Acabó agachando la cabeza y desplomándose sobre una silla.

Sabía que se había equivocado al decirle ciertas cosas, pero es que la amaba de un modo tan inmenso…

Se sentía vencida, impotente, absolutamente pequeña ante la mujer que le robaba el aire.

Aun así, sin levantar la mirada, quiso darle una explicación con la que intentar mantenerla en su vida:

—Lucía, desde que te conozco he intentado controlarme, a pesar de que esto es muy grande y me hace sufrir.

Sé que no tengo ningún derecho a preocuparte ni a hacerte sentir mal.

Pero es que es como una olla exprés, si no dejo salir algo reventaré.

No te pido que me digas nada, pero, por favor, necesito hacer un paréntesis de apenas un segundo para decirte que te quiero.

Lucía se estremeció al escucharla y cerró los ojos apenas un segundo.

—Solo eso —continuó Tina—. Después lo olvidas, como si no te hubiera dicho nada y seguimos contentas porque siempre vamos a ser amigas y nos alegraremos mutuamente cuando yo tenga una cámara digital y tú un coche nuevo.

Lucía se quedó mirándola. Le partía el corazón verla cabizbaja y con la voz rota.

No soportaba su tristeza y menos aún verla llorar.

Quizá la chica se había envalentonado de más y quizá ella misma se había enfadado en exceso.

La situación era tensa para las dos y debía mantenerse en su sitio, pero, por un momento, solo sintió la necesidad de curarle las heridas.

Se acercó a ella, se puso en cuclillas y trató de levantarle la cara para mirarla a los ojos, pero Tina se resistió.

—Qué difícil es esto, Tina —susurró.

—No te quiero perder —dijo entre sollozos.

—Y no me vas a perder porque yo tampoco quiero perderte, pero tienes que aprender a canalizar ese sentimiento hacia otro lado para que las dos podamos estar a gusto.

—Lo intentaré.

—No debemos hablar nunca más de esto, ¿lo entiendes?

Tina, derrotada, no contestó. Presa del dolor, no podía saber lo amarga que era aquella conversación también para Lucía.

—En la medida de lo posible procuro no ser brusca contigo respecto a este tema —continuó la profesora—, pero si me vuelves a decir que me amas, te tendré que decir que yo a ti no, y las dos lo pasaremos mal.

Tina se limitó a cabecear. Se sentía culpable y solo quería mantener sus ojos bien lejos de los de Lucía.

—¿Qué voy a hacer contigo, seguiriya? —murmuró tomándole las manos con cariño.

—Ayudarme a madurar.

—Por fin palabras sensatas —celebró sonriendo—. Estoy dispuesta a ayudarte, a dejarme ayudar y a estar a tu lado siempre, Tina, pero ya conoces la única condición. Tú decides.

Lucía sintió la tentación de abrazarla al notarla tan compungida, pero solo se permitió acariciarle las manos como muestra de esa amistad en la que, a pesar de todo, seguía creyendo. Tina pareció reflexionar durante unos segundos hasta que se atrevió a hablar y a enfrentarse al azul de su mirada.

—Lo siento de verdad. No sé qué me ha pasado. Al final he fastidiado la excursión —se disculpó.

—Para nada, este viaje ha sido una delicia y toda la vida lo recordaré con muy buen sabor de boca. En cuanto a esta conversación, quizá era necesaria para dejar las cosas claras. Las dos tenemos que hacer un esfuerzo para llevarnos bien, ¿de acuerdo?

Tina asintió mientras Lucía le limpiaba las lágrimas como ya había hecho diez días antes en la sala de tutoría.

Y, al igual que aquel día, se dejó llevar por la necesidad de darle un beso balsámico en la mejilla.

Pudo notar su vibración al recibirlo y la suya propia al volver a notar el calor de su tez.

Suspiró incorporándose y se alejó un par de metros.

Tina también se levantó de la silla y alargó la mano para abrir la puerta antes de volver a hablarle.

—Tengo claro lo que necesito y también a lo que soy capaz de renunciar y a lo que no. Tu cariño me es más necesario que tu piel y te prometo que no volveré a ponerlo en peligro —le garantizó antes de abandonar la habitación.

Lucía se quedó mirando hacia la puerta. Volvió a exhalar aire como si la vida misma le pesara y con ello pretendiera soltar lastre.

Y, de repente, rompió a llorar. No era dolor, no era preocupación ni tampoco decepción.

Era miedo. Miedo de que Tina tuviera razón, de que se estuviera negando un sentimiento que todos, menos ella, veían.

¿Por qué, si no, se le aceleraba el corazón cada vez que la tenía delante?

¿Era por un sentimiento real y profundo o por simple atracción carnal?

Si solo se trataba de su instinto primario de mujer pasional, ¿por qué le daba la sensación de que ya no podía vivir sin Tina?

No, no podía ser. Todo eran consecuencias de aquella maldita noche en el Pantera.

Estaba confundida, nada más. Seguro que si se hubieran conocido en otras circunstancias, las cosas habrían sido distintas.

Mientras comenzaba a guardar su ropa y enseres en la maleta, llegó a un pacto consigo misma: no amaba a Tina y no iba a darle más vueltas al tema.

Al final todo se reducía a que meses atrás le habría encantado tirársela, pero resultó ser menor y lo había tenido que descartar.

Era así de simple y de crudo. No había nada más que plantearse.

Se llevaba bien con ella, su amistad era gratificante y algún día se olvidaría de lo mucho que le había tentado su cuerpo.

Le había pedido a Tina que canalizara sus sentimientos y ella debía hacer lo mismo con sus propios deseos.

Las conclusiones a las que había llegado se esfumarían a la mañana siguiente porque no existen puertas para el campo ni jaulas para el corazón. Pero ella aún no lo sabía. Como tampoco sabía lo mucho que cambiaría Tina tras su regreso a Albaceda.

***

Salió de la habitación somnolienta y arrastrando su pequeña maleta con dificultad.

Apenas había podido pegar ojo en toda la noche.

Las malas sensaciones la habían mortificado durante horas y, conforme amanecía, se había ido diluyendo su convencimiento de la noche anterior.

Querer a Tina sin poder estar segura del modo en que lo hacía convertía su vida en una eterna veleta, en un mareante vaivén.

Porque lo que no podía negar era que la adoraba y que no estaba dispuesta a prescindir de su amistad.

Otra cosa era darse cuenta de que con ello asumía una agonía que podría enquistarse si pasaba el tiempo y no se aclaraba.

Las dudas la hacían sufrir, pero ese sufrimiento desapareció en cuanto llamó a la puerta de enfrente y Tina abrió con idéntica cara de sueño. Seguramente, ella tampoco había podido dormir bien, pero bastó con que se miraran para que les naciera una sonrisa que les reconfortó el corazón.

—¿Listas para volver a casa?

—No —contestó con rotundidad Sandra asomando la cabeza detrás de Tina.

—Anda, peque, no me digas que no tienes ganas de ver a tus hermanas.

A Sandra se le dulcificó el semblante de inmediato y abandonó la habitación con su equipaje camino del ascensor.

—Tú también tendrás ganas de ver a tu madre —supuso Lucía dirigiéndose a Tina, quien le devolvió un gesto de hastío antes de salir al pasillo—. En serio, tienes que empezar a tomarte lo de tu madre de otra manera.

—¿Vamos a desayunar? —trató de cambiar de tema.

—Sí. Necesito por lo menos dos cafés para despertar del todo o me quedaré dormida dentro del coche en algún lugar entre Madrid y Albaceda —bromeó.

—¿No has podido descansar? —se interesó Tina—. Lo siento si ha sido culpa mía. Yo…

A Lucía le bastó negar con la cabeza para que la chica entendiera que debía dejar el asunto. Era mejor no hablar más de ello y pasar página.

—Está todo bien —aseveró mientras le regalaba la paz de su sonrisa.