15 #4
Lucía rio con ella y se alegró al ver regresar a Tina sonriente con la cámara al hombro. Por desgracia, su vida no era fácil y no le sobraban los motivos de ilusión. Valía la pena ceder un poco y verle ese brillo en los ojos.
Salieron a la calle y comenzaron a caminar sin rumbo fijo.
Aquel viaje a Madrid iba a ser muy corto, pero se sentían tan a gusto las tres que preferían olvidar que aquel agradable paseo tenía sabor a despedida.
El azar las fue guiando de manera caprichosa por las calles del centro y acabaron cerca del domicilio de la tía Rosario.
Un instante después, Lucía se detuvo. De alguna manera, había intentado evitar pasar por aquella calle, por aquel punto en concreto, pero las chicas se habían dirigido hacia allí y ella no había hecho otra cosa que dejarse llevar.
Ahí estaba. La cabina desde la que habló tantas veces con Gloria.
El lugar exacto donde puso fin a su noviazgo.
Lo recordaba como uno de los momentos más dolorosos de su vida.
Con la ayuda del tiempo lo había superado, pero, aun así, rememorar aquel episodio no dejaba de arañarle el corazón.
Una sonrisa amarga se le escapó mientras pensaba en lo distintos que eran sus sentimientos por Gloria y por Marta.
Por la primera había llorado océanos enteros.
Por la segunda sabía que nunca derramaría ni una lágrima.
Después, Tina asomó en su mente tratando de participar en la comparativa y Lucía la espantó.
No quería plantearse algo así ni tenía ningún sentido. Era mejor no darle más vueltas.
—¿Por qué no vamos hacia la Plaza Mayor? —propuso.
—Porque ese es el punto final y no queremos llegar —admitió Sandra.
—Ya me doy cuenta de que no paráis de dar rodeos —dijo y las tres rieron—. Pero se hace tarde, chicas. Tenemos que cenar e ir preparando el equipaje para irnos mañana temprano.
—Luego no querrás que te llame aguafiestas. Todo el viaje igual —protestó Tina.
—Eres un caso. Encima que te cuido y te consiento para que disfrutes de Madrid.
—Ese es el problema, que nos has hecho disfrutar mucho y ahora no nos queremos ir.
Se miraron con cariño y Lucía se permitió hacerle una caricia en el pelo.
—¿Vamos entonces?
Tina y Sandra aceptaron y se pusieron en marcha. Lucía las siguió ignorando la tentación de mirar por última vez la cabina. Debía decir adiós al pasado y centrar sus esfuerzos en lo mucho que le quedaba por vivir.
Eran las nueve de la noche cuando llegaron por fin a su destino.
La plaza, en efecto, las envolvió con el ambiente cálido de la Navidad.
La iluminación la llenaba de magia, los villancicos añadían alegría al lugar y el olor a castañas asadas era tan tentador que les abrió el apetito.
Mientras Tina realizaba las últimas fotos, Lucía y Sandra caminaban sin perderla de vista y hablando de sus cosas.
La profesora la había rodeado con su brazo y la chica parecía sentirse feliz y protegida.
Lucía la miró con cariño. Qué distinta le parecía a la alumna cabizbaja y silenciosa que había conocido en el instituto.
—¿Me dejáis que os haga la última foto? —pidió Tina regresando junto a ellas.
—¿Otra? —protestó Lucía—. Te voy a tener que cobrar por derechos de imagen.
—Venga, no te quejes. Cuando las veas te alegrarás.
—Eso espero, que te hayan salido bonitas.
—Lo sabremos cuando Ángel las revele. Es lo que peor llevo, no saber si lo he hecho bien hasta horas o días después.
—Pues yo me muero de ganas de ver el resultado. Venga, haznos esa foto.
—Vale, pero me tendré que alejar un poco. Si me acerco con este objetivo, saldréis con la cara apepinada.
—No, por Dios —rio.
Sandra y Lucía se colocaron delante de la gran estrella de Belén y Tina se apartó unos metros buscando el mejor encuadre. Tras disparar, puso la tapa al objetivo, cerró la funda de la cámara y decidió que esa foto había sido el broche final.
Dieron el último paseo y Lucía se sentó un momento en un bordillo para contemplar con tranquilidad la plaza. A saber cuándo podría volver a disfrutar de una estampa así. Sandra y Tina la flanquearon acompañándola en su silencio hasta que decidió romperlo.
—Chicas, para mí ha sido un viaje maravilloso, lo he pasado divinamente con vosotras.
—Se me hará raro verte el martes como profesora —comentó Sandra provocando la mirada tierna de Lucía—. ¿Te podremos seguir tuteando?
—Claro que sí —contestó Lucía sin abandonar la sonrisa—. Propongo que formulemos un deseo —dijo señalando la estrella ante la que habían posado un momento antes.
—Que seamos siempre amigas —dijo Sandra de inmediato y los ojos se le iluminaron.
—Siempre lo seremos, pase lo que pase —aseguró emocionada Lucía, para quien aquellas dos adolescentes habían dejado de ser, definitivamente, unas simples alumnas.
—¡Maldición! Que yo, Tina Abad, haya terminado suplicando al destino amistad eterna… ¿Qué ha sido de mí? —renegó con la boca pequeña mientras sus acompañantes reían—. Pues yo voy a pedir también un deseo solo para mí: que terminen de inventar la cámara digital.
Lucía cabeceó con ironía. Le hacía gracia cuando intentaba mostrarse rebelde.
Su egoísmo iba poco a poco pasando a la historia y estaba convencida de que el deseo tecnológico que había expresado no era comparable con el de pertenecer para siempre a tan peculiar trío.
Por un breve instante cruzaron la mirada y Lucía no quiso ver en sus ojos que, más allá de la cámara digital y la perdurabilidad de la amistad, el mayor anhelo de Tina era ella.
Nerviosa, trató de pensar en otra cosa y decidió secundarla y formular su propio deseo particular:
—Pues yo quiero un coche nuevo con el que poder hacer viajes tan bonitos como este, pero más largos.
Tras decirlo, dirigió la vista a Tina, y esa vez sí fue capaz de sostenerle la mirada. En esa ocasión, fue la chica la que intentó rastrear en sus ojos, en busca de un resquicio que le hiciera descubrir que ella formaba parte de sus sueños, pero solo encontró un muro impenetrable.
Lucía desvió por fin su atención hacia Sandra y Tina hizo lo mismo. Las dos esperaron a que también lanzara al aire su deseo personal. Y ella, enamorada como estaba de Madrid, no podía soñar con otra cosa:
—Volver.
Lucía le apretó la mano con fuerza y se levantó.
Tina y Sandra la imitaron. Era hora de buscar un lugar para cenar antes de irse a descansar.
A Lucía le habría encantado repetir en La Chulapa, pero sabía que a Tito y Adrián les había surgido un contratiempo familiar y no los iba a poder ver.
Al menos le consolaba la esperanza en esa visita a Albaceda que le habían prometido.
Tras degustar un bocadillo de calamares y unas tapas en un pequeño restaurante de la Cava de San Miguel, dirigieron sus pasos hacia el hotel. Lucía estaba convencida de que las emociones de aquel viaje se habían terminado. Pero aún le quedaba un episodio intenso por vivir que lo cambiaría todo.
***
Caminaba por el pasillo acariciando la llave de su habitación, sin dejar de sentir cierta pena por la brevedad de la escapada.
Pero se quedaba con lo mucho que había disfrutado del fin de semana, de su querido Madrid, del reencuentro con sus amigos y con su tía y, sobre todo, de la compañía de las chicas.
Ellas iban unos pocos pasos más atrás. Sandra le había cogido la cámara a Tina cuando habían abandonado la Plaza Mayor y se habían puesto a hablar de fotografía.
A Lucía le encantaba verlas tan unidas y abiertas a charlar sobre cualquier tema.
Había nacido un interés mutuo y a ella le hacía feliz.
Abrió la puerta de la habitación y Sandra hizo lo propio y se adentró en la suya.
Tina, en cambio, se quedó parada en el pasillo, a mitad de camino entre los dos cuartos, mirando a Lucía con aire enigmático.
Lucía percibió la inquietud en su rostro y con un gesto la invitó a hablar.
La chica entornó la puerta para que Sandra no pudiera escucharla y se acercó a la profesora, que continuaba expectante en la entrada de su habitación.
—¿Pase lo que pase? —preguntó y no pudo evitar que la voz le temblara.
—Depende de ti. Yo lo deseo de verdad. ¿Tú no?
—Yo solo quiero estar en tu vida.
—Sabes bien que lo estás, Tina. Me gustaría saber que nuestra amistad te hace feliz y que la valoras lo suficiente como para no romperla —dijo preocupada por la repentina circunspección de la chica.
—¿Acaso me dejarás tener una amistad normal contigo?
—¿Qué te hace pensar que no? —cuestionó con naturalidad.
—¿Iremos algún día a tomar un café o al cine? ¿Me invitarás a cenar en tu casa? —la puso a prueba Tina.
—Quizá haya cosas que de momento no podamos… o no debamos hacer —matizó—. Pero la amistad es mucho más que ir de fiesta. A mí me tendrás siempre y quiero pensar que yo a ti también.
—Por supuesto.
—Pues eso es lo único que importa para ser amigas, olvida todo lo demás. Todo —hizo hincapié con el rostro serio.
—Tengo mucha suerte al poder disfrutar de tu amistad y pondré en ella todo mi corazón, pero hay cosas que no se pueden olvidar —aseguró Tina en lo que pareció un lamento.
Lucía respiró hondo y calló. No le gustaba hacia dónde estaba derivando la conversación. Pero tenía que ponerse firme e imponer su buen juicio.
—Tina, acuérdate del principio de curso, cuando ni nos mirábamos. O antes incluso, cuando pasaste meses pensando que no volverías a verme. ¿Serías capaz de arriesgar lo que tienes ahora por un empeño egoísta que solo nos haría daño a las dos? —planteó bajando la voz por si Sandra la escuchaba.
Tina pareció reflexionar durante un instante, pero algo le estaba ardiendo por dentro y no era capaz de contenerlo.
—¿Y qué pasará dentro de año y medio, cuando cumpla los dieciocho y yo ya no sea tu trabajo? —se atrevió a preguntar.
—Que seguiremos siendo amigas —respondió cruzando los brazos.
—Pero lo justo sería que me dieras una oportunidad.
—Eso no se puede imponer ni forzar, ya te lo dije el otro día —replicó molesta.