15 #3
A Lucía se le amontonaron los recuerdos cuando se detuvo ante el edificio donde vivía su tía y donde ella misma había residido durante su etapa en Madrid.
Casi podía verse, ocho años más joven, con una ilusión desbordante y todo un mundo por descubrir.
El paso del tiempo la había curtido, pero había conseguido mantener su esencia y continuar viviendo con la misma fe en el futuro.
Era algo que le enorgullecía, pero más aún que su tía sí que hubiera cambiado, que no quedara ni rastro de la persona ermitaña y triste que era cuando se encontraron en aquel portal años atrás.
Cada vez que hablaba con ella por teléfono, la encontraba más risueña, más optimista, más activa e independiente.
Hacía casi un año que no se veían y por fin iba a llegar el momento que las dos tanto deseaban.
La voz de Rosario sonó feliz por el telefonillo poco después de que Lucía pulsara el timbre. Y, apenas dos minutos más tarde, cuando se encontraron cara a cara en el rellano, se abrazaron con mucha fuerza y más emoción.
—Qué guapa estás —exclamó la mujer mirando de cabeza a pies a su sobrina—. Ya me había dicho tu madre que te habías cortado el pelo. No te queda nada mal.
—Bueno, la verdad es que me he arrepentido después. Ya tengo ganas de que crezca rápido y volver a tener mi pelo largo. Pero tú sí que estás guapa, ¡cada vez más joven!
—Eso quisiera yo —suspiró antes de que las dos rieran.
—Traigo un montón de cosas para ti. Espero que no se hayan estropeado por el camino —confió Lucía.
Rosario aguardó ilusionada a que su sobrina extrajera de una bolsa de rafia unos cuantos paquetes.
—Esto es lo mejor —afirmó Lucía entregándole una fiambrera.
—¿Qué es? —preguntó intrigada mientras la abría—. ¡Oh, chuchos! Qué alegría me das. Hace miles de años que no me como uno de Albaceda.
—Pues vas a poder disfrutar de unos cuantos. Los ha hecho mi madre para ti, con la vieja receta de la tía Ascensión.
—Qué cosa más rica —dijo relamiéndose tras dar el primer bocado—. Toma, cómete uno.
—No, gracias, tía. Disfruta de ellos, que yo los tengo más a mano.
Tras degustar un par de dulces, Rosario abrió el resto de envoltorios y celebró encontrar embutidos y productos típicos de su añorado pueblo.
—Así te sentirás como en casa durante unos días. Bueno, como en tu antigua casa, porque ya tu sitio es este.
—Sí, bonita. ¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Hace unas semanas que estoy yendo a unas clases de gimnasia para personas mayores.
—No me digas.
—Sí, y el monitor se ha tomado mucho interés en mí. Se ha empeñado en que recupere parte de la fuerza perdida en mi pierna.
—¿Y crees que podrás? Eso sería muy importante.
—Pues, mira, voy haciendo sus ejercicios y, poco a poco, noto progresos. De hecho, he vuelto a subir ahí arriba —señaló la parte superior del dúplex.
—¿En serio?
—Sí. Me cuesta esfuerzo y un ratito, pero lo he conseguido.
—Me parece maravilloso y ya no solo por la pierna sino por lo que significa que te permitas regresar a ese espacio.
—Exactamente, Lucía. He pasado años y años negándome a enfrentarme a los recuerdos de mi marido. En el fondo, la lesión me facilitaba huir de ellos. Aunque era inútil porque los recuerdos son como agua entre los dedos, siempre encuentran el modo de pasar.
—Entiendo. Pero supongo que también era duro para ti estar en habitaciones que antes compartías con él.
—Sobre todo la salita que había convertido en su estudio de pintura. Allí se encondió en los últimos momentos y ahí se le alegraba el corazón entre lienzos y pinceles.
—Pero ahora eres una valiente y has vuelto a pisar esa estancia —dijo apretándole la mano.
—Sí. Y no te creas que no me duele, pero tengo que hacerme fuerte.
—Estoy muy orgullosa de ti. Me pongo en tu lugar y… no quiero pensar en lo que has tenido que sufrir. No sé si podría superar perder a mi pareja.
—Bueno, y hablando de parejas, me ha dicho Patro que sales con una chica —deslizó y se quedó a la espera de información.
—Hace unos seis meses, ¿no te lo había contado?
—Pues, no. Hemos hablado unas cuantas veces y nunca me habías dicho nada.
—Será porque no es importante del todo.
—¿No? ¿Sales seis meses con una mujer y no es importante? —preguntó sorprendida—. ¿Qué haces con ella entonces?
—No sé, tía. Nos divertimos y el tiempo va pasando mientras salimos de dudas.
—¿Sabes qué te digo? Pues que no me parece mal que los jóvenes de hoy en día os toméis las cosas más a la ligera, siempre que no hagáis daño a la otra persona, claro.
En mis tiempos, no podías ir por la calle con un muchacho si no había serias intenciones.
Y tenías que estar muy segura de con quién andabas o te arriesgabas a cometer un error que durara toda la vida.
—Por suerte las cosas van cambiando y ahora hay más libertad.
—Y yo me alegro mucho. ¿Y no hay otra que sí que te guste de verdad?
Rosario había formulado la cuestión con cierto aire de misterio y, por un momento, Lucía temió que su madre le hubiera hablado sobre Tina.
—No, tía. No hay nadie más.
—Pues a ver si eso cambia, que tú mereces que haya alguna que te haga temblar las piernas, y me da la sensación de que esta chica no lo consigue —opinó haciéndola reír.
—Todo llegará. No tengo prisa.
—¿Quién sabe? Quizá esa chica y tú acabéis sintiendo algo profundo y os dejéis de tonterías. ¿Puedo saber cómo se llama?
—Marta.
—Ya me irás informando, que no me ha gustado tener que enterarme por tu madre —le recriminó sin la más mínima dureza.
—¿Y tú? ¿Algo que contarme en ese sentido?
—¿Qué dices? Yo ya estoy mayor para esas cosas.
—No digas eso. Para el amor siempre hay tiempo.
—Sí, si tiempo tengo. Lo que no tengo es ganas. Me he vuelto perezosa.
—¿Seguro? ¿Cómo es ese monitor que tanto quiere ayudarte?
—Pues, verdaderamente, muy guapo. Y muy amable. Y muy joven.
—¿Acaso es eso un problema?
—Ninguna de las tres cosas. Si es guapo, mejor. Si es amable, mejor. Y si es joven, pues mejor —concluyó riendo.
—Claro. En el amor no importa la edad —reconoció conmoviéndose.
—Pues, no. Lo que sí importa es que el chico está recién casado. No es el momento. Habría que esperar a que pasara un poco de tiempo y se aburriera —bromeó volviendo a reír.
—¿Ves, tía? Se te ha pasado la pereza. Ahora ya maquinas para conquistar a tu entrenador.
—Anda, calla, calla. Todo son bromas. Me siento muy bien con mi autonomía. Nunca lo hubiera imaginado.
Continuaron charlando, poniéndose al día y entregándose al cariño con piel. Porque era cierto que hablaban por teléfono con frecuencia, pero nada se podía comparar con mirarse a los ojos, con el abrazo y con el calor de las manos.
Disfrutaron de su compañía durante casi dos horas, hasta que Lucía le anunció que debía irse. Era el momento de reencontrarse con las chicas y comenzar a despedirse de un fin de semana inolvidable para las tres.
***
Lucía miraba a Tina con seriedad y cruzando los brazos de esa forma que no dejaba lugar a dudas. Estaba enfadada y la chica trataba de sostenerle la mirada mientras discutía con ella sin demasiada fe.
—Te he dicho que la cámara se queda aquí —insistió la profesora intentando no elevar la voz en exceso—. Como no sueltes ahora mismo esa mochila, me voy sola con Sandra.
—¿Tú me harías eso? —preguntó Tina a su compañera con tono lastimero.
—A mí no me metáis.
—En serio, Tina, no vas a hacerte más daño. Cuando vayas con tu padre de escapada fotográfica, que se responsabilice él de tu salud, pero mientras estés conmigo mando yo.
—Solo quería tomar unas fotos de las luces navideñas de noche.
—Eso ya lo hiciste ayer.
—Pero hoy el entorno va a ser distinto. En la Plaza Mayor tienen que estar muy bonitas. Y, además, está el mercado navideño, que seguro que es muy fotogénico. Ayer estaban los puestos cerrados cuando comimos por allí.
—¿Y por qué no te llevas solo lo justo en vez del mochilón? —sugirió Sandra.
—Porque no sé lo que voy a necesitar en cada momento.
—Tina, el equipo se queda en la habitación —sentenció Lucía.
La adolescente acató la orden y soltó con resignación la bolsa.
Estaban a punto de salir al pasillo cuando Lucía la miró y le entristeció comprobar que el rostro se le había llenado de desencanto.
Entendía la ilusión de Tina, pero no le había gustado notarle los músculos tan tensos unas horas antes.
—Es por tu bien, bicho —le susurró con afecto aprovechando que Sandra se había adelantado unos pasos.
—Pues no sé cómo me las apaño para que todo lo que es por mi bien sea lo que más me duele.
Las palabras de Tina le llegaron al alma. Lucía había entendido el mensaje a la perfección. Por un momento, habría preferido tener delante a la Tina irreverente de la bufanda y no a la discreta que encajaba sus múltiples derrotas con la cabeza baja.
—Esperad un segundo —les pidió Lucía antes de que entraran en el ascensor—. Tina, ve a por la cámara, pero elige bien el objetivo porque solo te vas a llevar uno.
—¿Sí?
—Sí, corre antes de que me arrepienta.
—Puedo coger solo el 24 milímetros fijo —meditó—. Tiene una apertura de diafragma de f/2 y podría bastarme para no necesitar flash, sobre todo porque llevo un carrete de 800 ISO. Si ajusto bien, no me saldrá demasiado grano.
—Pues venga —la animó Lucía sin entender ni una palabra.
—Pero me gustaría haceros unas fotos de primer plano y con ese no vais a salir guapas. Haría falta una focal más larga.
—Tina…
—Está bien. Solo el angular —aceptó corriendo hacia la habitación.
—Si pesa y se cansa, yo se la puedo llevar —se ofreció Sandra.
—Qué bonita eres, peque. Yo también la ayudaré, aunque creo que no hará falta.
—Es que menuda mochila se ha traído llena de cosas.
—¿Verdad? Iba con medio estudio de su padre y no quiero que acabe con una contractura. Sois muy jóvenes, pero no debéis abusar.
—Como luego se le velen los carretes después de cargar con tanto peso durante dos días, se muere.