Ella (Corazón de Pantera nº 5) 15 #2
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Permaneció unos minutos relajada y, cuando estaba a punto de quedarse dormida, saltó de la cama como un resorte y se dirigió a la ducha para despejarse.

El agua caliente solo consiguió aletargarla más, por lo que se vio obligada a girar el grifo con determinación hacia el color azul.

El cambio brusco de temperatura la activó de inmediato y salió de la ducha con la piel aún erizada.

Agradeció que junto a las toallas, hubiera colgado un albornoz de aspecto mullido y no dudó en ponérselo para devolver la calidez a su cuerpo.

Acababa de anudarse el cinturón cuando escuchó unos golpecitos en la puerta.

Se aseguró de estar bien cubierta por la bata y fue a abrir.

—¿No deberías estar echando la siesta? —le preguntó a Tina al verla plantada en el pasillo.

—Eso quisiera, pero no puedo.

—¿Alguien te lo impide?

—Algo así.

—No me digas que Sandra ronca.

—No —contestó sonriendo—. No se ha dormido ni hace ruido, está escribiendo una carta.

—¿Tienes insomnio entonces?

—No exactamente.

—¿Por qué no te dejas de misterios y me dices qué puedo hacer por ti? —inquirió apoyando el hombro en el marco de la puerta.

—Perdona, igual te estoy molestando. Tú también estarás cansada.

—Para nada, no te preocupes. No tenía intención de dormir. Cuéntame lo que te pasa.

Mientras esperaba su respuesta, la miró con atención y se dio cuenta de que las divagaciones de Tina se debían a que estaba un poco nerviosa.

Probablemente, no esperaba encontrarla en albornoz cuando había llamado a la puerta y su parte más madura luchaba por obviarlo y no mirar nada que no fuera el rostro de Lucía.

—Necesito un analgésico y había pensado que tú tendrías —dijo por fin.

—¿Qué te duele?

—La percha —indicó señalando el cuello y los hombros.

—Ya te lo advertí, esa cámara pesa demasiado —alegó haciéndola entrar en la habitación.

—Lo sé. Pero espero que valga la pena cuando mi padre revele las fotos.

—Entiendo que hayas querido captar imágenes de todo. Va a ser un recuerdo muy bonito, pero ¿no podrías haberte traído una cámara de esas de bolsillo?

—Podría, pero el resultado no sería el mismo.

—Me gusta que seas tan perfeccionista, pero no a costa de tu salud.

—Tampoco es para tanto.

—Más te vale. Y espero que seas igual de perfeccionista en otros asuntos.

—No me digas que me vas a sacar el tema de los estudios ahora.

—Me conoces bien —sonrió con simpatía.

—Pues ahora no toca. Estamos a cientos de kilómetros del instituto y hoy no eres mi tutora.

—Está bien —cedió—. Anda, ven, siéntate —le pidió colocándose detrás de una silla—. Voy a intentar relajar los músculos, así no hará falta que tomes medicamentos.

Tina ocupó el asiento y Lucía pudo notar cómo trataba de esconder un suspiro.

Sabía que la situación que estaba propiciando tenía su buena dosis de peligro, pero consideraba que era la mejor opción para ayudarla.

No era partidaria de la ingesta de fármacos, especialmente tratándose de menores, cuando había alternativas.

Y, en ese caso, quiso darle una oportunidad a sus propias manos.

—¿Me quito la camiseta? —preguntó Tina.

—No es necesario.

—¿Y no sería mejor que lo hiciéramos en la cama?

Lucía temió que la chica tratara de ponerla en un aprieto, aun cuando no solía ser su modo de actuar. Ante la duda, decidió poner fin al juego. Se situó delante y le habló con los brazos cruzados y endureciendo la mirada.

—¿Qué prefieres, Tina? ¿Silla y camiseta puesta o una aspirina y a tu habitación?

—Así está bien —se rindió tras interpretar a la perfección el lenguaje corporal de la profesora.

Una vez que estuvieron los términos claros, Lucía volvió a ponerse detrás de Tina y comenzó a masajearle los hombros.

No era la primera vez que ejercía como improvisada terapeuta.

Gloria le había enseñado muchos años atrás algunas técnicas, las justas para aliviar ciertas tensiones, y le habían resultado útiles, sobre todo cuando su amiga Lola terminaba saturada del estrés de su trabajo.

En aquella ocasión, se esmeró por intentar mitigar las molestias de Tina empleando la intensidad necesaria pero procurando no hacerle daño.

Para ello tuvo que olvidar todas las ocasiones en que había deseado tocar, lamer y abrazarse a esa piel que en esos momentos le regalaba todo su calor.

Había sido meses atrás, sí, durante el verano y antes de su reencuentro en el instituto.

Pero, de alguna manera, parte de ese deseo continuaba latente y era algo que formaba parte de la continua lucha interna de Lucía.

Durante unos minutos se ocupó de los hombros y el cuello de Tina sin prestar atención a nada más.

Pero hubo un momento en que la cabeza de la chica acabó apoyada en el pecho de Lucía y no pudo evitar que los pezones se le pusieran erectos.

Se sintió incómoda y también molesta por no ser capaz de escapar del todo de la tentación.

Intuyó que también a Tina se le debían estar pasando mil cosas por la mente y, dado que no parecía dispuesta a hablar para destensar el momento, decidió tomar la iniciativa.

—Me alegra ver que te llevas bien con Sandra.

—No es tan rara como creía, solo un poco especial —admitió.

—Has tardado unos cuantos años en darte cuenta —le reprochó recuperando la serenidad.

—Ya no siento tanto que tuviéramos que hacer el trabajo juntas.

—Yo sabía bien lo que hacía —comentó con sonrisa pícara.

—Además, sin ella ahora no estaría aquí —añadió.

Lucía no supo interpretar sin con el «aquí» se refería a Madrid o a la habitación donde la mujer a la que amaba la atrapaba con sus manos contra su propio cuerpo.

Prefirió pensar que era lo primero y olvidar ella misma lo segundo.

Con decisión, comprobó que el nudo de su bata seguía atado y las solapas bien cerradas y se situó frente a Tina.

Le pidió con un gesto que abriera las piernas y se colocó entre ellas.

Trató de vestir el momento de naturalidad para que ninguna de las dos se alterara de más, pero resultaba evidente que la chica intentaba por todos los medios apartar la vista del busto de Lucía, por muy oculto que permaneciera tras la tela del albornoz.

También parecía temer bajar la mirada y ver algo que no fueran piernas.

Para ambas era un momento crítico y, cada una a su manera, intentó mantenerse en su sitio.

Lucía se centró en el cuello de Tina y esta en volver a hablar para desviar su atención de todo lo demás.

—Anoche la saqué del armario —dijo retomando la conversación sobre Sandra.

Al escucharla, Lucía paró con lo que estaba haciendo y le levantó la cara sujetándola fuerte con las dos manos.

—Tina, espero que no la violentaras. No te perdonaría que le hicieras daño —le advirtió dejándose llevar por la preocupación.

—Tranquila, procuré que no fuera traumático. Ella lo necesitaba, lo estaba pasando mal y se sintió mucho mejor después de hablar —explicó.

Lucía se quedó pensativa. Quizá por eso aquella mañana Sandra había vuelto a estar sonriente y habladora. Confiaba en que la charla entre las chicas le hubiera ayudado, aunque, de repente, le asaltó la duda de hasta dónde podrían haber llegado sus confidencias.

—¿Le contaste algo de ti? —preguntó con temor.

—Sí, muchas cosas… No todas —matizó Tina y de alguna manera sus palabras le hicieron saber a Lucía que no le había contado nada sobre ella—. Tenía miedo de que algún día la rechazáramos y le he asegurado que nunca pasará —añadió.

—Has hecho bien. Debe saber que siempre nos tendrá, especialmente a ti. Ahora eres su amiga y su confidente, ¿sabes lo que eso significa?

—Sí, que definitivamente he dejado que un tren me lleve por delante —resopló.

Lucía le dedicó una sonrisa tierna y, tras terminar con su masaje, volvió a sujetarle la cara, pero en esta ocasión con mimo.

—Tina, estás cambiando y eso me gusta. Y me gusta que madures.

Puede que sigas pensando que ser así te debilita, pero te aseguro que te convierte en mejor persona y en un proyecto de mujer interesante.

Ahora solo queda que dejes la puerta abierta para que otra persona disfrute de ello y te haga feliz.

Antes de quitar las manos de su rostro, se permitió regalarle una sutil caricia.

Tina la había estado escuchando con atención y Lucía vio en sus ojos la intención de replicarle que la puerta de su vida estaba abierta solo para ella.

Le pidió con un gesto que no lo dijera y la chica obedeció.

Hasta ese nivel estaban comenzando a entenderse.

Después, se levantó de la silla y movió brazos, hombros y cuello en repetidas ocasiones.

—Me encuentro mucho mejor. Ha sido un masaje milagroso… aunque haya sido sentada y vestida —bromeó.

Lucía sonrió con ella, admirando, y también agradeciendo, su actitud y su capacidad de madurar día a día.

—Me alegro. Pero ten en cuenta una cosa y no es negociable: cuando salgamos más tarde, la cámara se quedará en el hotel. Ya has hecho suficientes fotos en este viaje.

Tina protestó, pero terminó aceptando. Durante la discusión camino de la puerta, se ganó otra patada cariñosa de Lucía y las dos volvieron a reír con una innegable complicidad.

—Gracias por todo, seño.

—Un placer, bicho.

Lucía respiró hondo en cuanto Tina desapareció.

Por mucho que se hubiera tratado de una maniobra terapéutica, le iba a costar olvidar ciertas cosas.

Se quedó mirando la silla en la que Tina había estado sentada y, sin darse cuenta, su mano derecha se hizo hueco entre la tela del albornoz y se acarició un pecho.

Ahí había notado la presión de su cabeza y ahí soñó mil veces, tras conocerla en el Pantera, que ella posaba su boca.

Sacó la mano rápidamente al notar su propia excitación y volvió a repetirse que esos deseos pertenecían solo al pasado.

Si Tina estaba poniendo de su parte, no lo iba a arruinar ella con un instinto tan primario.

Trató de superar el momento lo antes posible, se arregló y corrió al encuentro de Rosario.

***