15
Después de una noche de lluvia intensa, el cielo se fue abriendo y acabó regalándoles una mañana de domingo espléndida.
Tras un entretenido paseo en coche, en el que Lucía ejerció de improvisada guía turística, acabaron visitando el Retiro.
Caminaron durante un buen rato hasta que se sentaron a tomar un refrigerio en una terraza situada frente al estanque.
—Estoy muerta. Este parque no se acaba nunca —resopló Sandra.
—Qué exagerada eres —rio Lucía.
—Es que es verdad —le dio la razón Tina—. Es más grande que Albaceda.
La profesora las miró y cabeceó divertida.
Le estaba gustando volver a ver a Sandra conectada con ellas, comunicativa y bromista.
Pidieron unos refrescos y Lucía suspiró dejando que el sol la alcanzara de lleno, cerrando los ojos tras sus gafas oscuras.
A decir verdad, ella también estaba cansada de tanto pateo, pero no dejaba de resultarle una excursión agradable.
—Voy a aquella cabina a llamar a mis hermanas —indicó Sandra.
Lucía la vio marcharse, dio un sorbo a su bebida y centró su atención en Tina. En ese momento se afanaba en fotografiar a un gorrión que las miraba con descaro desde la mesa adyacente.
—Oye, no has llamado a tu madre desde que hemos llegado a Madrid.
La chica se limitó a encogerse de hombros.
—Deberías hacerlo —insistió Lucía.
—¿Acaso has llamado tú a la tuya?
—Pues, sí, listilla. La llamé ayer desde el hotel.
—Bueno, eso es porque tienes una madre de verdad.
—Tina, no empecemos.
—Algún día lo entenderás.
—Eso espero: entenderlo. Pronto pasará por tutoría y confío en comenzar a entender muchas cosas.
Tina guardó la cámara y miró para otro lado. Le incomodaba hablar de su madre, sobre todo cuando la conversación giraba en torno a su posible reunión con Lucía.
—¿Alguna vez te has montado en una? —trató de cambiar de tema señalando las barcas del estanque.
—No —contestó Lucía—. La primera vez que vine al Retiro fue con mis amigos.
No me fiaba de que Adrián fuera capaz de manejarla —confesó sonriendo con nostalgia— y Tito era demasiado grande y me daba la impresión de que íbamos a acabar los tres en el agua —dijo y la sonrisa se convirtió en risotada—.
Después, he venido varias veces sola, pero la gracia es montarte con alguien.
—¿Y con nosotras te atreverías?
—No —respondió con rotundidad.
—¿Por qué?
—Mira, con Sandra quizás, pero contigo… ni se me pasa por la cabeza.
—¿En serio? ¿Crees que voy a tirarte?
—No me fío de ti, bicho.
—No me lo puedo creer.
Lucía le dedicó una sonrisa burlona y por un momento sintió la tentación de darle un achuchón, pero, una vez más, prefirió quedarse con las ganas. Era mejor conformarse con quererla con la efusividad justa.
Un niño de unos dos años pasó por delante de ellas a la máxima velocidad que le permitía su corta edad y su falta de coordinación.
Tras él corría su madre simulando que no podía alcanzarlo.
El crío miraba hacia atrás y reía a carcajada limpia hasta que la mujer lo atrapó, lo alzó al aire y lo cubrió de besos.
Lucía los contemplaba con la tristeza de saber que nunca sería la protagonista de una escena así.
Ya habían pasado más de tres años desde que el doctor Olmedo le hizo ver que no podría tener hijos y ella había necesitado aparcar la cuestión para no morir de desesperación.
Pero eso no significaba que se hubiera olvidado de ello ni que no sintiera una tremenda frustración en muchos momentos.
Era consciente de que el paso del tiempo jugaba en su contra.
Se lo recordaban cada mes las agudas molestias de sus menstruaciones.
El desánimo la estaba venciendo de repente y se refugió en el reloj de su padre.
Acariciándolo, recordó sus palabras, su convicción de que la vida algún día se abriría camino.
Si él no había perdido la esperanza, ella debía mantenerla también. Pero era tan difícil…
—¿Por qué llevas dos relojes? —quiso saber Tina—. Pareces Kiko Ledgar.
Lucía emergió de sus grises pensamientos y agradeció que Tina la hubiera rescatado con su curiosidad.
—Este no funciona. Este sí.
—¿Y por qué lo llevas si no sirve?
—Porque es como una toma de tierra y me hace recordar lo que de verdad importa.
Tina se quedó mirándola sin entender su explicación. Lucía sonrió al ver su cara de desconcierto.
—Quédate con que es una especie de amuleto.
—¿Te sientes protegida por él?
—Sí.
—Entonces nos podemos montar en la barca. Gracias al reloj no nos ahogaremos.
Lucía estalló en una carcajada y se permitió zarandearla con cariño.
—¿A qué viene esta violencia? —preguntó Sandra, que acababa de regresar de la cabina.
—Lucía quiere que nos montemos en una barca y yo le he dicho que no me fío de ella —bromeó Tina.
—¿Será posible? —protestó la profesora revolviéndole el cabello.
—Yo no me montaría. No sé nadar —admitió Sandra.
—Pues fin del tema: no hay barca —sentenció Lucía satisfecha.
—¿De verdad me vais a dejar con las ganas? —se quejó Tina.
—A ver, piensa, bicho. Si nos montamos, corres el riesgo de que tu querida cámara acabe en el fondo del estanque. ¿O acaso prefieres dejarla sola en tierra?
Tina abrazó de inmediato su mochila como si en su interior hubiera un tesoro de valor incalculable.
—No hay barca —claudicó y Lucía le regaló un guiño y una sonrisa más luminosa que el sol.
—¿Os apetece que comamos aquí mismo? —propuso Lucía—. Por lo que he visto, hay bocadillos y tapas, y tiene todo muy buena pinta.
Las chicas dieron el visto bueno y, unos minutos después, disfrutaron de una agradable comida al aire libre.
Lucía, con la discreción que le otorgaban sus gafas de sol, se perdió durante un instante en la contemplación de Tina.
Le fascinaba la profundidad de sus ojos y lo diferentes que le parecían dependiendo del ambiente.
A veces eran como una sima marrón, oscura e insondable, aunque atrayente al fin y al cabo.
Pero, cuando les daba de lleno la luz, no podían desprender más magia.
Y eso ocurría justo en ese momento. Lucía sentía que podría pasar una vida entera sin observar otra cosa, solo dejándose hechizar por el titileo del maravilloso ámbar de su mirada.
Mientras tomaba el último trago de su naranjada, se preguntó por qué Marta no le causaba sensaciones así y si era justo caer en comparaciones entre las dos.
Después, su lado más cabal se reivindicó recordándole que una cosa era admirar unos ojos bonitos y otra muy distinta estar enamorada de la dueña de los mismos.
Necesitaba ese tipo de reflexiones para poder despejar las dudas y mantener la integridad.
Terminaron de comer y se dedicaron a charlar durante la sobremesa. Fue entonces cuando la modorra causada por el cansancio y la subida de la temperatura las invadió y decidieron regresar al hotel para sestear.
—Después saldremos a dar un paseo, cenar y despedirnos de Madrid —anunció Lucía mientras iniciaban el trayecto de vuelta hacia el coche.
Caminaron con cierta pereza y Tina se detuvo un momento a mirar hacia atrás. Lucía se percató y se acercó a ella.
—Ya veo que es verdad que te has quedado con las ganas —le dijo al comprobar que lo que la chica miraba era el estanque.
—Igual es ridículo, pero me hacía ilusión.
—Lo siento, estabas tan chistosa que no he sabido ver que lo deseabas de verdad.
—No importa, puedo vivir sin ello. O también puedo comprar una balsa hinchable y tirarme con ella al lago de Albaceda.
Lucía rio con su ocurrencia y más aún tratando de imaginarla en esa situación.
—Tina, te prometo que algún día volveremos y subiremos a una de esas barcas —dijo bajando la voz sin saber por qué, pues no pretendía que fuera un secreto y, además, Sandra había tardado en darse cuenta de que se habían parado y las esperaba unos metros más adelante.
—¿Sí? ¿Tú y yo?
Los ojos de Tina se llenaron de una esperanza tan evidente que casi se podía tocar. Lucía supo ver que esa expectativa iba mucho más allá del deseo de remar entre risas como simples amigas, por lo que se vio obligada a atajarla.
—Y Sandra. No la vamos a dejar al margen con lo que le ha gustado Madrid.
—Si no sabe nadar. Se puede quedar sentada en un banco, cuidando de mi cámara —bromeó consciente de la forma en que Lucía acababa de recular. A pesar de todo, intentaba ponérselo fácil.
—De una manera u otra, volveremos —prometió—. Pero lo haremos en verano, por si haces volcar la barca.
—Tanto lo estás diciendo que me están dando ganas de hacerlo de verdad.
—Qué bicho eres. Pues irá cada una en su barca.
—Entonces me lanzaré a por ti como si fueran los coches de choque de la feria.
—Serás borde —protestó tratando sin éxito de darle una patada en el trasero.
Rieron con complicidad uniéndose a Sandra y aceleraron el paso para llegar lo antes posible al hotel.
Y, sí. Lucía y Tina regresarían y pasearían por el estanque años después. Lo harían en compañía, pero no de Sandra.
***
Entró en su habitación, arrojó el bolso a cualquier parte y se tumbó en la cama boca arriba.
Estaba al borde del sopor, pero no podía permitirse caer rendida.
Quería ir a visitar a su tía y era el único momento en que iba a estar libre para poder hacerlo, aprovechando que Tina y Sandra estarían descansando.
Otra opción era que las chicas la acompañaran, pero prefería ir sola para poder hablar con más libertad de ciertas cuestiones.