14 #6
—No me vais a convencer. Es tarde —insistió.
—¿Acaso te ibas a estas horas siempre que venías? —le preguntó Tina.
—Cuando yo venía aquí y a otros sitios no tenía dieciséis años.
—Pero estamos contigo —lo intentó Sandra con sonrisa inocente.
—Por eso precisamente. Estáis conmigo, sois mi responsabilidad y es hora de irse a dormir.
Sin dejar de protestar, las chicas se abrigaron y salieron a reencontrarse con la noche madrileña.
—¡Qué frío hace! Si cogemos un taxi, estaremos en el hotel en cinco minutos —propuso Lucía.
—Yo prefiero ir andando —dijo Tina.
—Yo también —coincidió Sandra.
—¿Estáis seguras? ¿No estáis cansadas? ¿No tenéis frío?
—Hace menos frío del que suele hacer en Albaceda en estas fechas —aseveró Tina.
—A mí me apetece caminar unos minutos para despejarme —añadió Sandra.
—Pues, venga. En el fondo nos vendrá bien coger un poco de aire. El ambiente empezaba a estar cargado.
—Pero nos lo hemos pasado muy bien —afirmó Tina.
—Sí, ¿verdad? —se mostró satisfecha Lucía antes de coger a cada una por un brazo para iniciar el trayecto hasta el hotel.
Apenas habían comenzado con el paseo cuando llegaron a una zona donde se habían concentrado varias prostitutas en busca de clientela.
A Lucía le extrañó pues, mientras vivía en Madrid, nunca las había visto en esa calle en concreto, pero no le dio importancia y continuó charlando con Tina y Sandra hasta que algo llamó su atención.
El dichoso Javier acababa de llegar junto a una de esas mujeres y con porte autoritario la había agarrado por la muñeca para exigir sus servicios.
La muchacha se dejó arrastrar y pronto desaparecieron de su vista.
Lucía se estremeció recordando a Cristo y volvió a despreciarlo igual que despreciaba a Javier y a todos los hombres que se creían superiores y con el derecho de abusar de las mujeres.
Cerró los ojos un instante, trató de no pensar más en ello y devolvió sus cinco sentidos a las chicas.
Fue entonces cuando se percató de que Tina se había dejado llevar, observando con cierto disimulo a las mujeres que se ofrecían ligeras de ropa.
—¿Qué miras? —le increpó en voz baja para que Sandra no la escuchara.
Solo después de realizar la pregunta, se dio cuenta de que acababa de comportarse como una novia celosa. Incluso la había fulminado con los ojos y le había clavado los dedos en el brazo. «¿En serio, Lucía?», se regañó a sí misma.
—Nada. Pienso que deben tener frío —contestó para salir del paso.
Lucía aceptó su explicación y trató de cambiar el rictus lo antes posible para que Tina no pudiera ilusionarse por error, porque sus palabras y su tono habían sonado a algo que no era real. Al menos era lo que Lucía se esforzaba en sostener.
Resopló exhalando vaho y miró a sus acompañantes. Sandra se había quedado muda de repente, pero Tina le devolvió la mirada y le sonrió antes de hablarle.
—Debes estar harta de que los hombres te persigan.
—No son tantos como crees —objetó con una modestia que Tina no terminó de creer.
La chica se quedó con las ganas de preguntarle si tenía idéntico éxito con las mujeres, pero se mordió la lengua para no meterse en un jardín al estar Sandra presente.
Además, en el fondo tampoco quería saberlo.
Su deseo de mantener una relación teñida de total naturalidad con Lucía tenía un límite y ya bastante tenía con conocer la existencia de Marta.
Aun así, se encontraba tan a gusto aquella noche que solo quería seguir conversando con Lucía y no llegar nunca al hotel.
Lo que no podía saber es que ella sentía exactamente lo mismo.
Sin darse cuenta, ambas habían ralentizado el ritmo de sus pasos mientras se dedicaban a charlar y a lanzarse simpáticas pullas.
Pero una fina llovizna arruinó esa necesidad de continuar juntas y obligó a las tres a trotar hasta que llegaron a su destino.
Lucía aún seguía riendo mientras subían en el ascensor.
El dramatismo de unas horas antes en el pequeño cubículo había desaparecido y ya solo le apetecía mirar a Tina con veneración y sin recelo.
Un minuto después, se despidieron y Tina entró en su habitación.
Sandra estaba a punto de hacer lo propio cuando Lucía la retuvo sujetándola por el brazo.
—¿Estás bien? —le preguntó con cariño.
—Sí —contestó sin más.
—Tu cara no dice lo mismo.
—No sé.
—Y llevas un buen rato callada.
—Estoy cansada —se excusó.
—Es que me parece raro porque has estado toda la noche la mar de parlanchina y de repente te has apagado.
—No sé —repitió agachando la cabeza.
—¿Te ha caído el cansancio de golpe?
—Sí, debe ser eso.
Lucía era consciente de que a Sandra le ocurría algo, pero intuía que no iba a ser capaz de soltar prenda. Decidió ponérselo fácil y buscar otro momento para hablar.
—Bueno, pues ve a descansar. Pero no olvides que puedes confiar en mí si te pasa algo.
—Gracias.
—Lo he pasado muy bien contigo. Me encanta cuando te pones guasona.
A Sandra se le escapó una sonrisa y Lucía se la devolvió junto a un cariñoso beso de buenas noches.
—Hasta mañana, peque.
La respuesta de la chica fue otra sonrisa tímida antes de adentrarse en su habitación. Después, Lucía volvió a quedarse mirando la puerta tras la que Tina había desaparecido un instante antes. Suspiró, se giró y ya solo deseó que la llegada de un nuevo día trajera a su bicho de vuelta.