14 #5
—Sí, no creo que haya problema.
—En Albaceda no podríamos —dijo Tina.
—Pero no estamos en Albaceda —recordó la profesora sonriendo.
—Maldita ordenanza del ayuntamiento —protestó Tina.
—Esa ordenanza tiene sus partes buenas. Y, desde luego, no creáis que fuera de nuestro pueblo todo es jauja. No en todos los pubs permiten la entrada a menores de dieciocho.
—¿Y en este al que nos llevas sí? —preguntó Sandra.
—Sí, peque, en ese son más permisivos.
A pesar de la oscuridad de la noche, Lucía pudo ver que Sandra se había sonrojado al escuchar que la llamaba así y volvió a enternecerle su timidez.
—¿Y podremos quedarnos hasta que cierren? ¿Cuántas copas podremos tomar Sandra y yo? ¿O nos tratarán como a los demás? Bueno, ni siquiera sé si nos pedirán el carné para entrar. A mí no se me nota demasiado que soy menor, pero ella… —comentó mirando a su compañera.
—Tina, creo que te estás haciendo una idea muy equivocada de lo que va a ser la visita a ese garito —aclaró Lucía.
—Luego dices que yo soy una aguafiestas…
Lucía le dio un leve empujón y las tres rieron. Apenas cinco minutos después llegaron a la puerta del pub Inferno. Tina y Sandra vibraron con la excitación de lo desconocido, mientras que su profesora solo era capaz de sonreír con la nostalgia de un pasado que ya nunca volvería.
Al empujar la puerta para entrar, el rumor de la música que se percibía desde fuera se convirtió en un estallido de sensaciones.
Mientras caminaban hacia la barra, Lucía se dedicó a ignorar a los hombres solitarios que la devoraban con los ojos.
Sandra se dio cuenta y miró a Tina con complicidad, pero esta, que también se había percatado, le devolvió la sonrisa con dificultad.
Lucía era demasiado bella para pasar desapercibida y Tina quería pensar que jamás haría caso a ninguno de esos tipos, que si alguien tenía alguna posibilidad de captar su atención era ella misma.
Quizá algún día. Con la esperanza en el futuro siguió sus pasos hasta que las tres llegaron al mostrador del pub.
—¿Qué queréis tomar? —preguntó Lucía.
—Un cubalibre —se apresuró a contestar Tina.
—Yo también —la secundó Sandra tratando de hacerse grande.
Lucía las miró con sorna y negó con la cabeza.
—Un gin-tonic y dos Coca-Colas —pidió guiñándole un ojo al camarero.
—Aguafiestas total —concluyó Tina poniendo cara de resignación.
Lucía volvió a fijar su mirada en ella con los brazos cruzados y entornando los ojos hasta intimidarla.
—Una Coca-Cola está bien —se rindió provocando la risa de la profesora.
—Anda, vamos a sentarnos allí —señaló una mesa alta que estaba libre.
—Pensaba que habría más gente —dijo Tina cuando estuvieron acomodadas.
—Es que es un poco pronto.
—Claro, por eso has permitido que vengamos. A estas horas solo hay abueletes, solteros desesperados y alguna cría perdida como nosotras.
Lucía volvió a sonreír a Tina. Le encantaba cuando adoptaba ese gesto de contrariedad tan típico de ella.
—Si te fijas mejor, verás que también hay personas interesantes. Como yo, por ejemplo —añadió elevando una ceja.
—A ti te hacemos interesante nosotras —opinó Sandra.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo es eso?
—Sin nosotras solo serías otra chica guapa más. Con Tina y conmigo eres la mujer enigmática que va a un pub con dos adolescentes. ¿Quién será? ¿Qué hará a estas horas con dos mocosas?
—Oye, eres una novelera tú, ¿eh? —replicó Lucía.
—Claro, por eso hemos ganado el premio y estamos aquí en Madrid.
—La madre que…
Lucía le propinó un suave manotazo a Sandra y Tina rio divertida dándole la razón a su compañera.
El buen humor las acompañó durante unos minutos en los que disfrutaron de la música y, sobre todo, de estar juntas.
Conforme avanzaba la noche, se iba concentrando más gente en el local, pero ellas se encontraban felices en su burbuja ignorando todo lo que sucedía a su alrededor.
Lucía agotó su copa al mismo tiempo que las chicas apuraban sus refrescos.
—Voy a por otra tanda. Ni se os ocurra moveros de aquí.
—¿Y a dónde íbamos a irnos? —cuestionó Sandra.
—No sé. Por si os aburrís con esta carroza y decidís ir a charlar con alguien más interesante, ya que yo solo lo soy por estar con vosotras —deslizó mirando de reojo a Sandra, que le devolvió una risa traviesa.
—¿Con quién íbamos a estar mejor que contigo? —sentenció Tina.
A Lucía le hubiera gustado que hubiera formulado la pregunta con una sonrisa que le restara importancia, pero no fue así.
Se expresó con el rostro serio y el alma entregada a ella.
Era en esas ocasiones cuando Lucía se estremecía y se veía obligada a huir, sin saber si huía de los sentimientos de Tina o de los suyos propios.
—Ahora vengo.
Un momento después, mientras esperaba que el barman le devolviera el cambio, un hombre de unos treinta y cinco años, bien parecido y mejor vestido se situó a su lado. Lucía pudo percibir que usaba un buen perfume y que ya exhibía una sonrisa seductora antes de comenzar a hablarle.
—¿Necesitas ayuda?
—No, gracias. Puedo yo sola —aseguró sujetando los tres vasos de tubo entre las manos.
—La canción que va a empezar justo ahora es perfecta para ti —dijo el muchacho—. He pedido que la pongan para dedicártela.
Lucía se detuvo a prestar atención a la música que comenzaba a sonar y lanzó al aire un bufido irónico al comprobar que se trataba de Las curvas de esa chica.
—El cuerpo de esa chica lo tiene todo bien. Mira qué movimiento que lleva de la cabeza a los pies —canturreó el hombre acercándose más de lo que ella hubiera deseado.
Lucía sonrió incómoda y se dio la vuelta para regresar con Tina y Sandra antes de que la canción avanzara hacia estrofas más comprometidas.
—¿No te gusta? —preguntó tratando de seguirla.
—Lo que me gusta son las mujeres —confesó sin contemplaciones girándose hacia él.
Las palabras rotundas de Lucía lo frenaron en seco y, por un instante, permaneció confuso mirándola.
—Solo las mujeres —matizó ella consiguiendo que desistiera definitivamente.
Lo vio desaparecer entre la maraña de gente y, orgullosa, se dirigió hacia la mesa.
Terminó la canción de Mecano y, tras dar un sorbo a su gin-tonic, Lucía se puso a bailar.
Les hizo un gesto para que la acompañaran, pero Sandra se tensó de inmediato y se negó a moverse ni un milímetro.
Rio sin atreverse a obligarla. Siempre había odiado a las personas que se empeñan en forzar a alguien a hacer algo que no quieren.
Así pues, la respetó y se limitó a hacer un poco el tonto para que se riera y no se sintiera desplazada.
Estaba convencida de que Tina tampoco se animaría, pero, a su manera, se lanzó a bailar con ella.
Durante unos minutos, fue como si no existiera todo lo que las separaba.
No había dieciséis ni treinta años. No había profesora ni alumna.
No había Marta ni Raquel ni tampoco miedo o dudas.
Solo eran dos personas disfrutando del momento y del vínculo que trataba de enredarlas a toda costa.
Lucía se sintió libre, como no había podido hacerlo durante meses.
Dos días después, regresarían a Albaceda, a la vida real y a la maldita sensatez.
Pero en ese instante solo quería zambullirse en los ojos de Tina, dejarse embaucar por su sonrisa y por el abrazo que se daban, aun cuando había dos metros separándolas en todo momento.
Porque Tina estaba feliz olvidando por una noche que Lucía era su amor imposible, pero no perdió el norte y supo mantener las distancias ignorando la agonía de la piel y de su pobre corazón.
Mientras sonaba Voyage, voyage, un hombre que debía superar la cuarentena y que en nada se parecía al que había tratado de galantear una hora antes a Lucía, se acercó a ella. Se le había hecho la boca agua viéndola cantar y decidió probar suerte.
—Parece que se te da muy bien el francés —dijo mostrando una sonrisa patética con la que pretendía enfatizar el doble sentido de la palabra.
—Pues sí, soy una auténtica maestra —afirmó provocando la risotada de Tina y Sandra, lo que descolocó al tipo.
Durante unos segundos, intercambiaron frases en las que Lucía volcó todo su sarcasmo mientras que el hombre, que se había presentado como Javier, trataba a la desesperada de no pinchar en hueso.
Pero bastó que intentara dar dos besos a Tina a modo de saludo para que el juego terminara.
En cuanto Lucía vio cómo el hombre se acercaba a ella, se colocó furiosa entre los dos.
—Ni la toques —le advirtió.
Vio cómo retrocedía, pero Lucía no bajó la guardia.
Tuvo que contener el impulso de lanzarse con violencia hacia él porque prefería ofrecer una imagen de tranquilidad ante las chicas.
Por un instante, se preguntó si habría reaccionado con la misma vehemencia, con el mismo odio, si el tal Javier se hubiera aproximado a Sandra en vez de a Tina.
Por supuesto que la habría protegido de igual forma, pero…
¿habría sentido los mismos deseos de matarlo?
¿Acaso no había también una necesidad de que nadie tocara a Tina?
Nadie que no fuera ella. Borró rápidamente esa idea de su cabeza y, con toda la serenidad con la que fue capaz de actuar, se dedicó a dar largas al fanfarrón mientras él insistía como si le fuera la vida en ello.
Tuvo que ser la pequeña y observadora Sandra la que se zafara de Javier al percatarse de que llevaba peluquín, algo que él trató de negar.
Molesto al ver desvelado su secreto, se marchó insultándolas, aunque ninguna de las tres se sintió ofendida.
Estaban bastante ocupadas apagando la carcajada y celebrando haberlo espantado.
En seguida olvidaron lo sucedido y aún permanecieron media hora más en el pub divirtiéndose mucho más de lo que podrían haber previsto. Pero llegó el momento en que Lucía miró el reloj y después a ellas con cara de resignación.
—No me digas que te vas a poner otra vez en modo malasombra —la vio venir Tina.
—Lo siento, pero es tarde.
—Si no son ni las dos. Un rato más, anda —suplicó Sandra.