Ella (Corazón de Pantera nº 5) 14 #4
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—Bueno, también vosotros podríais ir a hacerme una visita. Albaceda es un pueblo bonito.

—Tú lo haces bonito —dijo Tito con los ojos entornados.

—Calla, zalamero, que me pones colorada.

—Pues no te creas que no lo hemos pensado.

—¿El qué? ¿Ir a Albaceda?

—Sí. Alguna vez lo hemos hablado Adri y yo.

—De hecho —matizó su novio—, nos lo estábamos planteando para el próximo mes de junio. Cumpliremos quince años juntos y queríamos ir a celebrarlo contigo.

—Por favor, ¡sí!

—Lo iremos hablando. A los dos nos ilusiona conocer ese sitio al que amas tanto y que te apartó de nosotros —enfatizó Tito haciéndose el indignado.

Lucía sonrió regalándole una caricia.

—Cuando vayáis lo entenderéis.

—¿Cuando conozcamos el lago y los bosques? —preguntó Adrián con cierto tonillo irónico.

—Y sus monumentos y su gente y mi madre y mi padre y mis amigas…

—Y la chica de la cámara —añadió Tito.

—De verdad, qué tonto eres —rio Lucía—. A saber dónde estaría la chica de la cámara en aquellos tiempos.

Se quedó pensativa un momento. Realmente, cuando ella regresó a casa tras vivir en Madrid, Tina apenas tenía ocho años.

Y Lucía no podía saber que esa niña arisca y tan carente de amor era la que vio junto a su madre aquel día caminando por la nieve, cada una por su lado.

Ángel aún no había llegado a su vida para sanarla ni Lucía para romperla.

En aquel momento quedaba tanto por pasar, tanto por vivir para las dos…

Continuaron charlando durante un rato hasta que Lucía se despidió para regresar a su habitación.

Eran las seis menos cuarto y debía ir a arreglarse antes de encarar una noche que se auguraba mágica.

El adiós con sus amigos fue triste, aunque ya compartían la ilusión de volver a verse apenas seis meses después.

Caminó hacia el hotel a ritmo tranquilo, sintiéndose feliz de reencontrarse a solas con Madrid, hasta que, sin darse cuenta, el recuerdo de Tina aceleró sus pasos. No servía de nada tratar de obviarlo: se moría de ganas de verla.

***

Lucía llegó hasta la puerta de la habitación ocupada por las chicas y la golpeó con suavidad. Tina no tardó en abrirla con cara aún somnolienta.

—¿Buena siesta? —bromeó Lucía—. Venga, dormilonas, vamos a ponernos guapas y elegantes, por detrás y por delante…

—¿A qué hora empieza la función? —preguntó Tina consultando su reloj.

—A las nueve y media, pero quiero que vayamos antes a dar una vuelta y a tomar algo. No tardéis.

Lucía se dio la vuelta y casi pudo notar los ojos de Tina en su espalda mientras abría la habitación. Al girarse tras entrar se encontró, en efecto, con la chica, parada mirándola con expresión de cachorro abandonado. Se sonrieron durante apenas un segundo y las dos puertas se cerraron a la par.

La profesora respiró hondo antes de comenzar a arreglarse.

Presentía que iba a ser una noche apasionante.

Desde luego, no iba a tener el morbo de sus antiguas visitas a la discoteca Triángulo ni la locura de sus noches en el Pantera.

Seguro que el color de aquella salida iba a ser mucho más blanco, pero pensaba, de igual forma, divertirse y conseguir que para Tina y Sandra fuera una experiencia inolvidable.

Mientras se maquillaba, se preguntó si no se estaría arreglando demasiado para una salida tranquila con dos adolescentes.

Se miró al espejo y concluyó que su atuendo era lo suficientemente discreto, al igual que el resto de su aspecto.

Le gustó la imagen que el cristal le devolvía de sí misma y no quiso dar más vueltas.

Terminó de darse los últimos retoques, cogió su bolso y se dirigió a la habitación de enfrente.

Llamó a la puerta con los nudillos y, por un momento, temió la reacción de Tina al encontrarse con una Lucía que estaba muy lejos de la que veía cada mañana en el instituto y demasiado cerca de esa a la que conoció en el Pantera.

Lo que Lucía no esperaba era que el impacto lo fuera a sufrir en sus propias carnes en cuanto tuviera a Tina delante.

Y es que ella, en ese momento, tampoco era la alumna que luchaba por prestar atención a sus clases desde la última fila del aula.

La Tina que apareció ante sus ojos era, por el contrario, una copia exacta aunque invernal de la que la hizo enloquecer durante la hora libre del pub.

Las dos se miraron con los ojos escondidos, sin atreverse a decir ni una palabra, mientras Sandra les hablaba con la naturalidad de quien no sabe nada.

Caminaron hacia el ascensor y esperaron su llegada en silencio.

Sandra estaba ilusionada y era consciente de que iba a ser una noche especial.

Por eso le extrañaba que sus compañeras de viaje se comportaran de un modo un tanto extraño.

Entraron en el elevador y la chica prefirió abstraerse del ambiente enrarecido que se respiraba de repente.

Mientras tanto, Lucía y Tina, cara a cara, se miraron por fin de lleno, intensamente y sin reservas.

Era como volver a la primera noche en el Pantera, pero con el deseo agazapado y el miedo y el dolor acaparando sus sentidos.

Tina pudo intuir la resignación en los ojos azules de Lucía y esta vio, con toda claridad, un inmenso amor en los castaños de Tina.

Volvió a coger aire sintiendo que el ascensor tardaba media vida en llegar a la planta baja.

Necesitaba escapar del influjo de Tina, de su olor y de esas ganas tan salvajes como incómodas de besarla.

No se podía permitir ciertos sentimientos e inclinaciones.

No amaba a Tina, se repitió una vez más.

Si algo le nacía alguna vez era porque se dejaba llevar por las hormonas y por los rescoldos del pasado.

Solo eran confusiones puntuales, nada más.

Lucía agradeció salir por fin del hotel y sentir el fresco en su rostro.

Había anochecido y a las tres les alegró contemplar la iluminación navideña dando vida a las calles.

La profesora recordó viejos tiempos con la vista perdida entre las guirnaldas y, definitivamente, la tranquilidad regresó a su espíritu.

Rodeó con su brazo a Sandra, arrepentida por haberla ignorado durante los minutos anteriores y la alumna respondió con una tierna sonrisa.

Después, echó un vistazo rápido a Tina, que caminaba a su otro lado con las manos en los bolsillos y preguntándose por qué ella no recibía un abrazo similar.

Lucía pudo leer la frustración en su rostro y entendió que Tina no debía pagar sus neuras y temores.

Así pues, se agarró de su brazo, la atrajo levemente hacia sí, sonrió y ya solo pensó en las maravillosas horas que iban a compartir.

***

A Lucía le brillaban los ojos a su salida del teatro. Las últimas cinco horas habían sido divertidas y emocionantes a partes iguales y aún quedaba noche por delante.

Tras abandonar el hotel, habían paseado por el centro, comprobando que la decoración navideña no tenía nada que ver con la modesta de su pueblo. A Lucía no le venía de nuevas y se limitó a sonreír contemplando el asombro de las chicas.

Después, habían llegado a Gran Vía, donde habían disfrutado del ambiente festivo y donde habían cenado en una agradable tasca.

Allí, Lucía se había sorprendido al ver a Tina en completa sintonía con Sandra.

Se había negado durante semanas, pero había acabado entregada a una relación con su compañera que iba mucho más allá de una simple amistad.

La comunión entre ellas era total, pese a las reservas previas por ambas partes.

Y no podía negar que aquella curiosa alianza había acabado por salpicarla.

A pesar de la diferencia de edad y de una jerarquía que en aquellos momentos no tenía cabida, Lucía se sentía una más con ellas.

Adoraba a Tina y adoraba a Sandra. Con las dos reía y con las dos encontraba la confianza para hablar de sus cosas.

Durante el paseo y la cena, se habían gastado bromas, se habían contado anécdotas y algún que otro intrascendente secreto.

Se habían dedicado a conocerse más a fondo y también a quererse, sin pensar en si era procedente o en lo que les pudiera esperar a su regreso a Albaceda.

La llegada al teatro había tenido su parte emotiva, especialmente para Sandra, pero también su momento tenso y divertido a la vez.

Tina, que se había empeñado en ir con su equipo fotográfico a todas partes, se enfadó cuando le dijeron que no podía entrar al patio de butacas con la cámara, aun cuando había prometido no usarla.

Le pidieron que la dejara en consigna, pero a ella le daba miedo que algo le pudiera suceder.

La cámara era suya, pero el flash y los objetivos se los había prestado su padre y no quería que su seguridad se pudiera ver comprometida.

El tira y afloja entre la chica y el personal del teatro hizo reír a Lucía y a Sandra.

La profesora intuía que no había nada que temer y que Tina acabaría cediendo, pero su cara de circunstancias y la forma en que trataba de imponerse, como si en vez de dieciséis años tuviera cuarenta, no tenía precio.

Solo por un instante recordó el pasaje que Ángel le había contado sobre la bufanda y temió que aquella Tina ofuscada y visceral apareciera, pero estaba claro que había madurado y no tardó en dar su brazo a torcer.

La mochila quedó en el guardarropa y las tres entraron, por fin, a disfrutar del espectáculo.

Asistir al musical fue toda una experiencia para las tres, incluida Tina, que siempre intentaba abusar de su imagen de insensible con el único fin de protegerse.

Lucía la tenía calada y ya no se la creía cuando trataba de exagerar una indiferencia que, a todas luces, era fingida.

También cuando adoptaba esa actitud, Tina la encandilaba.

—Chicas, ¿queréis que vayamos a tomar algo? —propuso Lucía.

—Claro —contestaron al unísono.

—Pues, venga. A un paso de aquí hay un pub al que solía ir —indicó comenzando a andar.

—¿Y nos dejarán entrar? —dudó Sandra.