14 #3
—Eso te crees tú. Ella será melancólica, pero tú llegas a ser trágica. Y para que pruebes de tu propia medicina, yo también tengo un apodo musical para ti.
—¿Cuál?
—Pues… dudo, pero… sí, me quedo con la seguiriya.
—¿Eso es flamenco?
—Sí, es un palo flamenco y te describe perfectamente.
Eres visceral, rotunda, dramática y sin artificio, como el cantaor que desgarra su voz con la única compañía de una guitarra, cantando sus penas y el dolor del desamor.
Y piensa en el bailaor… fuerte, sentío, serio, con el ceño fruncido, descargando en su taconeo toda su furia.
Esa eres tú, doña seguiriya —sentenció antes de dar el primer trago a su caña—.
Va, no te quedes con las ganas, ponme un mote —ofreció satisfecha por haber dejado a la chica sin palabras.
—El tuyo está muy claro.
—Ah, ¿sí? ¿Crees que hay una música que me define?
—Claro. Tú, clarísimamente, eres un tango.
Se miraron a los ojos durante un instante. Tina se había acobardado después de decírselo y a Lucía no dejaba de perturbarla que la hubiera asociado con la sensualidad de un tango. Pero… ¿de verdad le incomodaba o ganaba el deleite por el halago?
La presencia de Sandra acabó con la tensión del momento.
Tras ella, regresó el camarero con las dos Coca-colas y les cantó las recomendaciones del día.
Aceptaron algunas de sus sugerencias y se dedicaron a charlar mientras los platos llegaban.
Después, disfrutaron de una deliciosa comida, de sabores que nunca habrían imaginado, y Lucía se sintió orgullosa de la maestría de su amigo.
Pasaban unos minutos de las tres y media cuando tomaron la última cucharada del postre que el propio Tito les había llevado. La cocina ya había cerrado y podía disponer de unos minutos para estar con Lucía. Se sentó junto a ella y Tina supo leer la situación.
—¿Me acompañas a hacer una foto a ese señor del caballo? —le pidió a Sandra, que no dudó en levantarse para ir tras ella.
—Ese señor es Felipe III, bicho —rio Lucía antes de guiñarle un ojo. Adoraba a Tina por su humor y también por gestos maduros como el de dejarla a solas con su amigo.
—Espero que hayáis comido bien —confió Tito.
—Maravillosamente. Estaba todo exquisito. ¿Cómo es posible que hayas podido mejorar en estos años? Si ya por entonces eras perfecto.
Tito dejó escapar una carcajada.
—Querida, el día que pierda la capacidad de mejorar… me retiraré.
—Ojalá que eso no ocurra nunca. Bueno, ¿entonces no me vas a decir cuál es esa sorpresa?
—No —volvió a reír—. Tampoco esperes que sea gran cosa. Solo es algo que te llamará la atención. Nada más.
—Está bien. Me tocara esperar, Don Misterios —se rindió.
—He llamado antes a Adrián. Está loco por verte. No se lo podía creer cuando le he dicho que estabas aquí.
—No creas que yo tengo menos ganas. ¿A qué hora podemos vernos?
—A mí me queda una media hora de limpieza en la cocina. Adrián ha dejado aparcado lo que estaba haciendo para poder estar contigo. Así que tú dirás cuándo puedes estar disponible.
—Pues necesito un momento para ir al hotel.
—¿Lo tenéis cerca?
—En la calle Arenal.
—Entonces estás aquí al lado.
—Sí. Déjame un ratito para ir con las chicas y coger las habitaciones. En cuanto las coloque, me escapo.
—Me parece perfecto. Creo que para antes de las cinco podremos estar los dos listos, así que te estaremos esperando. ¿Te parece bien la cafetería Cuatro gatos? Está en la calle Carretas.
—Iré lo antes posible.
—Pues, venga, ve a hacer el trámite, que tengo muchas ganas de que nos cuentes cosas. Empezando por quién es esa chica.
—¿Qué chica?
—La de la cámara —dijo señalando a Tina.
—Pues una alumna, al igual que la otra.
—¡Ja! —se limitó a exclamar.
—Oye, ¿qué insinúas?
—Te conozco, Lucía. Esa cría tiene algo especial. No la miras igual que a la otra.
—Sí. Tina es una persona especial. Sandra también lo es. Son dos alumnas maravillosas de dieciséis años, que han realizado un trabajo genial para estar aquí, y las quiero mucho a las dos.
—Ya entiendo. Bueno, de todas maneras, hablaremos más despacio después. Vamos, guapa. Cuanto antes terminemos nuestras tareas, antes podremos vernos.
Lucía le acarició la cara antes de darle un beso tierno en la mejilla.
Se despidieron y la profesora fue a buscar a Tina y Sandra.
Tras hacer la foto a la estatua, continuaban buscando motivos que capturar o que, simplemente, conocer y vivir.
Cuando llegó junto a ellas, Tina apuntaba con su cámara hacia una tienda de los soportales que había llamado su atención, mientras que a Sandra se le había perdido la vista entre los detalles de la Casa de la Panadería.
Pasearon tranquilas hacia el coche para coger sus equipajes y se dirigieron al hotel.
Tras comprobar la reserva, la recepcionista les entregó las llaves y subieron al último piso, donde estaban situadas las dos habitaciones.
Las chicas se adentraron en la suya y Lucía se tomó unos minutos para colocar sus cosas y descansar un instante.
Necesitaba estirar la espalda antes de ir al encuentro con sus amigos.
Con la vista perdida en el techo abuhardillado, se preguntó qué podía haber visto Tito en sus miradas a Tina.
¿Por qué su impresión coincidía con la de Patro?
¿Acaso había en Lucía algo transparente que dejaba ver a los demás lo que ella se negaba a creer que existiera?
No quiso pensar más. Se levantó, se retocó ante el espejo y salió de la habitación. Miró la puerta de enfrente, tras la que descansaba Tina. Se quedó un instante allí, sin saber por qué, hasta que resopló y se marchó.
***
Tenía apenas una hora para disfrutar de la compañía de sus dos amigos y caminaba hacia el lugar del encuentro con la ilusión de volver a ver a Adrián y apurar hasta el último minuto con ellos.
Vio a lo lejos el rótulo de la cafetería donde se habían citado y aceleró el paso para llegar cuanto antes.
La calidez del local contrastaba con el frío intenso de la calle y Lucía se desabrochó el abrigo mientras buscaba con la mirada a la pareja.
Cuando al fin hizo contacto visual con ellos, se acercó y no pudo evitar que la emoción la hiciera llorar mientras abrazaba a su viejo compañero.
—Mi querido Monsieur Dubois, qué guapo está usted… ¡sin bigote! —cayó en la cuenta sosteniéndole la cara con las dos manos—. ¿Es a esto a lo que te referías? —preguntó a Tito sonriendo. Él asintió.
—No me digas nada de eso. Me arrepiento de habérmelo quitado cada día y quiero volver a tenerlo, pero Tito insiste en que le gusto más así.
—Pero lo importante es lo que te guste a ti —dijo Lucía provocando el gesto resignado del cocinero.
—Exacto. Por fin alguien me da la razón. Es que te juro que no me reconozco cuando me miro al espejo —se quejó dejando escapar cierto deje francés—. Y a ti también me cuesta reconocerte con ese pelo tan corto.
—Bueno, ya no lo tengo tanto. Por suerte me crece muy rápido. Deberías haberme visto hace tres meses…
—Pero estás guapísima. Mi querida amiga, ¡cuánto te echo de menos!
—Y yo a ti, Adrián. A los dos —añadió cogiendo a ambos de la mano—. Viví tanto con vosotros en esta ciudad. Aprendí tantísimo…
—Nosotros estamos felices de haberte ayudado a salir del cascarón —dijo Tito—. Y ahora estás hecha toda una mujer.
—Espectacular —coincidió Adrián con orgullo.
Una camarera apareció junto a ellos rompiendo la sensibilidad del momento y Lucía pidió un té. Apenas un instante después, regresó con él.
—Santé —brindó Lucía golpeando con su taza los vasos de sus amigos.
—Santé —correspondió Adrián.
—Salud. No empecéis a hablar en francés, que no me entero de nada —protestó.
Lucía y Adrián rieron como en los viejos tiempos y durante unos minutos se dedicaron a ponerse al corriente, aunque solían estar bastante al día gracias a las llamadas que les habían mantenido en contacto a lo largo de los años.
—No sabes cuánto me alegra que estés aquí —aseguró Adrián tras dar el último sorbo a su bitter.
—Tenía muchas ganas de venir, pero se ha vuelto complicado escaparse.
—Normal, ahora tienes una gran responsabilidad, más que cuando dabas clase en el colegio.
—Bueno, aquello también tenía su miga —comentó Lucía—, pero es verdad que mi trabajo en el instituto es más exigente.
—Me ha gustado ver lo bien que te llevas con tus alumnas —intervino Tito.
—Ventajas de ser una profesora joven. Es más fácil conectar con los chicos.
—Aun así. Estoy convencido de que te los ganas con tu buen hacer. Seguro que hay más profesores jóvenes que no consiguen lo que tú.
—Bueno, Tito, intento ser una persona accesible, aunque es mejor evitar un exceso de confianzas.
—No es lo que me ha parecido con esas chicas.
—Ya, pero se trata de un caso especial. Vamos a pasar juntas el fin de semana y no quería que ninguna de las tres estuviera incómoda. He preferido hacer una excepción y que estemos de buen rollo.
—Sobre todo con la de la cámara.
—¿Ya estás con esas otra vez?
Tito rio y prefirió no insistir.
—¿Saldrás esta noche con nosotros? Podemos llevarte a conocer los nuevos locales.
—Me encantaría, Adrián, pero no voy a poder. Esta noche vamos al musical.
—¿Y después, cuando salgas? —preguntó esperanzado.
—Les he prometido ir a tomar algo.
—¿Qué dices? ¿Las vas a pervertir en la capital del reino? —bromeó Tito.
—Eso quisieran ellas —contestó y los tres rieron—. Las llevaré a algún lugar tranquilo y nos iremos pronto al hotel.
—Perfecto. Pues las dejas acostadas y nos vamos de fiesta —propuso Adrián.
—No me tientes, bandido, sabes que no puedo hacer eso.
—¿Acaso no las has dejado ahora?
—Ahora va a ser solo un rato. Si me voy de juerga con vosotros… me amanece a saber dónde —volvió a reír Lucía.
—Está bien —se rindió su amigo—, pero prométeme que volverás y quemaremos la noche juntos.
—Claro que sí, Errol Flynn. Ahora te tendré que dejar de llamar así.
—Ni hablar. Voy a recuperar mi bigote —afirmó convencido.
—Con o sin bigote, quiero volver a verte pronto.
—Depende de ti.