Ella (Corazón de Pantera nº 5) 14 #2
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—Buenos días. Somos las últimas en llegar, lo siento —se disculpó la muchacha.

—No, tranquila. En realidad, hemos llegado las tres antes de tiempo. Se nota que tenemos ganas de irnos —sonrió Lucía.

—Por cierto, soy Cristina, una de las hermanas mayores de Sandra —se presentó.

—Encantada de conocerte por fin. Sandra no es muy habladora, pero se explaya cuando se trata de vosotras. Se nota que sois su debilidad —dijo provocando el sonrojo de la pequeña de las Blanco.

—Pues, mira, a nosotras también nos habla sobre ti y muy bien. Me apetecía mucho venir a saludarte.

Lucía se despistó durante un segundo al ver que Tina se apartaba unos metros para hablar con su padre. Pero, de inmediato, regresó a su conversación con Cristina, que le pareció una mujer muy agradable y tierna, justo lo que Sandra necesitaba en su vida.

Tras charlar durante unos minutos, decidieron ponerse en marcha.

Las chicas se despidieron de sus familiares y subieron al coche.

Lucía se alegró al ver que Tina ocupaba la plaza de copiloto.

Por un momento la invadió el deseo de hacerle una caricia, como cuando era Gloria quien se sentaba a su lado.

Contuvo la tentación preguntándose por qué la había sentido.

La turbación le duró apenas unos segundos, los que tardó la chica en arrancarle una sonrisa.

Más tranquila, puso el coche en marcha y las tres, a su manera, sintieron que volaban muy lejos.

***

Lucía sintió un pellizco en el corazón al ver la estampa de Madrid ante sus ojos.

Quedaba poco para llegar y la emoción borró por un momento la constante sonrisa con la que había recorrido el largo trayecto desde Albaceda.

Las bromas y discusiones con Tina y el despertar de Sandra, que por fin se había atrevido a participar y a regalarles su sentido del humor, habían convertido el viaje en una delicia para Lucía.

Todo había ido rodado. Buen ambiente, música, el agradable desayuno en un bar de carretera y mucha complicidad entre las tres, sobre todo desde que la profesora había conseguido que Sandra la tuteara.

Lucía se estaba enamorando de su personita a pasos agigantados.

Lucía se enamoraba de Sandra y Sandra se enamoraba de Madrid conforme se iban adentrando hacia sus entrañas.

Cuando ya estaban en el puro centro, vio por el retrovisor cómo la chica miraba entusiasmada por la ventanilla y la entendió a la perfección porque ella había sentido lo mismo años atrás.

Lo que no esperaba era ver a Tina en silencio y con los ojos abiertos de par en par, tratando de acaparar la majestuosidad de una ciudad que, a otro nivel que a su compañera, también la estaba conquistando.

—¿Tenéis tanta hambre como yo?

—Yo mucha —contestó Tina.

—Yo también —se sumó Sandra.

—Pues, vamos, os llevaré a un restaurante que solía frecuentar. Está en la Plaza Mayor, muy cerca de aquí.

Detuvo el coche y, al pisar el suelo de Madrid, Lucía volvió a sentirse en casa.

Iban a ser unos días intensos. Aparte de asistir al musical, pasear y compartir buenos momentos con Tina y Sandra, quería buscar el hueco para visitar a su tía y también para ver a sus viejos amigos.

Hablaba con ellos de vez en cuando, pero hacía demasiado tiempo que no se tenían frente a frente.

La tía Rosario sabía de su viaje a Madrid, pero ellos no.

Lucía quería que fuera una sorpresa. Y era el momento de dar la primera.

—Vamos, chicas. Es por aquí —señaló.

—¿Y las maletas? —preguntó Tina.

—Se quedan en el coche de momento. Si vamos ahora al hotel, nos entretendremos demasiado en recepción y moriremos de hambre —bromeó Lucía.

—Vale, pero deja que coja la cámara.

En cuanto Tina tuvo el equipo colgado del cuello, las tres iniciaron la ascensión desde la calle Arenal hasta la Plaza Mayor.

Una vez allí, la emoción desbordó definitivamente a Sandra.

Acababa de entrar en el que se convertiría en su segundo lugar favorito en el mundo, solo superado por su propia casa.

Lucía la rodeó con su brazo y le confesó que ella compartía sus sensaciones sobre aquella plaza.

Tina, por su parte, ya miraba a su alrededor con ojos de fotógrafa, buscando la perspectiva para capturar la belleza del lugar.

Apenas un minuto después, llegaron a las puertas de La Chulapa.

Decidieron comer en la terraza para disfrutar del buen tiempo y Tina les tomó la primera fotografía.

Lucía había posado sonriente tras sus gafas de sol, mientras que la timidez de Sandra había impedido que en la imagen quedara plasmada su felicidad del momento.

—Esperad aquí —les pidió Lucía—. En seguida vengo, voy a saludar al dueño. Es un buen amigo.

Se dirigió al interior del local y buscó con la mirada, pero solo encontró a dos camareros a los que no conocía.

—Perdone, ¿está Tito? —preguntó a uno de ellos cuando pasó por su lado portando una bandeja llena de bebidas.

—Claro, señorita, está en la cocina.

—¿Puede decirle que salga?

—No sé si podrá. Estamos a tope de faena —resopló mientras repartía los vasos entre los comensales de una mesa.

—Ya veo —dijo contenta al comprobar que el negocio iba muy bien—. Pero, por favor, dígale que va a ser medio minuto. Solo quiero que sepa que estoy aquí. Ya nos veremos después más tranquilamente.

—Pues dígame su nombre y lo avisaré.

—Solo dígale que soy la amiga de Errol Flynn.

El camarero puso cara de no entender nada, pero se dio media vuelta con la intención de dar el recado cuanto antes para poder seguir con su trabajo.

Apenas unos segundos después, salía atropellado por el propio cocinero, que había dejado lo que estaba haciendo al saber que Lucía lo esperaba.

Ella no tardó en acercarse a él y por fin se fundieron en el abrazo que llevaban años deseando compartir.

—Dios mío, Lucía, pero ¡qué guapa estás! —exclamó Tito haciéndola girar varias veces sobre su propio eje para verla bien.

—Tú sí que estás guapo. Oye, ¿has crecido? Te veo más alto que antes.

—No me tomes el pelo, que ya tengo edad de empezar a ir para abajo —se lamentó y los dos rieron abiertamente antes de volver a abrazarse.

—Qué ganas tenía de verte, Tito.

—¿Por qué no me has avisado de que venías?

—Quería darte una sorpresa.

—Pues lo has conseguido. Qué alegría más grande —dijo emocionado.

—¿Cómo está Adrián?

—Tu Errol Flynn está mejor que bien.

—Tenemos que vernos luego los tres.

—Pues que sepas que tú también te vas a llevar una pequeña sorpresa.

—¿A qué te refieres?

—Si te lo dijera ya no sería una sorpresa —dijo abriéndose de brazos.

—Tito, se te pasa la lubina —vino a avisarle alguien desde la cocina.

—Anda, ve, que no quiero que, por mi culpa, tengas a un cliente descontento. Charlamos después, cuando estés más liberado —propuso Lucía.

—Por supuesto que vamos a charlar. Comes aquí, ¿verdad?

—Claro. Me muero de ganas de probar tus nuevos platos.

—Pide lo que quieras. Estás invitada.

—Gracias, pero no estoy sola —le advirtió mientras lo acompañaba hasta la puerta de la cocina.

—No me digas —replicó él con voz seductora.

—No pienses lo que no es. He venido de excursión con dos alumnas. Luego te cuento.

—Pues, lo dicho: pedid lo que queráis, que corre por cuenta de la casa. ¡Qué alegría de verte! —repitió dándole un cariñoso beso.

Tito regresó a su puesto y ella se giró sin ser capaz de desprenderse de la sonrisa bobalicona.

—¿Todo bien, señorita? —se interesó el camarero.

—Sí, muchas gracias, ha sido usted muy amable. Por cierto —lo retuvo antes de que se marchara—, ¿me puede sacar una cerveza bien fría a aquella mesa? —señaló el lugar donde la esperaban las dos chicas—. Acabo de llegar de un largo viaje y estoy seca.

—Por supuesto, lo que necesite la amiga de Robin Hook —bromeó haciéndola reír.

—Gracias, ahora decidirán mis acompañantes lo que desean beber.

El hombre asintió con la cabeza y Lucía se fue al encuentro de Tina y Sandra. Le gustó ver que estaban hablando y que la relación entre ellas comenzaba a ser fluida. Sandra parecía haberle perdido el miedo a Tina y esta normalizaba el sentirse a gusto con su compañera.

—¿Habéis mirado ya la carta? —les preguntó.

—No —se adelantó por una vez Sandra.

—Pues, venga, id eligiendo. Mi amigo nos invita.

—¿Un viejo novio? —cuestionó Tina sonriendo solo a medias.

—Pues no habría estado mal, pero cuando nos conocimos ya tenía novio —dijo Lucía mirándola a los ojos y tratando de averiguar si la pregunta había sido una broma o un absurdo ataque de celos.

—¿Tenías novio? —reaccionó sorprendida.

—No, él —aclaró provocando en Tina un gesto de alivio que no supo esconder. Tampoco Lucía fue capaz de evitar sonreír al verla.

—Voy a llamar a mis hermanas para decirles que hemos llegado —anunció Sandra, que, de repente, parecía incómoda con la conversación.

—Muy bien —dijo Lucía.

—Vale, fado —añadió Tina.

En cuanto Sandra se alejó dándoles la espalda, Lucía propinó un leve manotazo a Tina.

—¿Por qué la llamas así? —preguntó algo enfadada.

—Es que es triste y melancólica como un fado.

Otro camarero, que debía ser el encargado de atender la terraza, apareció junto a ellas para servir la cerveza. Pidieron dos refrescos y, al quedarse solas, Lucía retomó la conversación.

—Así que un fado ¿Eso es lo que te sugiere? —le pidió cuentas cruzando los brazos.

—Sí. Por lo triste.

—Y no te vale otra cosa. Un fado.

—Es que… fíjate bien en ella. Tiene los ojos verdes y se sonroja por cualquier cosa.

—¿Y qué tiene que ver eso con un fado?

—Caramba, Lucía. Ojos verdes, cara roja… bandera de Portugal.

La profesora desvió la mirada haciendo un gran esfuerzo por contenerse. Su forma de decir las cosas le hacía reír constantemente, pero no podía hacerlo si estaba tratando de reprenderla.

—No deberías burlarte de ella.

—Pero si no me burlo, se lo digo con cariño y ella lo sabe.

—Aun así, ¿acaso a ti te gustaría que te pusieran un mote? Porque no te creas que eres muy distinta a Sandra.

—Yo no tengo nada que ver con ella —volvió a asegurar Tina con rotundidad.