Ella (Corazón de Pantera nº 5) 14
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Lucía saltó de la cama en cuanto sonó el despertador.

Lo primero que hizo fue asomarse a la ventana y casi sintió ganas de llorar al ver el cielo completamente despejado.

Parecía que el sol había decidido acompañarlas durante el viaje.

Ya la tarde anterior se había esperanzado tras conversar por teléfono con su tía Rosario y escuchar de primera mano que en Madrid no llovía, aunque le había recomendado que se abrigara bien, pues el frío era intenso.

Feliz, se arregló y acudió al piso de sus padres.

La visita le sirvió para charlar con ellos, ya que iba a estar ausente durante todo el fin de semana y, de paso, recoger unas viandas para Rosario.

Lucía les había prometido tanto a ellos como a su tía que buscaría unos minutos para ir a visitarla.

Y no era ninguna molestia, pues deseaba darle un abrazo después de tres años sin verla.

Tras compartir un momento con Jaime y Patro, Lucía volvió a su casa.

Tenía el equipaje preparado desde la noche anterior y, metido en un bolsillo, el vetusto reloj de su padre, que la acompañaba siempre.

Se aseguró de dejarlo todo bien cerrado por si la lluvia o el viento regresaban y se marchó a su pequeña aventura.

Metió los bártulos en el maletero de su coche y se dirigió al instituto.

Estacionó, sacó sus enseres y esperó disfrutando del sol hasta que Sara apareció a bocinazo limpio.

Lucía rio antes de volver a guardar su equipaje en el nuevo automóvil.

—Te advierto que he mirado cada centímetro con lupa. Como le hagas la más mínima señal, lo sabré y te arrepentirás —la amenazó la profesora de Química.

—Pero, bueno, ¿cómo crees que trato yo a los coches? ¿Acaso el mío tiene alguna raya o golpe?

—El tuyo tiene dos rayas blancas así de grandes, una en cada lado.

—Son de adorno, imbécil —protestó dándole un leve empujón y las dos rieron.

—Bueno, en serio, pásalo muy bien y espero que esas dos no te den mucha guerra.

—Se nota que nunca les has dado clase y no las conoces. Una no se atreve a dar guerra y a la otra no le da la gana —explicó sonriendo.

—En ese caso, espero que no te aburras demasiado.

—Gracias por dejarme el coche. Te prometo que te lo devolveré intacto. Por cierto, ¿a dónde te lo llevo el lunes?

—No te preocupes. No sé a qué hora volveremos de Asturias. Si te parece bien, hacemos el cambio el martes cuando vengamos a clase.

—Perfecto, pues —dijo Lucía dándole las llaves de su Renault 5 para que Sara se desplazara hasta su casa y, ya de paso, se lo dejara bien aparcado.

Tras verla marchar, consultó su reloj bueno y comprobó que faltaban veinte minutos para la hora acordada con las chicas.

Estaba dispuesta a esperar dejando que el sol le bañara la cara cuando otro automóvil se detuvo ante ella.

Del mismo descendió Ángel y, de inmediato, los dos se sonrieron con afecto.

—¿Y esta sorpresa? ¿Cómo es que no viene Tina contigo?

—Es que, en teoría, yo iba a estar ocupado esta mañana y nos despedimos ayer —aclaró el fotógrafo—. Al ver que me podía escapar, he ido a recogerla, pero no había nadie en casa y no sé qué camino ha cogido para venir. No he sido capaz de encontrarla.

—Supongo que aparecerá en cualquier momento.

—Seguro. Estaba ansiosa. ¿Todo bien, Lucía?

—Sí. Ilusionada por esta escapada. Tengo cuentas pendientes con Madrid —dijo con ojos traviesos.

—Espero que disfrutéis mucho. Te veo radiante, tienes luz en la mirada.

—Será el sol.

Ángel aceptó su respuesta y volvieron a sonreír.

—Bendito sol. Parecía que se había olvidado de nosotros. Pero algo me dice que no es el único culpable de esa serenidad en tu rostro.

—Bueno, he de admitir que este viaje me motiva mucho y que hacerlo con Tina es un plus. No me malinterpretes, es que me divierto mucho con tu hija.

—Te creo. Esa criatura, con la mentalidad tan seria que tiene sobre los asuntos de la vida… Es increíble que a veces sea tan payasa.

—Tiene un sentido del humor especial. Es ingeniosa y mordaz. Me encanta.

—Bueno, lo malo es cuando junta su ironía con un ataque de orgullo. Entonces, te puedes preparar.

—¿En serio?

—Mira, te voy a contar una anécdota del año pasado, pero que quede entre tú y yo porque se cabrea mucho cuando se lo recuerdo.

—Prometido.

—Ya sabes que en segundo de BUP ha comenzado a impartirse una asignatura rara llamada EATP.

—Sí, claro, Enseñanzas y Actividades Técnico-Profesionales. En este instituto, los alumnos pueden elegir Informática, Diseño o Técnicas del hogar.

—Exacto. Pues Tina no tuvo otra que hacer Técnicas del hogar, aunque ella había solicitado Informática, al no haber plazas suficientes.

—¿De verdad? Mira que le pega poco esa materia —sonrió—. ¿Y qué pasó?

—Para empezar, se enrabietó. Se pasaba el día diciendo que no quería hacer Hogar, pero no tenía otra que aplicarse para no suspender.

Te aseguro que estuvo un poco insufrible durante semanas.

La cuestión es que, a pesar de todo, puso de su parte en muchas tareas, pero hubo una que se le atragantó.

La profesora les pidió que hicieran una bufanda de lana de, al menos, dos colores.

Deberías haber visto a Tina con esas agujas tan grandes y su cara de fastidio.

Lucía rio tratando de imaginársela.

—Venía a ratos al estudio buscando concentración porque Paz disfrutaba diciéndole que no lo hacía bien y ella, en ese momento, lo que menos necesitaba eran las burlas de su madre —continuó narrando Ángel—.

Cuando se cansó, presentó la prenda en clase y la profesora le dijo que debía hacer una bufanda para una persona, no para una muñeca.

Así que Tina volvió a la faena y la hizo un poco más larga, pero tampoco le pareció suficiente.

Ahí ya asomó la Tina farruca que no quería pasar por el aro, pero recibió la amenaza del suspenso y, cada vez más endemoniada, continuó con el trabajo.

Aquí viene lo bueno. Tina se puso en plan borde y la profesora, con toda la razón del mundo, se mantuvo en su sitio.

No la iba a evaluar hasta que no hiciera bien la dichosa prenda.

Tuvieron un encontronazo y le dijo textualmente: «No vas a aprobar la asignatura hasta que me presentes la mierda de bufanda acabada.

Y que sea tan grande que se la pueda poner Fernando Romay».

—Madre mía. Supongo que la profesora sería Mayte.

—Ahora que lo dices, sí. Mayte Garrido.

—Tiene más paciencia que un santo. Tu hija debió ponerla al límite.

—Y tanto. Esa pobre señora acabó hasta la coronilla. El caso es que Tina entró en esa mezcla explosiva de la que te hablaba antes: ironía y orgullo cerril. Deshizo lo que llevaba hecho, de color negro y rosa y compró lana blanca y morada.

—¿Y a qué vino ese cambio de colores?

—Para hacerla con los colores del Real Madrid y que también por eso pudiera ser para Fernando Romay. Cuando se pone así de borde, ataca con la literalidad de las cosas.

Lucía volvió a reír lanzando al aire uno de sus aplausos.

—Bueno, pues se puso a tejer como loca, horas y horas seguidas durante varios días hasta elaborar una bufanda que por supuesto que se podía poner Romay.

Y no solo por los colores sino porque acabó midiendo como cinco metros de largo.

Vamos, que el jugador se podía dar unas cuantas vueltas con la bufanda.

Lucía cada vez reía más.

—Pero lo mejor de todo es que el fondo era todo blanco y el morado lo había reservado para tejer una leyenda. A lo largo de toda la bufanda se podía leer en grandes letras: «Mierda de bufanda acabada».

Lucía, definitivamente, estalló en una carcajada. No se podía creer que la Tina de apenas un año atrás fuera capaz de semejante fechoría. Estaba claro que había madurado y que ahora tenía más paciencia.

—Perdona que me ría, quizá no debería —dijo recomponiéndose.

—No, si a mí también me hace reír cuando se me viene a la cabeza.

Pero a ella no le gusta recordarlo porque sabe que no actuó bien.

De hecho, averiguó, no sé cómo, la dirección de la profesora y se presentó esa misma tarde en su casa para pedirle perdón.

Después se llevaron bien. Esa mujer es una bendita y no se lo tuvo en cuenta.

—Mayte es muy buena persona. Y a Tina se le puede perdonar. Era una fuguillas, pero, por suerte, ha cambiado y está más centrada.

—Sí. Por lo general, es una persona razonable, que va un poco por delante de lo que marca su edad. A veces me gustaría que fuera más cría de lo que es. Tiene demasiada prisa por ser mayor.

—Eso la convierte en una chica especial. Única. Tienes que estar muy orgulloso de ella, Ángel. Ya la tenemos aquí —anunció al verla acercarse a ellos arrastrando una pequeña maleta y portando una mochila en la espalda.

—Hola —saludó Tina, feliz por ver a Lucía y sorprendida por la presencia de Ángel.

—Hola, bicho. ¿Qué llevas ahí detrás?

—La cámara, cuatro objetivos, un flash y unos cuantos carretes —enumeró cruzando una mirada cómplice con su padre.

—Eso debe pesar un montón. ¿Piensas ir con el macuto a todas partes?

—Claro, este viaje hay que inmortalizarlo.

—Está bien, pero luego no te quejes si te cansas o te duele la espalda.

—¡Qué va! Aún soy joven.

—¿Aún?

—Sí, cuando tenga treinta y deje de serlo, ya me quejaré.

—Mira, vamos a terminar con esta conversación, que aún te dejaré aquí —la amenazó sonriendo.

—¿Y cómo es que estáis aquí los dos? —preguntó sintiéndose un tanto desconcertada por el hecho de que Lucía y Ángel parecieran llevarse tan bien.

—Tu padre me está haciendo compañía y contándome cosas muy interesantes.

—¿Y de qué hablabais? —insistió al ver la forma en que se habían vuelto a mirar.

Ninguno de los dos contestó. Ángel se limitó a guiñarle un ojo mientras que la profesora desviaba la vista hacia otro lugar.

—Mira, ya viene Sandra —dijo Lucía.

La vieron llegar con los ojos llenos de ilusión. Una joven de unos veinticinco años iba a su lado cargando con su equipaje.

—Buenos días, bonita —la saludó en cuanto llegaron junto a ellos—. Y buenos días a ti también —se dirigió a la acompañante.