13 #4
—No me mojo, tengo un chubasquero, como ves.
—¿Y la mochila qué?
—Es impermeable.
—Bueno, en ese caso no hace falta que te lleve a casa en coche —dejó caer con cierta sorna.
—En realidad, sí que cala un poco —admitió provocando la risa de Lucía.
—Eres un bicho. ¿En serio pensabas que te iba a dejar ir a pie con la que está cayendo? Anda, vamos, lo tengo aparcado allí.
Mientras caminaban hacia el vehículo, Lucía recordó la última conversación con su madre.
Sus insinuaciones la llevaban a sospechar que estaba convencida de que ella, pese a que lo negara, amaba a Tina.
Pensó que quizá, para no darle más motivos para creerlo y para huir de sus propias dudas, debería distanciarse un tanto de la chica.
Había reflexionado mucho sobre ello durante la semana.
Pero es que… se sentía tan bien a su lado, le hacían tanta gracias sus ocurrencias y admiraba tanto la forma en que luchaba por madurar antes de tiempo, que le resultaba imposible prescindir de su compañía, aunque solo fuera a ratitos.
A fin de cuentas, todo estaba bajo control.
Pese a las reticencias de Patro, lo que había entre ella y Tina era una bonita amistad, nada más.
Y, en aquel momento, bajo semejante aguacero, no iba a permitir que se fuera andando a casa.
Sí, todo estaba bajo control y su corazón bien guardado y lejos del de Tina.
—Espero que mañana no llueva tanto —confió la joven tras ocupar el asiento de copiloto.
—Más nos vale o tendré que enseñaros Madrid desde dentro del coche. Por cierto, no hace falta que te pregunte si estás ilusionada. Se te ve en la cara.
Tina le dio la razón con un simple gesto.
Se quedaron mirándose unos segundos antes de que la alumna apartara la vista hacia la ventanilla.
Lucía sabía que constantemente se mordía la lengua para no incomodarla.
Que, por supuesto que estaba ilusionada con el viaje, pero que no era solo por ver el musical o por conocer una ciudad tan apabullante, sino porque lo iba a realizar con la mujer por la que bebía los vientos.
Sabía de sobra que Tina lo pensaba y que se callaba porque era lo mejor para las dos.
Esos gestos prudentes y generosos hacían que cada día la quisiera un poco más.
—Entonces, ¿viviste allí? —se interesó Tina cuando Lucía puso el coche en marcha.
—Sí, después de acabar la carrera. Fui a hacer las prácticas en una editorial, realizando labores de traductora, y me ofrecieron un contrato para seguir un año más.
—Eso es porque eras buena —afirmó mirándola con orgullo.
—¿Sabes? Quizá podría haber continuado mi vida allí, pero preferí volver a casa. Estoy demasiado enamorada de mi pequeño y humilde pueblo.
—Me alegro, así he podido conocerte —dijo con cierto temor, que desapareció con la sonrisa cariñosa de Lucía—. Yo no puedo saber si me gustaría vivir en otro sitio. Solo he salido de Albaceda una vez.
—Me llamó la atención cuando lo dijiste el otro día. ¿Nunca has ido con tu madre de viaje?
—¿Con mi madre? ¿De viaje? —preguntó con sarcasmo—. Pues no. Solo fui a Valencia, poco después de su boda. La familia de Ángel vive allí. El resto de mis días los he pasado en tu pequeño y humilde pueblo —repitió dedicándole una mueca cómplice.
—Bueno, pues por algo se empieza. Sé que Madrid te va a gustar.
—¿Y nos llevarás de fiesta?
—¿De fiesta?
—Sí, a algún garito a tomar una copa.
—Bueno, algo haremos, pero no esperes que acabemos borrachas de madrugada.
—¿No?
—¿Tú quieres que me echen del instituto o qué?
—¿Y quién se iba a enterar? Yo no diría nada y Sandra menos, que es poco menos que muda.
El comentario de Tina hizo que se ganara un coscorrón, pero no le molestó y las dos acabaron riendo juntas.
—Una vez Raquel me habló de una zona de Madrid llamada Chueca. ¿Tú la conoces?
—Y tanto —respondió sorprendida—. Lo que me parece extraño es que Raquel haya oído hablar de ella.
—¿Es verdad que allí hay sitios como el Pantera?
—Sí, Tina. Yo tuve la suerte de disfrutar de dos de esos locales cuando viví en Madrid.
Era maravillosa esa sensación de libertad, aun cuando sufriéramos alguna redada de vez en cuando —recordó con nostalgia—.
Y sé que con el tiempo han ido abriendo más bares, discotecas, librerías…
y hasta un cine. No tardará en convertirse en un lugar de referencia, estoy convencida.
—¿Y dónde está?
—Pues, curiosamente, muy cerca de la Gran Vía, que es donde está nuestro teatro.
—Entonces podríamos ir.
—¿A Chueca? No, ni hablar.
—¿Por qué?
—No sé si aún es suficientemente seguro.
—Pero me acabas de decir que tú ibas con frecuencia.
—Sí, pero yo era mayor y solía ir acompañada por dos amigos.
—Bueno, nosotras también iríamos acompañadas por ti, señora mayor.
—No me vas a convencer —aseguró tras propinarle otro suave manotazo—. Te recuerdo que Sandra estará con nosotras.
—Pero Sandra también es…
—Me da igual lo que sea. ¿Acaso a ti te lo ha dicho?
—No.
—Pues entonces respeta su intimidad y sus tiempos. No la vamos a llevar a un local de ambiente para que se sienta incómoda. Y no es negociable —añadió abortando el intento de réplica de Tina.
—Vale —claudicó.
—Entiéndelo, Tina, para ella sería como una encerrona. Y, además, no creo que sea lugar para dos chicas de dieciséis.
—¿Por qué no? El Pantera tampoco es para tanto. No tenía nada de sórdido.
—Créeme que no todos los sitios son como el Pantera —aseguró deteniendo el vehículo frente al portal de Tina—. Así que te tendrás que conformar con tomar un refresco en otro tipo de establecimiento.
—¿Un refresco?
Lucía volvió a sonreírle con cariño. Le encantaba la expresión que adoptaba su rostro cuando discrepaba o se ponía gallita.
—Nos vemos mañana, bicho.
Tina salió del coche y corrió hacia la puerta del edificio donde vivía. Lucía la vio desaparecer y ya solo deseó que llegara la mañana siguiente.