Ella (Corazón de Pantera nº 5) 13 #3
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—Pues que ha sido una semana intensa en el instituto y aún más en el plano personal.

—¿Y eso? ¿Te ha hecho algo esa chica?

—¿Qué chica? ¿Tina? Qué va, mamá. Aunque todo tiene que ver con ella, el perejil de todas mis salsas —volvió a reír ella sola.

—Qué rara estás, hija. Mira, voy a preparar un té con menta y me cuentas, porque te veo cara de preocupación.

Lucía iba a replicar, pero Patro fue más rápida y desapareció del salón. Unos minutos después, regresó con las dos tisanas.

—Entre esto y el brasero, vamos a estar la mar de a gusto.

—Sí, mamá. Sé que lo haces para que me cueste trabajo irme a mi casa, pero no vas a conseguir retenerme. A media tarde me iré, que tengo que preparar cosas para la semana.

—Está bien, pero antes cuéntame qué ha pasado.

—Nada, hubo un momento un poco tenso, pero no fue culpa de Tina sino de otra chica que anda colada por ella.

—Vaya, no me digas que tenemos triángulo amoroso. Esto está más interesante que las novelas de la tele —afirmó soplando para tratar de enfriar su infusión.

—Calla, mamá, no te lo tomes tan a la ligera, que parece que disfrutas.

—Mujer, es para quitarle dramatismo. No me gusta verte con la mirada perdida porque no sé si es que algo te inquieta o es que andas pensando en ella.

—Oye, no creas lo que no es. De verdad, mamá. Tina es… no sé cómo decirte. Me importa mucho, es una persona especial y le estoy cogiendo mucho cariño. Pero no hables como si yo estuviera enamorada de ella porque no es así.

—¿Seguro que no? —dudó Patro.

—Seguro. No me lo puedo permitir y, además, no es así y punto.

Lucía hablaba con rotundidad para tratar de convencer a su madre y, de paso, a sí misma.

—¿Y qué dices que ha ocurrido?

—La semana pasada, cuando fui con mis amigas al Pantera, una alumna me vio en actitud cariñosa con Marta.

Y, bueno, pues esa chica va detrás de Tina y le fue con el cuento de que yo tenía novia.

La pobre pilló un sofoco… Menos mal que la vi y la ayudé a serenarse.

Pero me pesa el dolor de Tina, mamá. No le puedo dar lo que ella quiere y no sé cómo hacer para que se olvide de mí en ese aspecto. No quiero que sufra.

—Pobrecilla. Está en una edad muy mala en la que todo se magnifica.

—Eso es, mamá. Justo eso. Y justo por eso, no puedo estar con ella. No estaría ni aunque no fuera mi alumna. Pienso que Tina debe tener la oportunidad de intimar con chicas de su edad y yo no le puedo cerrar esa puerta dándole esperanzas.

—¿Acaso no sale con otras niñas?

—No. Se niega. Está muy convencida de sus sentimientos y yo sé que es muy probable que esté confundida, que cualquier día de estos se puede levantar enamoriscada de otra. Como tú dices, está en una edad difícil.

—¿Y tú?

—¿Yo? Yo no estoy en una edad difícil. A mí ya me quedó muy atrás —sonrió dando un pequeño sorbo al té.

—No me refiero a eso. Me has dicho que ella está muy convencida de sus sentimientos. Entonces, te pregunto… ¿y tú?

—Te he dicho hace un minuto que estoy segura de que no siento nada por ella de esa manera.

—Cariño, me has dicho que no te lo puedes permitir.

—Y después te he asegurado que no. Simplemente no siento amor por Tina.

—Me da miedo que trates de sentir lo conveniente y no lo que te nace del corazón.

—Mamá, ¿en serio me dices eso? Sería una locura tener una relación con ella.

—Es que no te hablo de relaciones sino de sentimientos.

Entiendo tu postura de no caer en la tentación para evitar problemas.

Eso es una cosa y enterrar un sentimiento es otra.

No me voy a meter más de la cuenta, tú eres la que sabe bien lo que tienes dentro.

Solo te digo que se vive más libre cuando no niegas tu verdad, sea cual sea.

Lucía se mantuvo callada unos segundos, mientras se limitaba a degustar la tisana a tragos cortos.

—¿Sabes, mamá? —retomó la conversación soltando la taza vacía—. Ese viaje que haré la semana que viene a Madrid…

—¿Sí? ¿Qué pasa con él? —quiso saber al ver que su hija volvía a quedarse muda y pensativa.

—¿Te dije que formaba parte de un concurso entre mis alumnos?

—Sí, algo me comentaste de pasada hace unas semanas.

—¿Y te conté quién ha ganado el premio?

—No. No me digas que…

Por un momento las dos guardaron silencio mirándose a los ojos.

—Efectivamente. Voy a ir a Madrid con Tina y con otra alumna.

—¿Y no será peligroso?

—No creo, mamá. Tina, a pesar de todo, es muy respetuosa.

Me presionan sus sentimientos, no ella. De hecho, intenta no sacar el tema y no se atreve ni a rozarme.

Pero la cuestión es que, cuando me planteé dar el premio…

no puedo estar segura de que no lo hiciera sabiendo que Tina iba a ganarlo.

Es la mejor de su clase y su compañera es casi tan buena como ella, aparte de que tiene mucho talento escribiendo.

Juntar a las dos era como asegurarles el éxito y he de admitir que hice trampa para emparejarlas y también en el sorteo de la temática.

A Patro se le escapó una sonrisa irónica, pero no dijo nada.

—¿Qué significa esa risilla?

—Nada, corazón.

—¿Mamá?

—Solo saco mis propias conclusiones: no quieres a esa muchacha, pero convocas un concurso y manipulas dos sorteos para poder llevártela de viaje.

—Admito que he actuado mal, pero hay muchas formas de querer.

Patro no contestó. Se levantó, cogió las dos tazas y las llevó a la cocina. Cuando regresó, Lucía se había acomodado en el sofá, abrazada a un cojín.

—Hay muchas formas de querer, mamá —insistió—. Además, cuando surgió la idea del premio, Tina y Sandra ya estaban emparejadas. El objetivo de unirlas era otro. Pero es verdad que sabía que iban a tener ventaja si planteaba el trabajo como un concurso.

—Ya.

—No estoy enamorada de Tina —sentenció.

—Está bien, cariño.

—¿No me crees?

—No soy yo quien tiene que creerlo. Bueno, y esa otra chica que ha entrado ahora en escena, ¿puede causarte problemas? —cambió de tema tras otro incómodo silencio.

—¿Qué chica? —preguntó Lucía un tanto abrumada.

—Esa bicha que le dijo a Tina lo de Marta. Madre mía, qué lío de mujeres tienes. Definitivamente, tu vida es más entretenida que una telenovela —rio Patro y Lucía agradeció que quitara tensión al momento.

—No es una bicha —la defendió y prefirió no hablar sobre sus celos hacia ella para no dar más armas a su madre—. Es una adolescente que solo quiso aprovechar la ocasión que se le había presentado. Y Tina debería darle una oportunidad —pensó por enésima vez, aunque lo verbalizó con la boca pequeña.

Lucía y su madre continuaron charlando un rato más sobre el sentido del humor de Tina, la extrema introversión de Sandra, el desparpajo de Raquel y los vaivenes con Marta.

Patro no quiso meter más el dedo en la llaga y sonrió cuando Lucía se dejó arrullar por el calor del brasero y se quedó dormida en el sofá.

Como buena madre, veló su sueño como si aún fuera una niña y deseó poder protegerla de todo lo que le hacía daño, de su incertidumbre y de su miedo a amar a la persona equivocada.

***

Nuevo viernes. Nuevo ánimo. Lucía conducía bajo la lluvia dándose cuenta de que cada llegada de fin de semana era diferente y que solía estar condicionada más por asuntos relacionados con Tina que con la intensidad de su trabajo.

En aquella ocasión, su camino hacia el instituto estaba marcado por la ilusión.

Al día siguiente se marcharía a Madrid y eran demasiados los motivos para sentirse emocionada.

La mañana pasó rápido. Lucía no dejaba de mirar por la ventana de cada aula, con la esperanza de que el cielo se despejara.

Esa maldita lluvia que llevaba días descargando sobre Albaceda amenazaba con arruinarles el viaje.

En el fondo, le encantaba ver llover, pero no cuando pretendía pasar dos días paseando por Madrid.

Como cada viernes de aquel curso, su semana terminaba en tercero B.

No pudo evitar sonreír con complicidad a Tina y Sandra en cuanto entró y las vio.

Las ganas en el rostro de las chicas eran tan evidentes que casi se podían palpar.

Al concluir la clase, las tres volvieron a quedarse a solas junto a la mesa de la profesora, algo que acabaría por convertirse en una tradición.

—¿Lo tenéis todo listo, guapas?

—Solo a medias —contestó Tina—. Demasiados deberes esta semana.

—Ya imagino. Os habréis dado cuenta de que yo me he portado bien en estos días en ese sentido.

—Sí, y se agradece.

—Bueno, pues ahora no nos vamos a entretener demasiado. Solo quería concretar la hora de salida con vosotras.

—Nos iremos pronto, ¿verdad?

—Claro, Tina. Cuanto antes lleguemos, más podremos disfrutar de Madrid. Os va a encantar —aseguró sonriendo.

—Pues usted dirá.

—¿Qué tal a las diez? Así llegaremos para la hora de comer. Hubiera querido que saliéramos antes, pero la persona que me presta el coche no me lo puede dejar hasta las nueve y media.

—Me parece bien. Odio madrugar, aunque por un día no me habría importado —comentó Tina con ojos traviesos.

—Pues estupendo, que ya nos levantamos muy temprano las tres todos los días. ¿Tú qué opinas, Sandra? —trató de que la alumna interviniera ya que estaba, como siempre, callada.

—Las diez está bien.

—Fenomenal. Nos reuniremos aquí mismo, en la puerta del instituto. Es donde me van a traer el coche. Pero si llueve mucho, os avisaré e iré a recogeros, ¿vale? Estad atentas al teléfono de casa.

Una vez definidos los detalles de la partida, recorrieron juntas el camino hacia la salida del instituto.

Se detuvieron tras la puerta comprobando que la lluvia seguía cayendo sin compasión.

Lucía y Sandra abrieron sus paraguas, mientras Tina se tapaba con la capucha de su anorak.

Después, salieron a la calle y un claxon llamó su atención.

—Es mi hermana Isabel —indicó Sandra sin poder ocultar su alegría.

—Pues, ve, corre —dijo Lucía.

La chica se despidió hasta el día siguiente y aceleró el paso para llegar al coche cuanto antes.

—¿Y tú por qué no usas nunca paraguas? —preguntó la profesora.

—No me gusta —espetó Tina.

—¿Prefieres mojarte?