Ella (Corazón de Pantera nº 5) 13 #2
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La chica, aún aturdida, abandonó la sala y la dejó sola. Lucía respiró hondo varias veces y negó con la cabeza. «¿Qué estoy haciendo?», se preguntó antes de dirigirse a la sala de profesores para tratar de continuar con su vida. Ni su corazón ni su sexo tenían la respuesta.

***

Llegó otro viernes y Lucía volvió a acudir al instituto más cansada de lo normal.

En esa ocasión, no solo era culpa de la acumulación de trabajo sino de no haber podido pegar ojo en toda la noche.

El recuerdo de los besos con Tina y del acercamiento que estuvo a punto de producirse, había estado bailando en su cabeza desde el momento en que la chica había desaparecido de su vista el día anterior.

De repente, le daba miedo enfrentarse a Tina, ver en sus ojos una ilusión equivocada y provocada, a fin de cuentas, por ella misma.

Sabía que era la responsable de la posible confusión, de la más que segura esperanza nacida en Tina y le daba rabia.

Podía soportar sus propias dudas, el runrún que rodeaba a esa peculiar amistad que mantenía con ella, pero no toleraba haberla invitado a creer en un imposible, por mucho que hubiera sido de forma involuntaria.

Pasó toda la mañana temiendo encontrarla por los pasillos y se alegró de llegar a la última hora sin que se hubieran cruzado.

Pero esa última clase del día era, precisamente, en el aula de Tina.

Mientras se dirigía a tercero B, trató de mentalizarse de que nada había cambiado, de que debía comportarse con naturalidad.

Ver a lo lejos que ella la esperaba junto a la puerta la intranquilizó, pero comprobar, cuando se acercó lo suficiente, que en el rostro de Tina había más interrogantes que optimismo, la alivió.

Tanto que le nació una mueca traviesa que hizo que la chica riera mientras entraba en clase.

—¿Estás mejor? —le susurró antes de que fuera a su pupitre.

—Sí. Gracias a ti —respondió Tina también en voz baja.

La vio alejarse hacia el fondo del aula y se dio cuenta de que Raquel la ignoraba al pasar por su lado.

Probablemente, había querido malmeter y se sentía contrariada al ver a Tina entera y conservando la complicidad con Lucía.

Durante la noche, la profesora también había estado pensando en Raquel.

No le habían gustado sus malas artes, pero algo le decía que, tras esa máscara de prepotencia, solo había una joven íntegra a la que la pasión había jugado una mala pasada.

Tras diluirse el rencor del principio, se había esforzado por perdonarla y darle otra oportunidad, como hacía con todo el mundo.

Aunque a nivel personal le suscitaba demasiadas sensaciones negativas, Raquel era su alumna y no iba a permitirse tratarla con menos respeto y dedicación que a los demás.

Mientras abría el libro de texto, se cuestionó cómo de diferente sería su apreciación sobre la chica de no ser por el perejil.

Recordar aquello la hizo sonreír y tuvo que disimular y ponerse seria antes de comenzar con la clase.

Unos minutos después, a las tres en punto, sonó el timbre y los chicos no tardaron en coger sus cosas y salir en estampida hacia el fin de semana.

Lucía compartía el mismo sentimiento de liberación, pero lo escondió cumpliendo con su moderado papel de profesora.

Permaneció sentada en el filo de su mesa mientras los alumnos salían, a la espera de que Tina y Sandra llegaran hasta su posición.

Hizo una señal a las dos para que no se marcharan y, en cuanto se quedaron solas, Lucía les mostró un pequeño sobre que acababa de sacar de su maletín.

—¿Sabéis qué es esto? —les preguntó adornando su voz de intriga.

—No —contestó Sandra sin más.

—¿Un balón de fútbol? —bromeó Tina.

—Pero qué pava eres —rio Lucía golpeándola con el sobre en la frente.

—Nos tendrá que dar usted una pista —le pidió Tina haciendo un esfuerzo por no tutearla delante de su compañera.

—La pista es Madrid. ¿En serio no se os ha pasado por la cabeza?

—Lo imaginaba porque estamos aquí las dos ganadoras —dijo señalando a Sandra, que permanecía en silencio—, pero falta saber qué es exactamente.

—Algo que debería tener bien guardado en casa, porque si se me pierde… me pego un tiro. Pero me hacía ilusión enseñároslo. Ha llegado esta mañana —informó emocionada.

—¿Y qué es? ¿Son las entradas?

—¡Bingo! Mirad qué bonitas.

Lucía abrió el sobre y extrajo los tres boletos del Teatro La Madame. Tina los cogió y los revisó con el entrecejo arrugado.

—Tampoco es que sean una preciosidad. Solo son letras negras en unas papeletas blancas.

—¿Y qué quieres que pongan? ¿Una pintura al óleo de París? —rechistó Lucía.

—Pues qué menos. He visto entradas de cine más bonitas que estas.

—Desde luego, Tina…

—Y entradas de conciertos con la foto de los artistas. Y hasta del Albaceda Balompié con el escudo en color.

—Me ha quedado claro, aguafiestas. Pero a mí me parecen bonitas por lo que significan, ¿verdad, Sandra?

—Sí —se limitó a responder, divertida por la discusión.

—Me ha llegado también el documento de la reserva del hotel, pero no te lo voy a enseñar para que no le pongas pegas —anunció mirando a Tina con ironía.

—Oiga, que no soy tan quisquillosa.

—Anda que no… Visto lo visto, estoy pensando en dejarte aquí y que el premio sea solo para Sandra —la retó cruzando los brazos.

—La verdad es que son unas entradas muy bonitas.

Lucía estalló en una carcajada al ver la cara de inocente de Tina al retractarse.

—Eres un caso. Pero tienes razón. Un teatro tan importante ya podría vender boletos más llamativos.

—Bueno, lo bonito va a ser la experiencia.

—Por fin hablas con propiedad, Tina —convino dedicándole un cariñoso guiño de ojo—. Ah, chicas, antes de que se me olvide, tenéis que traerme esto firmado por tu madre y por tu hermana —dijo entregando sendas autorizaciones a Tina y Sandra—. No lo olvidéis, por favor.

—No, por la cuenta que nos trae. Entonces, ¿nos vamos el día seis? —trató de confirmar Tina.

—Sí. Iremos quedando durante la próxima semana, pero saldremos el sábado por la mañana y volveremos el lunes, día ocho.

—Qué musical más largo.

—Y tú qué borde eres —cabeceó con resignación Lucía—. ¿Acaso no te hace ilusión dar un paseo por Madrid ya que estamos allí?

—Pues, claro, no he ido nunca. Apenas he salido de Albaceda —se lamentó.

—Entonces, creo que disfrutarás de este viaje.

Nos vamos a alojar en un pequeño hotel muy céntrico, está al lado de la Puerta del Sol.

El sábado por la noche iremos a cenar y a ver el espectáculo.

El domingo os daré un garbeo por la ciudad.

Viví un tiempo allí y me gustaría enseñaros mis rincones favoritos.

—Suena bien —aseveró Tina.

—Me alegro de que te guste el plan. ¿Tú como lo ves? —preguntó a Sandra—. Estás muy callada.

—Estaba escuchando.

—¿Y te convence lo que has escuchado?

—Sí —respondió a secas con una sutil sonrisa en los labios.

Lucía le regaló una caricia en el pelo. Le enternecía su timidez, aunque también le preocupaba lo que pudiera esconder tras ella.

—Lo vamos a pasar muy bien las tres, ya lo veréis. Pero ahora vamos a casa, que se hace tarde.

Lucía volvió a guardar el sobre en su cartera y las tres bajaron juntas hasta la puerta del instituto.

Tina y Sandra se despidieron y salieron a la calle, mientras que Lucía se dirigió a la sala de profesores.

Pocos minutos después, cuando ya conducía hacia su piso, las vio charlando juntas.

Le volvió a parecer que eran como dos gotas de agua.

No importaba que Tina fuera más alta o que Sandra tuviera el pelo más corto o que sus formas de afrontar la vida fueran distintas.

Tampoco importaba que una fuera la niña mimada de su casa y la otra no supiera lo que significaba la palabra hogar.

Pese a las muchas diferencias, Lucía solo veía a dos personas complementarias y destinadas a caminar juntas por la vida.

Al pasar por su lado, hizo sonar el claxon de su coche y las saludó con un cariño que le llenaba el corazón.

No podía sospechar que en esa amistad que se había empeñado en propiciar también acabaría incluida ella.

Que aquella pequeña reunión tras la última clase del viernes solo sería la primera de muchas.

Que esas dos chiquillas iban a condicionar el resto de su vida.

***

Lucía miraba divertida a su padre. Con cara de absoluta paciencia, dejaba que Patro le encasquetara una gorra, le obligara a ponerse su mejor abrigo y rematara la faena rodeando su cuello con una gruesa bufanda de lana elaborada por Rosario.

—¿Ya tienes suficiente, mujer, o me vas a poner también guantes y orejeras? —se quejó.

—¡Ah! Los guantes, es verdad, lo olvidaba —dijo ella yendo a buscarlos.

Jaime suspiró con resignación.

—¿Y tú de qué te ríes? —preguntó a Lucía.

—Pues de ti, papá. No sé si te vas a poder mover. Estoy convencida de que en cuanto salgas por la puerta, te vas a quitar la mitad de las cosas.

Jaime ofreció como respuesta una sonrisa sibilina que hizo que Lucía riera aún más. Patro regresó con los guantes y se los enfundó a su marido ignorando sus protestas.

—¿Suficiente? —volvió a preguntar él con retintín.

—Encima que me preocupo para que no pases frío…

—Mamá, no va a poder ni cantar los goles —se apiadó Lucía de su padre.

—Es que no sé por qué le ha dado hoy por ir al fútbol, con el frío que hace. Si a él no le gusta. ¿Cuándo lo has visto tú ir a un estadio?

—Cariño, estoy aquí. No hables de mí como si estuviera ausente. Y te recuerdo que me ha invitado mi jefe al partido. ¿Prefieres que le diga que no? Ya quisiera yo quedarme aquí calentito viendo la tele y dormitando.

—Bueno, pero ni se te ocurra quitarte nada, que os he escuchado cuando venía —dijo lanzando una miradita a los dos.

Refunfuñando, Jaime se fue y Lucía aún tardó unos segundos en dejar de reír. Después se sentó junto a Patro, dispuesta a disfrutar de una agradable sobremesa de domingo.

—Ahora que estamos solas, ¿no tienes nada que contarme? —sugirió la madre.