13
Todo parecía transcurrir con normalidad, salvo el ansia evidente de Tina y Sandra, que se mostraban impacientes por la llegada del viaje. Quedaban pocos días y la propia Lucía vivía la espera con la ilusión de una colegiala.
La mañana de aquel jueves había empezado bien. Las clases habían sido fluidas y había vuelto a reír durante el recreo con Sara, que llevaba días cobrándose el préstamo del coche con desayunos gratis.
Abandonó la cafetería unos minutos antes que sus compañeros para ir a preparar unas fotocopias.
Se dirigía a la sala de profesores cuando escuchó el improperio de un alumno.
Se giró para mirar qué ocurría y descubrió que a quien el chico acababa de vociferar era a Tina, que caminaba a toda velocidad hacia la puerta del instituto sin importarle qué y a quién se llevara por delante.
Lucía, alarmada, se dio prisa en ir hacia ella y consiguió detenerla antes de que saliera a la calle.
—Tina, ¿qué te pasa?
La chica no contestó. Miró hacia la puerta con la pena del corredor que cae vencido justo antes de la meta.
Después, volvió a mirarla a ella, desistió de su huida y comenzó a llorar.
A Lucía se le rompió el corazón al ver sus lágrimas y al notar cómo el cuerpo le temblaba.
Con cariño, la tomó de la mano y la llevó hasta la sala de tutoría.
—Anda, siéntate y hablamos —propuso la profesora tras cerrar la puerta para que nadie las molestara.
—No me quiero sentar —se negó Tina entre sollozos.
—Está bien, nos quedamos aquí de pie —accedió.
Le tendió un pañuelo de papel para que se limpiara las lágrimas, pero la chica tenía la vista tan pegada al suelo que ni siquiera se percató. Lucía no dudó en ocuparse ella misma de hacerlo.
—Tranquila —le dijo en voz baja una y otra vez, hasta que Tina dejó de llorar y levantó la cabeza.
Lucía estaba tan desconcertada como preocupada.
No podía saber qué había ocurrido, pero ese comportamiento no era propio de Tina.
Podía ser una adolescente poco sociable, con fama de huraña y hasta de antipática, pero no era el tipo de persona que va dando patadas para hacerse camino.
Entre sus defectos no estaba el de maleducada ni era amiga de conflictos.
Algo muy serio tenía que haber provocado esa reacción.
—¿Me vas a contar qué ha pasado?
No hubo respuesta, por lo que Lucía decidió imponerse. Le cogió la cara con firmeza y la levantó para que la mirara a los ojos.
—Háblame, Tina.
—¿Es verdad que tienes novia? —pregunto por fin antes de volver a hundir la vista en el suelo.
Lucía sintió que el estómago se le volteaba. Lanzó un suspiro al aire y, con determinación, volvió a obligarla a alzar la cabeza.
—¿Se trata de eso, Tina? ¿Por eso evitas mirarme? Empiezo a pensar que soy la causante de todos tus problemas. Quizá debería desaparecer de tu vida para siempre —dijo volviendo a secarle nuevas lágrimas.
—No —suplicó.
—¿No?
—No.
—Pues no llores más y hablemos.
—¿Es la chica que vi aquella noche?
Lucía había temido durante dos meses aquella conversación.
Intentaba evitar a toda costa que Tina le recordara su encuentro en el Pantera y, por supuesto, ella le había hablado de sus amigas, pero nunca de Marta.
Lo hacía para protegerla y también porque consideraba que era mejor para las dos obviar esa parte de su vida.
—¿Quién te ha hablado de ella? —quiso saber, aunque lo sospechaba—. Apuesto a que ha sido Raquel —se aventuró al ver que Tina no contestaba.
—¿Cómo lo sabes?
Lucía le acarició la cara con suavidad. Al final Raquel había utilizado el arrumaco con Marta. Podría haber encajado que lo hubiera usado contra ella, pero no para hacer daño a Tina. Por un momento la odió. La odió mucho.
—¿Quién si no? Solo Ángel y ella saben de tus sentimientos y dudo mucho que tu padre sea capaz de decirte algo que te hiera.
—Entonces, ¿es verdad? ¿Es tu novia?
—Novia no es la palabra que yo emplearía.
—¿Pero sí tienes algo con ella?
—Sí, algo sí, no te voy a engañar, Tina. Soy una mujer adulta, tengo mis instintos, bueno, ya sabes. Llevo la vida que podría llevar cualquier persona de mi edad.
—¿Estás enamorada de ella? —preguntó con tristeza.
Lucía volvió a suspirar. La conversación se iba enredando entre aristas afiladas. No quería arañarle el corazón, pero tenía que hablarle con sinceridad, como a la persona madura que pretendía ser.
—¿Sabes, Tina? Creo que al final te daré la razón en una cosa: el mundo de los sentimientos es muy complicado.
No puedo decirte si estoy enamorada de Marta porque ni yo misma lo sé.
Nos conocemos desde hace un tiempo y ella me importa, pero…
no sé… La verdad es que no somos realmente una pareja, si es lo que quieres saber.
Tina aceptó la explicación tratando de que su rostro no reflejara ningún sentimiento.
Lucía la veía luchar entre la decepción y la esperanza de saber que Marta no era una novia al uso.
Comenzaba a ser tan transparente para ella que casi podía leer sus sentimientos en sus ojos, ese universo ámbar y profundo donde se sentía tan cómoda.
Viéndola sufrir, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no abrazarla.
No podía hacerlo. Temía que si algún día unía su cuerpo al de Tina, sería incapaz de retroceder.
Por mucho que luchaba contra ello, había un sentimiento del que no podía escapar.
No sabía si era amor. No sabía si era un cariño extremo o una simple atracción sexual de la que no conseguía desprenderse.
Y, si se paraba a pensarlo, ocurría lo mismo con Marta.
¿La quería? ¿De qué manera? ¿Solo jugaba con ella o, en el fondo, le gustaba tenerla cerca?
Creía estar segura de que no la amaba, pero había momentos puntuales en que estar bien con ella le hacía dudar.
Tina tenía razón: querer a las personas añadía una dosis demasiado grande de complicación a la vida.
—Me duele mucho que sufras, Tina —dijo Lucía rompiendo el silencio.
—No te preocupes.
—Sí que me preocupo. Me importas mucho y me fastidia que Raquel intente hacerte daño.
—Bueno, es su manera de intentar avanzar posiciones.
—¿Ha vuelto a la carga contigo?
—Parece que sí.
—Escucha, Tina. No digo que sea con Raquel, pero deberías intentar salir con chicas —le aconsejó la parte más sensata de Lucía.
—No te importaría si lo hiciera, ¿verdad? —preguntó sin poder esconder su escozor.
—Hasta que no cumplas dieciocho y salgas de este instituto, lo que a mí me importe es solo asunto mío. Pienso en tu bien, Tina.
—No quiero salir con otras chicas, prefiero esperar.
—Sabes que tu espera podría ser inútil, no tienes ninguna garantía de lo que pasará dentro de dos años.
—Solo queda año y medio y no pierdo nada por esperar.
—Sí que pierdes, Tina, pierdes posibilidades de disfrutar, de vivir momentos bonitos. Quizá hasta de encontrar a la mujer de tu vida.
Una vez más, Lucía intuyó cuál iba a ser la réplica de Tina y le volvió a pedir silencio llevando su dedo índice a los labios. La joven acató su orden y no dijo nada.
—¿Estás más tranquila?
—Sí. Resignadamente tranquila —contestó Tina, que, ya había dejado de llorar.
—¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?
—¿Qué tal un beso?
Lucía abrió los ojos al máximo, sorprendida por la osadía de Tina. Le sonrió arqueando una ceja y ella, con rostro inocente, se señaló la mejilla.
—Ah, te conformas con eso —comentó sin dejar de mirarla con intensidad para ponerla nerviosa.
—¿Si te pido algo más me lo darás? —probó suerte sin mucha fe.
—Sabes que no.
Lucía amplió su sonrisa y Tina la acompañó. Después, la chica volvió a ponerse seria, respiró hondo y miró con timidez a la profesora.
—Yo, en realidad, no debería hablarte de estas cosas. No quiero incomodarte, pero por un momento me he visto superada —confesó.
—Te entiendo. No deja de ser violento en mi situación, pero no por ello te voy a dar la espalda. Eso sí, insisto en que debes hacer tu vida y no esperar nada de mí más allá del aprecio que ya te tengo.
—Lo sé, pero no es tan fácil. En cualquier caso, es algo que solo debe afectarme a mí, no tengo por qué implicarte.
—Tina, no creas que soy una insensible, todo lo que haga y te diga es por tu bien y por tu felicidad.
El timbre que anunciaba que el recreo había terminado las sobresaltó y Lucía se quedó mirándola durante un instante.
No le gustaba que Tina lo pasara tan mal, pero sí verla levantarse, razonar y expresarse con la coherencia de una persona con más años.
Imposible para Lucía mirarla solo como a la niña que ya no era.
—Bueno, gracias por la charla —dijo Tina dirigiéndose a la puerta.
—¿Al final te vas sin tu beso?
No lo había podido evitar. Lucía vio cómo Tina volvía desconcertada sobre sus pasos y se preguntó por qué le había ofrecido el beso, si era como caminar sobre arenas movedizas.
Pero no, no lo había podido evitar. Quería darle ese beso porque sabía que le iba a insuflar ánimos y porque ella misma deseaba comprobar que era capaz de controlar su instinto sin rebasar el límite.
Pero, cuando Tina se acercó y los labios de Lucía contactaron con su mejilla, descubrió que el beso había dejado de ser un reto para convertirse en una necesidad.
Cerró los ojos y un cosquilleo le recorrió todo su ser.
En su boca estaba la piel de Tina, su calor, su vibración y una ternura que desplazaba al miedo.
Se sintió tan en paz, tan en casa, que, sin darse cuenta, un segundo beso sucedió al primero.
Tina se mantuvo en su sitio, respetando en todo momento la distancia que Lucía marcaba, mientras llegaba un tercer beso.
Después, se dieron el cuarto. Y entonces la paz se esfumó, en el justo instante en que Lucía se dio cuenta de que los besos se iban produciendo cada vez más lejos de las mejillas y más cerca de sus bocas.
Tenía que parar antes de que un error lo estropeara todo.
—Vuelve a clase, Tina —le pidió con el pulso acelerado separándose de ella.