Ella (Corazón de Pantera nº 5) 12 #4
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Mientras llegaban a la zona del pub, Lucía observó a su acompañante.

La situación continuaba igual que unas semanas atrás.

Seguían saliendo juntas, seguían compartiendo cama muchas noches y Lucía la respetaba guardándole una fidelidad que, probablemente, no correspondía a esa relación.

Porque aún no habían hablado de amor, aún no se consideraban pareja.

Era como si las dos se aferraran a algo que no sabían si era real.

Como si aquella particular relación fuera una tabla de salvación.

Marta necesitaba a Lucía para sentirse dominante y para reafirmar su condición de mujer atractiva y poderosa capaz de tener en sus manos a alguien tan impresionante.

Mientras que Lucía, aunque al principio se había dejado llevar sin más pretensiones, hacía un par de meses que usaba a Marta para huir de unos sentimientos que le daban pánico.

Mirándola, se sintió culpable al darse cuenta de que eso era lo que hacía con Marta: utilizarla como escudo.

Salieron del vehículo y esperaron la llegada de sus tres amigas, que habían aparcado unos metros más atrás. Marta se acercó a Lucía, la empujó hasta que las dos estuvieron ocultas tras un contenedor y la besó con pasión a la vez que le tocaba los pechos sin contemplaciones.

—Eres mía —le susurró—, nunca lo olvides.

Marta la cogió de la mano y tiró de ella hasta volver a situarse en un lugar visible.

Lucía se dejó hacer mientras volvía a mirarla y, de golpe, el remordimiento que la había asaltado un minuto antes cayó por su propio peso.

Sí, era cierto. Estaba utilizando a Marta como vía de escape, como arma contra Tina.

Pero no era menos cierto que Marta la estaba usando a ella como un juguete que necesitaba controlar y del que ansiaba presumir.

De repente, le pareció que ante sus ojos se habían materializado las reglas del juego y decidió, simplemente, jugar.

Una vez que las cinco volvieron a reunirse, se dirigieron entre risas hacia la entrada del Pantera.

Lucía y Marta continuaban cogidas de la mano hasta que la profesora dio un paso más y la rodeó por la cintura.

Marta correspondió dándole un beso al que Lucía sumó toneladas de ardor mientras la arrinconaba contra la pared.

Por un momento, Pilar, Lola y Celeste se desentendieron de ellas y atravesaron el portón del pub.

Unos segundos después, Lucía y Marta pusieron fin a duras penas al beso para seguirlas.

Sabían que esa noche sí que les esperaba una tórrida sesión de sexo.

Fue entonces cuando Lucía, por puro azar, miró a su alrededor y vio a un grupo de chicas que acababan de salir de un restaurante cercano.

Entre ellas, mirándola fijamente, estaba Raquel.

Le pareció leer en su rostro una expresión a mitad de camino entre el sarcasmo y el desdén.

Pero no le importó. No tenía nada que esconder y solo deseaba adentrarse en el Pantera y disfrutar de su condición de mujer libre.

En aquel momento, la sangre caliente venció a la inquietud.

Dio media vuelta, se olvidó de Raquel y puso en alma en olvidar también a Tina.

***

Acudió al instituto con una mezcla de sensaciones.

Le ilusionaba comunicar el resultado del concurso de relatos y ver la cara feliz de Sandra al saber que era la ganadora.

También tenía interés en volver a hablar con Tina para conocer si había novedades respecto a su situación familiar o si su ánimo había mejorado al saber que iba a viajar a Madrid con ella.

Y no podía negar que se sentía un tanto intranquila tras su encuentro fortuito con Raquel.

El día anterior, una vez pasada la calentura con Marta y los efluvios del alcohol, se había preguntado si la joven podría intentar causarle problemas.

No es que pensara que hubiera hecho algo malo ni que tuviera nada que ocultar, pero le preocupaba que Raquel pudiera usarlo como arma arrojadiza o como modo de extorsión.

Entró en la sala de profesores con menos ímpetu que otros lunes. Allí, la cara amable de Félix, las bromas de Sara y los comentarios exagerados de Sebas la hicieron sonreír y la invitaron a encarar las clases de mejor talante.

Un par de horas después, se dirigió a tercero B antes de que comenzara el recreo. En cuanto salió el profesor de Filosofía, Lucía entró en el aula y los alumnos la recibieron con expectación.

—Bueno, pues llegó el momento. Tengo que decir que para mí todos los relatos son ganadores, pero, lo siento, solo una pareja se puede llevar el premio. Y entre todos habéis decidido que esa pareja sea… ¡Tina Abad y Sandra Blanco!

Tras el anuncio, unos cuantos aplaudieron reconociendo el mérito de sus dos compañeras, mientras que otros mostraron su decepción por no haber ganado. Lucía comprobó que a Sandra le brillaban los ojos, mientras que Tina exhibía una leve sonrisa tratando de fingir sorpresa.

—Aquí os dejo las puntuaciones al completo. Hasta mañana.

Lucía clavó un folio con una chincheta en el pequeño panel de corcho situado al lado de la pizarra.

En el papel, junto al cómputo de votos, la profesora había escrito con letra enorme y en rojo que el viaje sería del seis al ocho de diciembre.

Después, salió al pasillo, esperó a que la clase se despejara y volvió a entrar.

Sabía que Tina, desde que no andaba con Raquel, prefería quedarse sola en el aula durante los recreos.

—Sandra se ha alegrado —comentó Lucía sentándose en la silla de Marijose.

—Me da igual Sandra. Yo me he alegrado —replicó enfatizando el «yo».

—No te pega nada ese discurso egoísta.

—Pues es lo que soy.

—Es lo que eras —matizó propinándole un pequeño pellizco en la oreja—. Bueno, ¿cómo te ha ido el fin de semana?

—Como siempre, no ha habido ninguna novedad.

—¿Le has dicho a tu madre que has ganado el viaje a Madrid?

—No. Me pediste que no se lo contara a nadie.

—Tina…

—¿Acaso no fue así?

—Sabes muy bien que me refería a la clase. ¿O me vas a decir que no se lo has dicho a Ángel?

Tina sonrió reconociendo que la había pillado.

—A él sí. A mi madre ya se lo diré, aunque podría irme y ni se daría cuenta.

—No digas eso. Seguro que se sentirá muy orgullosa de ti cuando lo sepa. Tienes que poner de tu parte, recuerda lo que hablamos el otro día.

—Sí, te haré caso.

—Y espero que estés centrada en los estudios, Tina. No me gustaría que ese asunto, el de Raquel y… otros te distraigan. La primera evaluación está muy cerca.

—No voy a suspender ninguna, Lucía.

—Espero que sea verdad. Respecto a Raquel, ¿todo sigue igual?

—Sí, ya lo ves. No quiere saber nada de mí.

—¿La viste el viernes en Shomos?

—Sí, pero me ignoró. Por cierto, nunca me has dicho si tú has pertenecido alguna vez.

—¿A Shomos? No. Me parece una asociación maravillosa y conozco a gente de allí, pero nunca he sentido la necesidad.

Ten en cuenta que yo era muy joven cuando conocí a mis amigas y ellas fueron mi gran apoyo.

Pero me parece fantástico que tu padre te llevara y que lleves dos años asistiendo a sus reuniones.

Debe servirte para conocer a más gente como tú y, sobre todo, para que recibas mucha información.

—Me sirvió para ir al Pantera, ¿te parece poco?

Lucía le pidió silencio con un gesto de su dedo y Tina se cerró la boca con una llave imaginaria. Después las dos sonrieron.

—Oye, ¿con Raquel tenías mucha confianza? ¿Le contabas tus asuntos personales? —quiso saber Lucía.

—Sí, ella conoce muchas cosas sobre mí.

—Pero… ¿todas?

—¿Qué quieres saber? ¿Si le he hablado de ti?

—Sí. ¿Hasta qué punto está al tanto de nuestras cosas?

—Suena bonito eso de «nuestras cosas». Parece que tú y yo tengamos algo en común.

—Tina…

—Perdón, no lo decía con mala intención.

—Bueno, tampoco deja de ser cierto que tenemos algo en común. Existe una relación entre alumna y profesora muy gratificante.

—Ya.

—Y cierto afecto, ¿para qué lo vamos a negar?

—Menos da una piedra.

—Qué boba eres. Pero no me has contestado.

Tina se puso seria y se mantuvo en silencio durante unos segundos antes de ofrecerle una respuesta.

—Pues, al principio del curso, cuando tú y yo no nos hablábamos, ella se interesó y, bueno, pues, sí, le conté lo que había pasado en el Pantera. Le confié mis sentimientos hacia ti y me lamenté porque tú no me correspondías y no querías ni mirarme. Me sentía una apestada.

—Sabes bien que eso no era así.

—Era mi percepción en ese momento. Fue un comienzo de curso muy duro para mí.

—Lo sé —dijo y prefirió callar que para ella había sido igual de difícil.

—Siento habérselo contado, aunque, en cierto modo, me lo sonsacó.

Además, yo estaba convencida de que tú y yo nunca íbamos a tener la más mínima relación.

Era como hablarle de alguien completamente ajeno a nuestras vidas.

Desde que aclaramos las cosas, no he vuelto a hablarle sobre ti.

Prefiero reservarme lo que pienso y lo que siento.

Y también lo que hablamos. Son nuestras cosas, como tú dices, y no tiene por qué saberlas.

—Me parece bien. Y no te sientas mal por haberle desvelado detalles. Entiendo que estabas superada y seguro que te vino bien poder desahogarte. Sobre todo, teniendo en cuenta que estabas ocultando a Ángel tu sufrimiento.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Lucía se limitó a sonreír y se levantó.

—Voy a ver si me da tiempo a tomarme un café, que los lunes me cuesta venir despierta.

—Vale, pero ¿cómo sabes que…?

—Sé buena, bicho —dijo a modo de despedida.

Lucía abandonó el aula y bajó a la cafetería.

Por el camino se cruzó con Raquel, que daba cuenta de un zumo sentada en un banco de la planta baja del edificio.

Se saludaron como si nada y Lucía sintió alivio por no ver señales de peligro en su mirada.

Raquel era tan guapa como enigmática. Quiso pensar que la chica no hablaría a nadie de lo ocurrido a las puertas del pub. Pero se equivocaba.