12 #3
—Pues, vivir, Tina, vivir. Disfrutar de lo bueno que viene, sobre todo de lo inesperado.
Y levantarte y continuar cuando un momento vital no es tan bonito.
Siempre hay que aprender y avanzar. Y, aunque te niegues y no te guste, apoyarte en las personas que hay a tu alrededor porque entonces todo se vuelve más fácil.
—Me apoyo en Ángel.
—Bueno, pues ahora también te puedes apoyar en mí —afirmó frotándole la espalda con cariño— e incluso en Sandra.
Tina reaccionó bufando con paciencia y provocando la sonrisa de Lucía.
—Y en tu madre, Tina.
—No, de verdad. Mi madre…
—Tu madre debería ser tu persona de referencia.
—Bueno, pues no lo es. Ya te he contado lo suficiente de ella como para que lo sepas.
En efecto, Tina le había hablado varias veces a Lucía sobre su madre. La relación entre las dos no era buena en absoluto y Lucía no acababa de entender el nulo instinto maternal del que parecía hacer gala Paz Abad.
—¿Y cómo está la situación? Porque me dijiste que tu madre estaba más tranquila —se interesó Lucía.
—Estuvo unas semanas distinta y hasta se podía hablar con ella. Pero desde que ha dejado de hacer turno doble en la fábrica y coincidimos más en casa, es insufrible.
—Tina, tengo que hablar con ella.
—No, por favor.
—Es necesario.
—Que no.
—Pero ¿por qué?
—Porque si se entera de que te ando contando cosas, luego lo pagaré yo.
—No creo que sea así, Tina. Hablas de tu madre como si fuera un monstruo.
—No digo que lo sea. Solo que no me soporta y no quiero remover nada, así que, por favor, no la llames.
—¿Eres consciente de que, tarde o temprano, me reuniré con ella?
—Es que no va a servir de nada. Mi madre no me quiere y yo a ella tampoco.
—No, eso no puede ser cierto. Ninguna de las dos cosas.
Tina agachó la cabeza y permaneció en silencio.
A Lucía se le encogía el corazón viéndola tan triste y sabiendo que no era feliz en casa.
Por mucho que la joven se negara, pensaba citar a su madre.
No perdía la esperanza de sacar algo en claro de esa conversación.
Necesitaba intervenir y tratar de ayudar, aunque sabía que debía ir con mucho tiento, pues la situación no era fácil y el carácter de Paz menos aún.
—Tina, sé que ahora mismo piensas que todo se te ha vuelto en contra y que una buena relación con tu madre es imposible, pero no te puedes rendir.
—¿Y qué quieres que haga?
—Intenta demostrarle tu cariño. Porque yo sé que lo sientes, aunque digas que no.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque te empiezo a conocer lo suficiente. Me decepcionaría mucho que te dejaras llevar por la corriente sin luchar.
—Bueno, lo intentaré —dijo sin demasiada fe.
—Y acuérdate de buscar apoyos y de dejarte ayudar. Yo estoy aquí, ¿vale? Estaré pendiente de lo que puedas necesitar, sobre todo en lo concerniente a tu madre.
Tina no pudo responder porque una voz llegada desde el cruce del pasillo interrumpió la charla.
—Lucía, por fin te encuentro. Te estaba buscando —voceó entre resoplidos Miguel Cózar, el jefe de estudios, al que ascender con prisa hasta el segundo piso le debía haber resultado una tortura debido a su excesivo sobrepeso.
Tras llamarla, el hombre se quedó un momento anclado a la baranda mientras recuperaba el resuello.
—Voy en seguida. Anda, vamos —añadió dirigiéndose a Tina.
Mientras caminaban al encuentro del profesor, Lucía la miró sonriendo y decidió regalarle el bálsamo que tanto necesitaba y merecía.
—Te voy a decir algo que te hará sentir mejor, pero tienes que prometerme que no dirás nada, ni siquiera a Sandra.
—Claro.
—Prométemelo —exigió.
—Te lo prometo.
—Has ganado el viaje —le reveló acercándose al máximo para susurrarle al oído.
Tina se detuvo para mirarla de lleno. En su rostro había tanta incredulidad como alegría.
—¿Y cómo lo sabes? No has hecho el recuento.
—No ha hecho falta llevar la cuenta, os ha votado la gran mayoría de la clase.
—¿Y por qué no lo has dicho cuando te lo han preguntado?
—Porque he considerado que había que darle emoción. Además, prefiero hacer pública la clasificación completa con todas las puntuaciones.
—Incluida la mía —apuntó con ironía.
—Incluida la tuya, deshonesta e innecesaria. Bicho, que eres un bicho.
Llegaron por fin al lugar donde Miguel esperaba y Tina lo saludó antes de dejarlos solos.
—¿Estás contenta? —quiso saber Lucía cuando la chica enfiló las escaleras.
—Ni te lo imaginas —contestó ella.
Se despidieron y Lucía se la quedó mirando durante unos segundos. Tina era muy joven, pero cargaba con un peso mucho mayor que su mochila llena de libros. También era especial. Peligrosamente especial.
—No me digas que te tutea —comentó Cózar sorprendido.
—Es una larga historia —se limitó a responder.
El jefe de estudios comenzó a hablarle, pero ella ya solo podía sentir un gran vacío al perder a Tina de vista.
***
Lucía se desperezó después de disfrutar de una corta siesta.
La noche anterior había salido con sus amigas y había regresado a casa más tarde de lo esperado.
Tras dormir pocas horas, se había dedicado a la limpieza del piso y a preparar las clases de la semana siguiente.
Pero se había amodorrado y había acabado dormitando en el sofá.
Al despertar, sonrió sabiendo que le esperaba otra larga noche de descoque.
Necesitaba bailar, bromear con las chicas y olvidarse de todo lo demás por unas horas.
Miró el reloj. Quedaba tiempo suficiente para seguir trabajando antes de comenzar a vestirse para salir. Al día siguiente ya descansaría. Si conseguía adelantar, dispondría de más tiempo para pasar con su familia y para encarar el lunes con brío.
La tarde voló sin darse cuenta y tuvo que darse prisa en arreglarse antes de que Marta se impacientara cuando fuera a recogerla. Consiguió terminar a tiempo y a la hora acordada se reunieron en la tasca de siempre con el resto de la pandilla.
—Estaba pensando que deberíamos reservar en el Leonardo dentro de un par de semanas —propuso Pilar cuando ya habían agotado la primera cerveza—. Se acerca la navidad y nos merecemos un extra.
—Toda la razón, cariño —la secundó Lola—. Pero habrá que esperar a que Lucía vuelva de ese viaje que ha decidido hacer sin nosotras —la pinchó mientras engullía un trozo de queso.
—De verdad, pero qué borde eres, tita. ¿Acaso has hecho el trabajo de Francés que se han tenido que currar mis alumnos?
—No.
—Pues, lo siento, pero era condición indispensable.
—No tienes ninguna razón. Llevamos media vida esperando ir a Madrid contigo y ahora decides irte con un par de mocosos.
—Perdona, pero te recuerdo que pasé casi dos años allí y nunca os dignasteis a hacerme una visita.
—Eres una rencorosa.
—Y tú una tocapelotas. Pero, aun así, te quiero.
—No te me pongas tierna, que no te pienso perdonar.
—Dejad de pelearos, parecéis dos crías —las reprendió Pilar.
Lucía guiñó un ojo a Lola y las dos sonrieron.
—Vale, jefa, entonces, ¿te encargas tú de reservar en el Leonardo? —preguntó Lucía a Pilar.
—Sí, yo me ocupo. En cuanto sepa el día que tenemos la comida con los compañeros de Hacienda, busco hueco. Celeste, ¿vosotros tendréis comida de empresa?
—Sí, pero será cena —contestó la joven y algo turbio se instaló en su rostro, como cada vez que alguien hacía alguna referencia a su trabajo—. Creo que será el viernes doce.
—Entonces esa noche no saldrás con nosotras —supuso Lola—. Lo normal es que después te vayas con ellos a tomar una copa.
—Oh, te voy a echar de menos, enana —dijo Lucía en tono meloso abrazándose a Celeste.
—Bueno, pues me encantará cambiar por una vez y cenar en un restaurante… distinto a esto —gesticuló Marta con cierto desprecio. Le molestaba ir tan a menudo a la tasca. Y también le molestaba que Lucía regalara arrumacos a alguien que no fuera ella.
La cena se alargó y salieron del local rozando la medianoche. Se repartieron entre el coche de Lola y el de Marta y se dirigieron al Pantera.
—De verdad, no entiendo que hagáis siempre lo mismo —se quejó Marta en cuanto se quedó a solas con Lucía.
—¿Ya estamos? Te repito por enésima vez que nos gusta ese sitio y que, a fin de cuentas, lo que buscamos es compartir un buen rato juntas.
—Lo entiendo, pero es que es siempre lo mismo: Tasca Casa Justo y Pub Pantera. Un fin de semana tras otro.
—Pues, Marta, en Casa Justo nos sentimos a gusto, más que en cualquier otro bar. Y lo del Pantera no creo que haga falta que te lo explique.
—Ya.
—No sé qué te pasa esta noche. Te he visto demasiado picajosa.
—A lo mejor es que no me gusta que andes dando tanto abrazo y tanto beso.
—¿Qué? —se giró sorprendida hacia ella—. ¿Lo dices por el achuchón que le he dado a Celeste? Por favor…
—Lo siento, pero me parece que eres demasiado efusiva.
—Marta, soy efusiva con mi gente. Como tú comprenderás, no voy por la calle dando abrazos a cualquiera que se cruce en mi camino. Es que… no me lo puedo creer. Celeste es como mi hermana pequeña. No entiendo tu actitud.
—¿Y yo? ¿Acaso no soy tu gente? Porque conmigo te cuesta más tomarte esas confianzas en público.
—Puede ser, porque nos conocemos desde hace menos tiempo. Pero lo que ocurre en privado entre nosotras, eso solo lo disfrutas tú. ¿No te basta?
Lucía había planteado la cuestión con un tono de voz sensual que encendió a Marta. El color de su mirada cambió de repente y aprovechó que estaban detenidas en un semáforo para deslizar su mano por la entrepierna de Lucía.
—Aquí no. Luego —le pidió.
—Ayer me hubiera gustado pasar la noche contigo.
—Estaba muy cansada, Marta. Necesitaba dormir sola.
—Pues lo que has conseguido es que hoy te tenga ganas dobles.
Lucía sonrió y le acarició con suavidad la cara. Fue un gesto breve y sutil que bastó para que Marta se relajara.