Ella (Corazón de Pantera nº 5) 12 #2
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Tina se aproximó a la mesa de Lucía y esta le pidió que se sentara justo a su lado, en una silla que había colocado previamente para la ocasión.

La chica tomó el papel y el bolígrafo y comenzó a escribir.

Lucía se estremeció al percibir su olor y tuvo que esforzarse para no cerrar los ojos y rendirse a la vibración que le producía tenerla tan cerca.

Reaccionó recordando que era su profesora y que debía comportarse como tal.

Fue entonces cuando prestó atención a los nombres que Tina había escrito y se sorprendió.

¿Inés y Edu? ¿En serio? Su cuento de miedo era el peor de los catorce con diferencia.

Era evidente que Tina había decidido dar su voto a la pareja con menos posibilidades con el único fin de aumentar las suyas.

—Eso es juego sucio —le recriminó susurrando.

—El gusto es algo muy relativo —replicó poniéndose de espaldas al resto de la clase para que nadie pudiera escucharla.

—Tina…

—Además, a ellos les alegrará saber que alguien valoró su trabajo. ¿O prefieres tener que decirles que no les ha votado nadie?

—La madre que… Vete de aquí.

Lucía la observó mientras regresaba a su rincón de la última fila.

Quería pensar que estaba indignada con ella, pero lo cierto era que le había hecho gracia su treta y su cara de no haber roto un plato en su vida al tratar de justificarse.

Le estaba costando lo suyo esconder la risa y tuvo que admitir que difícilmente podría enfadarse con Tina.

Tras ella, los demás chicos fueron pasando por la mesa para dar su voto.

Tal y como suponía, casi todos eligieron como ganador el trabajo de Sandra y Tina.

Una de las pocas excepciones fue Raquel.

Ni siquiera se sentó para escribir su veredicto.

Tampoco miró a Lucía. La profesora no podía saber si era por aversión personal o porque no se encontraba de buen humor.

El caso es que trató de hacerlo en el mínimo tiempo posible antes de regresar a su pupitre con cara de pocos amigos.

Lucía decidió ignorarla, apiló las papeletas al escuchar el timbre que ponía fin a la jornada lectiva y, aunque conocía de sobra el resultado, decidió que daría la noticia sin prisas.

—Chicos, que paséis un buen fin de semana. En la próxima clase os comunicaré cuál es la pareja ganadora —anunció mientras recogía sus cosas.

Su sorpresa fue que los alumnos, en vez de salir en estampida como cualquier otro viernes, se pusieron a protestar porque no querían quedarse con la intriga.

—Pero ¿qué más os da esperar? Son las tres, marchaos a casa ya.

—Lucía, no nos puede dejar así —le rogó Rafa Almazán.

—Tengo que hacer el recuento, entiéndelo.

—Pues hágalo ahora —suplicó el delegado de la clase.

—Ni hablar, Rafa. El timbre ha sonado y no quiero saber nada más de vosotros hasta el lunes —bromeó.

—Es que el lunes no tenemos Francés —le recordó el chico.

—Bueno, pues el martes.

—Venga, Lucía, no nos maltrate de esta manera.

—¿Perdona? ¿Maltrato? Os voy a tener que empezar a maltratar de verdad para que os quejéis con razón.

—Era una broma, seño —aseguró con tono lastimero—. Es que necesitamos saber quién se va a Madrid.

—¿Tantas ganas tenéis de saberlo?

—Sííí —contestó el grupo al unísono.

—Pero si el premio es un rollo y encima os va a tocar ir conmigo.

—No nos va a convencer, Lucía. Por favor, haga el recuento —insistió—. Hemos trabajado mucho para escribir las historias. ¿O acaso no nos ha felicitado por lo bien que lo hemos hecho?

—Uy, Rafa, cuando quieres, eres todo un manipulador —dijo antes de reír con él—. Está bien. Os lo diré el lunes, ¿de acuerdo? Aunque no tengamos clase, me pasaré un momento para dar el resultado.

—Pues tampoco es que hayamos adelantado mucho —le reprochó Rafa con simpatía abandonando el aula junto a otros compañeros.

Lucía continuó sonriendo y se asomó al pasillo buscando entre la maraña de gente.

Sabía que Sara, la profesora de Química, acababa de dar clase en tercero A.

Cuando por fin la vio, le hizo un gesto para que no se marchara y fue a su encuentro.

Mientras se saludaban, vio de reojo pasar a Raquel a toda prisa y a Sandra con la vista pegada al suelo.

Unos segundos después, apareció Tina, sola y un tanto apagada.

—No te vayas, quiero hablar contigo —le pidió Lucía.

Tina le dedicó un amago de sonrisa y se quedó esperando a unos pasos de las dos profesoras.

—Bueno, dime qué necesitas sin rodeos —reclamó Sara.

—¿Que te hace pensar que necesito algo?

—Me has invitado a un café en el primer recreo y a un croissant en el segundo.

—¿Y qué pasa? ¿No puedo ser generosa con mi querida amiga Sara, la mejor compañera que se puede tener?

—Madre mía, esto empeora a pasos agigantados. Anda, desembucha.

—Bueno, es que sabes que tengo un viaje pendiente.

—Sí, lo sé.

—También sabes que mi coche… pues tiene ya sus años.

—¿Coche? Eso no es un coche, es una lata de sardinas con ruedas —dijo Sara riendo.

—¡Oye! No te metas con mi R5. Es precioso y va muy bien, pero a Madrid iría más segura en otro.

—Ya. Y por otro te refieres al mío, claro.

—Es que, Sara, tienes un coche tan bonito y tan nuevo.

—Qué cara tienes.

Las dos rieron y Lucía advirtió que Tina se alejaba y dejaba que la vista se le perdiera a través de la ventana del pasillo. De repente, le entró la urgencia por terminar la conversación con Sara para ir junto a la chica.

—Entonces, ¿me lo dejarás? Solo van a ser tres días.

—Sí, tres días, pero justo los del puente. ¿Y si yo también me quiero ir de viaje?

—No me has contado nada de que te vayas a ir.

—Pues, mira, es probable que hagamos una escapadita.

—Vaya —se lamentó Lucía.

—No seas tonta —la zarandeó Sara recuperando la sonrisa—. Solo te hacía rabiar. Es cierto que estamos pensando salir unos días, pero lo haremos en el coche de mi marido. Así que cuenta con él. Eso sí, no le hagas ni un rayajo o te mataré.

—Muchas gracias —dijo Lucía y le regaló un cariñoso abrazo.

—Gracias no. Ya me lo cobraré, puedes estar segura.

Sara le dio una palmadita en el brazo antes de despedirse y Lucía llamó por fin a Tina. Se sentaron en el banco que había junto al aula y la joven soltó su mochila en el suelo como quien se libera de una pesada carga.

—Tina, me tienes preocupada.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Mira, espera un momento —dijo e introdujo la mano en su bolso. Tras unos segundos, sacó un pequeño espejo y la invitó a mirarse—. ¿Tú qué ves?

Tina se observó apenas un instante. Después, apartó la vista, pero no habló.

—Hace días que te veo deprimida.

—Normal, la vida es una mierda y se me ha ido de las manos —aseguró con voz desganada.

—¿Por qué no me cuentas qué ha pasado?

—¿Te acuerdas cuando hablamos en el box? Te dije que no quería tener amigos ni querer a nadie.

—Sí, me dijiste que los sentimientos debilitan y te hacen vulnerable, lo recuerdo muy bien.

—Pues me reafirmo. Tenías razón, al final he bajado la guardia y he sido capaz de querer a algunas personas, pero todo ha ido mal, la vida es muy complicada y estoy harta.

—¿Tu enfado tiene que ver con Raquel?

—En parte. ¿Cómo lo sabes?

—Bueno, durante todo el curso, a vuestra manera, habéis sido inseparables, pero hace días que os veo a las dos con caras largas y sin hablaros. Además, yo no debería desvelar el secreto, pero no os habéis votado en el concurso, a pesar de que vuestros trabajos eran los mejores.

—Así que ella tampoco me ha votado…

Lucía se limitó a negar con la cabeza, pero no dijo nada más. Prefería que fuera Tina quien continuara.

—¿Sabes que Raquel es lesbiana?

—Sí —contestó sorprendida por el giro de la conversación y temerosa de hacia dónde pudiera derivar.

—¿Y sabes que yo le gusto?

—Es tan evidente como que ella a ti no.

Tina cabeceó negativamente con más rotundidad de la que Lucía hubiera esperado. Una vez más, su corazón se debatió entre lo que deseaba y lo que consideraba razonable. Al final, la sensatez ganó la batalla.

—Pues es una pena, Tina, porque Raquel es una chica muy atractiva y seríais una pareja perfecta.

—Puede ser, pero, yo ya estoy enam… —se detuvo, suspiró con resignación y continuó hablando—. Bueno, el caso es que como no he querido ser su novia, ahora ella no quiere ser mi amiga. Y parece que no hay vuelta atrás.

—Ya veo que te ha afectado. Pero, Tina, no creo que su decisión sea definitiva. Raquel es una chica muy madura, me doy cuenta de que tiene las cosas muy claras, pero en el fondo no deja de ser una chiquilla. Cuando se le pase un poquito seguro que vuelve a buscarte.

—Es que no sé si quiero que vuelva. Estoy hecha un lío y ya ni yo me aclaro.

Pienso que me gustaría recuperarla y un minuto después me convenzo de que prefiero estar sin ella.

Y no solo me pasa con Raquel. A ratos miro a Sandra y desearía no volver a hablar nunca más con esa flojeras, pero me doy la vuelta y empiezo a comportarme como si fuera su madre. ¿Tú lo entiendes?

Lucía rio con ternura. Le gustaba descubrir a la Tina sensible y afectiva, a la Tina vulnerable que llevaba años pretendiendo no ser. El cariño la había atropellado por varios frentes distintos y le estaba costando gestionarlo.

—Vivir es duro y empiezas a curtirte. Algún día echarás de menos estos conflictos, cuando sufras los verdaderos problemas de la vida.

—Sí, ya sé que todo esto son tonterías, pero me tienen derrotada. Yo tenía planeada una vida que no tenía nada que ver con esto.

—Es que has de aprender, querido bicho mío, que la vida no se puede planear. Al menos no hasta el extremo que tú pretendías.

—Yo creía tenerlo todo muy claro.

—No, si claro lo puedes tener. Y hasta puedes dibujar un boceto de lo que crees que puede ser tu camino. Pero luego están las personas que llegan, que pasan, que se van… Y están los imprevistos con los que no habías contado. Y entre las personas y los imprevistos, te lo ponen todo del revés.

—¿Y qué se hace entonces?