12
Unos días después, cuando se cumplió el plazo de entrega, Lucía recogió los catorce relatos y se dedicó durante el fin de semana a leerlos.
Se sentía orgullosa del trabajo realizado por todos los chicos.
Era evidente que no todos llevaban un escritor dentro, pero valoraba el esfuerzo y lo tendría en cuenta en la primera evaluación.
Al fin y al cabo, lo importante era el uso del idioma y no la redacción en sí. Para eso ya había otras asignaturas.
Tina y Sandra habían presentado un trabajo perfecto.
Habían sabido conjugar una buena narrativa con el sentido del humor de Tina y les había quedado una historia bien escrita y muy divertida.
Si de Lucía hubiera dependido, el premio habría sido para ellas, pero tenía decidido que el cuento ganador sería elegido por los propios alumnos.
Le pareció que sus rivales podrían ser Raquel y Vero, aunque consideraba que su relato de policías, pese a ser bueno, no podía hacer sombra al de Sandra y Tina.
En cualquier caso, obviando lo académico, Lucía se sentía satisfecha porque había conseguido despertar en Tina un afecto hacia su compañera.
Sabía que se habían reunido a diario, que Sandra se había ido mostrando, poco a poco, más comunicativa y que a Tina hasta le había llegado a resultar graciosa.
Le costaba admitirlo, pero Sandra se le había colado en el corazón.
—Chicos, me tenéis muy contenta —les aplaudió al comienzo de la clase siguiente—.
Hoy vamos a empezar a escuchar los relatos para que todos los disfrutemos y podamos elegir el ganador.
Poneos de acuerdo en qué parte va a leer cada componente de la pareja.
Y ahora es cuando Raúl se alegra de no tener que escenificar en público un montón de escenas porno —dijo provocando la carcajada de todos y un gesto cómplice del propio adolescente.
—Más me alegro yo —intervino con alivio Marijose, a quien le había tocado ser compañera de trabajo de Raúl.
Una vez que se apagaron las risas, Lucía dio paso a Tina y a Sandra.
Las hizo salir junto a la pizarra y, mientras se acercaban a su posición, se dio cuenta de que Tina estaba un poco seria mientras que Sandra temblaba como una hoja al viento.
Cuchichearon dando la espalda a los demás durante un instante, hasta que Tina se dirigió a ella.
—Si a usted no le importa, voy a leer yo todo el relato —anunció.
—¿Por qué? Deberíais hacerlo entre las dos —exigió ignorando la gracia que le hacía cada vez que Tina le hablaba de usted en clase.
—No me importa ocuparme yo sola.
—Vale, pero tenéis que intervenir todos porque, entre otras cosas, tengo que valorar la pronunciación.
—Es que a Sandra le duele mucho la garganta. No está en condiciones de leer, está sin voz.
Lucía reflexionó mirándolas. Sabía que Tina estaba mintiendo, pero le gustaba ese comportamiento que había decidido exhibir, verla interceder a favor de su compañera.
Por otro lado, no quería forzar a Sandra.
En otras ocasiones ya había hablado en clase para corregir ejercicios, pero si aquel día se encontraba especialmente asustada, prefería dejarle margen. Con ella quería ir despacio.
—Está bien. Pues cuando quieras.
Tina comenzó a leer y durante muchos minutos mantuvo a sus compañeros entretenidos con la historia.
Mientras los chicos reían, Sandra hacía lo propio con timidez y Lucía con orgullo.
Después, fue el turno de otras dos parejas hasta que la clase concluyó.
Faltaban unos minutos para que sonara el timbre cuando Lucía se despidió hasta el día siguiente, pero, antes de abandonar el aula, llamó a Sandra y la esperó en el pasillo, que en esos momentos se encontraba desierto.
La chica fue a su encuentro con la mirada baja y retorciéndose los dedos.
—Me ha encantado vuestro trabajo —dijo para empezar la profesora, buscando que Sandra se relajara.
—Gracias.
—Sé que las dos habéis puesto vuestro granito de arena, pero juraría que la parte bonita ha corrido por tu cuenta y te quería dar la enhorabuena.
—Gracias —repitió—, pero ha sido cosa de las dos.
Lucía sonrió. Le estaba gustando conocer la versión protectora de Tina y la generosa de Sandra. Quería pensar que un hilo comenzaba a unirlas.
—Veo que ya estás mejor de la garganta.
Sandra volvió a clavar la vista en el suelo. El miedo a una posible regañina la atenazó.
—¿Te daba corte leer delante de tus compañeros?
—Es que no quería que se rieran de mí.
—¿Y por qué iban a hacerlo?
—Porque me pongo nerviosa y tartamudeo y se me cruzan las palabras.
—Entiendo. No pasa nada, Sandra. Es cuestión de práctica, aunque supongo que lo habrás hecho cientos de veces en todos estos años.
—En Literatura sí, pero en Francés no. Solo frases sueltas, pero no textos largos —se justificó.
—Vale, mira, aquí tengo vuestro trabajo —dijo extrayendo un separador lleno de folios de su maletín—. ¿Serías capaz de leerme un poquito? Aquí no te escucha nadie.
Las hojas temblaron al caer en las manos de Sandra y ella respiró hondo para sacudirse los nervios.
—Yo no me voy a reír de ti. Si te equivocas, vuelves atrás y continúas. ¿Te parece?
—Bueno —aceptó sin más remedio.
—Pues, venga, que tengo muchas ganas de darte un diez.
Y Sandra leyó un fragmento de su propia obra.
Comenzó tensa y terminó sintiéndose tranquila, sabiendo que Lucía era un lugar seguro.
La profesora, por su parte, había obtenido con cariño la prueba de pronunciación que necesitaba.
Era consciente de que no podía sobreprotegerla en exceso, pero necesitaba conocer más de ella para saber cómo actuar y hasta dónde podía llegar cuando tuviera que presionarla.
—Muy bien, suficiente —detuvo la lectura cuando el timbre sonó—. ¿Ves como lo haces estupendamente? La próxima vez saldrás a la pizarra con confianza, ¿de acuerdo?
—Vale —contestó sin demasiado convencimiento.
—Anda, vuelve dentro.
Lucía se dirigió a su siguiente clase y, casi sin darse cuenta, la mañana voló.
Al salir del instituto, algo llamó su atención.
Tina y Raquel, que solían compartir las idas y venidas al instituto, se marchaban cada una por su lado.
Vio como Tina miraba a su amiga desde la distancia con cara de circunstancias mientras Raquel parecía preferir ignorarla.
Solo entonces cayó en la cuenta de que durante los dos días anteriores tampoco las había visto juntas en ningún momento.
Intuyó que podría haber algún problema que pudiera haberlas distanciado, pero decidió esperar a que fuera Tina quien se lo contara.
Aun así, ¡qué diablos! La parte más visceral y menos sensata de Lucía no pudo evitar sonreír con malicia.
***
El amanecer de un nuevo viernes le proporcionó la ilusión que necesitaba para compensar la falta de energía con la que llegaba al final de la semana.
Y es que, a pesar de lo enamorada que estaba de su trabajo y del ímpetu con el que afrontaba cada clase, sus fuerzas se iban agotando con el paso de los días, con el desgaste de las horas, con las tareas y correcciones que le ocupaban las tardes y la maraña de pensamientos que la entorpecían por las noches.
Pero llegaba el viernes y algo dentro de ella se activaba.
Sabía que unas horas después sería libre, que saldría de fiesta con sus amigas, que iría el domingo a comer con sus padres, que podría dedicar algo de tiempo para sí misma.
En definitiva, llegaba su momento de quitarse el traje de profesora y ser, simplemente, mujer.
Estaba a punto de terminar la mañana cuando Lucía se dirigió a dar la última clase a tercero B.
En su corazón y en su mente se libraba una lucha feroz.
Había confirmado en los días anteriores que Tina y Raquel ya no se hablaban.
Era algo que, al mismo tiempo, le alegraba y le inquietaba.
A nivel personal, no podía evitar sentir una satisfacción egoísta e insana.
Por otro lado, era consciente de que la felicidad de Tina dependía de vivir una historia real con alguien como Raquel y no sufrir por un amor imposible.
Lo mejor para Tina era que se reconciliara con su amiga y se olvidara para siempre de ella.
Entre tantas dudas, su único sentimiento cierto era la preocupación.
Tina estaba más seria de lo normal, se diría que hasta triste, y no soportaba verla así.
Tenía decidido abordarla en el pasillo para conversar, pero antes debía centrarse en la clase.
Lucía entró en el aula e invitó a salir a la pizarra a la última pareja que aún quedaba por exponer su trabajo. Permaneció atenta a la lectura y, cuando el relato terminó, se sumó a los aplausos de los otros alumnos.
—Muy bien, tengo que felicitaros porque en general los trabajos han sido muy buenos —repitió con orgullo su apreciación del primer día.
—¿Y quién gana el premio? —quiso saber Vero, la compañera de tarea de Raquel.
—Lo decidiremos entre todos en votación casi secreta. En caso de empate, me reservo el derecho de elegir.
—¿Y cómo se hace una votación casi secreta? —preguntó Marijose desde el pupitre contiguo al de Tina.
—No es secreta del todo porque yo sí sabré a quién votáis. De alguna manera tengo que asegurarme de que no os dais el voto a vosotros mismos —explicó con sonrisa traviesa.
Abrió la pequeña carpeta marrón por la primera ficha.
Por más días que pasaban, por más veces que lo hacía, no superaba esa sensación de ver ahí la foto y los datos de Tina.
La llamó con naturalidad mientras sacaba de su maletín un taco de pequeños trozos de papel donde los alumnos irían anotando sus votos.