Ella (Corazón de Pantera nº 5) 11 #3
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—Como comprenderás, a mí me parece estupendo. Es solo que te vuelvo a advertir lo que ya te dije una vez. Como le hagas ojitos o le regales una sonrisa picarona, es capaz de caer redonda al suelo.

—Pero qué borde eres —volvió a reír con ganas—. Exagerada…

—Te lo digo en serio, Lucía. Sandra es demasiado sensible y tímida. Si no espabila, no va a ligar en la vida.

—Pero ¿quieres dejarla en paz?

—A mí en realidad me da igual. Terminaremos el cuento y no volveré a hablarle en la vida.

—Mira, no digas eso o te tendré todo el curso haciendo trabajos con ella —la amenazó sacando a pasear su dedo índice.

—Es que bastante tengo con lo que tengo. Acabará por contagiarme su tristeza.

—¿Y no crees que podrías ser tú quien le contagiara algo bueno?

—No sé si tengo algo bueno que contagiar. En cualquier caso, no es mi función en esta vida.

—Tina, no te empeñes, no me vas a convencer de que eres el lobo feroz.

—Tampoco soy un angelito como Sandra.

—No hace falta ser un santo ni un demonio. Hay maravillosos términos medios.

—Vale, pero los nuestros son términos medios muy alejados. Yo no tengo nada que ver con ella.

—Discrepo.

—¿En serio? Pero si ella es la melancolía personificada. Es un poste inmóvil en clase y en su casa un pajarillo feliz de vivir en una jaula. No quiere saber nada de lo que hay fuera. Cualquier día saldrá a la calle con escafandra.

—Bueno, pero no seas cruel con ella. Sandra es una persona especial y no voy a consentir que la ridiculices.

—Para nada. Si ayer hubo un par de momentos en que hasta llegamos a conversar como personas normales. Pero es que, de repente, se desconecta y a mí me desespera.

—Ten paciencia. Todos tenemos nuestras particularidades.

—Lo sé. Pero no deberías habernos emparejado.

—Estoy convencida de que al final te alegrarás.

—Me da la sensación de que lo has hecho para intentar que seamos amigas y te aseguro que eso no pasará jamás.

—Muy convencida te veo.

—Por supuesto. Somos completamente incompatibles.

—Pues yo creo justo lo contrario.

—Ni hablar, Lucía.

—Mira, me agotas, Tina. Encima al final voy a llegar tarde por tu culpa —protestó cuando llegaron al segundo piso—. Anda, bicho, tira para tu clase. Yo me voy a COU C. Nos vemos más tarde.

—Te voy a echar de menos —dijo fingiendo que lo decía de broma, aunque las dos sabían que era cierto.

—Yo a ti no —aseguró sacándole la lengua antes de que cada una se dirigiera sonriendo a su aula.

Al día siguiente, durante el recreo, el director llegó a la cafetería, reclamó la atención de Lucía y en cuanto estuvieron solos le entregó un pequeño papel.

—Esto es lo que te he podido conseguir. Ha sobrado de una partida y los he convencido de que no había nada mejor en lo que emplearlo. ¿Sabes ya la fecha? ¿Estás ahí?

—Sí, perdona —se disculpó Lucía, que se había quedado distraída mirando la cifra que Juan había apuntado en el papel—. Había pensado aprovechar el puente.

—Queda un mes.

—Sí.

—Fenomenal, dará tiempo a preparar el papeleo. ¿Habrá suficiente?

—Hay de sobra para las entradas y, si vamos en coche en vez de en tren, creo que nos llegará para un hotel decente.

—Pues estupendo. Pero no me vuelvas a pedir algo así, que me ha tocado pelear más de lo que te imaginas.

—No te preocupes, Juan. Te lo agradezco muchísimo.

—Tú verás cuando se enteren tus compañeros. Se me van a poner en fila en el despacho.

—Seguro que los convences de que ha sido algo extraordinario.

—¡Y tan extraordinario! —recalcó resoplando.

—Además, que hubieran tenido ellos la iniciativa.

—Toda la razón.

—Gracias de nuevo, Juan. Por cierto, una cosa.

—No me aprietes más las tuercas, Lucía.

—No, tranquilo —sonrió ella—. Me gustaría alargar la escapada y que estuviéramos dos días en Madrid.

—El presupuesto es el que es —recordó abriéndose de brazos.

—Lo sé. Lo que te quiero preguntar es si habría algún problema si yo corriera con los gastos de esa segunda noche de alojamiento.

—¿Estás segura?

—Sí, me hace ilusión que vayamos con menos prisa y de paso poder enseñarles algo de Madrid.

—Consigue autorización de los padres, eso es fundamental. Y no seas tonta, estira ese dinero al máximo para que no te cueste ni un duro de tu bolsillo. Ah, y no olvides traer justificante de cada peseta que gastes —indicó antes de regresar a su despacho.

Lucía, feliz, escuchó el timbre que ponía fin al recreo y celebró que su siguiente clase fuera, precisamente, en tercero B. Ardía de impaciencia por dar la noticia.

Y con la misma emoción con que la transmitió, fue recibida por parte de los alumnos.

Por una vez permitió que se entregaran a los cuchicheos durante un momento, antes de continuar con la materia.

Al terminar, salió al pasillo y esperó que Tina se le acercara.

La expresión de su rostro al escuchar a Lucía hablar sobre el premio no había tenido nada que ver con la de unos días antes.

En esa ocasión no había enfado ni ánimo de reprochar nada.

—¿A que ya te va pareciendo bien tener a Sandra como compañera?

Tina hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera y, sonriendo ilusionada, volvió a esconderse en el último rincón del aula.