Ella (Corazón de Pantera nº 5) 11 #2
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—¿Qué dices? Lo has hecho a posta. He visto claramente que te salía una ficha del final y Sandra es la tercera por el principio. Solo Rafa Almazán nos separa en la lista.

—Es verdad. Me has pillado.

—¿Y por qué? —volvió a preguntar enrabietada.

—Porque después de once años, ya es hora de que al menos os saludéis —dijo arrasándola con el azul irónico de su mirada—. Pero ¿qué problema hay? ¿Tienes algo contra Sandra?

—Es muy callada.

—¿Y tú cómo eres?

Tina bufó mirando para otro lado. Odiaba cuando Lucía desmontaba con tanta facilidad sus argumentos.

—Es una rara. Y no me digas que yo también lo soy porque… bah —se rindió provocando la sonrisa de Lucía.

—Venga, no es para tanto. Además, se le da Francés tan bien como a ti, así que no te ha podido tocar mejor compañera.

—No cuentes con que hagamos un buen trabajo, yo no tengo inventiva para escribir historias.

—Pero ella sí. ¿Ves? Al final te alegrarás de que sea tu pareja.

—No me vas a convencer —afirmó girándose para regresar al aula—. Por cierto —añadió volviendo sobre sus pasos—, lo de que nos haya tocado el relato humorístico, ¿también ha sido cuestión de «suerte» —preguntó con retintín.

Lucía se limitó a ampliar su sonrisa, le guiñó un ojo, dio media vuelta y se marchó.

***

Acudió al instituto con el peso de una idea que llevaba días rondando por su cabeza. Tan pronto le parecía una locura como un motivo de ilusión, tanto para ella como para sus alumnos.

Todo había surgido el sábado por la mañana, en la peluquería a la que había acudido para recuperar por fin el negro natural de su, por entonces, corta melena.

Allí, pasando páginas de una revista cultural que, sorprendentemente, había encontrado perdida y solitaria entre sus hermanas del corazón, vio un artículo que la hizo sonreír.

Desde unas semanas atrás, en un teatro de la Gran Vía se estaba representando el musical de Les Misérables.

La emoción brotó al instante. Era su libro más querido y era Madrid, su Madrid.

En un primer momento, pensó en proponer a sus amigas un viaje para presenciar el espectáculo, pero, de inmediato, otra idea le atravesó la mente y ya no fue capaz de plantearse nada más.

Había estado rumiando acerca de ello el resto del día y también el domingo e incluso el lunes.

Por eso, aquel martes, antes de subir a dar clase, Lucía buscó a Juan Martínez.

Lo encontró en su despacho, revisando una documentación con su habitual cigarrillo en los labios.

—¿Tienes un minuto?

—Para ti siempre —respondió dejando el cigarro en el cenicero—. ¿Qué necesitas?

—Sé que es un poco precipitado, pero ¿tenemos algún tipo de presupuesto para actividades extraescolares?

—Depende. ¿De qué tipo de actividad estamos hablando?

—Verás, he pedido a los chicos de tercero B que realicen un trabajo considerable. Se trata de una redacción compleja, una de esas tareas que merecen mucho más que una nota como premio, y tengo en mente algo que sería un gran incentivo.

—Pues cuéntame.

—Me los quiero llevar a ver un musical a Madrid. De Les Misérables, una obra francesa importantísima que, de hecho, forma parte del programa de la asignatura en COU.

—Sí, lo sé. ¿Y pretendes llevarte a toda la clase a Madrid de excursión? —cuestionó levantando una ceja y entornando los ojos.

—No, no. Entiendo que eso sería inviable. Iría solo la pareja ganadora. Conmigo, claro.

—¿Pareja ganadora? ¿Vas a plantear ese trabajo como un concurso?

—Sí, había pensado que puede ser un buen aliciente para ellos.

—¿Y qué necesitarías? —preguntó cogiendo un bolígrafo y un bloc de notas.

—Tres entradas para el musical, dos habitaciones de hotel y tres billetes de tren de ida y vuelta.

—¿Dos habitaciones? —dudó tras apuntarlo todo—. ¿Una para ti y otra para ellos?

—Sí.

—Pero dependerá del sexo de los alumnos. No me vayas a meter en un jardín.

—No, Juan, tranquilo. Si fueran dos chicos, compartirían habitación. Si fueran dos chicas, igual. Y si fueran un chico y una chica, pues a ella no le quedaría otra que dormir con su querida profesora —bromeó—. Pero, vaya, las dudas se solucionan reservando tres habitaciones.

—No te entusiasmes, Lucía, que no sé si va a poder ser.

—¿Cuándo me podrás decir algo? Me gustaría informarles lo antes posible para que hagan el trabajo motivados.

—Es que, precisamente, el otro día en la junta se comentó… Mira, déjame que haga unas llamadas y te doy una contestación.

—Vale. Te agradezco que, al menos, lo intentes.

—Tú te mereces todos los intentos. Que, por cierto, ya me dirás cómo lo haces para tener a los chicos tan a favor y con una nota media tan alta en todas las aulas.

Lucía se limitó a sonreír antes de salir del despacho y se dirigió a la escalera dispuesta a impartir la primera clase del día.

En cuanto pisó el primer escalón para subir al piso superior, se detuvo al ver llegar a Tina casi corriendo al instituto.

Verla por sorpresa le producía unas cosquillas que nunca sabía cómo justificar.

Y, aunque prefería no tenerlo en cuenta, era innegable que para Tina salía el sol cuando se encontraba con Lucía fuera de clase.

—¿Te has dormido?

—Algo así, pero creo que llego a tiempo.

—¿Qué tienes a primera hora?

—Literatura.

—Entonces no corras, he visto a Alfonso en la sala de profesores.

—Pero tú sí que vas un poco tarde.

—Voy con la hora justa, pero no pasa nada.

—¿También te has dormido?

—No, me he entretenido hablando un momento con Juan. Si todo va bien, mañana os contaré algo.

—¿El qué?

—Mañana —insistió.

Tina se quedó mirándola fijamente mientras comenzaban a subir juntas por las escaleras.

—Me va a costar verte así morena.

—¿No te gusta?

—Claro, ya te lo dije ayer. Así fue como te conocí, aunque tenías el pelo largo. Estabas muy guapa.

—Bueno, ya crecerá. ¿Habéis empezado con el relato? —cambió de tema porque recordar aquella primera noche en el pub le seguía escociendo.

—Sí —contestó de mala gana.

—¿Ya estamos? ¿A qué viene esa cara?

—He pasado una tarde entera en la casa de Sandra.

—Pues, mejor. Seguro que habéis avanzado mucho.

—Más de lo que esperaba.

—¿Ves? Sandra es buen elemento.

—Confirmo que es una chica rara. Madre mía, lo que cuesta sacarle una palabra o que te mire a los ojos. Pero al menos tiene imaginación y escribe bien. Hasta metió ayer una metáfora en francés. ¿De qué planeta ha salido?

Lucía rio percibiendo que, pese al tono de sus palabras, había un ramalazo de admiración en su discurso sobre Sandra.

—También confirmo que le gustan las chicas —continuó Tina—. Vamos, confirmadísimo.

—A saber cómo habrás llegado a esa conclusión. En cualquier caso, eso no le debe importar a nadie. Y a nosotras menos aún.