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Lucía paseó su mirada por el aula antes de continuar corrigiendo ejercicios de otra clase.
En tercero B, los alumnos realizaban un examen por el que habían protestado cuando lo había anunciado el día anterior.
Pero Lucía tenía una gran habilidad para hacerse perdonar.
En poco tiempo se había convertido en la profesora preferida de casi todos.
Así, durante unos minutos, fue alternando su tarea con la vigilancia del grupo, hasta que algo llamó su atención.
En un extremo de la segunda fila, un chico llamado Manuel miraba con insistencia hacia su brazo izquierdo y, cada pocos segundos, se apartaba levemente la manga.
Después, la miraba a ella con cara de cordero degollado y hundía la vista en el folio.
Sonriendo, Lucía se levantó y se acercó a su posición.
Manuel trató de esconder el brazo debajo de la mesa y ella, con un gesto desenfadado de su dedo, le pidió que lo volviera a colocar en su lugar.
Miró con discreción lo que trataba de ocultar y comprobó que el alumno había convertido su antebrazo en una gigantesca chuleta.
—Ni se te ocurra —le susurró para que nadie más pudiera escucharla y él se puso rojo como un tomate.
Lucía regresó a su mesa y volvió a mirarlo. Sabía que otros profesores, en esa situación, habían expulsado a alumnos del examen, pero ella era partidaria de dar siempre una segunda oportunidad. En cualquier caso, decidió dejar aparcada la corrección y se dedicó a estar pendiente de los chicos.
Luchó con todas sus fuerzas para que su mirada no volara hacia la última fila, donde estaba situada Tina.
Llevaba unos días intentando, sin demasiado éxito, ignorarla.
Por mucho que ponía de su parte, bastaba con que la viera a lo lejos para que sus pies la llevaran corriendo hacia ella.
Lucía temía que esa lucha interna acabara afectándole, pero no era menos cierto que cada minuto que compartía con Tina la llenaba de vida.
Había algo en ella que le hacía mucho bien.
Pero también continuaba latente el peligro, los sentimientos de Tina, las dudas sobre su propia atracción hacia la chica.
Cada vez que decidía relajarse y entregarse a lo bueno de aquella relación entre las dos, recordaba que existía ese riesgo, esa enorme posibilidad de que todo acabara mal.
Entonces, como cada vez que ese miedo la atenazaba, desvió su atención a Raquel.
Era el modo de asumir la realidad, de que su cordura le recordara lo que era correcto. Por su bien. Por el bien de Tina.
Raquel respondía las preguntas del examen con total tranquilidad.
Tras la charla que habían mantenido en el box, había entendido que se limitaba a ser una profesional del estudio, por eso sacaba buenas notas con el esfuerzo justo y sin la mínima emoción.
Simplemente, debía obtener el título por si en el futuro le hacía falta, pues tenía un puesto de trabajo asegurado en la empresa familiar.
Mirándola, tuvo sentimientos encontrados. Moría de celos por su culpa a la par que asimilaba que lo mejor era que Tina se decantara por Raquel. Una parte de sí misma hasta llegaba a desearlo. Era la continua encrucijada entre la persona sensata y la mujer apasionada del Pantera.
No quiso pensar más en ello y su mirada se perdió entre el resto de alumnos hasta detenerse en Sandra.
Ahí estaba, con el eterno rubor de sus mejillas y una expresión corporal que denotaba que preferiría estar en cualquier otro lugar antes que en el instituto.
Desde el principio del curso, se había dado cuenta de que debía prestarle especial atención y más aún tras mantener aquella primera conversación.
A partir de entonces, se había esmerado por cruzar algunas palabras con ella, por tener un trato más cercano y afectuoso.
Presentía que Sandra rozaba la frontera que separa el sentirse perdido en una edad difícil y la verdadera depresión.
En la medida en que le fuera posible, iba a poner el alma en que no cruzara esa línea.
No ayudaba su eterno miedo, que la convertía en una persona demasiado solitaria.
Sabía que no era por voluntad propia, que algo le impedía abrirse a los demás, pero que, en realidad, deseaba tener amigos.
Su soledad no tenía nada que ver con esa que había elegido Tina.
Pese a que intentaba aparentar que lo hacía por cabezonería, Lucía sabía que dentro de ella también había un temor que no sabía cómo gestionar.
Finalmente, se rindió y la miró. Al igual que Sandra, hacía el examen con la tranquilidad de que la asignatura la tenía dominada y, por lo tanto, sacaría buena nota.
Con esa relajación, levantó la vista del examen y buscó a Lucía.
Por un momento, las dos se miraron, hasta que la profesora, nerviosa, dirigió sus ojos hacia otro lugar.
Mientras la hora concluía, Lucía volvió a reflexionar acerca de las diferencias y similitudes entre Tina y Sandra.
Ambas permanecían aisladas del resto del mundo, aunque cada una por un motivo diferente.
Sandra se refugiaba en sus hermanas, Tina en Ángel.
Las dos tenían inquietudes artísticas, una por la escritura y la otra por la fotografía.
Se conocían desde bien pequeñas, pero nunca se habían dirigido la palabra.
Lucía había pensado en ello varias veces y quizá había llegado el momento de actuar.
Y es que algo le hacía creer que entre ellas podría haber entendimiento, que Sandra podría absorber parte de la entereza de su compañera.
Y que quizás, al mismo tiempo, a Tina le podría venir bien tener una amiga totalmente distinta a Raquel, alguien más sensible, alguien a quien cuidar.
Dos minutos antes de que sonara el timbre, Lucía recogió los exámenes, le hizo una simpática señal de advertencia a Manuel y se dispuso a abandonar el aula.
Mientras salía al pasillo, echó un fugaz vistazo a la última fila.
Sandra estaba en el extremo izquierdo, Tina en el derecho, junto a la ventana.
Era como si instintivamente, pretendieran estar alejadas al máximo la una de la otra.
Lucía dejó escapar una sonrisa mordaz. Al día siguiente, las cosas iban a empezar a cambiar para las dos.
Lo que no podía saber es que también ese cambio la arrastraría a ella misma hacia el paisaje más bonito de su vida.
***
Lucía repartió los exámenes que se había dado prisa en corregir durante la tarde anterior para que la faena no se le acumulara. Se sentía satisfecha de que casi todos los alumnos hubieran aprobado y se propuso esforzarse con los que habían sacado una nota más discreta.
Después, se sentó, valoró los resultados del examen a nivel global y cogió la carpeta de fichas.
—Chicos, vamos a hacer otro trabajo, pero en esta ocasión lo haremos por parejas.
Lucía se percató del gesto contrariado de Tina.
Durante las semanas que llevaban de curso, la profesora les había pedido un par de trabajos a nivel individual y uno en grupos de cuatro.
Los personales no habían supuesto ningún problema para Tina.
Tener que hacerlo con otros tres compañeros le vino más largo.
Pero eso de verse obligada a interactuar mano a mano con otra persona le había sabido a cuerno quemado y Lucía comenzaba a conocerla lo suficiente como para ser consciente de ello.
Aun así, no le tembló el pulso. Tenía un plan y lo iba a ejecutar.
—Os voy a encargar —continuó— que escribáis una historia inventada por vosotros. Valoraré tanto la originalidad como el uso de un vocabulario amplio. Tenéis dos semanas, hasta el catorce de noviembre.
—¿Cómo de larga tiene que ser la historia? —preguntó Rafa, el más parlanchín de la clase.
—Veinte folios.
—¿Veinte? Eso es una barbaridad. Vamos a tener muchos controles en estos días y deberes a tutiplén —clamó el chico haciendo uso de su cargo de delegado.
—También vais a tener muchos días por delante para hacerlo y sois dos.
—Ande, seño, rebaje un poco, que vamos con la lengua fuera —trató de negociar Rafa.
—Bueno, venga. Lo dejaremos en diecinueve.
Lucía sonrió al ver la cara de resignación del adolescente.
—De verdad… Con lo bien que me caía usted… —protestó sabedor de que Lucía aceptaba bromas y vaciles siempre que fueran leves y con respeto.
—Está bien. Quince folios —cedió—. Pero que no me encuentre yo ningún trabajo escrito en letra más grande de lo normal.
—¿Y puede ser sobre cualquier cosa? —volvió a preguntar Rafa.
—No. Cada pareja se encargará de una temática distinta. Lo más justo es que lo sorteemos. Tengo aquí la lista: romántica, humor, policíaca, terror, ciencia-ficción, cuento infantil, bélica, misterio, histórica, fantasía, aventuras, juvenil, suspense y viajes. Va a ser una tarea muy bonita.
—¿Y no puede ser de erótica? —se atrevió a formular un chaval ganándose los abucheos de unos y los aplausos de otros.
—¿Acaso sabes tú algo de eso, Raúl? Quiero decir… algo que no hayas visto en la Penthouse de tu padre que miras a escondidas —cuestionó Lucía con sorna provocando que el chico sonriera ruborizado y los demás rieran con ganas—. Venga, al lío, voy a formar las parejas. Silencio, por favor.
Abrió la carpeta con las fichas de los alumnos y fue formando los dúos al azar.
Cuando salió la tarjeta de Tina, procedió a elegir la compañera, pero, aunque la libreta se abrió caprichosamente por la ficha de otro alumno, Lucía nombró a Sandra como su pareja.
La reacción de Tina fue la de mostrarse enfadada.
No realizó ningún gesto, pero el furor de sus ojos hablaba por sí mismo.
Unos minutos después, Lucía salió de la clase satisfecha por su estratagema. Apenas había avanzado unos metros cuando Tina apareció a su lado. Por una vez, en su rostro no se dibujaba el amor reprimido con tristeza sino cierto resentimiento.
—¿Por qué me has emparejado con Sandra? —le pidió explicaciones.
—Ha sido cuestión de suerte, Tina.