Ella (Corazón de Pantera nº 5) 10 #3
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Por toda respuesta, el fotógrafo asintió con la cabeza, pero también dejó escapar una mueca que intranquilizó a Lucía.

—Oye, Ángel, ¿te puedo preguntar una cosa?

—Claro.

—¿Tú eres conocedor de lo que ocurrió…? Me inclino a pensar que sí, puesto que Tina se refugia mucho en ti —supuso más reflexionando que dirigiéndose a él.

—¿A qué te refieres?

—A lo del Pantera —contestó con cierto temor.

—Sí, me lo contó —confirmó cruzándose de brazos—. Le afectó mucho, pero no sé hasta qué punto debería hablar contigo sobre ello.

—Por supuesto, debemos respetar a Tina. Solo sentía curiosidad por saber si estabas al tanto.

—Lo estoy.

Guardaron silencio durante un instante, hasta que Ángel salió al rescate de una Lucía que parecía, de repente, afligida.

—Espero que eso no te haga sentir mal. Las cosas pasan y entiendo que por tu parte no había ninguna intención de hacer daño.

—Claro que no, Ángel. Aquella noche me dejé llevar porque no era consciente de la realidad de la situación.

—Te entiendo. Es lo que tiene ir de fiesta —dijo ofreciéndole una sonrisa amable.

—Sí, el alcohol, la oscuridad… No ves las cosas como realmente son. O las ves como te gustaría que fueran —matizó agachando la cabeza.

—Lucía, creo que hacemos bien al no hablar sobre los sentimientos de Tina, pero, si lo necesitas, podemos charlar sobre los tuyos. Supongo que no habrá mucha gente que sepa lo que ocurrió y quizá te venga bien…

—No hay sentimientos —lo interrumpió—. No de ese tipo.

—Ya, ya. Pero hay muchas clases de emociones y no todas son buenas. No te digo que me cuentes nada. Solo que, si alguna vez necesitas desahogarte, aquí tienes mis orejas y mi hombro.

—¿Crees que sufro consecuencias de aquel encuentro?

—Perdóname, pero solo hay que ver cómo te ha cambiado la cara al sacar el asunto.

—Bueno, pero… —se detuvo al darse cuenta de que el tono apagado de su voz no engañaba a nadie—. La verdad es que me siento un poco culpable —admitió.

—¿Por qué? —preguntó el fotógrafo.

—Me confundí y le hice daño a tu hija. No sabía que era menor, de verdad, Ángel. Y cuando me encontré con ella en el instituto no supe muy bien cómo actuar. Yo tuve gran culpa de su comportamiento del principio del curso y lo lamento.

—Escucha —le pidió agarrándole suavemente los brazos—, hemos dicho hace un momento que tu voluntad no fue en ningún momento la de herir a Tina.

Eso anula cualquier sentimiento de culpabilidad.

No siempre se puede controlar lo que ocurre o lo que se siente.

Puedo llegar a imaginar lo que hay dentro de ti, o lo que hubo hace unas semanas.

Te tuvo que resultar difícil, pero lo estás haciendo muy bien, Lucía.

—¿Tú crees?

—Claro. Has conseguido que Tina vuelva al redil y sé que le viene muy bien cada palabra que cruza contigo.

Lo demás… ya lo llevaréis como buenamente podáis a nivel particular.

A ella le queda mucho que procesar, dejémoslo ahí.

Y tú, si ya lo tienes superado, pues miel sobre hojuelas.

Pero recuerda que estoy aquí si alguna vez necesitas algo.

—Gracias, Ángel. La verdad es que me alivia saber que puedo tratar el tema con alguien que no me va a juzgar.

—Eso nunca.

—Mi madre sabe algo. Es muy comprensiva y sé que podría volcarme con ella, pero prefiero no preocuparla.

—Pues entonces ya sabes dónde me tienes. Cuando no te atrevas a hablar con mi consuegra, ven a verme.

—¿Perdona? —rio sorprendida por la broma de Ángel, quien estalló con ella en una carcajada limpia.

—Oye, es que me gustas para nuera. Y yo sería un chollo de suegro.

—Estás muy tonto, pero gracias —refunfuñó tratando de recuperar la seriedad—. Eres un gran tipo. Tina tiene mucha suerte contigo.

Ángel le guiñó un ojo con afecto y ambos se miraron en silencio, conscientes de que entre ellos había nacido un vínculo importante.

Las campanillas de la puerta volvieron a sonar con la entrada impetuosa de un joven. El saludo efusivo entre los dos evidenciaba que Ángel y el chico se conocían bien. Lucía sonrió comprobando la constante afabilidad del fotógrafo y entendió por qué se había convertido en el ancla de Tina.

—Bueno, ya volveré a recoger las fotos —dijo intentando no interferir en la relación de Ángel con su cliente.

—Cuando quieras. Las podría revelar en una hora, pero imagino que ya sería tarde para ti.

—No te preocupes, no tengo prisa. Vendré la semana que viene. ¿Cuánto te debo? —preguntó sacando la cartera del bolso.

—Tranquila, ya me pagarás cuando vengas a por ellas. No sea que no te satisfaga el grado de delincuencia que reflejen las fotos y sea yo quien tenga que pagarte indemnización.

—Pero, de verdad, qué tonto eres —insistió ante la risilla pícara de Ángel—. Hasta el lunes.

—Hasta el lunes. Y gracias por venir.

Lucía le dedicó una última sonrisa por respuesta y salió a la calle.

Caminó hacia su casa dejando que el sol le iluminara el rostro y la llenara de vida.

Ya tenía lo que quería y no era un bolso nuevo ni un paseo sin compañía.

Lo que de verdad pretendía era conocer más a Ángel y estrechar el contacto con el entorno de Tina. La pregunta era ¿por qué?