Ella (Corazón de Pantera nº 5) 10 #2
16%

10 #2

Octubre estaba a punto de morir cuando Lucía salió a dar un paseo matutino por el centro de Albaceda.

Era sábado, el frío estaba a punto de apoderarse de la vida y de sus propios hábitos, y le apetecía tomarse un par de horas para ella misma.

A veces echaba de menos la independencia de su etapa en Madrid, cuando se lanzaba sola a las calles con ojos hambrientos de lugares nuevos y ávida de experiencias que la ayudaran a crecer.

Desde su regreso al pueblo seis años atrás, sus planes siempre incluían a otras personas, bien fuera su madre, Marta o las chicas de la pandilla.

No le disgustaba en absoluto, pero también era cierto que, de vez en cuando, necesitaba caminar a su aire, aunque no pretendiera hacer nada especial.

Deambuló mirando escaparates, dedicó unos minutos a tomar un té mientras ojeaba un periódico en la soleada terraza de una cafetería cualquiera y entró a su tienda de complementos preferida para renovar su bolso.

Antes de regresar a casa, dejó que sus pies la llevaran hasta la calle Los Álamos.

Allí se detuvo ante un establecimiento, miró el letrero y respiró hondo.

No tuvo otra que admitir que el motivo de aquel solitario paseo había sido llegar hasta aquel lugar y que ya hacía días que lo planeaba como sin querer darse cuenta.

No podía engañarse a sí misma. Lo estaba deseando. Lo necesitaba.

Un gran adhesivo de Kodak bordeaba el tirador de la puerta, donde acertó a ver que había grabadas una F y una L.

Al entrar escuchó el tintín de unas campanillas, a la par que notó en el ambiente una agradable calidez y un sutil aroma a sándalo.

Se acercó al mostrador, que se encontraba desierto, pero apenas transcurrieron un par de segundos antes de que Ángel apareciera regalándole una gran sonrisa.

—Qué sorpresa, Lucía —dijo tendiéndole la mano—. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. Tratando de disfrutar del sábado y de mi tiempo libre —resopló.

—Supongo que te viene fenomenal alejarte del ruido de tus alumnos.

—Ángel, adoro mi trabajo, pero es cierto que no me importa perderles de vista durante un par de días —bromeó—. ¿Todo bien?

—Sí, contento de volver a verte.

—Igualmente. Espero no molestarte. Quizá estabas haciendo algo… —temió Lucía señalando la cortina que separaba la trastienda desde la que había emergido el fotógrafo.

—En absoluto. Aprovechaba que no había nadie para ordenar unos albaranes. Pero es algo que puede esperar.

—Pues yo vengo a darte trabajo —sonrió con simpatía.

—Ah, ¿sí? ¿Vas a hacerte un book de modelo?

—¡Anda ya! —protestó sonrojándose.

—Bien que podrías con lo guapa que eres.

—Calla, zalamero —dijo antes de que los dos rieran abiertamente.

A Lucía le bastó con mirarlo a los ojos para saber que no había ni una pizca de maldad en las palabras de Ángel. No habían vuelto a hablar desde aquella llamada telefónica, pero la profesora, sin saber por qué, había necesitado retomar el contacto.

—Pues, tú dirás. Foto Lozano está a tu disposición —ofreció el hombre abriendo los brazos a su modesto negocio.

—Gracias. Ya sé que suena aburrido, pero me tengo que renovar el carné de identidad —le informó Lucía.

—Ah, vaya. Entonces lo que necesitas es que te haga una foto en la que parezcas una delincuente buscada por la policía.

Lucía volvió a reír con la broma de Ángel. Había algo en él que la invitaba a confiar.

—Si me sacas con cara de profesora formal, te lo agradecería.

—¿De profesora formal? Eso sí que suena aburrido y no te pega nada.

—Oye, no te creas. Tengo mi lado salvaje —ronroneó—, pero en clase soy muy seria.

—No es lo que tengo entendido —deslizó con sorna.

—Uy, a saber lo que te andará contando Tina.

—Cosas buenas. Muy buenas —añadió bordeando el mostrador.

—No sé si me alegra o me alivia. ¿Ya recuperasteis la confianza? —se atrevió a preguntar.

—Sí. Cuando me contó todo lo que había pasado y cómo se había sentido, entendí sus reservas y la perdoné. No es fácil estar en su situación. Bueno, ¿entramos? —cambió de tema apartando la cortina de la trastienda. Allí, en un lateral, había una pequeña pared con fondo de un blanco inmaculado.

—Claro.

—Intentaré que cuando la policía te pida el DNI vea que eres una profesora seria.

—Con parecer inocente me basta —volvió a sonreír Lucía.

Apenas dos minutos después, Ángel depositaba su cámara sobre una mesa y acompañaba de nuevo a Lucía hacia la parte principal de la tienda.

—¿Y es ahí donde haces las fotos? —preguntó extrañada.

—Las de carné sí. Con la cámara y la iluminación que has visto es suficiente.

Pero el estudio está arriba, en el entresuelo —explicó y solo entonces Lucía se percató de que había una escalera estrecha adosada a la pared del local—.

Es ahí donde realizo los reportajes y donde revelo.

Si vienes un día con tiempo, te lo puedo enseñar.

—Por supuesto. Me encantaría. Tina me ha hablado alguna vez de su afición a la fotografía y me pica la curiosidad.

—Es más que una afición. Me doy cuenta de que es un modo de expresión y no puedo estar más orgulloso de ella.

—La verdad es que tu hija me sorprende cada día. Tiene una forma de ser muy distinta a la de los chicos de su edad.

—Normal. Su vida no ha sido como la de los chicos de su edad —dijo con una sombra de tristeza.

—Pero para eso estás tú. Para que tenga un tanto de normalidad y de estabilidad.

—Lo intento con todas mis fuerzas. Tina es mi debilidad.

Lucía se enterneció con el brillo de sus ojos, con la sonrisa dulce de quien era incapaz de contener su pasión de padre.

—Ángel, quiero que sepas que yo, desde mi posición de tutora, voy a hacer todo lo posible por mejorar la situación de Tina. Quizá no pueda intervenir en su vida familiar, pero haré todo lo que esté en mi mano.

—Te lo agradezco mucho, Lucía. Sé que eres importante para ella y que le puedes hacer mucho bien. De hecho, se lo estás haciendo ya.

—Y me alegro. La verdad es que la he visto más centrada en estas semanas.