10
El primer mes del curso había pasado volando.
Lucía se sentía cómoda en el instituto, le gustaba su trabajo y disfrutaba interactuando con los alumnos.
Aunque no todo era idílico, pues también le tocaba lidiar con los conflictos del claustro y la insatisfacción que le producían los chavales menos motivados.
Pero había sido un buen comienzo. Después de cinco años ejerciendo la enseñanza, sentía que había encontrado su sitio.
Y estaba Tina, con su aire misterioso y su cara de pocos amigos, que se transformaba en algo muy distinto cuando se encontraban.
Poco a poco se había ido acostumbrando a verla por los pasillos.
Había aprendido a saludarla sin que se notara que le saltaba el corazón, a cruzar unas palabras y que pareciera que le resultaba indiferente.
Debía ser así por el bien de las dos. También trataba de habituarse a la presencia intermitente de Raquel a su lado.
No siempre iban juntas y en ocasiones le daba la sensación de que Tina trataba de zafarse de su amiga, sobre todo cuando veía a Lucía.
Entonces los ojos le brillaban, en sus labios nacía una sonrisa, mitad alegre, mitad triste, y su vida pasaba a depender de acaparar la atención de la profesora, aunque solo fuese durante un minuto.
Era innegable que Tina le gustaba, aunque se empeñaba en convencerse de que era solo como persona y no como la mujer en la que estaba destinada a convertirse.
Cuando charlaban se sentía fascinada por su forma de pensar, por lo avanzado de sus planteamientos y por su ácido sentido del humor.
Era una borde encantadora que trataba de mantener al resto del mundo apartado.
Y justo a la única persona a la que necesitaba cerca era Lucía, pero era consciente de que no podía ser, más allá de una correcta y afectuosa relación entre tutora y alumna.
Aquel día de mediados de octubre, Lucía salió a tomar el fresco aprovechando que tenía una hora libre a mitad de la mañana. Las primeras clases habían sido demasiado intensas y necesitaba respirar. Le sorprendió ver a Tina acuclillada en un extremo del jardín y no dudó en ir a su encuentro.
—No me digas que eres aficionada a la botánica.
Tina, concentrada en la contemplación de una flor, no había escuchado llegar a Lucía y el respingo la obligó a incorporarse.
—Perdona, no quería asustarte —se excusó Lucía.
—Tranquila, ojalá me asustaras más a menudo.
—¿Y eso por qué?
—Me gusta hablar contigo —confesó y no pudo evitar que la voz le temblara.
—Espero que no estés haciendo novillos —la amenazó golpeándola suavemente con el dedo índice.
—No. Es que no ha venido Pedro Lahoz.
—Es verdad. ¿Y no deberías estar en clase como los demás? Siempre hay algo que hacer aunque falte el profesor.
—Ya, pero he preferido salir un momento.
—¿A mirar flores?
—No he bajado para eso, pero estaba dando una vuelta por aquí y me han llamado la atención estas hortensias.
Lucía sonrió mirándolas.
—¿Sabes que una hermana de mis mejores amigas de la infancia se llama así?
—¿Hortensia?
—Sí. Mis amigas son gemelas, Margarita y Azucena. Ya casi no tenemos contacto —se lamentó—, pero lo curioso es que todos los hermanos tienen nombre de flor.
—¿Sí?
—Sí. Aparte de las tres que ya conoces, están Rosa, Jacinto y Narciso.
—Es curioso.
—¿Y cómo es que no está Raquel contigo? —se atrevió a preguntar.
—No tengo ganas de compañía y he hecho como que iba al baño.
—Bueno, en ese caso te dejo —dijo amagando con irse.
—No, no te vayas, por favor. No me apetecía su compañía, la tuya sí. Siempre.
—¿Entonces te gustan las flores? —trató de desviar la conversación. El ansia de Tina la desbarataba.
—En realidad no. Es solo que me han parecido perfectas para hacer una macro. La fotografía sí que me gusta.
—¿En serio? Me parece una afición muy bonita.
—De momento es una afición, pero espero que algún día sea mi profesión.
—¿Por qué no me habías hablado de ello hasta ahora?
—No sé. Nunca antes me habías pillado mirando hortensias.
—Qué pava eres.
Compartieron una sonrisa y Tina respiró hondo con disimulo. Era evidente que se ponía nerviosa cuando estaba con Lucía y que a su lado se sentía, a la vez, la persona más feliz y la más desgraciada.
—Cuando hablamos en el box te lo podría haber contado, pero la conversación se desvió hacia otros asuntos.
—Bueno, fue una charla muy provechosa, ¿no crees?
—Sí.
—Me ayudó a entenderte, pero está claro que me queda mucho por conocer sobre ti.
—Yo te contaré todo lo que quieras.
—Queda mucho curso por delante. Me gustará saber más de ti, al igual que del resto de tus compañeros.
—Claro, pero ellos no son tan interesantes —se esforzó en demostrar que bromeaba y miró para otro lado.
Lucía echó a andar a ritmo lento y Tina la acompañó en su paseo.
Guardaron silencio durante unos segundos.
La profesora era consciente de que la había herido con sus palabras, que a la chica le dolía en el alma que le recordara que solo era una más entre sus muchos alumnos, que el hecho de que se detuvieran a conversar de vez en cuando no significaba que ella fuera alguien especial.
Sin embargo, la realidad era muy distinta.
Lucía sentía un interés por Tina que no se podía comparar con el que le inspiraban los otros estudiantes de su asignatura.
Pero la forma en que vibraba cuando la tenía delante le daba un miedo atroz.
Tenía que luchar con uñas y dientes contra los rescoldos de la atracción que las había unido en el Pantera, y tenía que encaminar la relación lejos de los problemas y el dolor.
Era mejor hacerle daño de esa manera y, de paso, terminar de convencerse de que sus sentimientos no iban más allá del cariño y la simpatía.
—Supongo que esa afición a la fotografía te la habrá inculcado tu padre —volvió a hablar para dejar de pensar y para suavizar el momento a Tina.
—Sí, cuando era pequeña me gustaba husmear en su estudio y verlo trabajar. Un día me explicó un par de cosas y me sentí… no sé… poderosa, como si fuera alguien extraordinario por saber dominar la luz —relató con entusiasmo.
—¿Y has continuado aprendiendo?
—Sí. Me queda mucho, pero sigo practicando. La cámara me ayuda a evadirme.
—Me parece estupendo, pero no dejes que te quite tiempo de estudio. Ni la fotografía ni otras cosas que puedan rondar por tu cabeza.
Tina la miró de reojo. Había pillado al vuelo la indirecta de Lucía.
—Está todo controlado.
—¿Seguro, Tina? A veces te veo un poco despistada y es importante que te centres en el curso.
—Sí, no te preocupes. Aparte de fotos y frustraciones, en mi cabeza queda sitio para los apuntes —dijo arrugando las cejas.
—Bueno, no te enfades. Solo velo por tu bien, para eso soy tu tutora.
Tina se detuvo y se limitó a mirarla con rictus serio.
—Sí, en eso pareces buena.
—¿Cómo que en eso? ¿En otras cosas no?
Lucía persiguió a la joven, que había vuelto a caminar en dirección al interior del instituto.
—¡Oye, contéstame! —exigió situándose delante para obstaculizarle el paso. Solo entonces comprobó que sus labios continuaban petrificados, pero que en sus ojos se estaba desparramando la risa—. Eres una capulla, Tina.
Las dos rieron definitivamente y Lucía admiró la capacidad de Tina para esconder tras la broma todo lo que le dolía y le incomodaba. Sabía que para ella la situación era difícil, pero que iba a poner todo de su parte para no violentarla.
—Invítame a un batido de vainilla y te digo más cosas en las que eres buena —sugirió encaminándose a la cafetería.
—Trato hecho. A ver por dónde me sales.
—Bueno, ya te adelanto que bailar se te da bien.
—Tina…
—¿No querías saber?
—Sí, pero prefiero que no sigas por ahí.
—Vale, perdona. Pues quedémonos con que pronuncias muy bien el francés, aunque eso no hace falta que te lo diga yo. En lo que no tienes perdón de Dios es en tu cambio de pelo. No me había atrevido a decírtelo antes, pero ¿en qué demonios estabas pensando?
—Ay, fue una locura de verano —rio abiertamente—. Menos mal que me crece muy rápido.
—El caso es que así, medio rubia, medio morena, no estás fea.
—Bueno, gracias por decir que no soy fea del todo.
—No, solo a medias —bromeó sentándose.
—Eres un bicho, que lo sepas —dijo antes de ir a pedir a la barra.
—¿Y te lo vas a dejar así? —quiso saber cuando Lucía regresó con el batido y un té para ella.
—No, bregar con las raíces está siendo una tortura. Las mechas ayudan a disimularlas, pero me sigue dando mucha pereza. Cualquier día de estos, me verás aparecer con el pelo negro.
—Creo que estarías guapa hasta calva —aseguró haciéndola reír otra vez.
—Más vale no comprobarlo.
Durante unos segundos se limitaron a tomar sus bebidas. Tina intentaba no mirarla fijamente y Lucía se recreaba en la aparente naturalidad con que compartían el momento. Al terminar, se levantaron y se alejaron de la cafetería.
—Deberías subir al aula, que no tardará en sonar el timbre. Yo voy a preparar también el material para la clase de segundo A.
—Vale. Gracias por la invitación.
—De nada. En realidad, me ha servido de poco porque no me has dicho gran cosa de lo que me habías prometido.
—Te he dicho, pero no te ha gustado —se encogió de hombros.
—Anda, tira para clase, bicho —la empujó hacia la escalera y se dirigió a la sala de profesores.
—Lucía —la reclamó antes de que desapareciera de su vista.
—Dime.
Tina se acercó a ella y le habló mirando al suelo.
—Por lo que he observado en estas semanas y por lo poco que te estoy pudiendo conocer, creo que lo que realmente se te da bien es sacar lo mejor de cada persona.
Tras decirlo, corrió escaleras arriba, huyendo de un ramalazo insólito de timidez. Lucía la vio marchar y solo fue capaz de sonreír y de suspirar.
***