Ella (Corazón de Pantera nº 5) 9 #2
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—¿Seguro que estás bien? —le preguntó tras dar la primera calada al cigarrillo.

—Sí, tita, solo un poco cansada.

—Hace meses que te veo extraña.

—No, ya te dije una vez que no me pasaba nada.

—Vale, no te voy a insistir, espero que algún día me lo cuentes.

—No hay nada que contar.

Lola la atravesó con la mirada, soltó bruscamente el humo y señaló al interior del local.

—Celeste también me preocupa.

—En eso te doy la razón, creo que hay algo que le ronda por la cabeza.

—¿Tendrá que ver con Natalia?

—No lo sé. Hace tiempo que no habla de ella. Quizá ya no son tan amigas, pero no me atrevo a preguntarle.

—Mejor, yo una vez traté de sonsacarle y me salió por peteneras.

—No sé cómo hacerlo. No quiero que lo pase mal, pero tampoco invadir su intimidad, si ella prefiere que nos mantengamos al margen.

—¿Sabes lo peor?

—¿Qué? —preguntó mientras Lola apagaba el cigarro, que había decidido dejar a medias, antes de arrojarlo a una papelera.

—Me da la sensación de que toma algo.

—Bueno, ya sabemos que fuma marihuana. He intentado muchas veces que lo deje, pero no lo he conseguido.

—Creo que consume algo más.

—¿Qué te hace pensar eso? —se preocupó Lucía.

—¿Ves estas canas? —preguntó tocándose el pelo.

—Sí, tita, ya sé que son las canas de la sabiduría.

—Son las canas de haber visto muchas cosas en muchos años en muchos ambientes.

—Ya, Lola. Pero quiero pensar que Celeste sabe de sobra dónde debe poner el límite.

—Más nos vale. Es una chica madura y cabal, pero no me gusta esa especie de sombra que parece haberla atrapado y su torpe forma de tratar de disimularlo, menos aún.

—Ella asegura que no le pasa nada.

—Tú también —sentenció con ironía antes de darle un golpecito en el brazo y abrir la puerta de la tasca.

Cinco horas después, Lucía miraba el techo como esperando que algo mágico proyectara en él una película con la solución a sus desvelos.

Marta reposaba a su lado, feliz porque había sido de esas pocas noches en que Lucía la había llevado a su casa y no había sido ella quien había tenido que insistir.

Le acarició el abdomen y Lucía correspondió dándole un beso en la sien.

—Estaba pensando que me podría traer algunas cosas —dijo Marta rompiendo la quietud.

—¿Qué cosas? —pidió explicaciones Lucía, temerosa de cuáles pudieran ser las intenciones de la joven.

—Pues, ya sabes… un pijama, un cepillo de dientes, algo de ropa…

Ahí estaba: la conversación que tanto temía.

—¿No crees que es un poco pronto?

—¿Pronto? Llevamos cuatro meses y medio saliendo.

—No es tanto. Aún nos estamos conociendo.

—¿Qué problema tienes, Lucía? No te estoy proponiendo venir a vivir a tu casa, solo traer algunas cosas.

—Bueno, si es así… —aceptó aliviada.

—De verdad, no te entiendo —dijo incorporándose—. Me tratas como si solo fuéramos unas amigas que follan.

—Marta, es que realmente no sé qué somos. Te repito que aún nos estamos conociendo.

—Por Dios, hemos pasado el verano juntas, nos vemos casi todos los días, nos hemos acostado un montón de veces. Creo que somos algo más que simples amigas.

—¿Acaso somos novias? Porque no creo que hayamos llegado a ese punto —aseguró levantándose y cubriéndose con una camisola.

—Pues bien podríamos serlo.

—No lo somos. Aún no —trató de suavizar el tono.

—No quiero que me tengas como si fuera tu muñeca hinchable, no soporto que me uses.

—Perdona, pero eres tú quien se empeña en que vayamos a la cama incluso cuando te digo que no me apetece o estoy cansada, ¿lo recuerdas? ¿Cuántas veces te he dicho que quiero ir despacio, que prefiero que sepamos más la una de la otra, que no quiero que la relación gire solo en torno al sexo?

—Bueno, no tengo ganas de discutir.

—Claro, ahora ya no quieres hablar, porque sabes que tengo razón. Estás acostumbrada a que te den todos los caprichos y a mí tampoco me gusta tener la sensación de que soy tu juguete.

—No digas eso.

—Así que no, no somos novias ni sé si lo seremos algún día. Eres libre de salir conmigo o de buscarte a otra que cumpla mejor tus expectativas.

—No quiero estar con otra.

—Pues entonces, acepta lo que hay y no me presiones.

—Está bien.

—Creo que lo pasamos bien juntas y que somos lo suficientemente mayores como para tomar una decisión cuando llegue el momento.

Tú estás centrada en tu empresa, yo tengo mil asuntos en la cabeza.

Tenemos prioridades más importantes que la de formar una pareja, sobre todo cuando no sabemos ni lo que sentimos.

—A mí me gustas mucho.

—Y tú a mí también. Pero para ser novias hace falta mucho más que gustarse. Al menos yo no me lo tomo a la ligera.

—Tienes razón.

—Y, por supuesto, si quieres traer algunos enseres, no te voy a decir que no. Pero, de verdad, Marta, no intentes atarme en corto.

—Entendido.

Lucía se quedó mirándola un instante. Dada la tensión del momento, pensó que Marta se iría.

En cambio, volvió a acurrucarse en la cama y la invitó con un gesto a regresar a su lado.

Por un instante, sintió la tentación de pedirle que se marchara, pero no tenía ánimo para más conflictos.

Así pues, volvió a tumbarse, apagó la luz y se giró hacia el lado contrario.

Notó el cuerpo de Marta invadiendo su espacio, pegándose a su espalda y ronroneando como si nada hubiera pasado.

Lucía sintió un estremecimiento cuando, de improviso, la estampa de Tina acaparó su mente.

Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera borrarla, pero el alma no funciona así.

Y una vez más, huyó. Se dio la vuelta, besó a Marta y volvió a entregarle su piel.