9
Como cada mañana, Lucía subió hacia el box para reunirse con una alumna de tercero B.
Solía hacer el recorrido tranquila y con la seguridad de que lograría conectar y sacar provecho de la conversación.
Pero aquel día era diferente. Se trataba de la charla con la última alumna, con su china en el zapato, con su astilla bajo las uñas: Raquel Zurita.
Llevaba días concienciándose de que el momento estaba a punto de llegar y de que debía comportarse como con cualquier otro alumno.
Pero no estaba cumpliendo con lo que se había prometido.
Conforme ascendía al piso superior, escuchaba los pasos de Raquel a cierta distancia tras ella.
Cualquier otro día, se habría detenido y habría esperado para ir entablando conversación.
En cambio, hizo oídos sordos y continuó subiendo escalones, como si su vida dependiera de retrasar al máximo aquel encuentro.
Pero, por mucho que intentó huir, apenas unos segundos después, mientras Lucía se afanaba en abrir la puerta del box, Raquel llegó junto a ella.
Ninguna de las dos saludó, más allá de un leve cabeceo.
Simplemente, entraron en el pequeño habitáculo y, como si se tratara de algo rutinario, ocuparon sus respectivos asientos.
—Por fin vas a poder tener recreo —dijo Raquel con voz desganada.
—Sí, pero también te digo que no me ha molestado cambiar los momentos de descanso por charlar con vosotros.
A Lucía le llamó la atención que Raquel, una vez más, la tuteó haciendo gala de una total seguridad en sí misma.
No le importaba, pero no era lo habitual.
De hecho, Lucía sentía a veces la tentación de pedir a los chicos que no la llamaran de usted, pero entendía que era mejor evitar las confianzas en exceso y se limitaba a actuar como el resto de profesores.
Lo de Tina era distinto, claro. Se habían conocido en otras circunstancias, las envolvía una situación poco común.
Había mucho de personal en una relación que no debía serlo.
—¿Esto es una especie de tutoría? —preguntó Raquel.
—Algo parecido —contestó Lucía sacando un lápiz de su cartera.
—¿Y por qué no estamos entonces en la sala de tutoría?
—Porque eso lo convertiría en algo demasiado oficial. Por experiencia sé que estar en esa sala os cohíbe. Esto es más una charla informal.
—¿Y me puedo negar entonces?
—Claro —respondió sorprendida y con cierto temor—. El propósito de esta reunión es solo…
—Sí, ya sé lo que me vas a decir. He escuchado suficientes comentarios de mis compañeros cuando han vuelto de hablar contigo. Y reconozco que es una buena iniciativa por tu parte.
—Gracias, pero si realmente te quieres ir, puedes hacerlo.
—Ya que estoy aquí, sigamos.
—Bien. Solo ten en cuenta que no estás obligada, Raquel.
—Vale, no me lo digas más y empieza.
—Está claro que no me tienes ninguna simpatía, pero…
—Tengo mis motivos —volvió a interrumpirla.
—Ya imagino cuáles son esos motivos.
—Por supuesto que lo imaginas. Tina debe haberse convertido en el perejil de todas tus salsas.
A pesar de la tensión del momento, Lucía sonrió.
En el fondo, le habían hecho gracia las palabras de la joven.
Era una apreciación que tenía su parte triste y su parte buena pero que era, sobre todo, muy cierta.
Tina protagonizaba sus inquietudes a la vez que añadía sal a su vida.
Pese a sus esfuerzos, Tina estaba en cada despertar, merodeando entre sus propósitos diarios, en cada llegada al instituto, en cada salida.
Aunque no estuviera… estaba. Y estaba cuando programaba tareas para el día siguiente y cuando salía de fiesta y cuando dormía con Marta.
Muy a su pesar, Tina siempre estaba. Pero Lucía se consolaba pensando que era normal, que necesitaba su tiempo para quitarse esa sensación de encima, que todo iría enfriándose y poniéndose en su sitio.
—Raquel, agradecí mucho tu información del otro día —dijo recuperando la seriedad—. Sin tu ayuda no habría podido hablar con Tina y enderezar la situación. Y me alegro de que sucediera y de que todo se vaya normalizando.
—Sí, os he visto hablar por los pasillos. Supongo que era necesario.
—Sí, era necesario. Tuvimos un mal comienzo y me sobrepasó. Eso no significa que ahora Tina acapare mi vida como has insinuado —mintió—. En cualquier caso, estamos aquí para hablar de ti, no para hablar de ella.
—Está bien. Sé más o menos lo que preguntas, así que te cuento para no hacerte perder el tiempo: mi vida familiar es perfecta.
Tengo unos padres que no me los merezco y una hermana mayor con la que me llevo muy bien.
Estudiar… ni me gusta ni me disgusta. Simplemente es algo que hay que hacer y ya está.
Intento aprobar a la primera para no malgastar mi tiempo recuperando asignaturas.
De hecho, me fastidia tener que repetir tercero de BUP porque una bacteria intestinal me hizo faltar demasiado a clase el curso pasado.
No me gustó cómo se gestionó mi ausencia en el otro instituto, siento que me han robado un año de mi vida, así que me he cambiado a este.
Pero, vamos, que los estudios… ni fu ni fa.
Mi futuro está en la fábrica de mis padres.
Por otro lado, me encanta la música, doy clases desde hace diez años y espero encontrar la forma de compaginar mi trabajo con una carrera musical, aún no sé si sola o en un grupo.
Me gusta también el cine y el teatro, toda la cultura en general.
En cuanto a este curso, ha empezado bien, como cualquier otro.
El ritmo y el ambiente son parecidos año tras año.
Para mí son un puro trámite. Y, por si tienes alguna duda al respecto, a nivel personal me encuentro bien.
No me afecta para nada todo lo relativo a Tina porque, como ya sabes, me gusta.
Me gusta mucho. Pero no estoy enamorada de ella, lo que me salva de sentirme deprimida o tener la cabeza en otra parte.
Dicho sea de paso, no te tengo manía, pienso que eres una buena profesora.
El hecho de que Tina esté loca por ti me da rabia, pero cuento con que el tiempo pasará y se dará de bruces contra la realidad.
Lucía la había estado escuchando con atención, pero oír la última frase le volteó las entrañas.
—Me gusta ver que tienes las cosas muy claras. Si alguna vez te surge alguna duda a nivel académico, puedes acudir a mí.
—Ya.
—Y si te ilusiona iniciar una carrera en la música, lucha por ello. Siempre insisto en que cada cual debe dedicar su vida a lo que realmente le mueve. No hay que conformarse con lo fácil.
—Cierto.
—En cuanto al perejil —bromeó y Raquel no pudo evitar que se le escapara una sonrisa—, no sé qué te habrá contado, pero la situación es la que es y confío en que lo acabará asimilando. Supongo que le vendrá bien apoyarse en una buena amiga como tú.
—¿No te importaría si me acercara más a ella? —preguntó casi en un susurro inclinándose hacia Lucía.
—No —contestó y sintió que el corazón se le rompía—. Tina solo es asunto mío como alumna. En su vida debe seguir su camino.
Raquel volvió a sonreír y Lucía no supo interpretar por qué esa sonrisa la había acompañado de un gesto irónico.
—Tengo ojos, Lucía.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿Necesitas saber algo más? —preguntó la joven ignorando la cuestión de Lucía.
—No, creo que ha sido suficiente por hoy.
Raquel se levantó, se despidió y salió del box.
Lucía la vio marchar y, una vez más, no fue capaz de entender por qué Tina no caía en sus redes si era una chica espectacular con las puertas abiertas de par en par para ella.
Después, su sensatez le recordó que el destino de Tina no estaba a su lado, que debía elegir a alguien como Raquel.
El razonamiento solo sirvió para que el lápiz quedara partido en dos.
Lucía abandonó la habitación con un sentimiento de impotencia que no entendía y que le incomodaba.
Bajó las escaleras con la misma prisa con que las había subido unos minutos antes, sin darse cuenta de que no se trataba de urgencia ni de miedo a llegar tarde a su siguiente clase, sino de una huida en toda regla de sí misma.
***
Un golpe violento en la mesa la sobresaltó. Fue más la sacudida que el ruido, pues el ambiente en la tasca estaba especialmente sobrecargado aquella noche.
—¿Se puede saber dónde estás?
—Qué bruta eres a veces, tita —protestó Lucía ante la mirada inquisitoria de Lola.
—¡Coño! Si es que estás ida.
—Bueno, pues ha sido una semana intensa y llego a esta noche con las energías justas —se justificó.
—¿Crees que yo no? Salgo cada viernes con la cabeza como un bombo. Y ella también —señaló a Pilar—. Pero este es mi momento, estar con vosotras me renueva.
—¿En serio, Lola? No me digas que tienes sentimientos y que hasta nos quieres.
—No me gusta nada esta versión respondona de ti —replicó con los ojos entornados.
—¿Ah, no? —preguntó poniendo voz mohína.
—No, para nada. Anda, tómate otra cerveza, a ver si espabilas.
—No te metas con ella —intervino Marta abrazándose melosa a Lucía.
—Lo que faltaba: el perro guardián.
—¡Tita!
Lucía y Celeste rieron, Pilar cabeceó con resignación y Marta miró impasible a Lola.
No era demasiado amiga de bromas y odiaba cuando Lucía le reía las gracias a su amiga o se posicionaba a su favor en cualquier situación, por intrascendente que fuera.
La profesora se dio cuenta de que se había molestado y le regaló un gesto cariñoso para compensar.
—Y, dime, ¿algo destacable de esta semana? —quiso saber Lola.
Lucía recordó la charla que había mantenido con Raquel por la mañana, la sensación agria que le había dejado y las referencias preocupantes a Tina.
—No, nada especial.
—Bueno, voy a echar un piti. ¿Vienes conmigo?
—¿Y por qué no te lo fumas aquí? —sugirió Pilar—. Hace mucho frío fuera.
—Precisamente por eso, para que la seño se despeje con el fresco —contestó poniéndose en pie.
Lucía asintió y las dos salieron a la puerta de la tasca.